Así fue el Nacimiento de la Santísima Virgen, según relatos místicos.

El 8 de septiembre se celebra en el rito latino la fiesta de la Natividad de la Virgen María, es decir, el nacimiento de María como cualquier otro bebé, aún siendo un bebé muy especial por carecer de pecado original.

¿Cómo sabemos que es la fecha de su nacimiento?

Tomado de: desdelafe.mex

El cumpleaños de María se conoce por tradición pero no se menciona en la Biblia. La Iglesia de Francia señala que esta tradición inició en el territorio de Angers y que san Maurilio instituyó esta fiesta.

Se dice que el 8 de septiembre, un hombre de la comunidad escuchó a los ángeles cantando en el cielo, y al preguntarles la razón, le dijeron que estaban muy alegres porque la Virgen había nacido ese día. Esta revelación ocurrió en el año 430, y san Maurilio era obispo de Angers.

¿Quiénes fueron los padres de María?

La tradición señala que los padres de la Virgen María fueron san Joaquín y santa Ana, aunque sus nombres no figuran en la Biblia.  Donde aparecen es en un Evangelio Apócrifo conocido como Protoevangelio de Santiago, cuyo origen data del siglo II al IV, y da cuenta del nacimiento de la Virgen María, no obstante, el nombre de Ana es mencionado tres veces en el Antiguo Testamento.

Este Protoevangelio, que abarca menos de 50 páginas, narra que Joaquín no tenía hijos por lo cual se fue al desierto donde permaneció 40 días para orar y ayunar, en tanto Ana “se lamentaba y gemía doblemente diciendo: lloraré mi viudez y mi esterilidad”.

Un ángel se presentó a santa Ana y le anunció que el Señor había escuchado sus ruegos: “Concebirás y darás a luz y de tu prole se hablará en todo el mundo”.

Ana respondió: Vive el Señor, mi Dios, que, si llego a tener algún fruto de bendición, sea niño o niña, lo llevaré como ofrenda al Señor y estará a su servicio todos los días de su vida.

Por su parte, Joaquín también tuvo la visitación de un ángel en el desierto que le dijo: “El Señor ha escuchado tu ruego; baja pues de aquí que Ana, tu mujer, va a concebir en su seno”.

Posteriormente, el documento narra el nacimiento de la Santísima Virgen María:

El nacimiento de la Virgen María según el Protoevangelio de Santiago

Sus padres fueron Joaquín y Ana. Joaquín; un hombre rico en extremo que gustaba de dar ofrendas dobles diciendo: «El excedente de mi ofrenda será para todo el pueblo, y lo que ofrezca en expiación de mis faltas será para el Señor…». Ana, esposa de Joaquín, era una mujer estéril que no había podido darle descendencia, convirtiéndose esta justamente, en la razón de sus pesares, pues Joaquín se convertía en el primero que no había podido «engendrar en Israel, vástago de posteridad».

Apesadumbrado, Joaquín se retiró al desierto, plantó su tienda y allí ayunó durante 40 días diciendo:

-«No comeré, ni beberé, hasta que el Señor, mi Dios, me visite, y la oración será mi comida y mi bebida».

Esto entristeció aún más a Ana quien se ahora se lamentaba:

-«Lloraré mi viudez, y lloraré también mi esterilidad».

El nacimiento de la Virgen María
El nacimiento de la Virgen María. oleo español del siglo XVII. Creative Commons.

Y Ana, sumamente afligida, se despojó de sus vestidos de duelo, y se lavó la cabeza, y se puso su traje nupcial, y, hacia la hora de nona, bajó al jardín, para pasearse. Y vio un laurel, y se colocó bajo su sombra, y rogó al Señor, diciendo:

-«Dios de mis padres, bendíceme, y acoge mi plegaria, como bendijiste las entrañas de Sara, y le diste a su hijo Isaac».

Entonces, el Ángel del Señor le habló:

Ana, Ana, el Señor ha escuchado y atendido tu súplica. Concebirás, y parirás, y se hablará de tu progenitura en toda la tierra«.

Y Ana respondió:

Tan cierto como el Señor, mi Dios, vive, si yo doy a luz un hijo, sea varón, sea hembra, lo llevaré como ofrenda al Señor, mi Dios, y permanecerá a su servicio todos los días de su vida«.

