Revelaciones Privadas

Viaje muy feliz; dichoso encuentro de María Santísima con Isabel; regreso de San José a Nazaret

Vida del Glorioso Patriarca San José Esposo purísimo de la Gran Madre de Dios y Padre Adoptivo de Jesús, manifestado por Jesucristo a la Hna. Cecilia Baij en revelación. Año 1736.

CAPÍTULO XXI Tomo 2

Después que los Santos esposos María y José acordaron partir de Nazaret para ir a visitar a la pariente Isabel, y establecida la hora de la salida, antes de partir se encomendaron mucho a Dios, pidiéndole su ayuda para ese viaje.

A marriage like Mary and Joseph...obedient to God's will...

El Santo esposo sentía pena al tener que llevar a su esposa por esos caminos tan malos, porque siendo tan frágil, temía que pudiera sufrir durante el camino, y no dejó de manifestar a su esposa la pena que sentía. Ella, sin embargo, le dio ánimo y le aseguró que el viaje sería muy feliz, porque ellos estaban cumpliendo en eso la Divina Voluntad y que por lo tanto Dios no habría dejado de asistirlos y de proveerlos.

 Así se consoló José, con las palabras de su Santa esposa. La Santísima Virgen se mostraba deseosa de partir, porque muy bien sabía la causa por la cual iba donde su pariente, y que el Verbo Encarnado en su purísimo seno quería ir en persona a santificar al precursor Juan Bautista; por lo cual deseaba que se cumpliera pronto la Divina Voluntad y que el precursor quedara santificado.

 Nuestro José conoció el deseo de su esposa, y le preguntó por qué querría ir con tanta alegría a un lugar tan difícil. -“Tal vez por amor a nuestro Dios, queréis ofrecerle los padecimientos que implica el viaje?”. Le dijo el Santo esposo, a lo cual la Santísima Virgen contesto que deseaba partir pronto para cumplir con toda premura la Divina Voluntad. Y en efecto esta era la causa principal de su deseo, aunque se calló de lo demás, porque los secretos que el Verbo Encarnado le manifestaba, los conservaba todos en su Corazón, y nunca los daba a conocer.

Nuestro José at oír el motivo de los deseos de su esposa, él también se encendió de este deseo, y con gran alegría y premura se fue, con el deseo de cumplir la Divina Voluntad. Así, solicitada la bendición a Dios conjuntamente, la Santa esposa quiso humillarse y pedir la bendición a su esposo José, el cual se la dio con gran afecto y ternura del corazón. El Santo no podía negarle nada, porque todo lo pedía con tanta gracia, con tan buenos modales, y con tanta humildad, y lloraba de ternura al ver a sus pies de rodillas a esa hermosa, noble y humilde doncella. Después que nuestro José dio la bendición a su Santa esposa, se fueron con toda premura.

Lucas 2:4–7, María y José viajan a Belén

La divina esposa caminaba de prisa, porque Ella era llevada con velocidad por el Espíritu de ese Dios que vivía en su seno (Lucas 1, 39). Se apresuraba también nuestro José en el camino sin sentir aburrimiento o cansancio alguno, antes bien sentía gran alegría del corazón. Iba conversando con su Santa esposa acerca de los divinos misterios, de las divinas perfecciones, y con estas santas conversaciones avanzaban mucho en el camino sin ni siquiera darse cuenta; por lo cual asombrado el Santo esposo, le manifestaba este particular a su esposa, la cual tomaba motivo para alabar y bendecir a Dios y decía a su José:

-“Vos estáis viendo como nuestro Dios es bueno, cómo bendice nuestras obras, cómo nos da fuerza y Gracia para hacer lo que Él quiere de nosotros. alabemosle pues conjuntamente!”-.

Y aquí se ponían a rezar las divinas alabanzas. Luego nuestro José pedía a su esposa para que cantara alguna alabanza a su Dios, en esos lugares solitarios. La Santa esposa lo obedecía y cantaba dulcemente las alabanzas al Verbo Divino que tenía encerrado en su seno.

 El afortunado José iba en éxtasis por la dulzura, caminaba muchas millas totalmente abstraído y extasiado; y entonces la divina Madre cantaba otras alabanzas al Verbo Encarnado en agradecimiento del beneficio que le había hecho a Ella y a todo el mundo; estas alabanzas, sin embargo, no eran oídas por el Santo esposo. Nuestros viajeros estaban acompañados por una gran cantidad de espíritus angelicales, los cuales hacían cortejo a su Rey y Reina. Estos espíritus angelicales cantaban himnos de alabanza los cuales eran oídos solamente por la divina Madre. También los pajarillos salían en bandadas y hacían armoniosos canticos a su Creador.

