SANTA MARÍA MADRE DE DIOS 1 DE ENERO

Pase lo que pase, la Navidad celebra que el Eterno entró y permanece en el tiempo del hombre; entró en él y permanece en él con la persona de Jesús, Amor Eucarístico.

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Por: Rvdo. Padre Pablo García Beck

Comenzamos un nuevo año de la mano de la Santísima Virgen, precisamente para no extraviar la bendición de Dios en un mundo consumido por la execración.

El naciente curso anual, que estará marcado por sus ritmos mensuales, semanales y diarios, también será habitado por el Amor de Dios, por sus innumerables dones y gracias, y todos ellos, desbordados inconmensurablemente desde el Corazón Inmaculado de la Madre del Señor. Pase lo que pase, la Navidad celebra que el Eterno entró y permanece en el tiempo del hombre; entró en él y permanece en él con la persona de Jesús, Amor Eucarístico.

Theotokos: El origen de la Veneración a la Santísima Virgen María —  Seminario de Chihuahua

De ahí que, también el nuevo año es tiempo de salvación, y al iniciarlo celebrando la fiesta de nuestra Madre Celestial, contemplándola en el misterio de su divina maternidad, somos conducidos al Corazón Eucarístico del Emmanuel, sin dejar de enfrentar grandes pruebas y perseverar en el doloroso camino hacia un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva. A pesar de todo, la Navidad pregona que el Verbo Eterno, llegada la plenitud de los tiempos, encarnándose en las entrañas de la Purísima, renueva de raíz el devenir de la humanidad, elevándonos al fin de los fines, esto es, la filiación sobrenatural.

Ciertamente, con la creación del orbe y del ser humano, la eternidad de la Sacrosanta Trinidad hizo surgir el tiempo, en el que transcurre la historia humana, de generación en generación; no obstante, con la Primera Venida del Señor estamos en la plenitud del tiempo; es decir, con el Advenimiento del Rey de la Gloria el tiempo adquiere magnitud de salvación y de gracia, a saber, la que fue querida por la Sabiduría Divina antes de la creación del universo. Mismamente, la Navidad remite a esa salvación renovadora traída por el Niño Dios, y nos la ofrenda de nuevo. Aunque, nuestra época está llena de males, de aflicciones, de dramas de todo tipo, con todo, más allá de las apariencias, contiene de forma perdurable e invariable esa plenitud del tiempo de Cristo. Una exuberancia inefable atesorada y gestionada por la Madre de Dios.

Justamente, San Luis María Grignion de Montfort escribió:

Dios Padre creó un depósito de todas las aguas, y lo llamó mar. Creó un depósito de todas las gracias, y lo llamó María. El Dios omnipotente posee un tesoro o almacén riquísimo en el que ha encerrado lo más hermoso, refulgente, raro y precioso que tiene, incluido su propio Hijo. Este inmenso tesoro es María, a quien los santos llaman el tesoro del Señor, de cuya plenitud se enriquecen los hombres. Dios Hijo comunicó a su Madre cuanto adquirió mediante su vida y muerte, sus méritos infinitos y virtudes admirables, y la constituyó tesorera de cuanto el Padre le dio en herencia.

Por medio de Ella aplica sus méritos a sus miembros, les comunica sus virtudes y les distribuye sus gracias. María constituye su canal misterioso, su acueducto, por el cual hace pasar suave y abundantemente sus misericordias. Dios Espíritu Santo comunicó sus dones a María, su fiel Esposa, y la escogió por dispensadora de cuanto posee. Ella distribuye a quien quiere, cuanto quiere, como quiere y cuando quiere todos sus dones y gracias. Y no se concede a los hombres ningún don celestial que no pase por sus manos virginales. Porque tal es la voluntad de Dios, que quiere que todo lo tengamos por María.

En las horas breves y fatigosas de nuestra vida cotidiana, particularmente en los momentos difíciles y duros, calaremos que están enriquecidos luminosamente por la Gracia que es el Señor mismo, en la medida que palpitemos al compás del Inmaculado Corazón de la Madre de la Iglesia.

Y si bien, al inicio de este nuevo año, lleno de acontecimientos significativos y penosos, sustentados por el Gran Dragón, la solemnidad litúrgica de María Santísima, Madre de Dios exhorta a implorar el don de la paz, no cabe duda que, esperando esperanzados el alborear del Reinado Eucarístico, Reino de la justicia, el amor y la paz, es perentorio morar al amparo de la Reina de la Paz, para recibir nuevo aliento y valor en la presente hora de las Tinieblas. Porque si Herodes odió al Niño de Belén, también el Cuerpo Místico de Cristo es odiado por los actuales precursores del Anticristo. Solamente con María seguiremos al Cordero a donde quiera que vaya.

Celebrating the Theotokos

La vida individual de cada apóstol de los últimos tiempos es como una copia de la vida de Jesús y su muerte de la de su muerte. Y como toda la vida de Cristo fue cruz y martirio la vida del verdadero hijo y servidor de la Santísima Virgen lleva el signo de la cruz, el signo de la persecución. Obviamente, configurados al Crucificado participaremos de la gloria del Resucitado.

Al arrancar no solo un nuevo año sino también la aurora de una nueva década, el Diablo sabe que le queda muy poco tiempo, y mucho menos que nunca, para perder a las gentes, por ende, redoblará cada día sus perfidias. De hecho, amplificará sus rugidos contra el linaje de la Mujer vestida del Sol.

En cualquier caso, a través del umbilical cordón espiritual del Santo Rosario, María nos ayudará a crecer en el amor y en la santidad, para que podamos vencer el poder del mal y soportar la agonía de la gran tribulación, y así realizar el designio del Altísimo. Efectivamente, la acción del Misterio de Iniquidad se hará más fuerte, para encaramar al Anticristo sobre el podio de una Dictadura Mundial, ahora bien teniendo una gran confianza y paciencia, alzando la mirada hacia la Augusta Reina de las Victorias, pronto veremos el emporio de la Bestia reducido a cenizas y a Jesús Sacramentado reinando en toda la sociedad revitalizada por la brisa de un Nuevo Pentecostés. Puesto que, no hay futuro que no sea en la dirección del Triunfo del Inmaculado Corazón de María, no hay razón para ceder al desaliento.

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