LA PRESENTACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

LA VENERABLE MARÍA DE JESÚS DE AGREDA, en MÍSTICA CIUDAD DE DIOS Y RELATO MÍSTICO DE LA BEATA ANA CATALINA EMMERICH en LA VIDA OCULTA DE MARÍA

21 de noviembre:

La Virgen es presentada en el Templo de Jerusalén por sus padres Joaquín y Ana.

De la Liturgia de las Horas:

En este día, en que se recuerda la dedicación, el año 543, de la iglesia de Santa María la Nueva, construida cerca del templo de Jerusalén, celebramos, junto con los cristianos de la Iglesia oriental, la “dedicación” que María hizo de sí misma a Dios, ya desde su infancia, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde su concepción inmaculada. Según la tradición, sus padres llevaron a la Virgen María al Templo a la edad de tres años para que formase parte de las doncellas que allí eran consagradas a Dios e instruidas en la piedad.

Fiesta Litúrgica:

Ya se celebraba en el siglo VI en el Oriente. En el 1372, el Papa Gregorio XI, informado por el canciller de la corte de Chipre sobre la gran celebración que en Grecia se hacía para esta fiesta el 21 de noviembre, la introdujo en Aviñón. Sixto V promulgó la fiesta para la Iglesia universal. 

LA VENERABLE MARÍA DE JESÚS DE AGREDA, en MÍSTICA CIUDAD DE DIOS

Cumplido ya el tiempo de los tres años determinados por el Señor, salieron de Nazaret Joaquín y Ana, acompañados de algunos deudos, llevando consigo la verdadera arca viva del testamento, María Santísima, en los brazos de su madre, para depositarla en el templo santo de Jerusalén.

Corría la hermosa niña con sus afectos fervorosos tras el olor de los ungüentos de su amado, para buscar en el templo al mismo que llevaba en su corazón.

Iba esta humilde procesión muy sola de criaturas terrenas y sin alguna visible ostentación, pero con ilustre y numeroso acompañamiento de espíritus angélicos que para celebrar esta fiesta habían bajado del cielo, a más de los ordinarios que guardaban a su Reina niña, y, cantando con música celestial nuevos cánticos de gloria y alabanza del Altísimo, oyéndolos y viéndolos a todos la Princesa de los cielos, que caminaba hermosos pasos a la vista del supremo y verdadero Salomón, prosiguieron su jornada de Nazaret hasta la ciudad santa de Jerusalén, sintiendo los dichosos padres de la niña María grande júbilo y consolación de su espíritu.


Llegaron al templo santo, y la bienaventurada Ana, para entrar con su hija y Señora en él, la llevó de la mano, asistiéndolas particularmente el santo Joaquín; y todos tres hicieron devota y fervorosa oración al Señor: los padres ofreciéndole a su hija y la hija santísima ofreciéndose a sí misma con profunda humildad, adoración y reverencia. Y sola ella conoció cómo el Altísimo la admitía y recibía; y entre un divino resplandor que llenó el templo, oyó una voz que le decía: Ven, esposa mía, electa mía, ven a mi templo, donde quiero que me alabes y me bendigas.

Hecha está oración se levantaron y fueron al sacerdote y le entregaron los padres a su hija y niña María, y el sacerdote le dio su bendición; y juntos todos la llevaron a un cuarto, donde estaba el colegio de las doncellas que se criaban en recogimiento y santas costumbres, mientras llegaban a la edad de tomar estado de matrimonio; y especialmente se recogían allí las primogénitas del tribu real de Judá y del tribu sacerdotal de Leví.

La subida de este colegio tenía quince gradas, adonde salieron otros sacerdotes a recibir la bendita niña María; y el que la llevaba, que debía de ser uno de los ordinarios y la había recibido, la puso en la grada primera; ella le pidió licencia y, volviéndose a sus padres Joaquín y Ana, hincando las rodillas les pidió su bendición y les besó la mano a cada uno, rogándoles la encomendasen a Dios.

Los santos padres con gran ternura y lágrimas la echaron bendiciones, y, en recibiéndolas, subió por sí sola las quince gradas con incomparable fervor y alegría, sin volver la cabeza ni derramar lágrima, ni hacer acción párvula, ni mostrar sentimiento de la despedida de sus padres; antes puso a todos en admiración el verla en edad tan tierna con majestad y entereza tan peregrina.