Y los meses de Ana se cumplieron, y, al noveno, dio a luz. Y preguntó a la partera:

-¿Qué he parido?

La partera contestó:

-«Una niña».

Y Ana repuso:

-«Mi alma se ha glorificado en este día!»

Y acostó a la niña en su cama. Y, transcurridos los días legales, Ana se lavó, dio el pecho a la niña, y la llamó María….

nacimiento de la Virgen María
Nacimiento de la Virgen María por Girolamo del Pacchia. Creative Commons.

Aunque no son dogma de fe, la Iglesia considera las visiones o revelaciones particulares de gran valor para acercarse, en este caso, a la figura de la Virgen. 

El nacimiento de la Virgen María minuto a minuto. Las desconocidas revelaciones privadas de una testigo

Tomado de: portaluz.org

Desde la eternidad Dios Padre ha manifestado su amor salvífico, dando vida a una criatura Inmaculada, alma Santísima, templo del Espíritu Santo, Madre de su Hijo, la bienaventurada Virgen María.
 
Transcurrieron siglos, generaciones, para que, llegado el momento propicio, conocido y permitido por Dios, pudiere nacer la Madre del Salvador; y así la Genealogía de Jesús -que cita el Evangelio de Mateo- pudiere culminar con la reveladora frase: “…María de la que nació Jesús, llamado Cristo”.

Testigo que narra: La estigmatizada Ana Catalina Emmerich (1774-1824), beatificada por Papa Juan Pablo II en 2004

Contemplé la creación del alma santísima de María y su reunión con su purísimo cuerpo. En mis contemplaciones habitualmente me presentan la Santísima Trinidad en un cuadro de luz, y vi que en él se movía como una gran montaña refulgente que tenía también figura humana. Del centro de esta figura humana subía hacia su boca una gloria que salía por ella.

Entonces vi esta gloria delante y separada de la faz de Dios, y vi que giraba y tomaba forma, o más bien la recibía, y mientras tomaba figura humana vi que por voluntad de Dios se formaba indeciblemente bella. Dios mostró la belleza de esta alma a los ángeles, que se alegraron indeciblemente con su belleza…
(…)

Sobre Ana vino una luz, y de esa luz bajó un rayo al centro de su costado, y entró en Ana una gloria en forma de reluciente figurita humana. En ese mismo instante vi que la madre Santa Ana se incorporó en su lecho rodeada de resplandores. Estaba como arrobada y vi como si su interior se abriera como un tabernáculo en el que divisé una virgencita refulgente de la que saldría toda la salvación de la Humanidad. Ese fue el momento en que la Niña María se movió por primera vez bajo su corazón…
(…)

Hace ya varios días que Ana le había dicho a Joaquín que se acercaba el momento de dar a luz y envió mensajeros a su hermana pequeña Maraha en Séforis; a la viuda Enué, hermana de Isabel, en el Valle de Zabulón; y a su sobrina María Salomé en Betsaida, para informarlas y que vinieran.
(…)

Las tres parientes de Ana llegaron a casa al anochecer; entraron a su cuarto detrás de la lumbre y la abrazaron. Después Ana las indicó la proximidad de su parto, y entonó de pie con ellas el salmo: «Alabad al Señor Dios que se ha apiadado de su pueblo, ha salvado a Israel y ha cumplido la promesa que hizo a Adán en el Paraíso cuando le dijo que la semilla de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente… El germen que Dios dio a Abraham ha madurado en mí… La flor de la vara de Aarón se ha cumplido en mí». Entonces la vi transida de luz …
(…)

Ana se arrodilló… con una mujer a cada lado y otra detrás; y dijo otro salmo… Entonces vi que una luz sobrenatural llenó el cuarto y se adensó tejiéndose en torno a Ana. Las mujeres se prosternaron sobre sus rostros, como aturdidas. La luz tomó en torno a Ana toda la forma de aquella figura que tuvo en el Horeb la zarza ardiente de Moisés, así que ya no pude ver nada más de Ana. Las llamas irradiaban completamente hacia adentro, y entonces de repente vi que Ana recibió en sus manos la refulgente Niña María, la envolvió en su manto, la apretó contra su corazón…
(…)

En el mismo instante en que la Niña María recién nacida descansó en brazos de su madre, la vi también presentada en el Cielo ante la faz de la Santísima Trinidad, saludada por la indescriptible alegría de todos los ejércitos celestiales.

