Conoces al “Ladrón del Purgatorio?

San Juan Macías, Lima – Perú

San Juan Macías. Religioso y santo dominico español que evangelizó el Perú desde 1620 y fue canonizado en 1975 por Pablo VI tras verificar sus dones milagrosos. Hoy tiene innumerables fieles que visitan su imagen en el altar principal de la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Lima (Santo Domingo) y en el año 1970 se levantó un templo en su nombre en el distrito de San Luis – Lima.

3 cosas que quizás no sabías de San Juan Macías, el “ladrón del purgatorio”

Nació Juan en Rivera del Fresno (Badajoz), en la agreste Extremadura, el 2 de marzo de 1585, de padres de noble estirpe, aunque decaídos en la fortuna.

Desde muy niño sufre los reveses de la vida: a la edad de cuatro años pierde a su padre, y poco tiempo después fallece su madre. En su aflicción Juan recurre al Cielo, y es escuchado con creces. Una mañana, mientras apacentaba el rebaño de sus tíos, ve a su lado a un niño que le dijo ser San Juan Evangelista “encargado por Dios de tu custodia” y le anuncia que algún día lo llevaría “a tierras muy remotas y lejanas, donde se han de erigir en tu honor templos y altares”.

Largo peregrinaje hasta Lima

Juan Macías - Wikipedia, la enciclopedia libre

Hasta los veinte años Juan llevó la vida sencilla, recogida y relativamente oculta de un pastor. Las largas horas cuidando ovejas le permiten adquirir hábitos contemplativos. Piensa mucho en el texto del Apocalipsis: “vi un cielo nuevo y una tierra nueva” y lo identifica con las Américas, hacía poco descubiertas. A esa edad marchó a Sevilla —entonces la ciudad más comercial e inquieta de España— donde entró al servicio de un mercader que se disponía a partir al Nuevo Mundo. Después de muchos preparativos embarca definitivamente hacia América en 1619 y tras cuarenta días de navegación arriba a Cartagena de Indias (Colombia), donde queda sin empleo y decide entonces seguir a Lima por tierra. Atravesando de Norte a Sur la Nueva Granada, sube después a Quito y llega finalmente a la Ciudad de Los Reyes, tras un largo y penoso viaje de cuatro meses y medio, en el cual recorrió novecientas leguas, unas a pie, otras en mula, entre las mayores angustias y fatigas, pide el hábito de hermano cooperador, en el convento de Santa María Magdalena, en 1622, cuando contaba treinta y siete años.

Un dominico al servicio de la caridad

Fray Juan Macías fue un religioso seriamente comprometido con el acontecer histórico del Perú del siglo diecisiete, ya como pastor de ovejas, ya como religioso dominico. Fomentó la solidaridad y fraternidad, entre la gente que le rodeaba. Se ingenió soluciones reales para aliviar la miseria y la ignorancia religiosa, y condujo a muchos a un sincero cambio de vida.

San Juan Macías, 16 de septiembre - ZENIT - Espanol

Como religioso dominico realizó su vocación, poniendo al servicio de los que sufren lo mejor de sí mismo. Le preocupaban los hombres que, por ir en busca del oro y de la plata, se alejaban de Dios. Para lograr su conversión, rezaba incansablemente el Santo Rosario, hacía duras penitencias y multiplicaba sus servicios de caridad. Dialogaba con ellos y no quedaba tranquilo hasta hacerlos entrar por el camino de la conversión. Todo esto y mucho más, lo hacía en una atmósfera de oración. La Recoleta de la que fray Juan Macías era portero, era precisamente una casa de oración y contemplación, dentro de las normas de la estricta observancia regular. Fray Juan Macías llevaba muy metidas en el alma las palabras de San Pablo: “Sea que comas, que duerma o que hagas cualquier, cosa, hazlo todo para la gloria de Dios”.

Para fray Juan no había horas consagradas a Dios y horas dedicadas al prójimo. Para él, dar de comer al hambriento o devolver la alegría al triste, era hacer oración. Más aún, su pensamiento siempre estaba clavado en Jesús Sacramentado, máxima expresión del amor de Dios a los hombres.