The Presentation of the Virgin in the Temple / La Presentación de la Virgen en el Templo // 1651 // Mateo Gilarte //  Museo del Prado // #VirginMary #VirgenMaría

Los sacerdotes la recibieron y llevaron al colegio de las demás vírgenes; y el santo Simeón, sumo sacerdote, la entregó a las maestras, una de las cuales era Ana profetisa.

Esta santa matrona había sido prevenida con especial gracia y luz del Altísimo para que se encargase de aquella niña de Joaquín y Ana, y así lo hizo por divina dispensación, mereciendo por su santidad y virtudes tener por discípula a la que había de ser Madre de Dios y maestra de todas las criaturas.

Los padres, Joaquín y Ana, se volvieron a Nazaret doloridos, y pobres sin el rico tesoro de su casa, pero el Altísimo los confortó y consoló en ella.

El santo sacerdote Simeón, aunque por entonces no conoció el misterio encerrado en la niña María, pero tuvo grande luz de que era santa y escogida del Señor; y los otros sacerdotes también sintieron de ella con gran alteza y reverencia. En aquella escala que subió la niña se ejecutó con toda propiedad lo que Jacob vio en la suya, que subían y bajaban ángeles; unos que acompañaban y otros que salían a recibir a su Reina; y en lo supremo de ella aguardaba Dios para admitirla por Hija y por Esposa; y ella conoció en los efectos de su amor que verdaderamente aquella era casa de
Dios y puerta del cielo.

La niña María, entregada y encargada a su maestra, con humildad profunda le pidió de rodillas la bendición, y la rogó que la recibiese debajo de su obediencia, enseñanza y consejo, y que tuviese paciencia en lo mucho que con ella trabajaría y padecería.

Ana profetisa, su maestra, la recibió con agrado y la dijo: Hija mía, en mi voluntad hallaréis madre y amparo y yo cuidaré de vos y de vuestra crianza con todo el desvelo posible. Luego pasó a ofrecerse con la misma humildad a todas las doncellas que allí estaban, y a cada una singularmente la saludó y abrazó y se dedicó por sierva suya, y les pidió que como mayores y más capaces de lo que allí habían de hacer la enseñasen y mandasen; y dioles gracias porque sin merecerlo la admitían en su compañía.

(DOCTRINA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN)

Hija mía, la mayor dicha que puede venirle en esta vida mortal a un alma es que la traiga el Altísimo a su casa y la consagre toda a su servicio; porque con este beneficio la rescata de una peligrosa esclavitud y la alivia de la vil servidumbre del mundo, donde sin perfecta libertad como su pan con el sudor de su cara.

¿Quién hay tan insipiente y tenebroso que no conozca el peligro de la vida mundana, con tantas leyes costumbres abominables y pésimas como la astucia diabólica y la perversidad de los hombres han introducido? La mejor parte es la religión y retiro; aquí se halla puerto seguro y lo demás todo es tormenta y olas alteradas y llenas de dolor y desdichas; y no reconocer los hombres esta verdad y agradecer este singular beneficio, es fea dureza de corazón y olvido de sí mismos. Pero tú, hija mía, no te hagas sorda a la voz del Altísimo, atiende y obra y responde a ella; y te advierto que uno de los mayores desvelos del demonio es impedir la vocación del Señor cuando llama y dispone a las almas para que se
dediquen a su servicio.

Sólo aquel acto público y sagrado de recibir el hábito y entrar en la religión, aunque no se haga siempre con el fervor y pureza de intención debida, indigna y enfurece al dragón infernal y a sus demonios, así por la gloria del Señor y gozo de los santos ángeles, como porque sabe aquel mortal enemigo que la religión lo santifica y perfecciona.

Y sucede muchas veces que habiéndola recibido por motivos humanos y terrenos, obra después la divina gracia y lo mejora y ordena todo. Y si esto puede cuando el principio no fue con intención tan recta como convenía, mucho más poderosa y eficaz será la luz y virtud del Señor y la disciplina de la religión, cuando el alma entra en ella movida del divino amor y con íntimo y verdadero deseo de hallar a Dios, servirle y amarle.