 Estos, sin embargo, eran oídos también por nuestro José, el cual se sorprendía y dirigiéndose a su esposa le decía: -“Ved, esposa mía, ¡cómo estos animalitos nos invitan con su canto a alabar a nuestro Dios?”-. Creía nuestro José que Dios realizaba esos prodigios por amor a su Santa esposa, y lo tenía como una cosa cierta, aunque a Ella no se lo manifestara. Siempre quedaba más consolado por la suerte tan feliz que le había tocado y por la Gracia que Dios le había hecho dándosela por compañera y le daba afectuosas gracias. Así hicieron este viaje con gran alegría.

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De noche, descansaban en los lugares que encontraban cómodos, tomando algún refrigerio consistente en pan y agua, y tan solo nuestro José tomaba algo más según la necesidad que tenía; y su Santa esposa, que era toda caridad, le rogaba para que se alimentara de algo más para mantener sus fuerzas y el Santo la complacía cuando sentía la necesidad. Su descanso nocturno consistía en rezar durante bastante tiempo las alabanzas divinas, luego se sentaba, y así en esa posición se dormía nuestro José durante unas pocas horas y la Santísima Virgen se quedaba en sagrados coloquios con su Dios.

 Ella también tomaba algún descanso, pero muy breve, porque en el sueño mismo seguía amando a su Dios y conversando con Él. Después de terminar el viaje, los Santos esposos se fueron directamente a la casa de Zacarías. Entró el Santo esposo José, con su esposa María Santísima. José se detuvo para saludar a Zacarías, y Santa Isabel, invadida por un impulso de amor que le había comunicado el Espíritu Santo, corrió para abrazar a la divina Madre, y al verla fue iluminada y conoció que era esa Virgen pariente suya, la verdadera Madre del Verbo Divino hecho Hombre.

Hoy recibimos una buena noticia. No es normal en los tiempos que corren. Los medios de comunicación y las redes sociales, a veces, demasiado a menudo, nos trasladan la sensación de que el mundo es ...

Saluda en primer lugar la Santísima Virgen a su pariente Isabel, con el título de madre del gran profeta y precursor, y Santa Isabel rindió el saludo a la Santísima Virgen llamándola Madre del Verbo Divino y exclamó: – “¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Dios venga a mí?”-. Todo esto no fue oído por nadie, porque todos los de la casa estaban ocupados con San José y Zacarías, que al estar éste mudo, no entendía sino a través de señas; por lo cual todos estaban alrededor de esto para que José pudiera entender lo que con señas le manifestaba.

Aquí compuso la Santísima Virgen ese famoso cántico, y mientras todo esto sucedió, el Verbo Divino que estaba en el seno de la Santísima Virgen se manifestó a Juan, habiendo antes, el Verbo Divino, solicitado al Padre Divino esta Gracia para su precursor, esto es, que quedara santificado en el seno materno y adelantado en el uso de la razón conociera a su Dios encarnado antes de salir a la luz.

Después de haber obtenido del Padre Divino esta Gracia, el Verbo Encarnado la hizo enseguida a su precursor, dándosele a conocer con claridad y santificándolo en ese mismo instante. Juan exultó y adoró desde el seno materno a su Redentor; se alegró e hizo gran fiesta al sentirlo también la Madre. Hizo actos de agradecimiento por el beneficio tan especial y todo se ofreció a su Divino Redentor y Santificador; y el Verbo Encarnado dio gracias al Padre Divino, por parte del precursor ya santificado por el beneficio recibido (Lucas 1, 39-56). Después de haber realizado los mencionados cumplimientos, Santa Isabel se retiró junto con María Santísima y mantuvieron santos coloquios.

También nuestro José fue recibido con demostraciones de especial afecto, tanto por Zacarías como por Isabel y por todos los de esa casa, puesto que al entrar allí los dos Santos esposos entró, a la vez Una alegría y un júbilo incomparable. Aquí quedó durante tres meses la Madre del Verbo Divino, para consolar a su pariente y a todos los de esa casa que quedó santificada por las virtudes admirables que allí practicó la Santísima Virgen, las cuales son narradas en su vida.

Nuestro José debía ya volver a Nazaret para luego venir de nuevo a recoger a su divina esposa y llevarla nuevamente a su casa. Habiéndose establecido la hora de su partida, causó gran pena a todos los de la casa, que deseaban que se hubiese quedado allí con su Santa esposa, pero nuestro José quiso partir para cumplir la Divina Voluntad. Recomendó cálidamente a su Santa esposa a Isabel y a todos los de esa casa, diciéndoles que Ella era su tesoro, y que al dejarla allí quedaba también allí su corazón, por lo tanto, les rogaba para que tuvieran todo el cuidado para con Ella.