Fue portero del convento durante veinticinco años. Desde ese puesto ejercita una increíble obra de beneficencia material y espiritual con limosnas y con el rosario ofrecido por los pecados propios por los demás y en sufragio por las almas del purgatorio. Tuvo también mucho influjo en la ciudad con sus consejos. Aquella portería de la Magdalena se convierte en lugar de comunión y participación de pobres y enfermos. Allí Juan Macías ora con ellos, les imparte catequesis y les ayuda en sus necesidades. Su acción va más allá del recito conventual. Es capaz de amaestrar un borriquillo que con él pide limosna. Más de una vez, sin guía alguna, se dirige a las casas de los necesitados llevándoles alimento. Contemporáneo de San Martín de Porres y Rosa de Lima, es también evangelio viviente del Señor Jesús. También como San Martín, sufre con valentía injurias y calumnias por su caridad heroica con los necesitados.

Convento Santo Domingo en Lima Lourdes Gómez Extremadura
Convento Santo Domingo en Lima.

Una amistad al servicio de Dios

La amistad que unió a Fray Juan Macías, fray Martín de Porras y fray Pablo de la Caridad, ha dejado una huella profunda y luminosa en la vida cristiana de Lima.

Estos tres religiosos dominicos, sin letras ni números en la cabeza, armaron una estrategia admirable, para satisfacer el hambre de los pobres, curar sus dolencias y defenderlos de la explotación imperante.

De acuerdo a los modos de pensar y practicar la caridad en la época, crearon verdaderos centros de asistencia social (aunque ellos nunca lo llamaron así), donde los niños huérfanos, las muchachas abandonadas, los indígenas marginados, los esclavos enfermos y hasta los sacerdotes sin beneficio, encontraban alimento, abrigo y asistencia médica.

En su encuentro personal con el Señor en la oración, aprendieron a gustar y practicar las enseñanzas evangélicas. En cada pobre veían el rostro sufriente de Cristo, conscientes de que todo lo que se hace a ellos, se hace al Señor: “Cuanto hagan al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hacen Y cuanto dejen de hacer al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo dejan de hacer”. (Mt. 25, 40 y 45).

El Rosario como salvador de almas

Fray Juan Macías es el prototipo de los devotos del Rosario. Desde su infancia, bebiendo la leche materna, aprendió a gustar de esta devoción. En su largo peregrinar por el mundo, conservó el rosario que le dejara como herencia su madre.

Gustaba de rezarlo en forma permanente, implorando la misericordia del Señor por las almas del purgatorio. Por eso la iconografía religiosa lo representa librando a las almas del purgatorio con el rosario, y sus biógrafos acertadamente le han llamado “el ladrón del purgatorio”.

A la hora de su muerte le reveló al prior del convento: “Por la misericordia de Dios, con el rezo del santo Rosario, he sacado del purgatorio un millón cuatrocientas mil almas”. Cuando oraba en el templo, con frecuencia oía el rumor suplicante de personas que le hablaban y no alcanzaba a ver; pero percibía claramente sus voces: “Fray Juan ¿hasta cuándo estaremos privadas de ver a Dios? Ayúdanos”. Y Fray Juan preguntaba: “¿Quiénes son Uds.?” a lo que claramente le respondían: “Somos las almas del purgatorio les respondían. Acuérdate de nosotras. Socórrenos con tus oraciones, para que salgamos de esta terrible soledad.”

Cristina Jiménez Rodríguez. “S/T”. | Art, Painting

¡Un millón de almas liberadas del purgatorio!

Juan tenía la costumbre de rezar todas las noches, de rodillas, el Rosario completo. Una parte la ofrecía por las almas del Purgatorio, otra por los religiosos, y la tercera, por sus parientes, amigos y benefactores.

Oraba el Santo en la capilla de Nuestra Señora del Rosario, cuando de pronto una mano dio un golpe sobre el altar. Sobresaltado, vio a su lado una sombra rodeada de llamas que le dijo: “Soy Fray Juan Sayago, que acabo de morir y necesito muchísimo de tus oraciones y auxilios; para que, satisfaciendo con ellos a la divina justicia, salga de estas penas expiatorias”, con lo cual desapareció. Vivió este fraile en el Convento del Santísimo Rosario, contiguo a la Iglesia de Santo Domingo, habiendo expirado a la misma hora en que se le apareció a nuestro Santo.

A la cuarta noche, hallándose Juan postrado en el mismo altar, se le volvió a aparecer el alma de aquel fraile, ahora luminosa, para decirle que gracias a sus oraciones y penitencias la Virgen lo había sacado del Purgatorio y llevado a gozar de la bienaventuranza eterna. A la hora de su muerte, obligado por la obediencia, Juan Masías confesó haber liberado durante su vida a un millón cuatrocientas mil almas.