Y para que el Altísimo reforme o adelante al que viene a la religión por cualquier motivo que traiga, conviene que, en volviendo al mundo las espaldas, no le vuelva los ojos y que borre todas sus imágenes de la memoria y olvide lo que tan dignamente ha dejado en el mundo. A los que no atienden a esta enseñanza y son ingratos y desleales con Dios, sin duda les viene el castigo de la mujer de Lot, que si por la divina piedad no es tan visible y patente a los ojos exteriores, pero recíbenle interiormente, quedando helados, secos y sin fervor ni virtud.

Y con este desamparo de la gracia, ni consiguen el fin de su vocación, ni aprovechan en la religión, ni hallan consuelo espiritual en ella, ni merecen que el Señor les mire y visite como a hijos; antes los desvía como esclavos infieles y fugitivos. Advierte, que para ti todo lo del mundo ha de estar muerto y crucificado, y tu para él, sin memoria, ni imagen, ni atención, ni afecto o cosa alguna terrena y si tal vez fuere necesario ejercitar la caridad con los prójimos, ordénala tan bien que en primer lugar pongas el bien de tu alma y tu seguridad y quietud, paz y tranquilidad interior.

La Presentación de la Santísima Virgen

(fuente: http://www.corazones.org)

SAN JOAQUÍN Y SU HIJA LA VÍRGEN MARÍA

Dio fe al mensaje divino y concibió por su fe escrito por San Agustín Os pido que atendáis a lo que dijo Cristo, el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, ella, que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en ella? Ciertamente, cumplió santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo.

Por esto, María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno. Mira si no es tal como digo. Pasando el Señor, seguido de las multitudes y realizando milagros, dijo una mujer: Dichoso el vientre que te llevó.

Y el Señor, para enseñarnos que no hay que buscar la felicidad en las realidades de orden material, ¿qué es lo que respondió?: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. De ahí que María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo.

Cristo es la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad; en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está en la mente que lo que lleva en el seno. María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo.

Ella es parte de la totalidad del cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros. La cabeza de este cuerpo es el Señor, y el Cristo total lo constituyen la cabeza y el cuerpo. ¿Qué más diremos? Tenemos, en el cuerpo de la Iglesia, una cabeza divina, tenemos al mismo Dios por cabeza. Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo.

Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Estos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos.

Honramos hoy la Presentación en el Templo de aquella Niña de bendición.

Los orígenes de esta fiesta hay que buscarlos en una piadosa tradición que surge en el escrito apócrifo llamado el «Protoevangelio de Santiago».

Según este documento la Virgen María fue llevada a la edad de tres años por sus padres San Joaquín y Santa Ana. Allí, junto a otras doncellas y piadosas mujeres, fue instruida cuidadosamente respecto la fe de sus padres y sobre los deberes para con Dios.

Históricamente, el origen de esta fiesta fue la dedicación de la Iglesia de Santa María la Nueva en Jerusalén , en el año 543. Todo eso se viene conmemorando en Oriente desde el siglo VI, y hasta habla de ello el emperador Miguel Comeno en una Constitución de 1166. Un gentil hombre francés, canciller en la corte del Rey de Chipre, habiendo sido enviado a Aviñón en 1372, en calidad de embajador ante el Papa Gregorio XI, le contó la magnificencia con que en Grecia celebraban esta fiesta el 21 de noviembre.

El Papa entonces la introdujo en Aviñón, y Sixto V la impuso a toda la Iglesia.

Oración:

Te rogamos, Señor, que a cuantos hoy honramos la gloriosa memoria de la santísima Virgen María, nos concedas, por su intercesión, participar, como ella, de la plenitud de tu gracia. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

« Protoevangelio de Santiago »

Un apócrifo * de mediados o finales del siglo II. Es una fuente cristiana no canónica **.

... María niña.

Sobre la presentación de María en el Templo Al llegar la niña a los tres años, dijo Joaquín: «Llamad a las doncellas hebreas que están sin mancilla y que tomen sendas candelas encendidas (para que la acompañen), no sea que la niña se vuelva atrás y su corazón sea cautivado por alguna cosa fuera del templo de Dios.»