Letras y Celuloide: 12/06

Luego habló con su Santa esposa y le suplicó para que no se olvidara de él, diciéndole que se iba muy afligido sin Ella y que pasaría todo ese tiempo en gran tristeza, al quedar privado de todo su consuelo. El Santo fue animado y muy consolado por su Santa esposa, y asegurado del recuerdo que de él habría tenido. El Santo se fue con el cuerpo, pero allí quedó con el corazón.

 Se puso en camino asistido por la Gracia de su Dios y por las oraciones de su Santa esposa, quien no dejaba de encomendarlo con fervor de modo que Dios le hubiese asistido y le hubiese dado valor para sufrir la ausencia de su persona. Sin embargo, Dios no dejo de atender las súplicas de la Santísima Virgen, y nuestro José experimentó una asistencia particular, tanto en el viaje como en el resto del tiempo. Durante todo el tiempo en el cual nuestro José pudo ver la casa de Zacarías, no dejaba de volver su mirada atrás por el consuelo que sentía de ello al estar allí su amada esposa María.

Iba el Santo, en el viaje, considerando una por una en especial las virtudes de su Santa esposa, y la bendecía y daba gracias a su Dios por haberla adornado de tantas y tan sublimes virtudes y de tanta Gracia, y así se iba consolando.

 El pensamiento también que pronto tenía que volverla a llevar a Nazaret, le hacía suavizar la pena que había sentido al quedar privado de Ella. Al pensar luego en las virtudes de Ella, sentía mucho consuelo y mucha dulzura de espíritu y todo se alegraba, por lo cual hizo ese viaje con mucho consuelo, aunque estuviera solo, pareciéndole que al pensar en su esposa fuera lo mismo que tenerla cerca y esta Gracia se la consiguió su Santa esposa. Al llegar nuestro José a Nazaret, no dejó por nada de hacer lo que acostumbraba cuando estaba allí su Santa esposa María Santísima. Utilizaba el tiempo para orar, para rezar las divinas alabanzas. Suplicaba por la venida del Mesías, se dedicaba ya sea al trabajo como a hacer las limosnas, según la posibilidad que tenía. Nuestro José estaba asistido por una amable vecina en lo que necesitaba para el alimento, aunque el Santo hacía frecuentes ayunos.

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Mientras trabajaba se encontraba afligido por el cansancio y algún aburrimiento, y al no tener el consuelo de poder tratar con su Santa esposa, se iba a la pequeña habitación donde vivía Ella, y aquí se ponía de rodillas y pensaba cómo en esa habitación su Santa esposa se ocupaba en continuas oraciones y coloquios con su Dios; por lo cual lleno de lágrimas se encomendaba a Dios y le pedía su ayuda. Aquí nuestro José encontraba todas sus delicias, porque muy a menudo era arrebatado en éxtasis y experimentaba mucho consuelo, porque en esa habitación ya se había realizado el gran misterio de la encarnación, y Dios favorecía mucho ese lugar derramando sus Gracias y bendiciones celestiales.

 Al darse cuenta de esto, José, cada vez que se encontraba afligido, angustiado, iba a esa habitación y quedaba consolado, y esto creía que fuera porque aquí había vivido su Santa esposa, y que por lo tanto ese lugar hubiese quedado santificado, como de hecho lo estaba. No le faltaron angustias a nuestro José en ausencia de su esposa porque, habiéndose enterado en la ciudad de que Ella se había ido y se había quedado donde su pariente, muchos, instigados por el demonio, se fueron al taller de nuestro José y aquí se mofaban y se burlaban de él porque había dejado a su esposa en casa ajena. El Santo sufrió todo con paciencia, no contestaba, ni se resentía de las burlas hirientes. Otros con el pretexto de compasión y de benevolencia lo iban a ver y criticaban delante de José a su esposa por haberlo dejado solo y por lo que él padecería. Estas palabras en contra de su esposa le causaban heridas a su corazón y no quería oírlas el Santo.

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Sin embargo, con buenos modales se despedía de ellos y los reprochaba de modo que se cuidaran al hablar y no ofendieran a Dios. Nuestro José paso muchas de estas angustias por esos tres meses en que estuvo sin su Santa esposa la cual ya veía todo lo que su esposo sufría y lo tenía muy recomendado a Dios suplicando para él la fortaleza en el sufrimiento. Luego le hablaba su Ángel en el sueño muy a menudo y le daba noticias de su esposa, le aseguraba de la asistencia de sus oraciones y le decía cómo iba siempre más creciendo en las virtudes, en el amor y Gracia de su Dios, por lo cual nuestro José procuraba imitarla.

