Revelaciones Privadas

Después de tres meses el Santo va a recoger a su esposa y con Ella regresa a Nazaret

Vida del Glorioso Patriarca San José Esposo purísimo de la Gran Madre de Dios y Padre Adoptivo de Jesús, manifestado por Jesucristo a la Hna. Cecilia Baij en revelación. Año 1736.

CAPÍTULO XXI Tomo 2

Después de tres meses el Santo va a recoger a su esposa y con Ella regresa a Nazaret

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Al acercarse el cumplimiento de los tres meses de la estadía de María Santísima en casa de su pariente Isabel, de noche le habló el Ángel a nuestro José y le ordenó para que fuera a recoger a su esposa y la llevara de nuevo a Nazaret, porque así lo disponía Dios.

Ya estaba el Santo pensando en ir, pero esperaba precisamente la orden del Ángel, así como la había tenido para llevarla. Mucho se alegró nuestro José por este aviso y se alegró su corazón al ver que habría llegado el tiempo de la suspirada dicha de llevar de nuevo a casa a su amada esposa, por lo cual no se detuvo por nada, sino que enseguida, al amanecer, después de haber hecho sus acostumbradas oraciones, se puso en camino con gran alegría, pensando ya que su esposa le habría solicitado la Gracia de su Dios para llegar felizmente donde Ella. En efecto no se equivocó en esto, porque en realidad la divina Madre, que todo lo veía en espíritu, no dejó de orar por su esposo José de modo que estuviera asistido y protegido por la Gracia Divina en ese viaje.

No fueron vanas sus súplicas, porque nuestro José tuvo una asistencia particular en ese viaje y fue también favorecido de muchas Gracias. Apresuraba los pasos el Santo esposo, pero más era llevado por el amor y el deseo que tenía de volver a ver pronto a su amada esposa. Tenía fijo el pensamiento en Dios, el cual era el objeto primero de su amor; a menudo lo dirigía a su amada esposa, a la cual amaba en Dios, y la consideraba como criatura muy amada y favorecida de Gracias particulares de parte de Dios.

 A menudo miraba el cielo donde estaba su tesoro, y muchas veces se detenía para contemplar las Obras de la Divina potencia y sabiduría, la cual con un solo fin había creado los cielos y todas las otras criaturas, y fijando los ojos al cielo quedaba estático en dicha contemplación. Otras veces se quedaba mirando las plantas, los árboles, las llanuras, los campos, y aquí contemplando la sabiduría de su Dios al crear todas las cosas con un orden tan hermoso, quedaba tan asombrado de ello y exclamaba: – “¡0h Dios mío, Omnipotente, sapientísimo, incomprensible, inmenso, inenarrable; que digno sois vos de ser amado! i0h!, cómo es que todas las criaturas no arden de vuestro amor? cómo no aman tanta bondad?, a es posible, que se encuentre un corazón tan infeliz que no ame vuestra bondad, mientras Vos tanto nos amáis, y tantas cosas habéis  creado para nuestro bien, para nuestro consuelo? Y la criatura racional, que habéis creado para que os ame, ¿es posible que esta os niegue su amor? Ah, Dios mío, ¿y es también verdad que se encuentre a muchos que no os aman?”

Y aquí se ponía a derramar lágrimas por el dolor que sentía porque su Dios no era amado. Desde su más tierna edad nuestro José estaba muy atraído por el afecto hacia su Dios, en mirar el cielo en el cual encontraba mucho consuelo, y cuando iba al campo abierto, llenaba su deseo y estaba por mucho tiempo con la mirada fija al cielo mirando con complacencia más y esa patria de la cual él debía, a su debido tiempo, ser uno de los primeros ciudadanos de esa noble ciudad, aunque el mayor pensamiento de nuestro José era el de contemplar a su Dios en ese dichoso reino.