Y así lo hicieron mientras iban subiendo al templo de Dios. Y la recibió el sacerdote, quien, después de haberla besado, la bendijo y exclamó: «El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel.»

Entonces la hizo sentar sobre la tercera grada del altar. El Señor derramó gracia sobre la niña, quien danzó, haciéndose querer de toda la casa de Israel.

Bajaron sus padres, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo como una paloma, recibiendo alimento de manos de un ángel.

Notas: * apócrifo: Todo libro que, atribuyéndose a autor sagrado, no está, sin embargo, incluido en el canon de la Biblia.

** no canónica: No está incluido en (no forma parte de) el canon de la Biblia.

LA VIDA OCULTA DE LA VIRGEN MARÍA

BEATA ANA CATALINA EMMERICK

La vida de la Santísima Virgen María según las visiones de la estigmatizada de Dülmen, transcritas por Clemente Brentano
Traducción íntegra de la edición alemana, introducción y glosas de José María Sánchez de Toca

La presentación de la Santísima Virgen María | Caballeros de la Virgen

LA PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO


[El 8 de noviembre contó:]


Hoy Joaquín y los demás hombres han ido muy temprano al Templo. Después, su madre Santa Ana llevó también allí a la Niña María en festiva comitiva.

Iban delante Ana, su hija mayor María Helí y la hijita de ésta, María Cleofás; las seguía la Niña María con traje y velo azul celestes, adornada con ajorcas de flores en los brazos y collares de flores en el cuello; llevaba en la mano un cirio o antorcha envuelto en flores.

A cada lado iban tres niñas llevando antorchas adornadas de modo parecido, con vestidos blancos bordados en oro. También llevaban mantilla azul claro y estaban completamente envueltas en guirnaldas de flores, que también llevaban en el cuello y en los brazos. Luego seguían las demás doncellas y niñas, con vestidos distintos pero todas de fiesta y con mantilla. Cerraban la comitiva las demás mujeres.

Desde el albergue de fiestas no se podía ir derecho al Templo sino que tenían que dar un rodeo por varias calles; todo el mundo se alegraba de la hermosa comitiva y en varias casas la hicieron los honores. La Niña María tenía en su apariencia algo indeciblemente santo y conmovedor.


Al llegar la comitiva vi muchos servidores del Templo afanados en abrir con grandes esfuerzos una puerta monstruosamente grande, pesada y brillante como el oro, en la que estaban representados toda clase de cabezas, racimos y haces de espigas: Era la Puerta Dorada. Se subía a ella por quince escalones que ya no me acuerdo si tenían rellanos.

Quisieron llevarla de la mano, pero María no aceptó y se apresuró a subir laescalera con alegre entusiasmo y sin dar traspiés, con lo que todos se emocionaron.

Zacarías, Joaquín y algunos sacerdotes la recibieron bajo el portón, que era un arco alargado [una bóveda], donde la llevaron a la derecha, a una sala alta o vestíbulo donde estaba preparada una comida. Aquí la comitiva se separó: algunas mujeres y niñas fueron al oratorio de las mujeres dentro del Templo, y Joaquín y Zacarías fueron a la ofrenda.

En este vestíbulo, los sacerdotes volvieron a hacer preguntas de examen a la Niña María. Cuando se despidieron impresionados por la sabiduría de la criatura, Ana la puso el tercer traje de fiesta color añil, el más solemne, así como la capa, el velo y la coronita que
ya he descrito en la ceremonia en casa de Ana.

EL ALTAR DE LAS OFRENDAS

Mientras tanto, Joaquín ya se había ido con los sacerdotes a la ofrenda. En determinado lugar le dieron fuego, y luego estuvo de pie entre dos sacerdotes cerca del altar. Ahora estoy demasiado enferma y molesta para contar ordenadamente todo el desarrollo de la ofrenda, pero lo que todavía recuerdo es lo siguiente:
Al altar solo podían acercarse por tres lados, y las piezas preparadas para elsacrificio no se ponían juntas todas juntas, sino en distintos sitios todo alrededor.

Por los tres lados del altar se podían sacar planchas donde ponían las ofrendas y las empujaban hasta el centro, pues el altar era demasiado ancho para poder llegar con los brazos.