Los milagros de San Juan Macías

SAN JUAN MACÍAS 16 de septiembre – Parroquia Santo Domingo de Guzmán

Multiplicar alimentos, levitar, bilocarse o el don de la sanación son algunos de los prodigios que se le atribuyen a este santo de origen extremeño.

“Fray Juan, Fray Juan, ¿a dónde vas?”

Una noche en que un fuerte temblor de tierra sorprendió a Lima, la Comunidad estaba rezando el oficio en el coro, mientras San Juan Masías oraba en la capilla de Nuestra Señora del Rosario. El primer sacudón hizo que los religiosos corrieran fuera de la iglesia a refugiarse en el jardín del claustro, lugar tenido por menos peligroso. También él comenzó a huir, cuando le detuvo la Virgen llamándolo desde su altar: —“Fray Juan, Fray Juan, ¿a dónde vas?” —“Señora”, respondió él, “voy huyendo como los demás del rigor de vuestro Hijo Santísimo”. A lo cual replicó María: —“Regresa y quédate tranquilo que aquí estoy yo”. Obedeció el siervo de Dios, y retomando su oración pidió a la Virgen se compadeciese del pueblo cristiano. Al punto cesó el terremoto, y levantando el santo los ojos a la imagen, su protectora, vio su rostro radiante y con celestiales resplandores que iluminaban toda la capilla.

En 1678, en el Convento de Santo Domingo, Francisco Ramírez, novicio de 20 años de edad, con el objeto de limpiar su celda, levantó un pesado baúl, sin recordar que padecía de una hernia inguinal. El esfuerzo provocó el estrangulamiento de la misma por lo que se requería la intervención correspondiente, en ese entonces desconocida. Los facultativos, tras examinar al paciente, diagnosticaron un fatal desenlace por lo que le administraron los santos óleos.

El Prior del Convento, R.P. Nicolás Ramírez, puso en manos del enfermo un pequeño cuadro de Fray Juan Macías, fallecido hacía 33 años, indicándole rezar pidiendo que intercediese por él. Los frailes dejaron al enfermo rezando y cayeron dormidos. Al retornar, tuvieron la sorpresa de encontrar al novicio incorporado y libre de dolencia. Este milagro fue autenticado por los frailes que presenciaron este hecho, siendo uno de los 2 que sirvieron para que el Papa Clemente XIII lo declare Venerable el 27 de febrero de 1763.

Otro milagro tras su muerte fue la multiplicación del arroz, cuando una monja dominica recordó su nombre en voz alta cuando faltaba el cereal para los pobres, éste de pronto comenzó a aumentar desmesuradamente en la olla. Este hecho fue reconocido como milagro oficial. Cuando salía a repartir comida a los pobres, aunque tuviera poca comida, dice la tradición que siempre alcanzaba para saciar a todos si el religioso bendecía lo que llevaba en el zurrón. En esta línea, precisamente, se encuentra el milagro que le llevó a la canonización. Tuvo lugar el 23 de enero de 1949 en Olivenza (Badajoz), en plena posguerra española.

Aquel domingo, no había comida en la casa parroquial del municipio para alimentar a todos los pobres del pueblo. La cocinera, Leandra Rebollo, solo tenía una taza de arroz. Se dispuso a poner al fuego aquella cantidad con el fin de alimentar al menos a una o dos personas necesitadas. Mientras encendía el fuego se acordó Juan Macías -pues Leandra procedía igual que él de Ribera del Fresno- pronunciando estas palabras: “Ay beato, hoy tus pobres sin comida”.

En palabras de Fernanda Blasco, una de las testigos del milagro:

“Llegamos y vimos el arroz al borde del puchero y el párroco pidió una fuente; la llenó y con un cucharón empezó a servir a los niños. Cuando quedó vacío el puchero, nosotros, que estábamos allí alrededor, vimos cómo del fondo de la olla empezaban a brotar unos granos de arroz duros otra vez, como un arroz recién echado. Y seguían el rato normal de la cocción hasta que llegaban al borde, y así una y otra vez”.

Cuando terminaron de servir arroz a todos y cada uno de los pobres del municipio, el sacerdote ordenó que apartaran la olla del fuego, cesando así el milagro, que no solo contempló la materialización del alimento; también que este estuviera totalmente cocinado y condimentado sin intervención humana y que el carbón vegetal que Leandra Rebollo puso al principio de su preparación, no se consumiera durante todas las horas que se prolongó este suceso.

