Por orden Divina San José tiene que partir con la Virgen Madre para cumplir con el edicto del Emperador

Vida del Glorioso Patriarca San José Esposo purísimo de la Gran Madre de Dios y Padre Adoptivo de Jesús, manifestado por Jesucristo a la Hna. Benedictina Cecilia Baij en revelación. Año 1736

CAPÍTULO V

Al acercarse el tiempo del nacimiento del Redentor, nuestro José iba pensando lo que podría hacer en esas circunstancias y lo que tenía que preparar. Estaba preocupado de todo esto, su corazón se iba siempre más encendiendo de amor y de deseo por ver pronto al Mesías nacido tan suspirado por él.

"El sueño de san José", Vicente López Portaña, 1791-1792

Por lo tanto, preguntaba a la Divina Madre qué tenía que hacer y que debía preparar para su nacimiento. En esto la Santa Madre lo complacía diciéndole lo que era necesario para el niño y lo que no había podido hacer con sus manos, porque la Santísima Madre preparó y trabajó con sus manos los pañales para el niño.

Luego nuestro José quiso hacer una cuna, la cual pudiese servir para poner a descansar a su Dios Humanado; y la Santa Madre en esto no quiso contradecirlo, y él le decía a su esposa:

-“Es verdad, oh esposa mía, que nuestros brazos servirán de camita para nuestro Divino Redentor, pero a pesar de esto, creo necesario proveerlo también de una cuna para que descanse cualquier rato de la noche y también del día cuando nosotros estaremos ocupados en el trabajo, cuando vos conozcáis que es su Voluntad que aquí lo pongáis”-.

 El Santo trabajó con todo su cuidado para hacerla bien arreglada y cómoda, y mientras la trabajaba la inundaba de abundantes lágrimas de consuelo al pensar que se ocupaba en algo que debía servir para su Dios Humanado, y a menudo se decía en su interior:

-“Y, sin embargo, en esta cuna tan despreciable descansará el Rey del Cielo y el dueño del universo”-

Y pensando así caía en éxtasis, donde su espíritu era inundado por un mar de dicha y era hecho partícipe de los grandes misterios de la vida del Verbo Encarnado. Volviendo luego del éxtasis se iba enseguida donde su amada esposa y le narraba cuanto le había sucedido, y alababan y agradecían a Dios conjuntamente por los continuos favores que iba compartiendo con ellos, y luego José volvía a su trabajo.

La Divina Madre ya sabía de qué modo quería nacer su Hijo y en qué pobreza, privado completamente de toda comodidad y también de lo necesario; a pesar de eso, todo lo guardó oculto a su José, y no le manifestó nada, sabiendo que esa era la Voluntad del Padre Divino. Nuestro José creía que tenía que nacer en la casa donde vivían, por lo tanto, trataba con toda diligencia de encontrar lo necesario para dicha circunstancia. Mucho le agradaba a Dios su amorosa y cordial preocupación y también a la Divina Madre, dándole claras demostraciones de ello la Madre, mostrándose contenta y satisfecha con él de cuanto hacía, y el Hijo Divino llenando siempre su espíritu de consuelos y de Gracias.

Al mismo tiempo en el cual nuestro José estaba con tanto gozo y consuelo esperando el nacimiento del Verbo Encarnado, oyó que se había publicado el edicto del Emperador de Roma, el cual ordenaba que todos los que estaban sometidos a su imperio tenían que ir a registrarse en el lugar de origen, y se reconocieran como sus súbditos.

El corazón de nuestro José quedó herido por este aviso, teniendo él también que partir hacia Belén, de donde eran originarios su familia, esto es, no el padre, sino sus antepasados y también su propia madre. Se fue enseguida donde su amada esposa y le manifestó el edicto emanado junto con el dolor y la angustia de su corazón al estar obligado a partir en un tiempo tan frío; y esto le daba más Pena aún, dejar a su esposa justo en este tiempo en que estaba por dar a luz a su Divino Hijo.

 La Divina Madre lo consoló, recordándole que tenían que estar listos a obedecer a las divinas disposiciones, y reconocer en la orden del emperador terrenal las órdenes del Rey Soberano.