En las cuatro esquinas del altar había unas columnitas metálicas huecas sobre las que descansaban unas como campanas para humos, embudos anchos de cobre delgado que terminaban por arriba en forma de cuernos retorcidos hacia afuera, de modo que el humo pasaba por ellos y desde allí se expandía por encima de las cabezas de los sacerdotes que hacían la ofrenda.

Cuando la ofrenda de Joaquín ya estaba ardiendo, Ana, la Niña María engalanada y las niñas que la acompañaban fueron al Patio de las Mujeres, que es el Sitio de la Mujer e el Templo.

Este lugar está separado del patio del Altar de Ofrendas por un muro que terminaba por arriba en una reja; sin embargo, en medio de esta pared hay una puerta. El suelo del Sitio de la Mujer en el Templo está inclinado y se va elevando bastante a medida que se aleja de la pared de separación, de modo que, si no todas, por lo menos las que están atrás de pie pueden ver algo del Altar de las Ofrendas.

Cuando la puerta del muro de separación estaba abierta, algunas de las mujeres podían ver el altar a través de ella.

María y las otras niñas estaban delante de Ana, y las demás mujeres no lejos de esta puerta. En un sitio aparte, una formación de niños del Templo vestidos de blanco tocaban flautas y
arpas.


LA DEDICACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN


Después de la ofrenda, en la puerta que permitía mirar desde el Patio de las Mujeres al Patio de las Ofrendas instalaron un altar portátil, una mesa de ofrendas revestida, así como algunos escalones para subir a él.

Del Patio de Ofrendas vinieron Zacarías y Joaquín con un sacerdote a este altar, delante del cual estaban otro sacerdote y dos levitas con rollos y recado de escribir. Ana les llevó la Niña María. Algo más atrás estaban las niñas que habían acompañado a María.

María se arrodilló en los escalones y Joaquín y Ana la pusieron las manos sobre la cabeza. El sacerdote la cortó unos cabellos y los quemó en el fuego. Los padres dijeron también unas palabras para ofrecer a su hija y ambos levitas las copiaron. Mientras tanto, las niñas cantaban el salmo 44: « Eructavit cor meum verbum bonum» y el 49: «Deus, deorum Dominus, locutus est», que los chicos acompañaban con su música.

Entonces vi que dos sacerdotes llevaron a María de la mano a un lugar elevado en la pared de separación que separaba el Atrio del Santo de los demás espacios. Pusieron a la niña en una especie de nicho en mitad de la pared de modo que pudiera mirar hacia abajo
dentro del Templo, donde estaban muchos hombres de pie en formación, que también me parecieron prometidos al Templo.

Dos sacerdotes estaban de pie a ambos lados de María, y más abajo, en los escalones, otros que rezaban en voz alta y leían de los rollos.
El lado de allá de la pared de separación estaba tan alto, que solo se podía ver a medias un sacerdote anciano junto al Altar de los Perfumes. Vi que llevaron una ofrenda de incienso y que la nube de humo se extendió en torno a la Niña María.

Mientras hacían todo esto, apareció una imagen simbólica de la Santísima Virgen que terminó por llenar y oscurecer el Templo:
Debajo del corazón de María vi una gloria que supe que abarcaba la Promesa y la Bendición altísima de Dios. A esta gloria la vi como rodeada del arca de Noé, y que sobresalía de ella la cabeza de la Santísima Virgen. A continuación vi que, dentro de la gloria, la figura pasó del arca de Noé al Arca de la Alianza, y que enseguida rodeó a ésta la aparición del Templo.

Entonces vi desaparecer de aquella gloria todas estas formas, y que de ésta salió a ponerse ante el pecho de María como el cáliz de la Última Cena, sobre el que apareció delante de su boca un pan marcado con una cruz. A ambos lados salían numerosos rayos en cuyo extremo aparecían imágenes de muchos misterios y símbolos de la Santísima Virgen, como por ejemplo, todas las invocaciones de la Letanía Lauretana. Dos ramas distintas se apoyaban en sus hombros derecho e izquierdo y se cruzaban; eran ramas de olivo y ciprés (o de cedro y ciprés) sobre una palmera fina a la que justo detrás le salía un pequeño arbusto con hojas.

