La duda angustiosa de José frente a la evidente maternidad de María

Vida del Glorioso Patriarca San José Esposo purísimo de la Gran Madre de Dios y Padre Adoptivo de Jesús, manifestado por Jesucristo a la Hna. Cecilia Baij en revelación. Año 1736.

Tomo III, Libro 2

Desde la Encarnación del Verbo hasta su estadía en Egipto

CAPÍTULO II

Mientras nuestro José estaba tan contento y dichoso en compañía de su esposa, y también por los muchos favores que recibía de Dios. Un día se puso a observar con más atención a su esposa y reconoció en Ella las claras señales del embarazo, por lo cual el Santo quedó atemorizado, muy perturbado y herido en el corazón por un dolor muy agudo.

BENDITO SAN JOSÉ, ELEGIDO DESDE SIEMPRE PARA CUMPLIR EL ROL DE PADRE AMOROSO DE JESÚS, Y ESPOSO FIEL DE LA SIEMPRE VIRGEN MARÍA. VARÓN JUSTO Y CASTO, DE GRAN RESPONSABILIDAD, SIEMPRE ATENTO PARA ESCUCHAR LA PALABRA DE DIOS. OBEDIENTE Y DE GRAN PRUDENCIA. EJEMPLO DE TRABAJADOR DIGNO E INCANSABLE. CUIDASTE DE LA MADRE Y EL NIÑO CON TODO TU AMOR, HOY TE PEDIMOS QUE RUEGUES POR TODA LA HUMANIDAD, GRACIAS !!!

 Se iba persuadiendo que pudieran proceder esas señales de alguna enfermedad, pero al ver a su esposa con la fuerza y el espíritu de siempre, decía en su interior:

-“Si fuera enfermedad otras serían las señales, pero a mi esposa se la ve en perfecto estado de salud. ¡Oh, Dios mío!, qué es esto que yo veo en mi esposa?, ¿sueño yo, o estoy despierto?, ¿Acaso mis Ojos ven una cosa por otra? ¡Oh, ¿qué es esto?, Dios mío, ¿qué ahora veo en mi esposa? Yo no me atrevo a preguntarle nada, porque siendo tan Santa, no tengo que hablarle de esto. Pero se ve claramente que Ella está embarazada. Venid en ayuda, Dios mío, de vuestro siervo fiel y dadme, Luz para entender este hecho, porque yo otra cosa no se reconocer, sino solamente lo que se presenta con claridad a mis ojos”-.

 La Divina Madre se dio cuenta de la angustia de su José, y rogaba mucho a Dios para que lo asistiera con su Gracia. Nuestro José se retiró esa noche todo desanimado, pensando qué podía ser lo que veían sus ojos. Por esa noche su descanso fue muy corto, y apenas despertó le parecía que cada hora era como mil años para volver a ver a su esposa y para asegurarse si verdaderamente él estaba equivocado; por lo cual llenó de ansiedad muy temprano se puso a esperarla a la salida de su habitación.

La Divina Madre salió y saludó a su José con el acostumbrado saludo cordial. El Santo la vio, y la consideró siempre más bella y graciosa, pero por otro lado con esas señales que él había visto el día anterior.

De nuevo su corazón quedó herido por el dolor, sabiendo que él no estaba equivocado, sino que era verdad lo que había visto en Ella, y se decía:

-“¡0h Dios, como me consuela la belleza, la modestia y la gracia de mi amada esposa!, pero, cómo queda también herido mi corazón al ver en Ella estas claras señales de gravidez! ¡0h, Dios mío!, ayudad a vuestro siervo en esta angustia que será suficiente para darme la muerte, si Vos no me dais fuerza y no me sostenéis con vuestro brazo poderoso”-.

 La Divina Madre rogaba mucho por su José, y de hecho el Santo sintió algún alivio a su gran dolor y pensaba en su interior esperar para ver qué  cosa habría pasado con el avanzar del tiempo, y mientras tanto no quería angustiarse mucho, pues estaba seguro que su Dios no habría dejado de manifestarle alguna cosa y de proveer a este hecho y decía en su interior:

-“Yo estoy seguro que mi querida y amada esposa es muy Santa y amada inmensamente por Dios, no puedo dudar de Ella. Mejor es que por ahora me tranquilice y me quede para ver el final”-.