 A veces la lejanía de su Santa esposa hacía que en José se despertara el deseo de volverla a ver muy pronto y hablar con Ella, por lo cual a menudo suspiraba la hora deseada de su regreso. No faltaba la divina Madre de enviar a menudo también a algunos Ángeles que la cortejaban, de modo que con sus inspiraciones hubiesen consolado a su José, sobre todo cuando se encontraba en angustias, por lo cual nuestro Santo tuvo muchas ayudas por medio de su Santa, esposa y fue en varias ocasiones consolado y confortado, pero la mayor consolación que experimentó fue el estar orando en la habitación de su divina esposa, mientras aquí, como ya dije, quedaba su espíritu colmado de consuelo, y por los continuos éxtasis que tenía era también iluminado para entender muchos misterios divinos. Quedaba también muy animado y lleno de dicha cuando el Ángel en el sueño le hablaba y le daba noticias de su esposa y le aseguraba del recuerdo que Ella tenía de él y que mucho rogaba por él.

El Santo conocía los muchos favores que Dios le compartía, y se demostraba grato agradeciéndole afectuosamente, reconociéndolo todo venido de la bondad de su Dios y de los méritos de su Santa esposa, por lo cual el también se dedicaba en suplicar a Dios por Ella, de modo que viniera siempre más llena de dones y de Gracias y que en Ella se acrecentara siempre más el amor hacia su Dios.

 Todo esto lo veía la divina Madre y se mostraba agradecida hacia su José pidiendo para él nuevas gracias. Se ocupaba a veces con esa persona amable que lo asistía, hablándole de las virtudes de su esposa María, y puesto que esa persona era muy temerosa de Dios y encariñada con los Santos esposos, conocía su virtud y santidad y por lo tanto alababa mucho a la Santísima Virgen, cuando hablaba con nuestro José, y él sentía gran consuelo y lloraba de la dicha y se encendía de un deseo de traerla pronto a su casa para tener la suerte de tratar con Ella, y a menudo, dentro de sí decía suspirando:

-“Oh amada esposa mía, ¿cuándo seré considerado digno de volver a veros en casa, y entretenerme con vos en sagrados coloquios? ¡Oh, castísima y purísima paloma!, vos estáis lejos de mí, pero mi corazón esta con vos, y mucho os amo porque sois verdaderamente Santa y porque nuestro Dios ha depositado en vos el tesoro de muchas Gracias. Este amor mío creo que será agradable a nuestro Dios, porque por esto yo mucho os amo, porque en vos veo la abundancia de la Gracia Divina, y como nuestro Dios habita en vos por Amor, de modo que en vuestra persona yo entiendo amar a nuestro Dios, amando su Gracia, su Amor; y deseo vuestro regreso para poder encenderme siempre más en el amor de nuestro Dios, mientras vuestras palabras son como dardos que encienden el amor a Él; vuestras admirables virtudes son otros tantos estímulos a mi corazón para hacerme progresar en la perfección y en la práctica de esas virtudes de las cuales vos estáis tan llena”—.

Así hablaba nuestro José, consigo mismo, de su Santa esposa, a la cual, aunque de lejos, todo le era conocido, y todas las alabanzas que le daba su esposo las dirigía a su Dios, confesándose delante de Dios humilde sierva, y a su Dios digno de toda alabanza y a Él alababa, honraba y agradecía. Le rogaba por su esposo José y cada vez más le iba pidiendo nuevas Gracias y favores, y nuestro José lo conocía y por lo tanto daba gracias a Dios por ello. Correspondía a las Gracias que su esposa le pedía orando continuamente. Nunca dejo nuestro José de hacer lo que acostumbraba a realizar antes de casarse con la Santísima Virgen, antes bien lo practicó después, con más perfección; esto es de asistir con sus fervientes oraciones a los pobres moribundos y de pedir con gran insistencia a Dios su eterna salvación y la liberación de los asaltos de los enemigos infernales y la fortaleza para vencerlos.

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Rogaba también con gran insistencia por los pecadores, de modo que se convirtieran, hicieran penitencia y abandonaran la culpa. A las súplicas añadía las vigilias nocturnas, el ayuno, las limosnas, y no dejaba de suplicar con cálidos suspiros y copiosas lagrimas por la salvación de tantas almas que estaban sepultadas en las tinieblas de la idolatría, deseando siempre más la venida del Mesías prometido, de modo que con su Luz Divina y sabiduría iluminara a todos aquellos que se encontraban sepultados en las tinieblas y sombras de la muerte. A nuestro Dios le agradaba mucho las súplicas de su siervo fiel, por lo tanto, lo recompensaba con Gracias particulares y favores sublimes y lo iba enriqueciendo de méritos, acrecentando siempre en él estos deseos de hacerlo digno para merecer siempre más y de estar colmado de Gracias.

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