Revelaciones Místicas

Santa Brígida nos cuenta sobre los enemigos de la Iglesia

Yo soy el Creador de todas las cosas. Soy el Rey de la gloria y el Señor de los ángeles.

A los siete años tuvo una visión de la Reina de los cielos.

A los diez, a raíz de un sermón sobre la Pasión de Cristo que la impresionó mucho, soñó que veía al Señor clavado en la cruz y oyó estas palabras:

“Mira en qué estado estoy, hija mía.” “¿Quién os ha hecho eso, Señor?”, preguntó la niña. Y Cristo respondió: “Los que me desprecian y se burlan de mi amor.” 

Esa visión dejó una huella imborrable en Brígida y, desde entonces, la Pasión del Señor se convirtió en el centro de su vida espiritual.

Las profecías y revelaciones Santa Brígida se referían a las cuestiones más candentes de su época. Uno de los aspectos más conocidos en la vida de Santa Brígida, es el de las múltiples visiones con que la favoreció el Señor, especialmente las que se refieren a los sufrimientos de la Pasión y a ciertos acontecimientos de su época. 

Santa Brígida, con gran sencillez de corazón, sometió siempre sus revelaciones a las autoridades eclesiásticas y, lejos de gloriarse por gozar de gracias tan extraordinarias, las aprovechó como una ocasión para manifestar su obediencia y crecer en amor y humildad. Si sus revelaciones la han hecho famosa, ello se debe en gran parte a su virtud heroica, consagrada por el juicio de la Iglesia.

El libro de sus revelaciones fue publicado por primera vez en 1492.

Capítulo 5

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He construido para mí una noble fortaleza y he colocado en ella a mis elegidos. Mis enemigos han perforado sus fundamentos y han prevalecido sobre mis amigos, tanto que les han amarrado a estacas con cepos y la médula se les sale por los pies. Les apedrean los huesos y los matan de hambre y de sed. Encima, los enemigos persiguen a su Señor. Mis amigos están ahora gimiendo y suplicando ayuda; la justicia pide venganza, pero la misericordia invoca al perdón.

Entonces, Dios dijo a la Corte Celestial allí presente:

“¿Qué pensáis de estas personas que han asaltado mi fortaleza?” Ellos, a una voz, respondieron:

“Señor, toda la justicia está en ti y en ti vemos todas las cosas. A ti se te ha dado todo juicio, Hijo de Dios, que existes sin principio ni fin, tú eres su Juez.

Y Él dijo: “Pese a que todo lo sabéis y veis en mi, por el bien de mi esposa, decidme cuál es la sentencia justa”.

Ellos dijeron: “Esto es justicia: Que aquellos que derrumbaron los muros sean castigados como ladrones; que aquellos que persisten en el mal, sean castigados como invasores, que los cautivos sean liberados y los hambrientos saturados”.

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Entonces María, la Madre de Dios, que al principio había permanecido en silencio, habló y dijo:

“Mi Señor e Hijo querido, tú estuviste en mi vientre como verdadero Dios y hombre. Tú te dignaste a santificarme a mí, que era un vaso de arcilla. Te suplico, ¡ten misericordia de ellos una vez más!

El Señor contestó a su Madre:

“¡Bendita sea la palabra de tu boca! Como un suave perfume, asciende hasta Dios. Tú eres la gloria y la Reina de los ángeles y de todos los santos, porque Dios fue consolado por ti y a todos los santos deleitas. Y porque tu voluntad ha sido la mía desde el comienzo de tu juventud, una vez más cumpliré tu deseo”.

Entonces, él le dijo a la Corte Celestial:

“Porque habéis luchado valientemente, por el bien de vuestra caridad, me apiadaré por ahora.

Mirad, reedificaré mi muro por vuestros ruegos. Salvaré y sanaré a los que sean oprimidos por la fuerza y los honraré cien veces por el abuso que han sufrido. Si los que hacen violencia piden misericordia, tendrán paz y misericordia. Aquellos que la desprecien sentirán mi justicia”.

Entonces, Él le dijo a su esposa:

“Esposa mía, te he elegido y te he revestido de mi Espíritu. Tú escuchas mis palabras y las de los santos quienes, aunque ven todo en mí, han hablado por tu bien, para que puedas entender. Al fin y al cabo, tú, que aún estás en el cuerpo, no me puedes ver de la misma forma que ellos, que son mis espíritus. Ahora te mostraré lo que significan estas cosas.

La fortaleza de la que he hablado es la Santa Iglesia, que yo he construido con mi propia sangre y la de los santos. Yo mismo la cimenté con mi caridad y después coloqué en ella a mis elegidos y amigos. Su fundamento es la fe, o sea, la creencia en que Yo soy un Juez justo y misericordioso. Este fundamento ha sido ahora socavado porque todos creen y predican que soy misericordioso, pero casi nadie cree que yo sea un Juez justo. Me consideran un juez inicuo. De hecho, un juez sería inicuo si, al margen de la misericordia, dejara a los inicuos sin castigo de forma que pudieran continuar oprimiendo a los justos.