Y así se tranquilizó por entonces, aunque no del todo, Porque cada vez que la miraba veía las señales muy claras, y siempre quedaba herido su corazón. Consiguió algún alivio a esa pena nuestro José por las oraciones de la Divina Madre, y Ella misma se manifestaba con él más que nunca amable y caritativa, compadeciendo mucho a su José por la angustia en la cual se encontraba.

Cada mañana el Santo esposo se quedaba con mucho anhelo de observarla a la salida de su habitación, para ver si se notaba más en Ella esas señales de gravidez, y al ver que se manifestaban siempre más claras, se angustiaba mucho, de modo que comenzó a consumirse como si estuviese afligido y atacado por alguna enfermedad. Y de hecho era para él mucho más grave el dolor que probaba, que cualquier otro mal que pudiese tener, porque esto le hería a su corazón y lo tenía en una angustia muy penosa.

Muchas fueron las oraciones que nuestro José dirigía a su Dios; los ayunos, las limosnas, todas las hacía para este efecto, de modo que Dios se hubiese dignado consolarlo e iluminarlo en esa gran, angustia. Cuidaba a su esposa con gran amor y compañía, y a menudo decía en su interior:

-“Oh esposa mía, vos que sois la causa de tanto consuelo para mí, sois también la causa de tanto dolor. iAh, si conocierais en qué angustias yo me encuentro, por cierto, no dejaríais de consolarme manifestándome la causa de vuestra gravidez!”-.

La Divina Madre entendía todo aquello que su apenado esposo iba diciendo en su interior, y Ella también sentía mucha pena. Igualmente se callaba y sufría con paciencia esperando que Dios se moviera a compasión y consolara a su siervo en tan grave angustia, por lo cual le rogaba con calladas súplicas. Pero Dios quiso probar la fidelidad de su José y darle la ocasión para que adquiriera más méritos. Al fin el afligido José resolvió pedir a su esposa la causa de esas señales que aparecían en Ella, y muchas veces hizo este propósito, pero nunca lo logró, porque cuando se decidía a hacerle la pregunta, se encontraba lleno de confusión y de un temor reverencial que le servía de mayor pena y decía:

-“¡0h, ¿qué es esto, Dios mío, que estoy probando? Veo claramente que mi esposa está embarazada, y Ella se muestra muy caritativa y amorosa hacia mí, me trata con mucha amabilidad, por lo cual yo podría preguntarle de dónde viene lo que se ve tan claramente en Ella y estoy seguro que no me lo ocultaría. Y sin embargo, no puedo hacerle esta pregunta para quedar libre de mi dolor. Qué puede ser esto, yo no lo sé. iAh! Vos solo, Dios mío, podéis consolarme y por lo tanto acudo a Vos y a Vos expongo mi gran pena”-.

Pero Dios se callaba a estas súplicas, y dejaba que su siervo quedara en sus angustias.

La Divina Madre procuraba consolarlo y aliviarlo con varias atenciones que le prestaba al servirlo, y le suplicaba para que se alimentara. Le preguntaba en qué podía ayudarlo, y a menudo cantaba algún cántico de alabanza a su Dios para aliviar a su apenado esposo, y él otra cosa no podía decirle, solamente que su corazón estaba en una gran pena, y le decía:

-“Vos, esposa mía, me proporcionáis un gran alivio en mis penas, no lo niego, pero no se quita de mi corazón el dolor y la pena. Rogad a nuestro Dios de modo que se mueva a compasión de mi”-.

Algo más hubiese querido decirle el apenado José y claramente manifestaba su pena a la Santa esposa, pero no podía y se decía:

-“¿Es posible que Ella no entienda cuál es la causa de mi gran angustia?, ¡ah seguramente lo sabe, pero tal vez ni siquiera Ella lo pueda manifestar!”-.

 Mucho se humillaba el apenado José y a menudo lloraba delante de su Dios, y decía que bien merecía esas angustias, porque él se portaba de una forma ingrata frente a los grandes beneficios que su Dios le iba compartiendo; y puesto que se reconocía el hombre más dichoso del mundo por haber conseguido a una esposa tan Santa y tan adornada de virtud, así se consideraba, en su pena, el más afligido y angustiado del mundo.