En los intervalos entre estas ramas vi toda la Pasión de Jesús. Sobre esta escena flotaba el Espíritu Santo en figura alada, más como ser humano que como paloma, y sobre él el cielo abierto. El centro de la ciudad de Dios, la Jerusalén Celestial, se cernía sobre ella con todos los palacios y jardines y espacios de los santos futuros, todo lleno de ángeles, lo mismo toda aquella gloria que ahora rodeaba a la Santísima Virgen estaba llena de caras de ángeles.

¿Quién podría expresarlo? Todo era inmensamente multiforme y las cosas crecían y se transformaban unas en otras, así que se me ha olvidado muchísimo.

Allí estaba expresada toda la significación e importancia de la Santísima Virgen en la Vieja y la Nueva Alianza y hasta toda la Eternidad. Solo puedo comparar esta aparición con una que tuve hace poco a escala reducida sobre la magnificencia del Santo Rosario, del que mucha gente que parece inteligente habla mucho, pero lo entiende menos que la gente pobre y modesta que lo reza con sencillez y lo adorna con su devoción humilde y con el esplendor de la obediencia con que confía en la Iglesia que lo recomienda.

Cuando veía en este cuadro, detrás de la Santísima Virgen, turbia y ennegrecida toda la pompa y ornamentación del Templo y sus paredes hermosamente adornadas; el Templo mismo parecía no estar allí y María y su gloria lo llenaban todo.

Mientras estas apariciones desarrollaban ante mis ojos todo el significado de la Santísima Virgen, ya no la vi como Niña María, sino como la Santísima Virgen, grande y flotante. Sin embargo a través del cuadro veía los sacerdotes, la ofrenda de perfumes y todo lo que pasaba, y era como si el sacerdote que estaba tras ella profetizara y anunciara al pueblo que debía rezar y dar gracias a Dios, y que esta niña se convertiría en algo grande.

Aunque todos los que estaban presentes en el Templo no veían el cuadro que yo vi, estaban solemne y silenciosamente conmovidos.
Poco a poco desapareció el cuadro de la misma manera que lo había visto surgir y al final solamente veía la gloria bajo el corazón de María donde relucía la Bendición de la Promesa, cuando de repente desapareció también esta aparición, y yo volví a ver a la santa niña engalanada y ofrecida, sola en el Templo entre los sacerdotes.

Los sacerdotes le quitaron a María el cirio de la mano y las guirnaldas de los brazos, y se las dieron a sus acompañantes, quienes entonces la pusieron una toca color marrón en la cabeza y la guiaron por unos escalones a una puerta que daba a otra sala donde estaban seis chicas del Templo, ya mayores, que salieron a su encuentro esparciendo flores. Detrás de ellas estaban sus profesoras Noemí, hermana de la madre de Lázaro; la profetisa Hanna y una tercera mujer.

Los sacerdotes las hicieron entrega de la Niña María y se volvieron.
Sus padres y los parientes próximos fueron también hacia allí. Los cánticos habían terminado, y María se despidió de los suyos. Joaquín sobre todo, que estaba hondamente conmovido, levantó a María, la apretó contra su corazón y la dijo entre lágrimas:
—¡Delante de Dios, piensa en mi alma!

Tras esto, María, sus profesoras y algunas de las niñas fueron al alojamiento de las mujeres en el lado septentrional del Templo propiamente dicho. Tenían sus moradas en cuartos practicados en el interior de los gruesos muros del Templo, y podían subir por pasadizos y escaleras de caracol a los pequeños oratorios situados junto al Santo y el Santísimo.

Los padres y parientes de María volvieron otra vez a la sala de la Puerta Dorada donde habían aguardado al principio y donde ahora comieron con los sacerdotes. Las mujeres comieron en una sala aparte.

He olvidado muchísimo de todo lo que he visto y oído y, entre otras cosas, la causa próxima de por qué la fiesta había sido tan rica y solemne, que no sé si fue a consecuencia de una revelación de la voluntad de Dios. Los padres de María eran realmente pudientes, y
solo vivían pobremente para hacer limosnas y para mortificarse.