Nuestro José se resignó a todo. Lo que no podía conformarse es dejar sola a su esposa y no estar presente en el nacimiento del Redentor. El llevarla consigo le causaría mayor angustia, porque temía que su esposa sufriera demasiado por el viaje y corriera también el peligro de que naciera el Divino Hijo en ese tiempo fuera de la propia casa, donde habrían sido sujetos a grandes sufrimientos.

Por lo tanto, procuraron comprender cuál era la Voluntad Divina para poderla cumplir prontamente en todo. Luego la Divina Madre le dijo su asentimiento que se cotejó con la inspiración que tuvo nuestro José, y fue de llevarla a Ella también consigo. De noche le habló, el Ángel a nuestro José en sueños, y le dijo que cumpliera cuanto había determinado con su esposa, porque esa era la Voluntad Divina.

Nuestro José se despertó todo contento por lo que el Ángel le había dicho, y se lo manifestó a su esposa. De esto se alegraron mucho y unidos dieron gracias a Dios. José dijo a la Divina Madre:

-“Yo estoy seguro, oh esposa mía, que nuestro Verbo Encarnado no nacerá hasta que nosotros hayamos regresado acá, a nuestra casa porque es su Voluntad de que vos también vengáis conmigo a Belén, y no es posible que yo me pueda persuadir en creer que Él quiera nacer fuera de casa, donde no tendremos un lugar adecuado para ello. Es también verdad de que en Belén habrá muchos que nos recibirán con amabilidad, habiendo varios amigos y parientes, pero a pesar de eso no es probable que allí quiera nacer nuestro Divino Hijo, tanto más que creo que se verán cosas admirables en su nacimiento”-.

 A estas expresiones de José, la Divina Madre no contestó nada, sino solamente inclinó humildemente la cabeza y le dijo que al haber el Divino Redentor ya decretado el lugar y la manera de su nacimiento, a ellos les tocaba estar preparados para recibirlo y adorarlo en cualquier lugar donde Él hubiese nacido, y que consideraba que era mejor llevarse los pañales necesarios que había preparado para el efecto.

Nuestro José se sometió al sentimiento de la Divina Madre, porque ya sabía cómo sus palabras eran todas diligentes, pero se dio mucho en su corazón al pensar que si el Mesías hubiese nacido fuera de su casa habría sufrido muchas incomodidades, tanto más que era un tiempo muy frío y decía a su Dios Humanado:

-“i0h Dios mío, hecho hombre por nuestra salvación, no ocurra nunca de que yo tenga que veros nacer fuera de casa y que Vos tengáis que sufrir frío e incomodidad!, dadme a mí el sufrimiento, con tal de que Vos estéis privado de él y hacedme la Gracia de volver a nuestra casa antes de vuestro nacimiento, de otra manera, ¿cómo podre yo satisfacer vuestras necesidades y las de vuestra Santísima Madre?, y, ¿cómo podría mi corazón sufrir esta gran angustia?”-.

 Nuestro José ya estaba con algún temor de que el Divino Hijo pudiera y quisiera nacer fuera de la propia casa por las palabras que le dijo la Divina Madre, y a pesar de eso no podía persuadirse pareciéndole una cosa muy extraña.

Estaba, sin embargo, entre el temor y la esperanza. Esto le causó una crisis sentimental, pues, por un lado, sentía el gozo de llevar consigo a su amada esposa, pero, por otro lado, sentía la amargura y el sufrimiento que iban a padecer en el viaje. Estas penas las comunicaba a su amada esposa, la cual no dejaba de consolarlo y de animarlo.

Después de haber llegado el día de la salida, se fueron los Santos esposos, habiendo hecho antes las acostumbradas oraciones y súplicas a su Dios, pidiéndole su asistencia y favor en ese viaje. Y a menudo, nuestro José decía a su esposa:

– “!Oh¡, que seguros y contentos podemos ir, teniendo con nosotros a nuestro Dios Humanado! i0h!, ¿quién podría pensar nunca que vos, esposa mía, guardáis en vuestras entrañas al gran Hijo de Dios?; ¡Oh¡, que gran tesoro está con nosotros!”-.

La Divina Madre estaba extasiada contemplando las grandezas de su Divino Hijo y preparándose al gran alumbramiento, que ya sabía estaba muy cercano: por lo cual más que nunca estaba toda ocupada en tratar con su Divino Hijo y hacerle todos aquellos actos de alabanza, de agradecimiento, de respeto, de amor que conocía que eran convenientes y que su amor maternal le sugería, haciéndole también muchas peticiones en favor del género humano antes de que saliera del seno materno.