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Más avanzaba el tiempo y más crecía su dolor, porque con más claras señales sabía que su esposa estaba encinta, y que el hijo que llevaba en sus entrañas no podía demorar mucho en salir a la luz, por lo cual deliraba el Santo y no encontraba paz a su angustia. A veces desahogaba su dolor quejándose interiormente de su esposa y decía a menudo:

– “¡Ah, esposa mía!, y, ¿cómo tenéis vos tanto corazón para tenerme en tan grande angustia?,  qué os he ofendido y disgustado, para que tengáis hacia mi tanta crueldad?, os habéis por ahora cambiado de carácter conmigo y de tan dulce y caritativa y amable que sois, ahora conmigo sois cruel y sin piedad, que al saber la causa de mi angustia, todo lo tenéis oculto”-.

 La Divina Madre sentía las quejas de su angustiado esposo, y lo compadecía y se dolía, pero callaba y no podía liberarlo de la angustia porque no podía manifestarle el misterio, no teniendo la orden de parte de Dios para manifestarlo, pero no dejaba de orar mucho por su José.

El Santo iba a trabajar, puesto que había comenzado a perder las fuerzas, le venían a menudo desmayos, por lo cual se regresaba a su pequeña habitación y decía:

-“Oh, dónde, Dios mío, iré para consolarme, si mi esposa que antes era todo mi consuelo, ahora es causa de todo mi dolor, porque solamente al verla en ese estado me siento traspasar el alma por el dolor, y mientras tanto me siento impulsado para ir a verla y estar con Ella en santos coloquios”-.

 Y de hecho se iba el Santo donde su esposa, pero con los ojos fijos en el suelo para no verla sino para oírla solamente. La Santa esposa le hablaba con tanta dulzura, con unos modales y una gracia que el apenado José se sentía totalmente consolado, y encontraba un gran alivio para su espíritu, pero levantando inadvertidamente los ojos la veía en ese estado, y así se sentía de nuevo herido por el dolor. El Santo decidió mostrarse con el rostro serio hacia su esposa y estar lejos lo más posible, pero esto no pudo hacerlo nunca, por cuanto oía sus palabras y se sentía totalmente conquistado por su amor, por lo cual se le mostraba, apenado sí, pero muy amable y sereno.

Muchas fueron las decisiones que el apenado José hacía, pero no podía luego ponerlas en práctica, porque la perturbación le hacía decidir hacer muchas cosas, pero la Divina Gracia que estaba en su alma, le hacía obrar diversamente.

 Al encontrarse nuestro José en una angustia tan grande, y al verse como abandonado de Dios y al ver también que el Ángel ya no se le hacía oír en el sueño, al tener siempre presente la causa de su dolor, ejerció las virtudes más heroicas que se puedan mencionar; virtudes de paciencia, de sufrimiento, de resignación, de caridad, de modestia, no diciendo nunca nada a su esposa, aunque la viera claramente encinta; no sospechó ningún mal, no hizo juicios, no cayó en desesperación, sino que totalmente resignado esperaba que su Dios lo consolara manifestándole la causa de la gravidez de su esposa, por lo cual en esta ocasión el Santo practicó muchas virtudes y adquirió grandes méritos y se dispuso para recibir la Gracia sublime que el Ángel le habría manifestado acerca del gran misterio de la Encarnación del Verbo Eterno en el seno purísimo de su Santísima esposa.

Viviendo nuestro José en tan grave pena y conociendo muy bien como su Santa esposa estaba por dar a luz, se encomendó más que nunca a Dios de modo que lo iluminara acerca de lo que decía hacer y decía entre sí:

-“Se ve claramente que mi esposa no puede tardar mucho tiempo en dar a luz. ¿Qué podré hacer yo? ¿Acusarla, como manda la ley?, yo no tengo que hacerlo, porque estoy seguro de que mi esposa es Santísima, ni puedo pensar mal alguno de Ella; pero, mientras tanto al encontrarme yo en este hecho sin saber nada, no tengo mucho valor para reconocer como mía aquella prole en la que yo no tuve parte alguna. Mejor será pues que yo me vaya errante y así acabe mis días en la amargura y en el dolor, porque será imposible que yo pueda vivir lejos de mi amada esposa, pero ¿cómo tendré valor para dejarla, siendo Ella tan Santa y llena de virtudes excepcionales?, sin embargo, convendrá que la deje para liberarme de una angustia tan grande”-.