 

Domingo 22 de diciembre de 2019 – IVº de Adviento – Jesús, Dios con  nosotros – Parroquia Padre Nuestro

Suspiraba también ir a vivir allá y por lo tanto pedía que se apresurara la venida del Mesías. Con encendidos suspiros repetía las súplicas de los patriarcas y profetas, y todo se deshacía en amor cuando ,decía esto, y nuestro Dios lo llenaba de consuelo y lo iluminaba por lo cual entendía muchos misterios y estaba con gran seguridad esperando la venida del Mesías dentro de poco, y decía: -“No es posible que Vos, Dios mío, no atendías las presurosas súplicas que os dirige de continuo mi esposa María, porque sé que es muy querida por Vos y grata a Vuestros ojos. ¡Ah, sí, espero que pronto la atenderéis!”-.

Estos y otros semejantes eran los afectos y coloquios que nuestro José iba haciendo con su Dios en este viaje, del cual se encontró pronto al final sin siquiera darse cuenta, tanto era el amor que tenía hacia su Dios y el gusto que sentía en quedarse contemplando sus obras y en expresarle los deseos de su corazón.

Un día, después de un largo caminar, se puso a mirar el cielo y a la tierra por cuanto podía alcanzar la vista, y luego, dirigiéndose a su Dios, exclamó: -“Vos, Dios mío, sois el dueño absoluto de cuanto ahora yo estoy mirando. Vuestros son los cielos, vuestra la tierra, el mar, los dos; y todos están sujetos a vuestro dominio; y sin embargo Vos, siendo un Señor tan grande, ¡no menospreciaréis venir a vivir entre los hombres! Y, sin embargo, habrá quien tendrá la suerte de tratar con Vos también de una forma muy familiar; Oh, ¡gran Señor!, Oh, ¡gran Señor!”-, exclamó, y fue arrebatado en éxtasis donde le fue revelado como el Mesías, no solamente habría vivido en la tierra entre los hombres, sino que se habría humillado mucho y habría conversado con personas despreciables, sencillas y pobres”.

Nuestro José se llenó de consuelo y decía: –“Pues, si vendrá en nuestros tiempos, no despreciará tratar con nosotros, aunque pobres y despreciables; Oh, ¡felices de nosotros!; Oh, dichosos de nosotros, ¡si seremos hechos dignos de esta suerte!”-.

Y de allí en adelante, no solamente deseó con más ardor la venida del Mesías, sino que estuvo con una dicha del corazón, esperando que no habría despreciado tratar con Él. Al terminar su viaje nuestro José, se fue directamente a la casa de Zacarías, donde era esperado por su Santa esposa y también por todos los de la casa, según lo convenido, que debía volver al final de tres meses para recoger a su esposa María. Fue acogido y recibido con demostraciones de particular afecto, y sobre todo por su Santísima esposa, la cual enseguida dio la bienvenida a su José, y cuando este la vio, su corazón comenzó a alegrarse y a exultar, pues la vio siempre más bella y más graciosa y siempre más rica y adornada de Gracias divinas.

 

María habla con José para decirle acerca de su milagroso embarazo. |  Bíblicos | Biblia imagen, Virgen maría y Belenes

Prendado el Santo esposo por el amor y la veneración, la saludo con profundo respeto y le dijo: –“Oh, ¡cuánto, esposa mía, he deseado volver a veros y con qué deseo he hecho este viaje!, ahora solamente al veros, mis deseos quedan satisfechos, y al haberme dado Dios a vos por fiel compañera, no puedo vivir lejos de vos sin una gran pena”-.

Su Santa esposa lo invitó a alabar a su Dios por la Gracia que le había hecho, lo cual agradó mucho al Santo esposo, y conjuntamente alabaron y agradecieron a Dios por el consuelo que les daba y por haberlo asistido y favorecido tanto en el viaje. Encontró nacido al precursor Juan Bautista, y cuando nuestro José lo vio, conoció en el niño cómo había sido prevenido con las dulzuras de las bendiciones divinas y conoció en él la Gracia de Dios que llenaba su alma. También fue reconocido por el precursor, que, a la vista de José, inclinó la cabeza en acto de saludarlo, mostrando también al exterior la dicha que sentía al verlo. Nuestro José se alegró con sus padres, que Dios los hubiese favorecido de dicha prole, y les dijo que veía en el niño cosas grandes y que creía que habría sido un gran profeta y muy grande delante de Dios y también de los hombres. Muchas fueron las felicitaciones que nuestro José hizo a los padres de Juan, y conjuntamente alabaron y agradecieron a Dios. Luego se dispusieron los Santos esposos María y José para partir.