El hecho fue investigado por la Iglesia, en primera instancia por el obispado de Badajoz y más tarde por el Vaticano. Algunos granos de arroz procedentes del milagro fueron analizados en laboratorios de Badajoz, Valencia y Roma. Así mismo, los testigos fueron interrogados en diversas ocasiones: “participé en los interrogatorios y tuve que ir dos veces al obispado. Había un canónigo que era el abogado del diablo, que intentaba ver si decíamos mentiras. El arroz fue analizado y resulta que era totalmente natural”, me explicaba hace unos meses Francisco González, otro de los presentes en el suceso. Finalmente, la Iglesia aprobó el milagro 

Texto de Lourdes Gómez para su columna Extremadura

Frecuentes levitaciones y éxtasis

Cabe mencionar un hecho acaecido en 1638, narrado por su biógrafo el Padre Cipolletti: Entrando por la noche en la iglesia un novicio, temblando y con una candela en la mano, por miedo del cadáver de don Pedro de Castilla que acababa de ser enterrado, al llegar al ábside del altar mayor, donde solía Juan orar todas las noches, topó el joven con su frente mientras subía las gradas, las rústicas sandalias del Santo que estaba elevado en dulcísimo arrobamiento.

El inexperto novicio, imaginando fuese el espectro del difunto, se atemorizó tanto, que dio un fuerte alarido, echó a correr, se accidentó y cayó. Al grito acudieron dos religiosos, quienes lo encontraron tendido en tierra y quemándose el hábito con la candela que debía prender las velas del altar para Maitines; lo alzaron en peso y lo llevaron a la cama. Sin embargo, ambos observaron que no obstante el estrépito nuestro Juan continuaba en el aire absorto enteramente en Dios. En cuanto al novicio, cayó gravemente enfermo y se asegura que el mismo Santo, con su oración lo sanó, de modo que en adelante no tuvo más miedo de los muertos.

Nuestro Santo predijo no pocas vicisitudes a las familias, como la caída de su vivienda a una y la pobreza a otra. Y en cuanto a los milagros, se sabe que salvó la vida a una niña cuyas piernas habían sido despedazadas por las ruedas de un coche; y, a un negro esclavo llamado Antón que se resbaló y fue a dar de cabeza al fondo de un pozo de gran profundidad.

El cronista Fray Juan Meléndez así lo describe: “Era de mediano cuerpo, el rostro blanco, las facciones menudas, de frente ancha, algo combada, partida con una vena gruesa que desde el nacimiento del cabello, del que era moderadamente calvo, descendía el entrecejo, las cejas pobladas, los ojos modestos y alegres, la nariz algo aguileña, las mejillas enjutas y rosadas, la barba espesa y negra”.

San Juan Macías Extremadura Lourdes Gómez

Su celda-habitación era pobrísima. Una tarima de madera cubierta con un cuero de buey le servía de cama, una frazada a los pies, una silla rústica para sentarse y un cajón viejo que usaba como ropero para guardar sus contadas pertenencias. Su único adorno era una imagen pintada sobre lienzo de Nuestra Señora de Belén que tenía a la cabecera de la cama.

Extenuadas sus fuerzas por el mismo fervor que lo iba consumiendo poco a poco, y por una vida siempre mortificada y penitente, no menos que por las continuas fatigas y frecuentes enfermedades que padecía, rindió su hermosa alma al Creador, el 16 de setiembre de 1645, a la edad de 60 años. Fue beatificado por Gregorio XVI el 22 de octubre de 1837 y canonizado por Paulo VI el 28 de setiembre de 1975.  

Oración 

San Juan Macías | Radio Estrella

Glorioso Juan Masías, que supiste grabar en el fondo de tu corazón ese divino precepto de la caridad, que por su importancia se inculca tanto en la antigua ley, y que la renueva y perfecciona Jesucristo en su Evangelio, declarándonos que es el primero y más grande de todos los mandamientos, y prometiendo la vida eterna al que lo cumpliese; tan fielmente le escuchas, como pronto supiste guardarlo y cumplirlo en todo el curso de tu vida.

A tu ayuda acude mi suma debilidad y flaqueza, para que poniendo esta fundamental piedra al edificio de mi verdadera conversión, comience desde hoy a ejercitarlo y practicarlo, a fin de que consiga ser discípulo de Jesucristo, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén. Se reza el Padrenuestro, el Avemaría y Gloria.

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