Santos

La agonía de Santa Teresita

En enero de 1897, cuando Teresa acababa de cumplir veinticuatro años, escribió: “Yo creo que mi carrera no durará mucho tiempo”.

El sufrimiento de Teresa era atroz, ya que a la enfermedad del pecho se le agregó la tuberculosis intestinal, que llevó consigo la gangrena, mientras se formaban llagas, causadas por su extrema delgadez; males que no podían en algún modo aliviarse así y se anunciaron días todavía mas oscuros.

La agonía de Teresa

Hace 123 años, en un día como hoy, 30 de septiembre, poco después de las 7 de la tarde, murió la carmelita Teresa de Lisieux, Santa Teresita del Niño Jesús, una de las figuras más atractivas del catolicismo de nuestro tiempo.

“No se acongojen, hermanitas mías, si sufro tanto y si al momento de la muerte no verán en mi, como ya les he dicho, alguna señal de felicidad. Nuestro Señor murió como víctima de Amor, e vean ¡cual fue su agonía!”.

Santa Teresita

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Fue larga la agonía de la carmelita francesa, a quien el diminutivo de su nombre hace parecer erróneamente infantil.

“Me llamaréis Teresita”, así en español, respondió ella misma en esos últimos días a alguien que le preguntó con qué nombre habría que invocarla cuando estuviera en el cielo.

Fue, por el contrario, una mujer fuerte, a la que a los 24 años derribó la tuberculosis, entre terribles sufrimientos y, además en medio de una angustiosa prueba de fe.

No se moría una niña ese 30 de septiembre de 1897, sino una verdadera mártir de la esperanza. Como una nueva Juana de Arco, a la que representó (queda registro fotográfico) en una velada teatral en su convento, ella es el testimonio de la heroicidad que implica ser fiel a la vida, a esta vida a secas, sin misticismos, a la que muchos, casi todos, estamos destinados. Una agonía, la de Teresita, que podemos revivir con la lectura de una obra que, junto con su conocida autobiografía, “Historia de un alma”, y sus muchas cartas, poesías y otros escritos menores conforman sus obras completas.

“Últimas conversaciones” se llama este escrito que recoge las últimas palabras de Teresa agonizante y que al principio se tituló “Novissima verba” (últimas palabras), con ese adjetivo latino “novus” que, paradójicamente, en el superlativo significa extremo, último, de donde nuestros “novísimos” para referirnos a las postrimerías.

Desde abril, las monjitas del convento de Lisieux, en especial su hermana Paulina, Madre Inés de Jesús en el Carmelo, fueron recogiendo las palabras que le oían a la joven religiosa en su lecho de enferma. A partir de junio, trasladada a la enfermería, el desenlace final se precipitó.

“Hacia las cinco (del 30 de septiembre) -cuenta la madre Inés- yo estaba sola con ella. Su semblante cambió de pronto y comprendí que era la última agonía… Tenía en las manos un crucifijo y lo miraba sin cesar. Durante más de dos horas desgarró su pecho un terrible estertor. Tenía el rostro congestionado, las manos amoratadas, los pies helados y le temblaban todos los miembros. Un sudor abundante perlaba su frente con gotas enormes y le resbalaban por las mejillas. La opresión era creciente y de vez en cuando, para respirar, emitía débiles gritos involuntarios.

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…A las seis, cuando sonó el ángelus, miró largamente la estatua de la Santísima Virgen. Por fin, a las siete y algunos minutos… suspiró:
“-Madre, ¿no es esto la agonía?
“-Sí, pobrecita mía, es la agonía, pero tal vez Dios quiera prolongarla algunas horas más.

Ella continuó valientemente:
“-Pues bien… ¡adelante…! ¡adelante…! No quisiera sufrir menos tiempo…
“Y mirando al crucifijo: -¡Lo amo…! ¡Dios mío…, te amo…!

Y de pronto, tras pronunciar estas palabras, cayó suavemente hacia atrás, con la cabeza inclinada hacia la derecha…

ÚLTIMOS MESES DE ENFERMEDAD Y MUERTES

Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz.

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En enero de 1897, cuando Teresa acababa de cumplir veinticuatro años, escribe: “Yo creo que mi carrera no durará mucho tiempo”. Sin embargo, a pesar del empeoramiento de la enfermedad durante el invierno, se las arregla para engañar a las Carmelitas y tomar su lugar de nuevo en la comunidad.

En la primavera los vómitos, dolor severo en el pecho, y el toser sangre se convierten en algo diario y así, muy lentamente, se va apagando. En junio, La madre María de Gonzaga le pide continuar escribiendo sus memorias (que le habían sido mandadas escribir en 1894 por su hermana Paulina cuando era priora a petición de varias de las hermanas de la comunidad.