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Yo, sin embargo, soy un Juez justo y misericordioso y no dejaré que el más mínimo pecado quede sin castigo ni que aún el mínimo bien quede sin recompensa. Por los huecos perforados en el muro, entran en la Santa Iglesia personas que pecan sin miedo, que niegan que Yo sea justo y atormentan a mis amigos como si los clavaran en estacas. A estos amigos míos no se les da gozo y consuelo. Por el contrario, son castigados e injuriados como si fueran demonios. Cuando dicen la verdad sobre mí, son silenciados y acusados de mentir. Ellos ansían con pasión oír o hablar la verdad, pero no hay nadie que les escuche ni que les diga la verdad.

Además, Yo, Dios Creador, estoy siendo blasfemado. La gente dice: ‘No sabemos si existe Dios. Y si existe no nos importa’. Arrojan al suelo mi bandera y la pisotean diciendo: ‘¿Por qué sufrió? ¿En qué nos beneficia? Si cumple nuestros deseos estaremos satisfechos, ¡que mantenga Él su reino y su Cielo! Cuando quiero entrar en ellos, dicen:

‘¡Antes moriremos que doblegar nuestra voluntad!’ ¡Date cuenta, esposa mía, de la clase de gente que es! Yo los creé y los puedo destruir con una palabra. ¡Qué soberbios que son conmigo! Gracias a los ruegos de mi Madre y de todos los santos, permanezco misericordioso y tan paciente que estoy deseando enviarles palabras de mi boca y ofrecerles mi misericordia. Si la quieren aceptar, yo tendré compasión.

De lo contrario, conocerán mi justicia y, como ladrones, serán públicamente avergonzados ante los ángeles y los hombres, y condenados por cada uno de ellos. Como los criminales son colgados en las horcas y devorados por los cuervos, así ellos serán devorados por los demonios, pero no consumidos. Igual que las personas atrapadas en cepos no pueden descansar, ellos padecerán dolor y amargura por todas partes.

Un río de fuego entrará por sus bocas, pero sus estómagos no serán saciados y su sed y suplicio se reanudarán cada día. Pero mis amigos estarán a salvo, y serán consolados por las palabras que salen de mi boca. Ellos verán mi justicia junto a mi misericordia. Los revestiré con las armas de mi amor, que les harán tan fuertes que los adversarios de la fe se escurrirán ante ellos como el barro y, cuando vean mi justicia, quedarán en vergüenza perpetua por haber abusado de mi paciencia”.

Oración de protección y bendición


2020-10-10T00:50:00

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hasta

Beatificación de Carlo Acutis

Señor Jesús, cúbreme con el poder de tu preciosa Sangre, y envuelve también este lugar y todas las personas que están aquí, protegiéndonos de todo mal.


Señor Jesús, por el poder de tu santo nombre y con la fuerza del Espíritu Santo, destruye y nulifica el efecto de toda palabra negativa y contaminante que haya sido pronunciada en contra de mi persona y en contra de… (di los nombres de las personas por quienes estás intercediendo).


Señor Jesús, a medida que invoco el poder de tu Sangre, Pasión, Muerte en la Cruz y gloriosa Resurrección, tú destruyes y anulas los efectos de todo mal deseo, malas intenciones, intención de hacer daño o brujerías, realizadas por cualquier persona en contra de mi, de mi familia, y en contra de los miembros de la Iglesia; así como también en contra de nuestra vida espiritual, relacional, psicológica, afectiva, física y laboral.


Padre, en nombre de tu Hijo Jesús, proclamo la liberación de toda palabra, confabulación u oscura ceremonia, hechas con la intención de provocar cualquier tipo de desorden, confusión, opresión, enfermedad, angustia y perturbación de cualquier clase.


Hoy bendigo a todos aquellos que han intentado hacernos mal, pidiéndote que liberes sobre ellos abundantes bendiciones.


Padre, en nombre de tu Hijo Jesús, hoy te pido que sobre todos nosotros —y especialmente sobre quienes han sido más afectados por todo espíritu diabólico— descienda tu Espíritu de bendición, sanando heridas del alma, restaurando corazones rotos, curando los cuerpos y trayendo reconciliación, unidad y prosperidad.


Con tu bendita mano, Jesús —que todo lo sanas—, toca el sistema nervioso, el sistema muscular y óseo, el sistema glandular, y cualquier parte del cuerpo que necesite de tu bendición.


Señor Jesús, por la intercesión de la Virgen Santísima, aparta de nosotros todo lo que no viene de ti, y que el amor maternal de la Reina de la Paz nos envuelva en su manto maternal.

Padre Dios, en nombre de tu Hijo Jesucristo, por el poder del Espíritu Santo, y con la intercesión de la Virgen María, de San José, y de todos los ángeles y arcángeles, te pedimos que no regresen más estos males. Amén.

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