San Juan Pablo II, un hombre de oración

“Recémosle hoy, que nos dé a todos nosotros, especialmente a los pastores de la Iglesia pero también a todos, la gracia de la oración, la gracia de la cercanía y la gracia de la justicia-misericordia, misericordia -justicia”.

Papa Francisco

San Juan Pablo II era un hombre de Dios porque rezaba mucho: mucho tiempo de oración. “Sabía que la primera tarea del obispo era rezar y él lo sabía, él lo hacía”. Modelo de obispo que reza, la primer tarea. Y nos ha enseñado que cuando un obispo hace el examen de conciencia a la noche debe preguntarse: ¿cuántas horas recé hoy?. Hombre de oración”  

Papa Francisco

Aquí una selección de sus más bellas oraciones

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El escudo de armas del Papa Francisco basado en el del Cardenal Bergoglio

I. ACTO DE CONSAGRACIÓN DE LOS JÓVENES A MARÍA

«He ahí a tu Madre» (Jn 19, 27).
Es Jesús, oh Virgen María,
quien desde la cruz
nos quiso encomendar a ti,
no para atenuar,
sino para reafirmar
su papel exclusivo de Salvador del mundo.

Si en el discípulo Juan
te han sido encomendados
todos los hijos de la Iglesia,
mucho más me complace
ver encomendados a ti, oh María,
a los jóvenes del mundo.
A ti, dulce Madre,
cuya protección he experimentado siempre,
esta tarde los encomiendo de nuevo.
Bajo tu manto,
bajo tu protección,
todos buscan refugio.

Tú, Madre de la divina gracia,
haz que resplandezcan con la belleza de Cristo.
Son los jóvenes de este siglo,
que en el alba del nuevo milenio
viven aún los tormentos que derivan del pecado,
del odio, de la violencia,
del terrorismo y de la guerra.
Pero son también los jóvenes a quienes la Iglesia
mira con confianza, con la certeza
de que, con la ayuda de la gracia de Dios,
lograrán creer y vivir
como testigos del Evangelio
en el hoy de la historia.

Oh María,
ayúdales a responder a su vocación.
Guíalos al conocimiento del amor verdadero
y bendice sus afectos.
Sostenlos en el momento del sufrimiento.
Conviértelos en anunciadores intrépidos
del saludo de Cristo
el día de Pascua:  ¡La paz esté con vosotros!
Juntamente con ellos,
también yo me encomiendo
una vez más a ti,
y con afecto confiado te repito: 
Totus tuus ego sum!
¡Soy todo tuyo!

Y también cada uno de ellos,
conmigo, te dice: 
Totus tuus!
Totus tuus!

Amén.

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II. ORACIÓN DEL MÉDICO

Señor Jesús, Médico divino,
que en tu vida terrena
tuviste predilección por los que sufren
y encomendaste a tus discípulos
el ministerio de la curación,
haz que estemos siempre dispuestos
a aliviar los sufrimientos de nuestros hermanos.

Haz que cada uno de nosotros,
consciente de la gran misión que le ha sido confiada,
se esfuerce por ser siempre instrumento
de tu amor misericordioso en su servicio diario.
Ilumina nuestra mente.
Guía nuestra mano.
Haz que nuestro corazón sea atento y compasivo.
Haz que en cada paciente
sepamos descubrir los rasgos de tu rostro divino.

Tú, que eres el camino,
concédenos la gracia de imitarte cada día
como médicos no sólo del cuerpo
sino también de toda la persona,
ayudando a los enfermos
a recorrer con confianza su camino terreno
hasta el momento del encuentro contigo.

Tú, que eres la verdad,
danos sabiduría y ciencia,
para penetrar en el misterio del hombre
y de su destino trascendente,
mientras nos acercamos a él
para descubrir las causas del mal
y para encontrar los remedios oportunos.

Tú, que eres la vida,
concédenos anunciar y testimoniar en nuestra profesión
el “evangelio de la vida”,
comprometiéndonos a defenderla siempre,
desde la concepción hasta su término natural,
y a respetar la dignidad de todo ser humano,
especialmente de los más débiles y necesitados.

Señor, haznos buenos samaritanos,
dispuestos a acoger, curar y consolar
a todos aquellos con quienes nos encontramos
en nuestro trabajo.