Un matrimonio santo y sus genealogías

Tomado de carifili.es

Fidel García Martínez, catedrático de Lengua y Literatura, doctor en Filología Románica y licenciado en Ciencias Eclesiásticas, escribe acerca de la Natividad de la Virgen en Revista Ecclesia.

“El nacimiento de su Madre Santísima no se trata directamente [en la Biblia], pero la tradición venerable y respetable nombra a San Joaquín y santa Ana, como los progenitores de la que sería la criatura más excepcional nunca nacida de matrimonio santo. Se deben tener en cuenta que las genealogías de Mateo y Lucas están basadas en registros públicos conservados en Jerusalén, que inserta San Lucas en su evangelio (3,23-38) parece ser la de María, así como la de San José sería lo que refiere San Mateo (1,1-17)”.

“San Bernardo [en el siglo XII], cuando escribía de la gloria y de los grandes privilegios de la Madre de Dios, afirma, admirado, que de María nunca se dirá bastante de su santidad y grandeza. Pero con profundo realismo bíblico y teológico rechaza como impropias de su santo nacimiento que hubiese sido engendrada por lo que él llama ósculo de la paz y no por la santa cópula conyugal de sus padres. María por su nacimiento quedó sujeta a la ley natural”, detalla García Martínez.

“Su cuerpo fue perfecto. Su plenitud de gracia desde el mismo momento de su Concepción. No tuvo ninguna imperfección voluntaria desde su nacimiento. La gracia santificante actuó en su alma de forma plena y total, en atención a su privilegio singular ser predestinada desde el primer momento de la historia de la Salvación hasta su culminación en la Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo a ser su Madre y Madre de la Iglesia”, añade.

El nacimiento de la Virgen, según Bartolomé Esteban Murillo (año 1660)

Los poetas y pintores han tratado de reflejar en su arte el nacimiento de Santa María tomando referencias de los nacimientos de sus tiempos, respetando la supra dignidad de Nuestra Señora, quien en su Magníficat nos dejó el mejor expresión de su personalidad porque el Señor hizo grandes maravillas, engrandeció su humildad por la que ha sido llamada bienaventurada en su Santa Natalidad”, concluye.

¿Nació María en Jerusalén?

El historiador Pedro Sáez Martínez de Ubago también ha escrito sobre el misterio y la tradición de la Natividad de la Virgen María, en NavarraInformacion.es, y considera más probable su nacimiento en Jerusalén que en Galilea.

“Un escrito apócrifo del siglo II, conocido con el nombre de Protoevangelio de Santiago, nos ha transmitido los nombres de sus padres —Joaquín y Ana—, que la Iglesia inscribió en el calendario litúrgico. Diversas tradiciones sitúan el lugar del nacimiento de María en Galilea o, con mayor probabilidad, en la ciudad santa de Jerusalén, donde se han encontrado las ruinas de una basílica bizantina del siglo V, edificada sobre la llamada casa de Santa Ana, muy cerca de la Piscina Probática. Con razón la liturgia pone en labios de María unas frases del Antiguo Testamento: me establecí en Sión. En la ciudad amada me dio descanso, y en Jerusalén está mi potestad (Sirácida 24, 15)”.

Pedro Sáez cita con detalle un texto que se atribuye a San Máximo el Confesor (c. 580 – 662), un autor bizantino prolífico y culto de tradición neoplatónica, que murió desterrado en Georgia, pocos meses después de que le arrancaran la lengua y le cortaran la mano derecha para impedirle escribir. Su obra “La Vida de la Madre de Dios” nos ha llegado a través de una traducción medieval en lengua georgiana (él la escribió en griego, pero esa versión se ha perdido).

Esta obra recoge tradiciones de textos apócrifos (el mismo Máximo lo declara) pero dándole credibilidad porque asegura que santos bizantinos previos apoyaban estas enseñanzas. Parte de los datos que ofrece proceden del Protoevangelio de Santiago que hemos comentado. La copiamos aquí.

***

El nacimiento de la Virgen María según la Vida de la Madre de Dios de San Máximo el Confesor (s.VII)

“Había alguien que se distinguía en su conducta según la ley, y que era el padre de la Santísima Madre de Dios, famoso por su misericordia. Se llamaba Joaquín; era de la casa de David, el rey y profeta; su mujer se llamaba Ana. Permaneció sin hijos hasta la vejez, porque su esposa era estéril. Y, sin embargo, precisamente a ella le estaba reservado el honor al que, según la ley de Moisés, aspiraban todas las mujeres que dan a luz, honor que no había sido concedido a ninguna mujer privada de hijos».

