padre Pío

Los últimos momentos del padre Pío

El 22 de septiembre de 1968, con la edad de 81 años, a las 5 de la mañana, el Padre Pio celebró su última Misa y a las 18 hs de ese mismo día brindó su última bendición a la multitud en la iglesia

Un día como hoy el padre Pío celebró su última misa

Padre Pío: 3 hechos milagrosos que tal vez no conocías


El 22 de septiembre de 1968, con la edad de 81 años, a las 5 de la mañana, el Padre Pio celebró su última Misa y a las 18 hs de ese mismo día brindó su última bendición a la multitud en la iglesia:
El domingo día 22 de septiembre de 1968 se celebraba el 50 aniversario de la aparición de los estigmas de Padre Pío.

Cincuenta ramos de rosas rojas decoraban el altar, traídos por los delegados de setecientos Grupos de Oración llegados de todas partes, en recuerdo de esos 50 años de ininterrumpido sangrar, de crucificado sin cruz, de participación en la Pasión de Cristo. “Padre, celebre usted una misa solemne y cantada” le pidió el padre guardián.

Como era de esperar, obediente, sin fuerzas, no se sabe cómo, pero lo hizo, ayudado por 3 de sus hermanos, celebró su última misa. Cada paso que daba era un ataque de asma.

Algunos testigos cuentan que le vieron muy enfermo. Trató de cantar, pero no pudo… Al terminar, estuvo por desplomarse si el padre Guglielmo no lo hubiera sujetado y ayudado a sentarse en la silla de ruedas.

Al alejarse, dirigió una impresionante mirada a los fieles, y tendiéndoles los brazos como si quisiera abrazarlos, se despidió con un susurro: “Hijos míos, queridos hijos míos”.

Cuál no sería la sorpresa de algunos fieles que se dieron cuenta, mientras celebraba la Misa, que habían desaparecido las llagas de sus manos, que habían permanecido abiertas, frescas, sangrantes durante medio siglo.

Aquel día 22 de septiembre, después de una breve aparición saludando con el pañuelo y bendiciendo con la mano, se retiró a su celda. Sonreía, pero su rostro se veía muy cansado.

Dirigiéndose a sus hermanos capuchinos, que lo venían cargando, les dijo: “Dentro de poco ya no tendrán que molestarse para acompañarme a decir Misa, fue una dramática profecía Esa misma noche, a las 21 horas, comenzaba el final de la vida de Padre Pío. A las 22 horas Padre Pío le pregunta la hora a Padre Pellegrino- que lo cuidaba- Recitaba una Ave Maria y le pedía que se quedara junto a él. A las 23 horas Padre Pellegrino se despide de Padre Pío, pero preocupado, se queda despierto en su celda contigua. Padre Pío sigue con su rosario en la mano recitándolo débilmente.

Después de las 21 hs. del 22 de septiembre de 1968 cuando el Padre Mariano se había alejado de la celda Nº 4 y yo había entrado a ella, el Padre Pío por medio del intercomunicador me llamó para que fuera a su habitación. Estaba en la cama, acostado sobre el lado derecho y sólo me preguntó la hora que marcaba el despertador colocado en su mesita de luz.

De sus ojos enrojecidos le sequé algunas lagrimitas y volví a la habitación Nº4 para mantenerme a la escucha junto al intercomunicador siempre encendido. El Padre me llamó todavía otras cinco o seis veces hasta medianoche y tenía siempre los ojos rojos por el llanto, pero por un llanto dulce, sereno.

A medianoche me suplicó como un niño asustado: ”Quédate conmigo, hijo mío”y empezó a preguntarme con mucha frecuencia la hora. Me miraba con ojos llenos de súplica, apretándome fuerte las manos. Luego, como si se hubiera olvidado de la hora, preguntada continuamente, me dijo: -“Uaglió, a ditte a Messa? “(¿Muchacho, has dicho Misa?). Respondí sonriendo: –“Padre Espiritual, es demasiado temprano ahora para la Misa”. Y él replicó:-” Bueno, esta mañana la dirás por mí”. Y yo: –“Pero todas las mañanas la digo por sus intenciones”.

Seguidamente quiso confesarse y terminada su confesión sacramental, me dijo:”Hijo mío, si hoy el Señor me llama, pide perdón en mi nombre a mis hermanos frailes por todas las molestias que he causado y les pido a ellos y a mis hijos espirituales una oración por mi alma”.