Después de su muerte estos manuscritos, tres en total, se unirían para publicar la primera edición de la Historia de un alma). Ahora los escribiría en el jardín, en una silla de ruedas especial utilizada por su padre en los últimos años de su enfermedad, y luego trasladada al carmelo.

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Su condición empeora, el 8 de julio de 1897 es llevada a la enfermería, donde permaneció durante doce semanas hasta su muerte. Aun cuando ya sabía que esta era su última enfermedad, y todavía estando viviendo esa noche de la fe, ya nada la priva de una certeza interior sobre la vida después de la muerte, Teresa se aferra a esta esperanza.

El 17 de julio, se le escucha decir:

“Siento que pronto va a empezar mi misión de hacer amar a Dios como yo le amo, y de enseñar a muchos el camino espiritual de la sencillez y de la infancia espiritual. El deseo que le he expresado al buen Dios es el de pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra, hasta el fin del mundo. Sí, quiero pasar mi cielo haciendo el bien sobre la tierra”.

El 17 de agosto, el Dr. La Neele examina a Teresa. El diagnóstico es claro: se trata de una tuberculosis pulmonar en su etapa más avanzada, uno de sus pulmones ya está perdido y el otro en parte, incluso llega a afectar a los intestinos. Su sufrimiento es extremo que “alcanza a perder la razón”.

Unos meses antes de su muerte; Teresa toma un poco de fuerza, y se encuentra incluso con algo de humor en medio de su lecho de enfermedad. Sus hermanas deberán registrar sus palabras (estas últimas palabras y conversaciones, anotadas desde mayo a septiembre de 1897, luego también serían publicadas bajo el título de últimas conversaciones).

Le preguntan cómo deberían llamarla cuando la invoquen en la oración; ella responde que quiere ser llamada “Teresita”. El 29 de septiembre de 1897 comienza su agonía. Pasa una noche difícil, mientras sus hermanas la cuidaban.

Por la mañana, dijo: “Todo es pura agonía sin mezcla de consuelo”. Ella pide estar espiritualmente preparada para morir. La Madre María de Gonzaga la tranquiliza diciendo que siempre ha practicado la humildad, y su preparación ya está hecha. Teresa pensó por un momento y luego respondió: “Sí, creo que siempre he buscado la verdad; sí, entendí la humildad de corazón…”.

Su respiración se está haciendo más corta y se ahoga. Después de dos días de agonía, se siente agotada por el dolor:

“Nunca pensé que fuera posible sufrir tanto! ¡Nunca! ¡Nunca! No lo puedo explicar sino por el anhelo que tengo de salvar almas”.

Sobre las 7: 20 de la noche del 30 de septiembre de 1897, y mientras apretaba fuertemente un crucifijo entre sus manos, dijo sus últimas palabras: “Oh! le amo! … Dios mío… te amo…”.

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

Inmediatamente cae levemente sobre su almohada, y luego vuelve a abrir sus ojos por última vez. De acuerdo con las Carmelitas que estuvieron allí presentes, entró en un éxtasis que duró el espacio de un credo, antes de exhalar su último aliento. Permaneció con los ojos fijos cerca de la imagen de la Virgen María que le había sonreído de pequeña y que sus hermanas habían instalado en la enfermería desde que fue trasladada allí.

Al instante de fallecer su rostro recuperó el suave color que le era natural.

“Yo no muero, yo entro en la Vida“, escribió en una de sus últimas cartas. Inmediatamente la noticia fue llevada por Sor Inés de Jesús (Paulina) a su hermana Leonia, que en una tercera y definitiva ocasión persevera en su vocación religiosa en el convento de La Visitación de Caen, y demás familiares que desde hace varios días se mantenían pendientes de la enfermedad y agonía de Teresa.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas, texto que dice "Pം no muero, entro on la vida."

Su cuerpo fue inmediatamente trasladado al coro del monasterio donde fue velado durante cuatro días. A sus funerales asistieron más personas que a los de cualquier otra carmelita fallecida antes de ella en ese mismo monasterio.

Muchas personas pedían que las demás religiosas frotaran sus rosarios y objetos de devoción en el ataúd de la hermana recién fallecida. Fue sepultada el 4 de octubre de 1897, y según los testigos aún su cuerpo se encontraba rosado y flexible, como si acabase de morir.

Fue la primera en ocupar el nuevo espacio que el monasterio había comprado en el cementerio de Lisieux. Las carmelitas, obedeciendo su voto de clausura, no pueden acompañar el desfile fúnebre hasta el cementerio, solo hacen una pequeña procesión hasta el coche fúnebre.

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2 replies »

  1. Fui !a Lisieux hace muchos años, me llevaron unos amigos desde Paris. Fue muy enocionante para mí , haber ido alli.
    Una gran gracia del amor del Sagrado Corazon de Jesus y de Nuestra Madre.
    Alabado sea mi Señor

    Me gusta

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