Santos

PADRE PÍO, SUS SUFRIMIENTOS, SUS ENFERMEDADES

El padre Pío, desde jovencito, padeció muchas enfermedades misteriosas, que dejaban atónitos a los médicos, pues aparecían y desaparecían sin causa razonable.

P. Ángel Peña

El padre Pío, desde jovencito, padeció muchas enfermedades misteriosas, que dejaban atónitos a los médicos, pues aparecían y desaparecían sin causa razonable. Desde el principio los médicos hablaban de tuberculosis pulmonar. Los médicos militares le diagnosticaron infiltración en los ápices pulmonares. Con frecuencia tenía fiebres altísimas que rompían los termómetros normales y dejaba boquiabiertos a los médicos. El padre Agustín en su Diario habla de distintas enfermedades. Aparte de la
tuberculosis, resfriados fuertes con tos, que no le dejaban dormir.

También sufría de cólicos renales y dolores artríticos. Tuvieron que operarlo de una hernia inguinal.

En 1946 sufrió de un reuma en el brazo derecho, que no lo podía mover. Muchas veces sentía dolores en todo el cuerpo; otras veces tenía fuertes dolores de oídos, especialmente en noviembre de 1958, en que sufrió una otitis dolorosa. En 1959 sufrió también de pleuritis. Pero lo que más le hizo sufrir fueron las calumnias que propagaron sobre su supuesta inmoralidad.

EL DIABLO

Pero no sólo eran los dolores físicos y las calumnias lo que lo convertían en un Cristo viviente, asociado a la Pasión del Señor, sino también los asaltos del enemigo infernal a quien llamaba cosaco, barbazul o Belcebú. Se le presentaba de diferentes formas, lo golpeaba, lo tiraba de la cama, lo arrastraba por la habitación y lo tentaba de desesperación.

En 1911, estando en el convento de Venafro, se le apareció el demonio en forma de gato negro y horrible. Una vez se presentaron varias jóvenes desnudas, bailando provocativamente.

Otra vez le escupieron en el rostro sin aparecerse. En ocasiones lo aturdían con ruidos ensordecedores. En una oportunidad se le apareció en forma de verdugo que lo flageló. También se le presentó en forma de crucifijo o de un joven, amigo de los religiosos, que hacía poco los había visitado. Un día se apareció bajo la forma de su padre espiritual y hasta del padre provincial. Otro día se le presentó bajo la figura del Papa Pío X.

Otras veces se presentaba como si fuera su ángel custodio o san Francisco o la Virgen María. A veces, era uno solo, pero otras veces eran muchos. Él los reconocía pidiéndoles que repitieran con él: ¡Viva Jesús!, que ellos no querían repetir. Casi siempre, después de estas apariciones diabólicas, se le aparecía Jesús, María o su ángel custodio.

Algo que al diablo le disgustaba tremendamente era que el padre Agustín fuera su director espiritual. En una carta del 14 de octubre de 1912 le escribe: El diablo no quería que en la última carta le informara sobre la guerra que me hace. Como no quería escucharlo, comenzó a sugerirme: “¡Cómo agradarías a Jesús, si rompieses toda relación con tu padre espiritual! Él es muy peligroso para ti, es un objeto de gran distracción para ti. El tiempo es muy precioso y no deberías emplearlo en esta peligrosa correspondencia con tu padre, emplea ese tiempo en rezar por tu salud que está en peligro. Si sigues así, ten en cuenta que el infierno está siempre abierto para ti”.

En otra carta al padre Agustín, del 18 de enero de 1912 le dice: Barbazul no se quiere dar por vencido. Ha tomado casi todas las formas. Desde hace varios días me viene a visitar junto con sus otros satélites, armados de bastones y objetos de hierro. ¡Cuántas veces me ha tirado de la cama, arrastrándome por la celda! Pero
¡paciencia! Jesús, la Mamá celeste, el angelito, san José y el padre san Francisco están casi siempre conmigo.

En carta del 13 de diciembre de 1912 le dice al mismo padre Agustín: La otra noche barbazul se me ha presentado bajo la figura de un sacerdote nuestro, transmitiéndome una orden severísima del padre provincial de no escribirle más, porque es contrario a la pobreza y un grave impedimento para la perfección. Confieso mi debilidad, padre mío, lloré amargamente, creyendo que era una realidad. Y no hubiera sospechado ni lo más mínimo que era un engaño de barbazul, si mi angelito no me hubiera descubierto el engaño. El compañero de mi infancia trata de aliviar los dolores que me dan estos apóstatas impuros.