«Joaquín y Ana, en efecto, eran dignos de honor y de veneración, tanto en palabras como en obras; eran conocidos como pertenecientes a la estirpe de Judá y David, a la descendencia de reyes. Cuando se unieron las casas de Judá y de Leví, la rama real y la sacerdotal quedaron mezcladas. Así está escrito tanto respecto a Joaquín como respecto a José, con quien se desposó la Virgen santa. De este último se afirma directamente que era de la casa y tribu de David (cfr. Mt 1, 16; Lc 1, 5); pero lo eran los dos: uno según la descendencia natural de David, el otro en virtud de la ley según la cual eran levitas».

«También la bienaventurada Ana era una rama elegida de la misma casa. Esto significaba de antemano que el rey que nacería de su hija iba a ser sumo sacerdote, en cuanto Dios y en cuanto hombre. Sin embargo, la falta de hijos causaba un gran dolor a los venerables y estimados padres de la Virgen, a causa de la ley de Moisés y también por las burlas que recibían de algunos hombres necios. Deseaban el nacimiento de un descendiente que borrara la ignominia ante sus ojos y ante el mundo entero, y llevarles así a una gloria superior».

«Entonces la bienaventurada Ana, como aquella otra Ana madre de Samuel (cfr. 1 Sam 1, 11), fue al templo y suplicó al Creador del universo que le concediera un fruto de sus entrañas, para consagrárselo, a cambio de haberlo recibido como don. Tampoco el bienaventurado Joaquín estaba inactivo, sino que pedía a Dios que lo librase de la falta de hijos».

Icono de tradición oriental sobre el nacimiento de María:
Santa Ana descansa en la cama, mientras lavan y enfajan a María bebé

«El Rey benigno, el Autor generoso de todos los dones, escuchó la oración del justo y envió un anuncio a los dos cónyuges. Primero mandó un mensaje a Joaquín mientras se hallaba rezando en el templo. Le hizo oír una voz del cielo que le decía: “Tendrás una hija que será gloria, no sólo para ti, sino para el mundo entero”. Este mismo anuncio le fue hecho a la bienaventurada Ana; ella no cesaba de rezar a Dios con ardientes lágrimas. También a ella le fue enviado el mensaje de parte de Dios, en el jardín donde ofrecía sacrificios con peticiones y plegarias al Señor. El ángel de Dios vino a ella y le dijo: “Dios ha escuchado tu oración; darás a luz a la anunciadora del gozo y la llamarás María, porque de Ella nacerá la salvación del mundo entero”».

«Después del mensaje tuvo lugar el embarazo; y de la estéril Ana nació María, iluminadora de todos: así, en efecto, se traduce el nombre de María: “iluminadora”. Entonces los venerables padres de la feliz y santa niña quedaron colmados de una gran alegría. Joaquín organizó un banquete e invitó a todos sus vecinos, sabios e ignorantes, y todos dieron gloria a Dios, que había obrado para ellos un gran prodigio».

«De este modo, la angustia de Ana se trocó en una gloria más sublime, la gloria de convertirse en puerta de la puerta de Dios, puerta de su vida y comienzo de su gloriosa conducta».

Cómo era María, su nacimiento, la Anunciación y la muerte de San José según la beata Emmerich

San Joaquín, santa Ana y la Virgen María, pintura en el Museo del Prado.

Una selección de textos sobre los padres de la Virgen, los nacimientos de María y Jesús, Moisés, la Anunciación, la circuncisión de Jesús, Egipto, etc.

Tomado de religionenlibertad.com

“La vida oculta de la Virgen María”, la obra que recoge las visiones de la beata Ana Catalina Emmerich sobre la vida de la Madre de Dios que la Sagrada Escritura no cuenta, está causando en estos días un interés sin precedentes.