A ejemplo de los médicos santos que nos han precedido,
ayúdanos a dar nuestra generosa aportación
para renovar constantemente las instituciones sanitarias.
Bendice nuestro estudio y nuestra profesión.
Ilumina nuestra investigación y nuestra enseñanza.

Por último, concédenos que,
habiéndote amado y servido constantemente
en nuestros hermanos enfermos,
al final de nuestra peregrinación terrena
podamos contemplar tu rostro glorioso
y experimentar el gozo del encuentro contigo,
en tu reino de alegría y paz infinita.

Amén.

El escudo de armas del Papa Francisco basado en el del Cardenal Bergoglio

III. DESPUÉS DE LA MISA

“Oh Madre de los hombres y de los pueblos!…”.

1. Tú que estuviste con tu Iglesia en los comienzos de su misión intercede por ella para que, yendo por todo el mundo, enseñe sin cesar a todas las naciones y anuncie el evangelio a toda criatura.

2. Con estas palabras me fue dado saludarte en Roma, ¡oh Madre de Dios, Theotokos!, el día solemne de Pentecostés del pasado año, en unión con numerosos Obispos provenientes de todo el mundo. Hoy deseo saludarte en unión con el Obispo de la Iglesia en Guinea Ecuatorial, País que visito en este día.

3. Y quiero confiar y consagrar a Ti, Madre de la Iglesia, de manera especial la Iglesia que está en tierra de Guinea Ecuatorial, lo mismo que el día de Pentecostés te consagré y confié a Ti la Iglesia que está entre todas las naciones y pueblos de la tierra: la Iglesia y el mundo.

4. En esta encomienda y consagración de hoy deseo incluir todos los que viven y trabajan en esta tierra africana, todos los que el Padre celestial ha amado eternamente en Cristo Jesús y quiere salvar mediante la sangre derramada en la Cruz.

5. ¡Oh Madre de la Iglesia! Que todos los sacerdotes, hijos de esta tierra, sean siempre “verdaderos ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios”. Asísteles con tu protección para que continúen la obra apostólica comenzada en 1645 entre las gentes de esta Nación. Asiste también a los religiosos, religiosas y catequistas, para que con su entrega y testimonio ayuden a los hermanos a seguir fielmente a Cristo, “camino, verdad y vida”. Y que su ejemplo sea semilla de numerosas y santas vocaciones.

6. Que el Verbo de Dios, hecho carne en tu seno virginal por obra del Espíritu-Santo, crezca y se extienda para la salvación de todo el mundo. Amen.

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IV. ANTE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO SOLEMNEMENTE EXPUESTO

Quédate con nosotros. Señor”.

Estas palabras las pronunciaron por primera vez los discípulos de Emaús. Luego, en el curso de los siglos, las han repetido infinitas veces los labios de muchos discípulos y confesores tuyos, oh Cristo.

Las mismas palabras las pronuncio hoy yo como Obispo de Roma y primer servidor de este templo erigido en el lugar del martirio de San Pedro.

Las pronuncio para invitarte, Cristo, realmente presente en la Eucaristía, a recibir la adoración cotidiana, prolongada durante todo el día en este templo, en esta basílica, en esta capilla.

Quédate con nosotros hoy y quédate, de ahora en adelante, todos los días, según el deseo de mi corazón, que acoge la llamada de muchos corazones de diversas partes, a veces lejanas; y atiende así sobre todo el deseo de muchos moradores de esta Sede Apostólica.

¡Quédate!, para que podamos encontrarnos contigo en la plegaria de adoración y de acción de gracias, en la plegaria de expiación y petición, a la que están invitados todos los que visitan esta basílica.

¡Quédate!, Tú que estás simultáneamente velado en el misterio eucarístico de la fe y, a la vez, desvelado bajo las especies del pan y del vino, que has asumido en este sacramento.

¡Quédate!, para que se confirme de nuevo incesantemente tu presencia en este templo, y todos los que entran en él se den cuenta de que es tu casa “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21, 3) y, al visitar esta basílica, encuentren en ella la fuente misma “de vida y santidad que desborda de tu corazón eucarístico”.

2. Comenzamos esta adoración perpetua, cotidiana, al Santísimo Sacramento, al principio del Adviento del año del Señor 1981, año en que se han celebrado jubileos y aniversarios importantes para la Iglesia, año de relevantes acontecimíenlos.

