Revelaciones Privadas

Vuelve a vivir su dulce vida ordinaria, pruebas y persecuciones.

Vida del Glorioso Patriarca San José Esposo purísimo de la Gran Madre de Dios y Padre Adoptivo de Jesús, manifestado por Jesucristo a la Hna. Cecilia Baij en revelación. Año 1736.

Tomo III, Libro 2

Desde la Encarnación del Verbo hasta su estadía en Egipto

Vuelve a vivir su dulce vida ordinaria, no faltan sin embargo para el Santo las pruebas y las persecuciones.

Al llegar los Santos esposos a Nazaret, su pueblo, grande fue el consuelo que sintieron ambos al entrar en su pequeña casita; la Santísima Virgen por la devoción que tenía en esa habitación, donde se había realizado el gran misterio de la Encarnación del Verbo Divino, y nuestro José, por lo que en ese lugar había experimentado.

La casa de María en Nazaret era una cueva

Gracias particulares y favores sublimes por parte de la Bondad de su Dios; y aunque él no supiera nada de cuanto se había realizado, a pesar de eso había un gran afecto y una devoción particular para ese lugar, por lo cual, apenas llegaron, pidió a su Santa esposa que lo complaciera en dirigirse con Ella a su habitación, para alabar y agradecer allí a Dios por Ia Gracia que les había hecho en hacerlos llegar felizmente a su ciudad. La Santa esposa lo complació y aquí:  juntos, de rodillas, adoraron y agradecieron a Dios.

Dios consoló a nuestro José con un éxtasis sublime en el cual gustó la suavidad del Espíritu de su Dios y entendió grandes cosas acerca de la Santidad de su esposa, y a la vez le manifestó cómo le era grata y querida a Él. Fue también la Divina Madre favorecida con muchas Gracias. Después de haber transcurrido un poco de tiempo en dichos consuelos, el afortunado José volvió del éxtasis y vio a su esposa María toda rodeada de luz, por lo cual se quedó algún tiempo mirándola y contemplando en Ella las Gracias del Señor.

 La Divina Madre estaba elevada en altísima contemplación, y José gozaba al verla favorecida por su Dios, y agradecía afectuosamente por haberlo favorecido al darle una esposa tan digna. Lloraba con dulzura, y decía en su interior:

-“Oh mi querida y amada esposa, ¿de dónde viene esta Gracia para merecer estar con vos y gozar de vuestra compañía tan deseada? Oh, Gracia jamás merecida por mí, solamente me ha sido dispensada por la inmensa Bondad de nuestro Dios, muy generoso hacia mí, su despreciable siervo”-.

 Mientras José iba así hablando, volvió en sí la Divina Madre y comenzó a conversar con su José acerca de la Bondad y Generosidad de, su Creador, y sobre ellas compuso un sublime cántico. Todo esto sumergía el ánimo de José en un mar de dicha y todo se consumía en amor hacia su buen Dios, y crecía en él siempre más la veneración y el amor hacia su Santa esposa.

No temas acoge en tu casa a María, tu mujer

 Después le participó lo que en esa habitación le había ocurrido cuando Ella no estaba, y que él iba allí a orar y las muchas Gracias que Dios le había participado allí mismo, y el gran consuelo que allí había experimentado en sus angustias. Todo lo sabía la Divina Madre; a pesar de esto, no lo manifestaba y aceptaba de buen agrado todo cuanto su José le comunicaba, y Ella siendo muy humilde, le decía que todo lo reconociera como don exclusivo de la Generosidad de su Dios, y que Dios en algunos lugares comparte más abundantes Gracias y que podían pensar que hubiese escogido esa habitación para manifestar allí su Generosidad, porque también con Ella compartía muchas Gracias en ese mismo lugar.

Nuestro José quedaba convencido de todo esto, y rogó a su esposa para que le permitiera que fuera alguna vez a orar allí, sobre todo cuando se hubiese encontrado en alguna angustia, de modo que hubiese podido recibir las acostumbradas Gracias de la Divina Generosidad, y le dijo:

-“Aunque vos, esposa mía, seáis suficiente para consolarme en mis penas, a pesar de eso deseo también este consuelo, de poder venir a esta habitación para orar, cuando -sin embargo-, no os cause fastidio, esto es, cuando vos estéis ocupada en arreglar la casa y preparar el alimento necesario”-.

La humildísima esposa inclinó la cabeza, y se mostró dispuesta para todo lo que él deseaba, por lo cual nuestro José quedó consolado. Cuando observaba que su esposa estaba ocupada en algo, iba por breve tiempo a esa habitación, donde Dios le compartía muchas Gracias, dándose a gustar a su alma de una forma muy abundante. Muchas veces el Santo se sentía atraído interiormente cuando estaba allí la Divina Madre orando, y él se quedaba afuera para no molestar a su esposa, y allí de rodillas adoraba a su Dios y le suplicaba, que, puesto que no podía entrar para no molestar las oraciones de su esposa, se hubiese dignado compartir con él, en ese lugar, alguna Luz y algún buen sentimiento, y esto se lo pedía por el amor que él tenía hacia la Santísima doncella María que le había sido dada como compañera.