Estando el padre Pío en Foggia en 1916, cuenta en sus Memorias el padre Paolino: Cada tarde, cuando los hermanos estaban en la cena, en la habitación del padre Pío, que estaba enfermo en cama, se sentían unos tremendos ruidos como si un bidón de benzina hubiera caído con todo su peso sobre el pavimento de la celda del padre Pío. Los religiosos se espantaban el oír esos tremendos ruidos, que se repetían todos los días a la misma hora. Corrían a su celda y lo encontraban en cama palidísimo, tan angustiado que no podía ni pronunciar una palabra y sudando tanto que, al quitarle la camisa, parecía que la hubieran metido y sacado de una tina con agua.

Cuando llegué a Foggia y me lo contaron, no podía creerlo. Por eso, quise quedarme durante la cena en la celda del padre Pío para ver si el demonio se atrevía a hacer algo en mi presencia.

Pasaba el tiempo y, viendo que no pasaba nada, le dije que iría a cenar cuando salieran los hermanos. Cuando los hermanos estaban saliendo del comedor, salí y, apenas puse el pie en el primer escalón para bajar, oí el tremendo ruido que me sacudió de la cabeza a los pies, por ser la primera vez que lo oía. Regresé aprisa a la celda y lo encontré palidísimo como siempre. Le ayudé a cambiarle la ropa y me di cuenta de que era cierto lo que me habían contado.

El provincial, padre Benito, llegó a Foggia, pues los ruidos ya se repetían hacía un mes y la Comunidad estaba espantada, viviendo sobresaltada. El provincial le pidió al padre Pío que le rogara al Señor que, por el bien de la Comunidad, hiciera cesar aquellos ruidos… El Señor oyó su oración y cesaron los ruidos
volviendo la calma al convento, pero no cesaron los asaltos del demonio, que escogía siempre la misma hora de la cena para
atormentar al padre Pío. Por eso los hermanos, cuando después de la cena iban a visitarlo, lo encontraban en las mismas condiciones de antes: pálido, angustiado, sin fuerzas y totalmente bañado en sudor. Y esto duró muchísimo tiempo.

El mismo padre Pío declaró: Una noche se me echaron varios encima y me golpearon emitiendo gritos desesperados, tirando por el aire libros, sillas, guantes… y me amenazaban y me maldecían. Desde ese día, cada día me molestan, pero no me aterrorizo… Me querían hacer entender que estaba rechazado por Dios.

Un día el padre Pío bajó a confesar a los hombres a la sacristía y sólo había un hombre vestido de negro. Comenzó la confesión y se acusó de muchos pecados. No terminaba nunca. El padre Pío lo escuchaba con paciencia, pero después lo animó a hacer penitencia y a rezar el acto de contrición para no ofender más a Jesús. Pero, al oír pronunciar el nombre de Jesús, aquel hombre desapareció y una especie de temblor sacudió la sacristía. El padre Pío fue al pasillo a preguntar si habían visto salir a alguien. Pero nadie lo había visto. Entonces dijo entre sí: Era él, el monstruo de belcebú.

Una tarde, dice el padre Alessio Parente: Después de haberle ayudado a meterse en la cama, me retiré a mi celda y, a los pocos minutos, sonó la campanilla. Acudí a ver qué deseaba. Me miró y se sonrió sin decir nada. A los cinco minutos, pasó lo mismo. Y así unas cuatro veces. Por fin le dije: “Déjame descansar”. Y me respondió: “Hijo mío, quédate aquí y descansa en el sillón, porque los diablos no me dejan en paz ni un minuto”.

Asociado a la Pasión de Cristo por los sufrimientos morales

Por: Elías Cabodevilla Garde, sanpio.org

En la pasión de Cristo fueron sufrimientos muy dolorosos para él: la flagelación, la coronación de espinas, la herida en el hombro a causa del peso de la cruz, las caídas en el camino al Calvario, los clavos que atravesaron sus pies y sus manos, la sed… Sin duda, lo fueron mucho más: las bofetadas, los salivazos, los insultos, el manto color púrpura sobre sus hombros y el «¡Salve, rey de los judíos!» de los soldados de Pilatos, el «¡Quita de en medio a ése! Suéltanos a Barrabás» y el «¡Crucifícalo, crucifícalo!» de los sumos sacerdotes, los magistrados y el pueblo… Y más todavía: el beso traidor de Judas, las negaciones de Pedro, el abandono de los suyos…

El Señor, al asociar al Padre Pío a la pasión de Cristo, quiso para el Fraile capuchino, las llagas del Crucificado en manos, pies y costado, la transverberación, la flagelación y la coronación de espinas, la llaga del hombro o “sexta llaga” y otros sufrimientos corporales que difícilmente tienen sólo una explicación médica: la tos, un estómago que apenas acepta alimentos, los termómetros que llegan a marcar más de 48 grados de fiebre, los demonios que le golpean con bastones y cadenas de hierro… Y le regaló también, y con gran generosidad, esos sufrimientos, mucho más dolorosos que los físicos, que son los sufrimientos morales.