La pariente Isabel y Zacarías deseaban que se hubiesen quedado aquí en su casa, sintiendo un gran pesar tener que quedarse privados de su grata compañía, pero los Santos esposos en esto no les complacieron, queriendo cumplir la Divina Voluntad, la cual ya conocían que debían regresar a su morada de Nazaret, por lo tanto, se disculparon con finos modales. Querían también hacer grandes dones a los Santos esposos, en acto de gratitud, pero no fueron recibidos por estos porque querían vivir en la pobreza y tan solo aceptaron lo que era necesario para su vida y nada más.

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Al llegar el día destinado para la salida, muchas fueron las lágrimas que toda esa familia derramó, porque cada uno que vivía en esa casa había recibido consuelo y alivio por parte de la Madre divina. La que más lo sintió, pero no manifestó su pesar, fue Santa Isabel que muy bien conocía quien era su pariente y el tesoro escondido que llevaba en su purísimo seno, y por lo tanto dirigiéndose a San José lo llamó más veces dichoso por la suerte que le había tocado el tener por compañera y esposa a la Santísima doncella María, y envidiaba santamente su suerte.

Nuestro José le pidió que rindiera afectuosas gracias a Dios en su nombre por el beneficio que le había hecho. Una vez que se realizaron todos los actos acostumbrados, previos a la partida, se fueron nuestros Santos esposos con gran alegría, quedando todos los de la casa muy consolados por los beneficios recibidos por la Divina Madre, pero a la vez muy afligidos por quedar privados de Ella, y no dejaban de bendecir a la Santísima esposa María y conversar continuamente entre ellos sobre sus especiales virtudes.

Los Santos esposos se fueron hacia Nazaret, felices y contentos, porque ya sabían que cumplían la Divina Voluntad; nuestro José, sin embargo, más que cualquier otro, contento y feliz porque llevaba consigo a su amada esposa, pareciéndole que tenía un gran tesoro, con él. Y de hecho lo tenía, teniendo consigo al ‘Rey y la Reina del Cielo y de la tierra; Oh, ¡Cómo se alegraba su corazón!; Oh, ¡Cómo exultaba su espíritu! ¿Quién podrá narrarlo? Sólo nuestro José el cual tuvo la dicha de experimentarlo. En este viaje el Santo iba hablando con su esposa, acerca de lo que le había ocurrido al ir a recogerla y cómo Dios lo había favorecido mucho en ese camino.

 Le dijo lo que había conocido acerca del Mesías prometido, y cómo se había dignado en tratar con gente humilde, sencilla y pobre, y le decía: -“Nosotros, esposa mía, somos pobres; pues si tendremos la suerte de verlo y que venga al mundo en nuestros tiempos, no menospreciará tratar también con nosotros. ¡Oh, que suerte será la nuestra!”-.

María y José

La divina esposa y Madre del Verbo Encarnado gozaba al máximo, al oír las palabras llenas de fervor de su José, y de ello tomaba motivo para alabar y exaltar la bondad de su Dios y con sus palabras encendía siempre más el amor en el corazón de José; después conjuntamente alababan a su Creador. Invitaba el Santo a su esposa a cantar alguna alabanza a su Dios y su esposa lo complacía. Cantaba con mucha gracia himnos de alabanza, los cuales Ella componía para alabar a su Creador y en alabanza al Verbo Divino humanado que llevaba en su seno. Tanta era la dulzura y suavidad de su canto que nuestro José era arrebatado en éxtasis por el consuelo que sentía. Acudían a oír las alabanzas de la Santísima Reina gran cantidad de pajaritos, y después que Ella había terminado su canto, comenzaban a cantar ellos en coro haciendo dulces cánticos, como si hubiesen tenido el uso de la razón y ellos también quisieran alabar a su Creador a imitación de la Santísima Virgen.