No sé cuánto tiempo estuvo Ana tomando solo comidas frías. Pero a sus criados los mantenían bien y los dotaban ricamente.

He visto todavía mucha gente rezando en el Templo; muchos habían seguido la comitiva hasta el portal del Templo. Algunos tuvieron que tener algún presentimiento del destino de la Santísima Virgen pues me acuerdo de algunas cosas que Ana dijo a algunas mujeres con alegre entusiasmo, y que aproximadamente venían a decir:
Ahora entra en el Templo el Arca de la Alianza, el Vaso de la Promesa.

Los padres y los demás parientes de María se volvieron hoy a Bezorón.

Entonces vi la fiesta de las jóvenes del Templo. María tenía que preguntar una tras otra a las niñas y las profesoras si la soportarían entre ellas, pues ésta era la costumbre.

Luego tuvieron una comida y después bailaron entre sí; se ponían frente a frente por parejas y bailaban entrecruzándose y haciendo toda clase de figuras. No brincaban, era como un minué. De vez en cuando hacían con el cuerpo un movimiento ondulante y balanceante, del tipo de los movimientos de los judíos en oración. Algunas de las niñas además hacían música con flautas, triángulos y campanillas.

Había un instrumento que sonaba especialmente agradable y extraño: era un cajoncito inclinado por ambos costados en los que había cuerdas tensas donde se rasgueaba y en el medio del cajoncito había unos fuelles que, al apretarlos arriba y abajo, hacían sonar unos silbatos rectos o rizados entre los sones del arpa. Las que tocaban este instrumento lo tenían en las rodillas.

Por la tarde, la profesora Noemí llevó a la Santísima Virgen a su celda, desde la que podía ver el Templo. No era completamente rectangular, y las paredes estaban adornadas con figuras triangulares de distintos colores. En el cuarto había una mesita y un taburete, y en las esquinas, estantes con departamentos para poner cosas encima. Delante de este camarín había un lecho y un armario ropero, así como la alcoba de Noemí.

María habló con ésta de levantarse más veces por la noche, pero Noemí no se lo permitió por ahora. Las mujeres del Templo llevaban trajes largos, amplios y blancos con cinturón y mangas muy amplias que se recogían para trabajar. Iban veladas. No recuerdo haber visto nunca que Herodes reconstruyera completamente el Templo; durante su gobierno solo vi cambios de toda clase. Ahora, cuando llegó María al Templo, once años antes del nacimiento de Cristo, ya no se construía nada en el Templo propiamente dicho, pero sí, como siempre, en el entorno exterior; no terminaban nunca.


[El 21 de noviembre, Ana Catalina dijo:]

Hoy he echado un vistazo a la habitación de María en el Templo. En el lado Norte del muro del Templo, hacia donde está El Santo, se encuentran arriba varias camaretas que dependen de las habitaciones de las mujeres; la habitación de María era una de las más cercanas al Santísimo. Levantando una cortina se pasaba del pasillo a una especie de antesala separada del cuarto propiamente dicho por un tabique semicircular o en ángulo.

En los rincones a derecha e izquierda había estantes para guardar los trajes y enseres.

Frente a la puerta del tabique, unos escalones subían a una abertura desde la que se veía el Templo allí abajo; la puerta estaba cubierta con gasa y un tapiz. A la izquierda, apoyada en la pared de la cámara, estaba arrollada una alfombra que cuando se extendía
formaba el lecho donde descansaba María para dormir.

En un nicho de la pared estaba puesta una lámpara de brazos. Hoy he visto a la niña de pie en un taburete junto a la lámpara y rezando oraciones de un rollo de pergamino con los pomos rojos. Verla era muy conmovedor.

La niña llevaba un vestidito a rayas blancas y azules bordado con flores amarillas. En el cuarto había una mesita baja y redonda. Hanna entró y puso en la mesa una bandeja con frutas del tamaño de alubias y una jarrita.

María era muy aplicada para su edad y enseguida la vi trabajar en pañitos blancos para el servicio del Templo.


[Estas contemplaciones Ana Catalina las comunicaba habitualmente en la Fiesta de la Presentación de María, pero otras veces contó además lo siguiente de los once años que estuvo María en el Templo.

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