Dejando para otro escrito los sufrimientos morales que le vinieron al Padre Pío de la orden religiosa a la que perteneció y, aún a sabiendas de que no puedo referirme a todos, me fijo en los que le vinieron del Señor por otros caminos.

Antes de enumerarlos, quiero señalar que el Padre Pío es, si no el primero, sí un importante “responsable” de esos sufrimientos morales. Intento explicarme:


·  Uno de los recuerdos que más agradecen muchos devotos del Padre Pío es una pequeña “estampa” plastificada, que tiene, por un lado, la fotografía de la mano derecha del Padre Pío y, por el otro, una pequeña reliquia y el escrito «sufro y quisiera sufrir más», una frase tomada de la carta que el Capuchino escribió al padre Benedicto el 6 de mayo de 1913.

·   Pero, para el año 1913, el Padre Pío había ido mucho más lejos en su deseo de sufrir. En su carta al padre Benedicto de 29 de noviembre de 1910, después de decirle que sufre mucho, pero que también goza mucho, porque su director espiritual -el destinatario de la carta-, le ha asegurado que esto no es abandono por parte de Dios sino prueba delicada de finísimo amor, le pide una autorización cuando menos sorprendente:

«Desde hace algún tiempo siento la necesidad de ofrecerme al Señor como víctima por los pobres pecadores y por las almas del purgatorio. Este deseo ha ido creciendo más y más en mi corazón y ahora se ha convertido, por decirlo así, en una pasión muy fuerte. Es cierto que esta ofrenda ya la he hecho al Señor varias veces, pidiéndole que quiera derramar sobre mí, incluso centuplicados, todos los castigos preparados para los pecadores y para las almas del purgatorio, con tal de que convierta y salve a los pecadores y admita pronto en el paraíso a las almas del purgatorio; pero ahora querría hacer esta ofrenda al Señor con su obediencia. Me parece que lo quiere el Señor».

·  La consecuencia de lo dicho hasta aquí parece lógica: el Padre Pío, que sufre mucho, quiere sufrir más, y pide al Señor la gracia de sufrir, de sufrir nada más y nada menos que todos los sufrimientos merecidos por los pecadores y por los que se purifican en el más allá antes de llegar a su destino eterno, unos sufrimientos incluso cien veces más dolorosos…; y Dios Padre, que ha asociado al Padre Pío a la pasión de su Hijo como colaborador en la salvación de los hombres, se los regala a manos llenas.

·   Quien piense que el Padre Pío es un masoquista que ama el sufrimiento por el sufrimiento, está muy equivocado. Pocos objetivos tan bellos para un enamorado de Cristo como los que expresan las palabras que he citado: «con tal de que convierta y salve a los pecadores y admita pronto en el paraíso a las almas del purgatorio». Pero, para el Padre Pío, hay otro objetivo más deseable: realizar lo que Jesús quiere y, además, mitigar con sus sufrimientos los de Jesús. Lo dice en dos cartas a sus directores espirituales. En la del 29 de julio de 1910, escribe al padre Benedicto: «Sufro, es cierto; pero no me lamento porque esto lo quiere Jesús». Y dos años más tarde, el 20 de septiembre de 1912, dice al padre Agustín:

«Él (Jesús) se elige almas y entre éstas, contra todo merecimiento de mi parte, ha elegido también la mía, para ser ayudado en la gran empresa de salvar a los hombres. Y cuanto más sufren estas almas, sin consuelo alguno, tanto más disminuyen los dolores del buen Jesús. Éste es el motivo de querer sufrir cada vez más y sin consuelo alguno; y en esto radica toda mi alegría».

·          Dos indicaciones más, que, aunque necesitarían una explicación más amplia, la omito por razones de brevedad.-     

La primera la he sugerido ya al escribir: «Dios Padre se los regala (los sufrimientos) a manos llenas». El Padre Pío, en una carta al padre Evangelista de San Marco in Lamis, de 28 de junio de 1915, después de recordar que la Providencia divina suele ofrecer a los hombres, mezcladas, las alegrías y las lágrimas, escribe: «Tras la mano del hombre que se manifiesta veamos la mano de Dios que se oculta».