 Dios no se demoraba en consolarlo comunicándose abundantemente a su alma.

Mucho se humillaba nuestro José, y de todo se consideraba muy indigno y, por lo tanto, pedía a menudo las Gracias a su Dios por los méritos de su Santa esposa, que ya sabía cuánto era querida y agradable a Dios y cómo fuese amada y favorecida por Él mismo. Crecía siempre más en el Santo el aprecio y la veneración hacia su esposa María, de tal modo, que cuando Ella estaba en oración o en alguna actitud y siempre que no fuera visto por Ella, José le hacía reverencias. Esto lo hacía, motivado por un impulso que le salía de su interior.

Él creía que esto procediera de la santidad que veía en Ella, aunque era por otro motivo mucho más sublime que el Santo no entendía, y era que el Verbo Divino que habitaba en Ella, atraía a sí el espíritu de José, para venerarlo y adorarlo en el seno virginal. Veía en su esposa siempre mayor gracia y belleza y la reconocía adornada de las virtudes más sublimes, de modo que quedaba como sobrecogido por la maravilla, y no podía comprender de donde viniera todo eso.

Nathan Greene - The Carpenter

Se iba persuadiendo de que siendo Ella tan Santa, Dios le comunicaba siempre nuevos favores y Gracias, como en efecto así era, pero el Verbo Divino que estaba en Ella era quien hada traslucir también en su exterior, su divina Luz para consuelo de su amado José. Los Santos esposos Vivian de la manera como ya se ha hablado en el primer libro de esta historia, en parte orando, y en parte rezando las alabanzas divinas, en parte trabajando para conseguir el alimento con sus fatigas, y en parte lo utilizaban en santos coloquios.

Hablaban a menudo de cuánto habían dicho los profetas acerca de la venida del Mesías y de lo que estaba escrito en las Sagradas Escrituras; y muchas cosas que nuestro José no entendía, se las hacía explicar por su esposa María, porque veía cómo Ella estaba muy instruída en todo y era muy sabia. La Divina Madre lo complacía en todo, mostrándose muy obediente y hablando entre ellos acerca de cuánto había sido profetizado con respecto al Mesías.

Derramaba lágrimas de dulzura al oír las admirables cualidades que habría tenido el Mesías; sin embargo, la Divina Madre derramaba lágrimas, porque tenía un claro conocimiento de lo mucho que padecería su Divino Hijo para rescatar al género humano, y tenía escondidos en su Corazón los dolores que le traspasaban el alma.

No se los comunicaba a su José para no hacerlo sufrir demasiado, y Ella sola sufría la dura pena sin manifestársela y sin buscar compasión a su dolor.

 Nuestro José observó que cuando hablaba con su esposa acerca de la venida del Mesías, Ella a menudo derramaba lágrimas, y creía que esto procediera del deseo que María sentía de ello y por ver que demoraba su venida, sin embargo, la Divina Madre sufría por el dolor que su Hijo estaba por sufrir. Observó también cómo su esposa ya no lo exhortaba para suplicar al Padre Divino para que se dignara enviar pronto al Mesías prometido, pero no se atrevía el Santo a preguntarle nada, y se imaginaba que ya Ella había sido asegurada por parte de Dios acerca de su venida, que hubiesen sido atendidas sus súplicas y que el Mesías estuviera por venir pronto al mundo.

Luego observaba que al hablar entre ellos de las virtudes admirables que tendría el Mesías, resplandecía una claridad admirable en el rostro de su divina esposa, y nuestro José no entendía de dónde procedía esto.

Tenía a menudo el deseo de saber la causa, pero el Santo se humillaba, reconociéndose indigno en saberlo, y de esto también guardaba silencio con su esposa. Sin embargo, pensaba que Dios se complacía mucho en esos discursos y que en señal de esa complacencia le daba esas señales claras comunicándole a su esposa y participándole también en su exterior esa claridad.

El Santo gozaba de todo y se consideraba siempre más indigno de tanta Gracia. Observaba luego, nuestro José, que su Santa esposa estaba casi siempre absorta y pasaba días enteros sin siquiera alimentarse, por lo cual el Santo creía que hacía esto para mover a Dios para que enviara pronto al Mesías prometido, y él también procuraba abstenerse del alimento, tomando lo mínimo necesario.