Todo esto tuvo y tiene lugar entre tu primera y segunda Venida.

La Eucaristía es el testimonio sacramental de tu primera Venida, con la cual quedaron ratificadas las palabras de los Profetas y se realizaron las esperanzas. Nos has dejado, Señor, tu Cuerpo y tu Sangre bajo las especies del pan y del vino, para que atestigüen que se ha realizado la redención del mundo, a fin de que mediante ellas tu misterio pascual llegue a todos los hombres, como sacramento de la vida y de la salvación. La Eucaristía es, al mismo tiempo, un anuncio constante de tu segunda Venida y el signo del Adviento definitivo y, a la vez, de la espera de toda la Iglesia: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección; ¡ven, Señor Jesús!”.

Deseamos adorarte cada día y cada hora a ti, oculto bajo las especies del pan el vino, para renovar la esperanza de la..”llamada a la gloria” (cf. 1 Pe 5, 10), cuyo comienzo, lo has constituido Tú con tu Cuerpo glorificado “a la derecha del Padre”.

5. Señor, un día preguntaste a Pedro: “¿Me amas?”.

Se lo preguntaste por tres veces, y tres veces el Apóstol respondió: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo” (Jn 21, 15-17).

Que la respuesta de Pedro, sobre cuyo sepulcro ha sido erigida esta basílica, se exprese mediante esta adoración cada día y de todo el día, que hoy hemos comenzado.

Que el indigno Sucesor de Pedro en la Sede romana, y todos los que participarán en la adoración de tu presencia eucarística, con cada una de sus visitas den testimonio y hagan resonar aquí la verdad encerrada en las palabras del Apóstol:

“Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo”.

Amén.

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V. LA MISIÓN DE LA FAMILIA CRISTIANA

Oh Dios,
de quien procede toda paternidad
en el cielo y en la tierra.
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, “nacido de Mujer”,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.

Haz que tu gracia
guíe los pensamientos y las obras
de los esposos hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.

Haz que las jóvenes generaciones
encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su humanidad
y su crecimiento en la verdad y en el amor.

Haz que el amor
corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad
y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.

Haz finalmente, te lo pedimos
por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.

Por Cristo nuestro Señor
que es el camino, la verdad y la vida,
por los siglos de los siglos.Amén. 

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VI. A LA VIRGEN DE GUADALUPE

¡Oh Virgen Inmaculada
Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!
Tú, que desde este lugar manifiestas
tu clemencia y tu compasión
a todos los que solicitan tu amparo;
escucha la oración que con filial confianza te dirigimos,
y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.

Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso,
a Ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores,
te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor.
Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos,
nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.

Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos;
ya que todo lo que tenemos y somos lo ponernos bajo tu cuidado,
Señora y Madre nuestra.

Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino
de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia:
no nos sueltes de tu mano amorosa.

Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas,
te pedimos por todos los obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos
de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas.

Contempla esta inmensa mies, e intercede para que el Señor infunda
hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios, y otorgue abundantes
vocaciones de sacerdotes y religiosos, fuertes en la fe
y celosos dispensadores de los misterios de Dios.

Concede a nuestros hogares
la gracia de amar y de respetar la vida que comienza.
con el mismo amor con el que concebiste en tu seno
la vida del Hijo de Dios.
Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias,
para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos.

Esperanza nuestra, míranos con compasión,
enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos
a levantarnos, a volver a El, mediante la confesión de nuestras culpas
y pecados en el sacramento de la penitencia,
que trae sosiego al alma.
Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos sacramentos
que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra.

Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia,
con nuestros corazones libres de mal y de odios,
podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz,
que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
que con Dios Padre y con el Espíritu Santo,
vive v reina por los siglos de los siglos.

Amén.

México, enero de 1979.

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VII. SAN FRANCISCO DE ASÍS

Tú, que acercaste tanto a Cristo a tu época,
ayúdanos a acercar a Cristo a la nuestra,
a nuestros tiempos difíciles y críticos.

¡Ayúdanos!

Estos tiempos esperan a Cristo con gran ansia,
por más que muchos hombres de nuestra época no se den cuenta.
Nos acercamos al año 2000 después de Cristo.
¿No serán tiempos que nos preparen a un renacimiento de Cristo,
a un nuevo Adviento?