El Padre Pío supo ver siempre tras las actuaciones de los hombres la actuación de Dios, incluso cuando descubrió en esas actuaciones malicia, al menos objetiva, como en el caso del padre Gemelli. Consta que, al menos en tres ocasiones, al ser preguntado por la veracidad de lo que afirmó este religioso franciscano en la Relación que envió a la Congregación del Santo Oficio, hoy de la Doctrina de la Fe, el 6 de abril de 1926, el Padre Pío respondió: «Él no me ha visitado y ni siquiera ha visto los estigmas. Afirmar lo contrario es falso y deshonestidad científica».-     

La segunda casi da miedo anotarla: Dios, para regalarle los sufrimientos que el Padre Pío le pedía, quiso servirse, al igual que en la pasión y muerte de su Hijo Jesucristo, de la “mano del hombre”. Y eligió, al menos en algunos casos, la mano que resultaba más dolorosa al Fraile capuchino: la de altas jerarquías de la Iglesia, que actuaron, si no con malicia subjetiva, sí equivocadamente: el Arzobispo de Manfredonia, diócesis en la que residía entonces el Padre Pío, la Congregación vaticana del Santo Oficio, el Visitador apostólico Mons. Maccari, algunos sacerdotes de las parroquias de San Giovanni Rotondo, el franciscano padre Agostino Gemelli…


En los sufrimientos morales, a diferencia de los físicos cuando éstos los hemos padecido, nos es muy difícil, por no decir imposible, valorar su intensidad en otra persona, aunque sea grande nuestra sintonía con ella. Me quedaré en la enumeración de algunos de los que el Señor regaló al Padre Pío, dejando al lector que intente captar su repercusión en el Fraile capuchino, aunque no dejaré de ofrecerle alguna ayuda.


·          Como consecuencia de las «bajas insinuaciones y de las oscuras calumnias y difamaciones propaladas por todas partes», también en el Vaticano, por Mons. Pasquale Galliardi, Arzobispo de Manfredonia, con la aportación generosa de alguno de los párrocos de San Giovanni Rotondo, al Padre Pío se le tuvo por un impostor, que se autolesionaba para tener las llagas del Crucificado, que se perfumaba para que los devotos hablaran de un perfume sobrenatural indescriptible que emanaba de su cuerpo…

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Si nos patrocinas podemos seguir evangelizando cada día, le das recompensa a nuestro esfuerzo y podemos llegar a muchas almas.

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Es fácil imaginar lo que sucedía en el interior, en el espíritu del Padre Pío, que:- Enriquecido con dones singulares del Señor, que él nunca buscó, veía que éstos no eran reconocidos por la Iglesia.


·          Las afirmaciones del padre Agostino Gemelli, algunas contrarias a la verdad y otras carentes de todo fundamento, ya en la primera de las tres Relaciones que envió a la Congregación del Santo Oficio, dieron pie para que se tuviera al Padre Pío por un enfermo mental, obsesionado, bajo el influjo de su director espiritual, el padre Benedicto de San Marco in Lamis, por identificarse con Cristo crucificado, también en su cuerpo. Y, como consecuencia de las mismas, para que el Santo Oficio, en junio de 1922, mandara al padre Benedicto dejar la dirección espiritual del Padre Pío y propusiera el traslado de éste a un convento del norte de Italia.

·          Y fruto de las actuaciones de Mons. Gallardi y del padre Gemelli fueron las nuevas intervenciones de la Congregación del Santo Oficio: en junio de 1923, para mandar que el Padre Pío celebrara la misa en la capilla interna del convento sin presencia de extraños, y que no se respondiera a las cartas que le llegaban; en julio de ese mismo año 1923, para manifestar que no constaba «la sobrenaturalidad de los hechos atribuidos al Padre Pío» y que los fieles actuaran en consecuencia; y, la más grave, en junio de 1931, para prohibir al Padre Pío el ejercicio del ministerio sacerdotal, a excepción de la misa, que debía celebrarla en la capilla interior del convento con sola la presencia del ayudante. Privación del ejercicio del ministerio sacerdotal que se prolongó hasta el 16 de julio de 1933 para la celebración de la misa en público, hasta el 25 de marzo de 1934 para las confesiones de los hombres y hasta el 12 de mayo de ese mismo año para las confesiones de las mujeres.


·          Es fácil imaginar lo que sucedía en el interior, en el espíritu del Padre Pío, que:- Enriquecido con dones singulares del Señor, que él nunca buscó, veía que éstos no eran reconocidos por la Iglesia.- Aun prefiriendo «mil veces la muerte antes que ofender al buen Jesús con la más leve falta voluntaria», se sabía tenido por un impostor.- Debiendo cumplir una “misión grandísima”, confiada directamente por el Señor, experimentaba que era la Jerarquía de la Iglesia la que le prohibía los medios adecuados para realizarla: la celebración de la misa en público, el ministerio del confesonario, la orientación espiritual de palabra o por carta, el trato con los fieles…

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