El libro recoge con minuciosidad las notas tomadas por Clemente Brentano de las visiones de la mística de Dulmen, incluye las narraciones de la religiosa sobre los antepasados de la Virgen, su Inmaculada Concepción, su nacimiento y sus primeros años, el ingreso y la estancia en el Templo, la boda con San José, la Visitación a su prima Isabel, los nacimientos de San Juan Bautista y de Jesús, la caravana de los Reyes Magos, la huida a Egipto, la matanza de los Inocentes, la permanencia de la Sagrada Familia en Egipto y el regreso a Nazaret, la muerte de San José y su estancia en Éfeso con San Juan y el final de su vida terrena.

Santa Ana 

«He visto a Ana de pequeña. No era especialmente bonita, pero sí más que otras; no era ni de lejos tan bonita como María, pero era extraordinariamente sencilla y de una piedad infantil, y así la he visto en todas las edades, de doncellita, madre y viejecita; y por eso siempre que he visto una vieja aldeana de aspecto infantil se me ocurría: “Esta es como Ana”».

San Joaquín

«Joaquín no era nada guapo. San José, incluso cuando ya no era joven, era en comparación un hombre muy guapo. Joaquín era de figura menuda, ancho y sin embargo delgado, y cada vez que pienso en él me veo obligada a reírme, pero era un hombre maravilloso, santo y piadoso además de pobre».

Nacimiento de María

«Una luz sobrenatural llenó el cuarto y se adensó tejiéndose en torno a Ana. Las mujeres se prosternaron sobre sus rostros, como aturdidas. La luz tomó en torno a Ana toda la forma de aquella figura que tuvo en el Horeb la zarza ardiente de Moisés, así que ya no pude ver nada más de Ana. La llamas irradiaba completamente hacia adentro, y entonces de repente vi que Ana recibió en sus manos la refulgente Niña María, la envolvió en su manto, la apretó contra su corazón y luego la puso desnuda en la banqueta delante del relicario y siguió rezando.

Entonces oí llorar a la niña y vi que Ana sacó los pañales que guardaba debajo de su gran velo y la envolvió. Fajó a la niña en colores gris y rojo hasta debajo de los brazos, y dejó desnudos el pecho, los brazos y la cabeza. Entonces desapareció de su alrededor la aparición de la zarza ardiente».

Moisés

«Moisés era pelirrojo, muy alto y ancho de hombros. Su cabeza era muy alta y en punta como un pilón de azúcar y tenía la nariz grande y curvada. En la parte superior de su amplia frente tenía dos prominencias como cuernos, que estaban vueltas una hacia otra; no eran rígidas como los cuernos de los animales, sino de piel blanda y como rayada o estriada. Solo sobresalían un poco, como dos colinas parduzcas y arrugadas en la parte superior de la frente. De pequeño ya las tenía en forma de verruguitas. Estas protuberancias le daban un aspecto prodigioso, y nunca las pude sufrir porque me recordaban involuntariamente imágenes del demonio. He visto varias veces protuberancias de éstas en la frente de ancianos profetas y ermitaños; algunos solo tenía una en medio de la frente».

Jerusalén

«Cuando voy por las calles de la actual Jerusalén para hacer el Viacrucis, muchas veces veo debajo de un edificio en ruinas una gran arcada que en parte está derruída y en parte llena de agua que ha entrado allí. El agua llega actualmente al tablero de la mesa, en cuyo centro se levanta una columna en torno a la cual cuelgan cajas llenas de rollos escritos. Debajo de la mesa también hay en el agua más rollos escritos. Estos subterráneos deben ser sepulcros; se extienden hasta el Monte Calvario. Creo que esta es la casa que habitó Pilatos. A su tiempo se descubrirá este tesoro de manuscritos».

La Virgen María

«La Santísima Virgen tenía el cabello rojizo y muy abundante, y las cejas negras, altas y finas; la frente muy alta; grandes ojos entornados con grandes pestañas negras; nariz recta, larga y fina; una boca muy noble y amable; la barbilla puntiaguda; estatura mediana, y sus andares con sus ricos atavíos eran suaves, graves y castos».

Anunciación

«Cuando esta luz penetró en su costado derecho, la Santísima Virgen se volvió totalmente traslúcida y como transparente y fue como si ante esta luz, la opacidad se retirara como la noche. En ese momento María estaba tan traspasada de luz que nada de ella parecía oscuro o encubierto, toda su persona estaba resplandeciente y lúminosa.