 Todo esto decía el Santo, y decidió pues dejar a su esposa.

El sueño de San José 💞

Estando ya su corazón sumergido en un mar de dolor y amargura sin consuelo alguno, lloraba desconsoladamente el afligido José, y no encontraba consuelo a su gran angustia. Decidido ya en dejar a su esposa, se retiró de noche a su pequeña habitación y allí de rodillas oró a su Dios, le pidió su ayuda en esa circunstancia tan grande, diciendo a su Dios:

-“¡0h Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, ¡Oh, Dios mío! Que me habéis protegido desde mi niñez y me habéis prometido asistirme en todos mis caminos, os suplico, por vuestra infinita Bondad, por vuestra Grandeza, por vuestro Poder, Sabiduría, y por el Amor que siempre me habéis demostrado, a mi vuestro despreciable siervo, y por el Amor que habéis tenido y que tenéis hacia mi esposa María, para que os dignéis mantener las promesas que una vez me habéis hecho, de ayudarme y protegerme siempre. ¡No me abandonéis en esta gran necesidad! Yo me pongo totalmente en vuestros brazos paternales; haced en mi lo que más plazca a vuestra Divina Majestad. Os recomiendo a mi esposa, que Vos me disteis de modo que yo fuera su guardián. Hasta ahora he procurado hacer todo lo que estaba en mi obligación, pero ahora la dejo a vuestro paternal cuidado, mientras yo me alejo de Ella, por esa causa que Vos muy bien conocéis, siendo todo conocido a vuestra Majestad. Este castigo es bien merecido para mi, porque no he sabido aprovecharme de sus santos ejemplos y consejos por lo cual ahora, alejándome de Ella, haré penitencia de aquellas culpas que sin más yo he cometido; y aunque me parezca no conocerlas serán bien conocidas a vuestra Divina Majestad, por lo cual os pido perdón y la Gracia para sufrir una angustia tan grande. No tengo el valor para despedirme de mi esposa, por lo cual suplico vuestra Bondad para que la consoléis en una angustia tan grande y la defendáis en toda circunstancia. Mientras tanto os pido para que bendigáis mis pasos, porque yo primero iré al Templo de Jerusalén para adorar allí a vuestra Majestad y comprender vuestra Voluntad, siempre y cuando os plazca manifestármela. Mirad, os ruego, la angustia de mi espíritu y la pena de mi corazón, y tened piedad de mí”.

Después de haber desahogado durante bastante tiempo su pena con su Dios, nuestro afligido José se dirigió con el pensamiento hacia su esposa, y amorosamente se quejaba a Ella:

-“¡Ah esposa mía! -decía en su corazón- ¡Paloma mía inocentísima!, he aquí que yo tengo que alejarme de vos. i0h!, ¿qué valor tenéis al verme en angustia tan grande, y para no pedir a nuestro Dios una gota de consuelo?; Oh!, ¿por qué no me manifestáis la causa de vuestra gravidez?, y, sin embargo, siempre habéis demostrado tanta caridad y tanto amor hacia mí, y en este hecho parece que os habéis olvidado de mí. ¡0h!, ¿qué haré yo lejos de vos que sois todo mi consuelo? Oh mi querida y amada esposa, he aquí que yo os dejo, y quién sabe cuándo tendré la suerte de volver a veros. Os dejo sola, mi amada esposa; ¡ah, mi corazón se destroza por la pena que sufre al tener que abandonaros, pero así también es necesario que yo lo haga en esta circunstancia, no sabiendo encontrar otra manera para liberaros del castigo amenazado por la ley, y a mí de la angustia”-.

 Así todo en lágrimas se levantó José de la oración; y tomó lo que era necesario para su viaje.

Arregló su pequeño bulto y se puso a descansar para esperar que se hiciera de día, habiendo ya determinado salir muy temprano de modo, que no lo hubiese visto su esposa, y también para que no fuera visto por ninguna de las vecinas, y otro, para no tener ocasión de manifestar a nadie el motivo de su partida.

Mientras tanto su divina esposa se ocupaba dirigiendo cálidas súplicas a Dios de manera que se dignara consolar al apenadísimo José, encontrándose Ella también en gran pena.

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