Nuestro José quedaba con alguna admiración al verla más que de costumbre en profundo silencio y casi siempre extasiada, pero Dios no dejó de hacerle entender como su esposa, entonces más que nunca, se estaba ocupando del Verbo Encarnado mientras estaba por salir de su seno virginal, por lo cual era justo que gozara más que nunca de aquella unión tan estrecha y se fuera disponiendo y preparando al gran alumbramiento, y por eso nuestro José derramaba lágrimas por la dicha que sentía.

En su salida de Nazaret hacia Belén, no llevaron consigo otra provisión, a no ser lo que la Divina Madre consideró necesario.

Los Santos esposos iban en el viaje todos concentrados, contemplando el gran tesoro que llevaban consigo. A menudo el afortunado José se postraba en el suelo y adoraba a su Dios Humanado con profunda adoración. Su corazón se inundaba de un mar de alegría, y sin embargo, era traspasado por un agudo dolor al ver los sufrimientos de su esposa en ese tiempo tan frío.

PESEBRE DE LA NAVIDAD....❤

Los pajarillos venían en bandadas, y con sus cánticos hacían armonía alabando al Creador, y de esto mucho gozaba el afortunado esposo. También en este viaje tuvo ocasión nuestro José de sufrir algo por amor de su Dios, y fue que a menudo se encontraba con los caminantes, los cuales iban a Belén por el mismo motivo que ellos, por lo cual hubo algunos que se burlaban y trataban de necio e insensato a nuestro José, porque llevaba consigo a su esposa que ya estaba cerca de dar a luz, y no faltaron aquellos que lo trataban de insensato y falto de caridad.

A estos el Santo no daba ninguna respuesta, pero todo le causaba gran confusión, que ofrecía a su Dios y con paciencia todo lo sufría sin molestarse nunca con quien lo maltrataba con palabras ofensivas.

Después que pasaron esas tempestades, la Divina Madre lo consolaba y lo animaba para sufrir mucho más por su Dios Humanado, y él decía a su esposa:

-“iAh, esposa mía!, los que ven esto con razón me tratan así, porque ellos no saben el tesoro que vos encerráis en vuestro seno, y que yo, al llevaros conmigo, cumplo con la Divina Voluntad, sin embargo, sus palabras son para mí como otras tantas espadas para mi corazón por vuestros sufrimientos”-.

Sin embargo, la Divina Madre le aseguraba que Ella gozaba en sufrir y que el sufrimiento lo volvía agradable porque estaba cumpliendo la Divina Voluntad y así nuestro José se tranquilizaba.

No faltó también quien le hiciera violentas exhortaciones a la Divina Madre, para que se regresara y dejara irse solo a su esposo, el cual no tenía -prudencia y mostraba tener tan poco juicio- en llevarla consigo, estando Ella muy cerca de dar a luz.

Al sentirse enfrentado así, nuestro José no contestaba y la Divina Madre con humildad agachaba la cabeza y daba gracias con aquel gesto a quien la exhortaba para abandonar a su esposo y volver a su casa, de lo cual todos aquellos que hablaban tanto a la una como al otro, todos quedaban confundidos y admirados.

La Divina Madre pedía para ellos a su Divino Hijo muchas Luces y Gracias, de las cuales todos quedaron beneficiados. Al mismo tiempo, pedía a su Hijo bendiciones para su viaje. Se detenían a menudo y rezaban canticos de alabanza a su Dios Humanado y mirando los campos, José decía a su esposa:

-“Oh mi querida y amada esposa, todo lo que ahora vemos lo ha creado ese Dios que lleváis en vuestro purísimo seno, por lo tanto, os ruego cantarle algún himno de alabanza en mi nombre y ensalzar su Sabiduría e infinito Poder”-.

La Divina Madre lo complacía cantando dulcemente, y el afortunado José era arrebatado en éxtasis por la dulzura. Muchos fueron los sufrimientos que los Santos esposos tuvieron en este viaje por el frío de la temporada y otras cosas que suelen padecer los pobres viajeros, pero muchas fueron las alegrías que el Verbo Encarnado participaba a su espíritu, de modo que en el mismo sufrimiento gozaban y se alegraban pensando que estaban cumpliendo con la Divina Voluntad.

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