Nuestro José quedaba admirado de cuanto oía y gozaba mucho al ver el mérito de su Santa esposa, puesto que todo lo atribuía al mérito y virtudes de Ella y lo tomaba como favores de Dios hechos a su Santísima esposa. Después que terminaron sus cánticos, dirigiéndose a su esposa, le decía: -“Ves, ¿esposa mía, como os ama nuestro Dios y de qué manera os esté favoreciendo?, también con señales exteriores os manifiesta cuanto le sois grata, mientras todo lo hace para alabaros. Estos animalitos es verdad que alaban a su Creador, pero alaban también a vos, porque a vos solamente dan estas acogidas”-.

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Y en efecto se mostraban, esos animalitos, todos contentos y felices, estando todos alrededor de la Divina Madre. Sin embargo, la Virgen muy humilde se humillaba, y decía a su José que aquellos alababan a su Creador y que Dios permitía esto para darles alivio en el camino y para invitarlos siempre más a alabarlo ellos también, y que admiraran siempre más la gran bondad divina hacia ellos, y también en señal que Dios los amaba mucho y le decía: -“Si nuestro Dios nos ama tanto y nos da señales tan claras de su Amor cómo debemos amarlo nosotros y darle claras señales de nuestro amor hacia Él?”-.

Y la divina Madre comenzaba a hablarle del amor que debían a su Dios y se encendía totalmente en este amor, relumbrando las llamas también en su rostro, que era visto por el Santo esposo, puesto que entre el bermejo del rostro virginal se hacía ver una luz muy clara, la cual causaba en el Santo esposo una veneración y una dicha a la vez y quedaba él también todo encendido de Amor divino, tanto más que las palabras de su Santa esposa eran como flechas encendidas que penetraban en el corazón del Santo, y siempre más lo encendían en el divino Amor.

María y José viajan a Belén

No sentían ningún cansancio en este viaje, porque utilizaban el tiempo como ya se dijo antes, y por lo tanto el camino se les hacía muy fácil, antes bien agradable y no parecía verdad a nuestro José tener en su compañía a su amada esposa. Se encontraron luego en el viaje con varias personas y la Santísima Virgen servía para todos de alivio y de consuelo, haciendo a unos una Gracia, a otros otra, según la necesidad de ellos, sirviéndose el Verbo Divino de su Santísima Madre como instrumento para dispensar Gracias a los hombres, que Él ya había venido para salvar. También desde el seno materno hacía muchas Gracias, a insistencia de su Madre Santísima, a todos aquellos que se encontraban en la necesidad y sobre todo a aquellos que estaban en el pecado, a los cuales bien conocía la Divina Madre y suplicaba a su Hijo Dios humanado por la salvación de los hombres de modo que los iluminara, y les diera un verdadero dolor de sus culpas y los perdonara.

El Verbo Encarnado accedía a las suplicas de su Madre muy querida, y no hubo Gracia que Ella pidiera, que Él no la complaciera. A menudo le pedía el aumento de su Gracia divina en el alma de su esposo y siempre era complacida, por lo cual nuestro José crecía siempre más en la Gracia y en el amor de su Dios. El Santo conocía cómo Dios lo favorecía tanto y entendía cómo iba creciendo en él el dichoso fuego de amor y decía a su esposa que bien sabía cómo Ella le merecía las Gracias de su Dios y le decía: -“Yo conozco esto, porque desde que tengo la suerte de tratar con vos y que Dios me ha dado por fiel compañera, mi corazón se abraza de amor hacia mi Dios, mi espíritu no es capaz de otro consuelo que deleitarse en nuestro Dios, ni de otra cosa se preocupa, ni otra cosa desea, y quisiera todo consumirme en su Amor. Siento también cómo en mi alma hay algo que no sé, ni puedo explicar, y cómo nuestro Dios me hace degustar su dulzura y suavidad de un modo más sublime y excelente que antes. Todo esto yo estoy seguro de que me es participado a través de vuestra intercesión, porque nuestro Dios os ama mucho”-.