Después vi desaparecer al ángel y retirarse el haz de luz que salía de él. Fue como si desde el cielo hubieran reabsorbido aquel torrente de luz. Mientras la luz se retiraba, cayeron sobre la Santísima Virgen muchos capullos de rosas blancas, cada una con una hojita verde».

Nacimiento

«El resplandor en torno a la Santísima Virgen se hacía cada vez mayor y ya no se veía la luz de la lámpara que había encendido José. La Santísima Virgen estaba vuelta a Oriente y arrodillada sobre su colcha de dormir con su amplio vestido suelto y extendido en torno a ella.

A las doce de la noche se quedó arrobada en oración; la vi elevarse sobre la Tierra de modo que podía verse el suelo debajo de ella. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho y en torno a ella seguía aumentando el resplandor. Todo estaba entrañable y jubilosamente agitado, incluso las cosas inanimadas, la roca del techo, las paredes, el techo y el suelo de la gruta estaba como viva dentro de aquella luz. Entonces ya no vi más el techo de la gruta, y una vía de luz se abrió entre María y lo más alto del Cielo con un resplandor cada vez más alto».

La cueva del pesebre

«La Cueva del Pesebre está verdaderamente muy cómoda y tranquila; aquí no viene nadie de Belén y solo pasan por aquí los pastores. En Belén nadie se preocupa de lo que pase en las afueras, pues allí, con tanto forastero, hay mucha gente y muchas aglomeraciones. En Belén se compra y se sacrifica mucho ganado, porque muchos de los presentes pagan sus tributos con ganado. También hay muchos paganos que sirven de criados».

Circuncisión

«El mango y la hoja del cuchillo eran de piedra; el mango era liso y castaño y tenía una ranura donde iba encajada la hoja, que era del color amarillento de la seda bruta y no me pareció muy afilada.

Hicieron el corte con la punta ganchuda del cuchillo que, abierto, tendría de largo por lo menos un palmo. El sacerdote hirió también al niño con la afilada uña de su dedo, chupó la herida y la roció con agua vulneraria y un calmante de las cajitas.

Puso lo que había cortado entre dos plaquitas redondas y brillantes de color castaño rojizo, que estaban un poco ahondadas en el centro. Era como la cajita muy plana de una materia preciosa que entregaron a la Santísima Virgen. Entonces dieron el niño a la cuidadora que lo vendó y fajó de nuevo en sus pañales. El niño había estado fajado en blanco y rojo hasta los bracitos, pero ahora le envolvieron también los bracitos».

Ofrenda

«Cuando Mensor se arrodilló y depositó los regalos con conmovedoras palabras de homenaje, inclinó humildemente su cabeza descubierta y cruzó sus manos sobre su pecho. María desnudó la parte superior del cuerpo del Niño, que estaba envuelto en pañales rojos y blancos y al que se le veía brillar tiernamente detrás de su velo; le sujetaba la cabecita con una mano y lo abrazaba con la otra; el niño tenía sus manitas cruzadas sobre el pecho, como si rezara. Relucía amablemente y a veces también hacía de un modo encantador como si agarrara algo en torno a sí».

Egipto

«Muy extrañada vi ruinas de edificios, grandes trozos de gruesos muros, torres a medias y también templos casi enteros; columnas como torres a las que se podía subir dando vueltas por fuera; altas columnas que por arriba eran delgadas y terminaban en punta, cubiertas completamente de extrañas figuras; y muchas figuras grandes como de perros tumbados con cabeza humana».

Muerte de San José

«Jesús rondaba los treinta años cuando José se fue debilitando cada vez más. Muchas veces vi que Jesús y María estaban con él y que María se sentaba muchas veces en el suelo delante de su lecho o en un taburete de tres patas, redondo y bajo, que a veces utilizaba de mesa. Los vi comer pocas veces. A San José le llevaban a comer al lecho un plato con tres rebanadas cuadradas blancas como de dos dedos de largo o frutas pequeñas en una taza. Le daban de beber en una especie de ánfora.

Cuando José murió, María estaba sentada a la cabecera de su lecho y lo tenía en brazos, mientras que Jesús estaba junto a su pecho».

Aclaración: Esta narración de Ana Catalina Emmerich corresponde a visiones personales que ella testimonia haber tenido. En la Iglesia estas son llamadas “revelaciones privadas” que según se señala en el Catecismo de la Iglesia Católica… “no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia.” (Catecismo N° 67)

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