Nosotros manifestamos cada día
en la plegaria eucarística
nuestra esperanza, dirigida a El solo,
Redentor y Salvador nuestro,
a El que es cumplimiento de la historia del hombre y del mundo.

Ayúdanos, San Francisco de Asís,
a acercar Cristo a la Iglesia y al mundo de hoy.

Tú, que has llevado en tu corazón
las vicisitudes de tus contemporáneos,
ayúdanos, con el corazón cercano al corazón del Redentor,
a abrazar las vicisitudes de los hombres de nuestra época:
los difíciles problemas sociales,
económicos, políticos,
los problemas de la cultura
y de la civilización contemporánea,
todos los sufrimientos del hombre de hoy,
sus dudas, sus negaciones, sus desbandadas,
sus tensiones, sus complejos, sus inquietudes…

Ayúdanos a traducir todo esto
a un lenguaje evangélico sencillo y provechoso.

Ayúdanos a resolver todo en clave evangélica,
para que Cristo mismo pueda ser “Camino-Verdad-Vida”
para el hombre de nuestro tiempo.

Así te lo pide a Ti,
hijo santo de la Iglesia, hijo de la tierra italiana,
el Papa Juan Pablo II, hijo de la tierra polaca.
Espera que no se lo niegues, que le ayudarás.
Has sido siempre bueno
y te has apresurado siempre a ayudar a cuantos a Ti se han dirigido.

(Basílica de San Francisco, Asís, Italia.
Domingo 5 de noviembre de 1978)

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VIII. Al Espíritu Santo

Espíritu Santo, dulce huésped del alma,
muéstranos el sentido profundo del gran jubileo
y prepara nuestro espíritu para celebrarlo con fe,
en la esperanza que no defrauda,
en la caridad que no espera recompensa.

Espíritu de verdad, que conoces las profundidades de Dios,
memoria y profecía de la Iglesia,
dirige la humanidad para que reconozca en Jesús de Nazaret
el Señor de la gloria, el Salvador del mundo,
la culminación de la historia.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

Espíritu creador, misterioso artífice del Reino,
guía la Iglesia con la fuerza de tus santos dones
para cruzar con valentía el umbral del nuevo milenio
y llevar a las generaciones venideras
la luz de la Palabra que salva.

Espíritu de santidad, aliento divino que mueve el universo,
ven y renueva la faz de la tierra.
Suscita en los cristianos el deseo de la plena unidad,
para ser verdaderamente en el mundo signo e instrumento
de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

Espíritu de comunión, alma y sostén de la Iglesia,
haz que la riqueza de los carismas y ministerios
contribuya a la unidad del Cuerpo de Cristo,
y que los laicos, los consagrados y los ministros ordenados
colaboren juntos en la edificación del único reino de Dios.

Espíritu de consuelo, fuente inagotable de gozo y de paz,
suscita solidaridad para con los necesitados,
da a los enfermos el aliento necesario,
infunde confianza y esperanza en los que sufren,
acrecienta en todos el compromiso por un mundo mejor.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

Espíritu de sabiduría, que iluminas la mente y el corazón,
orienta el camino de la ciencia y de la técnica
al servicio de la vida, de la justicia y de la paz.
Haz fecundo el diálogo con los miembros de otras religiones,
y que las diversas culturas se abran a los valores del Evangelio.

Espíritu de vida, por el cual el Verbo se hizo carne
en el seno de la Virgen, mujer del silencio y de la escucha,
haznos dóciles a las muestras de tu amor
y siempre dispuestos a acoger los signos de los tiempos
que tú pones en el curso de la historia.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

A ti, Espíritu de amor,
junto con el Padre omnipotente
y el Hijo unigénito,
alabanza, honor y gloria
por los siglos de los siglos. Amén.

El escudo de armas del Papa Francisco basado en el del Cardenal Bergoglio

IX. A Dios Padre

1. Bendito seas, Padre,
que en tu infinito amor
nos has dado a tu Hijo unigénito,
hecho carne por obra del Espíritu Santo
en el seno purísimo de la Virgen María
y nacido en Belén hace dos mil años.
Él se hizo nuestro compañero de viaje
y dio nuevo significado a la historia,
que es un camino recorrido juntos
en las penas y los sufrimientos,
en la fidelidad y el amor,
hacia los cielos nuevos y la tierra nueva
en los cuales Tú,
vencida la muerte, serás todo en todos.