 Sentía estas palabras, la muy humilde Virgen, y más se humillaba y exaltaba la bondad de su Dios y decía a su esposo José: “Vos ya sabéis que bueno es nuestro Dios, que generoso y amoroso hacia quien lo ama. Vos decidís amaros infinitamente si fuera posible, decidís consumiros todo en su servicio. Procurad cumplir en todo su Divina Voluntad; no os sorprenda pues si nuestro Dios se muestra tan generoso y amable hacia vos. ¿Y no sabéis que es un gran Señor, y que puede dar mucho más de lo que nosotros podemos recibir?”.

A estas palabras, nuestro José exclamaba: -“i0h, Dios grande!, ¡Oh, Dios bueno!, iOh, ¡Dios infinito! ¿Y cuándo vuestro siervo llegue a amaros tanto cuanto conviene?, ¡y cuándo estaré todo dedicado a vuestro servicio?”-. Y al decir esto quedaba arrebatado en éxtasis. Su Santa esposa lo miraba con gran alegría y gozaba verlo crecer siempre más en el amor de su Dios al cual alababa y agradecía en su nombre. El Santo no dejaba de suplicarle a menudo para que hiciera por él los actos de agradecimiento y de alabanza a su Dios, porque él decía: -“Yo soy completamente incapaz, por lo tanto, hacedlo vos por mí, mientras vos mucho mejor que yo sabréis alabarle y agradecerle, porque vos estáis enriquecida de sabiduría y de Gracia”-.

La divina Madre se humillaba al oír estas palabras y exaltaba la bondad y grandeza de su Creador, la generosidad que hacia Ella usaba y decía a su José: -“Alabemos y agradezcamos juntos a nuestro generosísimo Dios, porque le estamos obligados más que cualquier otro; y si tan generoso se ha mostrado hasta ahora con sus criaturas, que es cosa admirable, mucho más generoso se ha demostrado y se va demostrando hacia nosotros, prefiriéndonos entre tantos y escogiéndonos para ser suyos”-.

 A este punto se juntaban para alabar y agradecer la Divina generosidad y bondad. Estos eran los coloquios que los Santos esposos hacían en ese viaje, hablando siempre de Dios, alabándolo y enalteciendo sus grandezas, su infinita bondad, su Amor, procurando mostrarse en todo gratos con un Señor tan generoso. Mucho le agradaban a Dios estos coloquios y el honor y la Gloria que daban a su Divina Majestad, y el Verbo Eterno, que estaba encerrado en el seno virginal, manifestaba a su divina Madre qué gratos le eran los deseos ardientes del muy fiel José, y le hacía ver qué enriquecida estaba su alma de Gracia y de méritos y cómo estaba dispuesto a enriquecerlo siempre más.

La divina Madre lo agradecía en nombre de José y luego dirigiéndose a él le decía que procurara crecer en el amor y en los deseos ardientes, porque su Dios estaba siempre dispuesto a compartirle nuevas y mayores Gracias y le decía: -“No nos cansemos nunca en pedir, porque confío que muchas Gracias recibiremos; y sigamos alabando y agradeciendo a nuestro Señor tan generoso porque lo merece y porque goza mucho de nuestra gratitud. Nosotros otra cosa no podemos hacer, que serle fiel en todo y alabarle y agradecerle continuamente porque también son continuas sus Gracias hacia nosotros, y agradeciéndole y siendo gratos hacia Él nos disponemos para recibir nuevas Gracias y favores”—.

Nuestro José estaba totalmente atento escuchando las palabras de su Santa esposa, las cuales quedaban todas grabadas en su corazón y lo encendían siempre más en el amor y gratitud hacia su Dios. Los Santos esposos terminaron este viaje con toda felicidad y consuelo de su espíritu, que apenas se dieron cuenta del camino que habían hecho y todo lo entendían, por lo cual no dejaron de dar gracias a Dios también de este beneficio, así como lo hacían con todas las otras Gracias que recibían de su Bondad.

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