Respondí:”Padre Espiritual, estoy seguro que el Señor lo hará vivir aún mucho tiempo, pero si tuviera razón Ud., ¿puedo pedirle una última bendición para mis hermanos frailes, para sus hijos espirituales y sus enfermos?”.
Y él:-” Si, que los bendigo a todos; es más, pide al Superior que él les dé en mi nombre esta última bendición”
-“ Y a Pía, Ettoruccio (sobrinos) y familia, y a Sor Pía ¿Qué les digo?”
“Ellos saben cuánto los he amado”, me respondió estallando en lágrimas, -“los bendigo a todos, los bendigo a todos”.

Al final, me pidió renovar el acto de profesión religiosa. Era la una, cuando me lo pidió:
-“Oye, hijo mío, yo aquí en la cama no respiro bien. Déjame levantarme. En la silla respiraré mejor”.

A la una, a las dos, a las tres eran en general las horas en que solía levantarse para prepararse para la Santa Misa, y antes de sentarse en el sillón solía hacer cuatro pasos por el corredor. Esa noche noté, con gran sorpresa, que caminaba derecho y rápido como un joven, tanto que no había necesidad de sostenerlo.

Cuando llegó a la salida de su celda, dijo:”Vamos un poco a la terracita” Lo seguí teniendo la mano bajo su brazo. Él mismo encendió la luz y cuando llegó cerca del sillón, se sentó y miró la terracita, curioseando, parecía que con los ojos buscara algo.

Después de cinco minutos quiso volver a la celda. Traté de alzarlo pero me dijo:-”No puedo”. En efecto, se había vuelto más pesado: -“Padre Espiritual, no se preocupe”, le dije dándole ánimo y tomando enseguida la silla de ruedas, que estaba a dos pasos. Lo levanté del sillón por las axilas y lo hice sentar en la silla. Él mismo alzó los pies del suelo y los colocó en el lugar de apoyo de la silla de ruedas.

En la celda, una vez que lo puse en el sillón, él indicándome con la mano izquierda y con la mirada la silla de ruedas, me dijo:”Llévala para afuera”. Cuando volví a entrar a la celda, noté que el Padre empezaba a palidecer. En la frente tenía un sudor frío. Me asusté cuando vi que sus labios comenzaban a volverse lívidos. Él repetía continuamente:-” ¡Jesús, María!”, con voz cada vez más débil. Me moví para ir a llamar a un hermano, pero él me detuvo diciéndome:-”No despiertes a nadie”.

Yo salí igualmente y, corriendo, me había alejado pocos pasos de su celda, cuando me llamó una vez más. Y yo, pensando que me llamaba para decirme la misma cosa, retrocedí. Pero cuando sentí que me repetía:-”No llames a nadie”, le respondí con un acto de imploración:-”Padre Espiritual, déjeme hacerlo. Y corriendo me dirigí hacia la celda del Padre Mariano, pero viendo abierta la puerta de Fray Guglielmo, entré, encendí la luz y lo sacudí:-” ¡El Padre Pío está mal!”. En un momento Fray Guglielmo llegó a la celda del Padre y yo corrí a telefonear al Dr. Sala. Éste llegó después de aproximadamente diez minutos y, apenas lo vio al Padre, preparó lo necesario para hacerle una inyección.

Cuando todo estuvo pronto, Fray Guglielmo y yo tratamos de levantarlo, pero no lográndolo, tuvimos que recostarlo en la cama. El doctor le aplicó la inyección y luego nos ayudó a ponerlo en le sillón mientras el Padre repetía con voz cada vez más débil y con el movimiento de los labios cada vez más imperceptible:-” ¡Jesús, María!”.

Llamados por mí, llegaron enseguida el Padre Guardián, el Padre Mariano y otros hermanos frailes; en tanto que llamados telefónicamente por el Dr. Sala, comenzaban a llegar uno tras otro Mario Pennelli, sobrino del Padre Pío, el Director de la Casa Alivio del Sufrimiento Dr. Gusso y el Dr. Giovanni Scarale. Mientras los médicos le proporcionaban el oxígeno, primero con la cánula y luego con la máscara, el Padre Paolo da San Giovanni Rotondo le administraba al Padre Espiritual el Sacramento de los Enfermos y los otros.

A las 2, 30 hs., más o menos, inclinó suavemente la cabeza sobre el pecho. Había expirado.

12 datos impactantes sobre padre Pío | PPC Editorial México

San Giovanni Rotondo, 29 de septiembre de 1968.
Doy fe.

Padre Pellegrino Funicelli

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