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad,
único y eterno Dios!

2. Que por tu gracia, Padre, el Año jubilar
sea un tiempo de conversión profunda
y de gozoso retorno a ti;
que sea un tiempo de reconciliación entre los hombres
y de nueva concordia entre las naciones;
un tiempo en que las espadas se cambien por arados
y al ruido de las armas le sigan los cantos de la paz.
Concédenos, Padre, poder vivir el Año jubilar
dóciles a la voz del Espíritu,
fieles en el seguimiento de Cristo,
asiduos en la escucha de la Palabra
y en el acercarnos a las fuentes de la gracia.

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad,
único y eterno Dios!

3. Sostén, Padre, con la fuerza del Espíritu,
los esfuerzos de la Iglesia en la nueva evangelización
y guía nuestros pasos por los caminos del mundo,
para anunciar a Cristo con la propia vida
orientando nuestra peregrinación terrena
hacia la Ciudad de la luz.
Que los discípulos de Jesús brillen por su amor
hacia los pobres y oprimidos;
que sean solidarios con los necesitados
y generosos en las obras de misericordia;
que sean indulgentes con los hermanos
para alcanzar de ti ellos mismos indulgencia y perdón.

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad,
único y eterno Dios!

4. Concede, Padre, que los discípulos de tu Hijo,
purificada la memoria y reconocidas las propias culpas,
sean una sola cosa para que el mundo crea.
Se extienda el diálogo
entre los seguidores de las grandes religiones
y todos los hombres descubran la alegría
de ser hijos tuyos.
A la voz suplicante de María,
Madre de todos los hombres,
se unan las voces orantes
de los apóstoles y de los mártires cristianos,
de los justos de todos los pueblos
y de todos los tiempos,
para que el Año santo sea para cada uno
y para la Iglesia
causa de renovada esperanza y de gozo en el Espíritu.

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad,
único y eterno Dios!

5. A ti, Padre omnipotente,
origen del cosmos y del hombre,
por Cristo, el que vive,
Señor del tiempo y de la historia,
en el Espíritu que santifica el universo,
alabanza, honor y gloria
ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

El escudo de armas del Papa Francisco basado en el del Cardenal Bergoglio

X. A Nuestro Señor Jesucristo

Señor Jesús, plenitud de los tiempos y señor de la historia, dispón nuestro corazón a celebrar con fe el Gran Jubileo del Año 2000, para que sea un año de gracia y de misericordia. Danos un corazón humilde y sencillo, para que contemplemos con renovado asombro el misterio de la Encarnación, por el que tú, Hijo del Altísimo, en el seno de la Virgen, santuario del Espíritu, te hiciste nuestro Hermano.

(Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, ahora y por siempre).

Jesús, principio y perfección del hombre nuevo, convierte nuestros corazones a ti, para que, abandonando las sendas del error, caminemos tras tus huellas por el sendero que conduce a la vida. Haz que, fieles a las promesas del Bautismo, vivamos con coherencia nuestra fe, dando testimonio constante de tu palabra, para que en la familia y en la sociedad resplandezca la luz vivificante del Evangelio.

(Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, ahora y por siempre).

Jesús, fuerza y sabiduría de Dios, enciende en nosotros el amor a la divina Escritura, donde resuena la voz del Padre, que ilumina e inflama, alimenta y consuela. Tú, Palabra del Dios vivo, renueva en la Iglesia el ardor misionero, para que todos los pueblos lleguen a conocerte, verdadero Hijo de Dios y verdadero Hijo del hombre, único Mediador entra el hombre y Dios.

(Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, ahora y por siempre).

Jesús, fuente de unidad y de paz, fortalece la comunión en tu Iglesia, da vigor al movimiento ecuménico, para que con la fuerza de tu Espíritu, todos tus discípulos sean uno. Tú que nos has dado como norma de vida el mandamiento nuevo del amor, haznos constructores de un mundo solidario, donde la guerra sea vencida por la paz, la cultura de la muerte por el compromiso en favor de la vida.

(Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, ahora y por siempre).

Jesús, Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, luz que ilumina a todo hombre, da a quien te busca con corazón sincero la abundancia de tu vida. A ti, Redentor del hombre, principio y fin del tiempo y del cosmos, al Padre, fuente inagotable de todo bien, y al Espíritu Santo, sello del infinito amor, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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