Sin embargo, era exhortado por su esposa a alimentarse para no perder las fuerzas corporales, pero el Santo se ponía a mirar a su esposa y al mismo tiempo se encontraba saciado, y con humildes modales decía a su esposa que se contentara en dejarlo estar en ayunas, porque lo que llenaba a Ella en su abstinencia, lo saciaba a él también.

Luego de aquí la Divina Madre tomaba nuevos motivos para alabar a su Dios y los Santos esposos se unían para cantar las alabanzas divinas y conversar entre sí sobre la Divina Bondad.

Nuestro José se encontraba con una renovación espiritual muy grande y sublime, con una dicha plena del corazón nunca experimentada antes. Le parecía tener en su casa a un gran tesoro, y ya no envidiaba la felicidad de los Cielos, los cuales son la habitación de los espíritus bienaventurados y del mismo Dios. Ya no se preocupaba en mirar al Cielo y solamente le bastaba dar una mirada a su esposa para que su corazón quedara plenamente consolado, y no tenía más cosas que desear.

El Santo no sabía de dónde procedía todo eso, y esto le causaba algún temor, diciendo en su interior:

– ¿”Tal vez, Dios mío, no os amo yo con ese ardor con el que antes os amaba, por lo cual ya no me preocupo en mirar al Cielo donde Vos habitáis, ¿por estar llenando aquí abajo los deseos de mi corazón?”-.

Y reflexionando atentamente en su interior, entendía cómo su Dios era el único objeto de su amor, y, dirigiéndose a su Dios, exclamaba:

-“iAh, Dios mío! Vos sois el único amor mío, mi único bien, mi tesoro, mi todo. Mi corazón otra cosa no desea que a Vos, y por lo tanto yo amo a mi esposa, en cuanto la reconozco colmada de vuestra Gracia y de vuestro Amor, y entiendo amar a Vos en Ella mientras bien conozco que Vos hacéis en Ella vuestra dichosa morada; y luego Vos mismo me la habéis dado como fiel compañera y me ordenéis que yo la ame, y bien merece ser amada, siendo tan Santa y tan llena de virtud y de Gracia”-.

Hacia Dios (Lourdes)’s Instagram photo: “. 📖Reflexión del Papa Francisco sobre el Evangelio📖 . Jesús dice: "El vino nuevo debe echarse en odres nuevos". Por lo tanto, "a vino…”

 Y así se tranquilizaba el Santo esposo y gozaba de las Gracias que su Dios le dispensaba. Al estar nuestro José entre tantos consuelos de su espíritu, no le faltaban angustias por parte de las criaturas, y mientras él se quedaba trabajando en su pequeño taller, iban allí algunos ociosos para hablar y pasar el tiempo, pero como nuestro Santo, la mayoría de las veces pasaba extasiado y contemplando las grandezas de su Dios, no les daba ninguna respuesta, por lo cual ellos se burlaban y se mofaban de él.

Lo llamaban tonto, insensato, hombre inútil.

 Nuestro José se humillaba, y todo lo sufría con paciencia y generosidad. A veces le preguntaban acerca de su esposa y le manifestaban como sufriría Ella al tratar con él, un ser tan tonto, y comenzaban a decir palabras impertinentes, porque estos eran muy instigados por el demonio, el cual trataba con todos los medios hacer caer al Santo en actos de impaciencia y de ira. Pero el Santo se servía de todo para enriquecerse siempre más de méritos y practicar las virtudes, y por lo tanto con buenos modales los despedía y los reprochaba diciéndoles que todo lo que hacían era ofensa a Dios.

Una vez que se marchaban, el Santo se retiraba para orar y pedir por ellos, de modo que el Señor se hubiese dignado iluminarlos y a la vez perdonarles sus errores, y en estas circunstancias practicaba los actos de humildad, de caridad y de paciencia.

El enemigo infernal se enfurecía siempre más y rugía contra nuestro José y mucho más contra su Santa esposa, y no sabía cómo hacer para angustiarlos y poner discordias entre ellos.

 Sin embargo, de ser muy combatido, al enemigo lo tenía alejado de ellos el Divino Poder y también la fuerza de sus grandes virtudes, y sobre todo su humildad muy profunda, su pureza y abstinencia, y por el ardiente Amor de Dios que reinaba en sus corazones.

Nuestro José se lo manifestaba todo a su Santa esposa y era animado por Ella a sufrirlo todo con paciencia, porque así agradaría mucho a su Dios. Luego se unían para orar juntos por aquellos que los perseguían.

Pasaron algún tiempo en esta forma de vivir, nadando el alma de nuestro José en un mar de dicha y de consuelos divinos. Quiso por lo tanto Dios probar de nuevo a su siervo con una angustia muy grande no sufrida durante el tiempo de su vida pasada, como se dirá en el capítulo siguiente, habiéndolo, sin embargo, Dios fortificado antes con su Gracia y con los muchos favores que había compartido con él.

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