S. GREGORIO MAGNO, PAPA Y DOCTOR DE LA IGLESIA (590-604)

San Gregorio Magno es el cuarto y último de los originales Doctores de la Iglesia Latina. Defendió la supremacía del Papa y trabajó por la reforma del clero y la vida monástica.

Hubiera querido ser monje, pero contrariamente a su deseo, fue elegido Papa. Se demostró entonces un hombre de acción práctico y emprendedor. Dio inicio a una profunda reforma de la Iglesia y nos dejó numerosos escritos. La grandeza de su obra le valió el apelativo de “Magno”.

Nació en Roma en el 540. Hijo de un senador y bisnieto del papa Félix III.

En el año 570 fue nombrado prefecto de Roma. En 575 transformó su propiedad familiar en un monasterio dedicado a san Andrés. En el 579 fue enviado por el papa Pelagio II como nuncio ante el emperador en Constantinopla, para conseguir ayuda contra los lombardos, que habían invadido Italia. A su vuelta fue elegido Papa en el año 590.

En el año 594 evitó la invasión lombarda de Roma después de acordar el pago de un tributo anual. Buen administrador de las grandes propiedades de la Iglesia en Roma, el pontificado asumió el liderazgo político en Italia y reunió sus territorios repartidos por todo el país en uno sólo que más tarde se convertiría en los Estados Pontificios.

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El padre de Gregorio fue Gordiano, un patricio rico probablemente de la famosa gens Amicia, que poseía grandes territorios en Sicilia y una mansión en la colina del Celio de Roma, cuyas ruinas están bajo la iglesia de San Andrés y San Gregorio. Su madre Silvia parece también de una buena familia pero nada se conoce de su vida, aunque es honrada como santa y su fiesta se guarda el 3 de noviembre.. De sus primeros años nada sabemos aparte de lo que la historia de su tiempo nos dice.

Su rango social le hacía un candidato natural para una carrera pública y sin duda pasó por las oficinas subordinadas donde un joven patricio se entrenaba para la vida pública. Y que conoció todo esto perfectamente parece cierto puesto que alrededor del año 573, con poco menos de 30 años, le encontramos en el importante oficio de prefecto de la ciudad de Roma, que aunque ya no tenía toda la antigua magnificencia y sus responsabilidades se había reducido, aún era la más alta dignidad civil de la ciudad y sólo tan largo tiempo de oración y luchas interior decidió Gregorio abandonar todo para hacerse monje, lo que sucedió en 574, probablemente.

Después de cursar estudios de Derecho, Gregorio emprendió la carrera política y ocupó el cargo de Prefecto en Roma. Esta experiencia le ayudó a conocer los problemas reales de la ciudad y a desarrollar un profundo sentido del orden y la disciplina.

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Pocos años después decidió retirarse, atraído por la vida monástica. Donó sus bienes a los pobres y convirtió la casa paterna, situada en el Celio, en un monasterio dedicado a san Andrés. Allí, en el recogimiento, se entregó a la oración y al estudio de la Sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia.

Una vez tomada la decisión se dedicó en cuerpo y alma a la austeridad de su nueva vida. Sus tierras en Sicilia fueron entregadas para la fundación de seis monasterios y su casa en la Colina Celia se convirtió en otro bajo el patronazgo de S. Andrés. Aquí mismo vistió la capucha de manera que “aquel que solía ir por la ciudad vestido con la trabea y brillar con seda y joyas, ahora se vestía con vestidos miserables y servía al altar de Señor”

Después de que Gregorio adquiriese una buena educación, el Emperador Justino lo nombró, en 574, magistrado principal de Roma. Tenía solo 34 años. Después de la muerte de su padre edificó siete monasterios, el último de los cuales fue en su propia casa en Roma, que se llamó Monasterio Benedictino de San Andrés. El mismo tomó al hábito monástico en el 575, a la edad de 35 años. Fue ordenado diácono y nombrado legado pontificio en Constantinopla. 

Después de la muerte de Pelagio, San Gregorio fue escogido unánimemente Papa por los sacerdotes y el pueblo, el día 3 de septiembre del año 590.

A finales del año 589  la ciudad de Roma fue azotada por fuertes aguaceros que causaron el desbordamiento del río Tíber, inundando todas las áreas bajas de la ciudad y destruyendo las cosechas, además propició una epidemia de peste bubónica que causó estragos en la población romana. La plaga bubónica alcanzó al Palacio de Letrán, sede papal, infectando al Papa Pelagio II, causándole la muerte el 07 de febrero del año 590.

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La muchedumbre se refugió en las iglesias, desde donde pedirían que San Gregorio Magno fuera nombrado Papa, por las obras, que en favor del pueblo, realizaba como jefe de la Secretaría Papal, y por la buena reputación que gozaba entre la élite dirigente de Roma, San Gregorio Magno fue proclamado Papa, en el año 590, convirtiéndose en el primer monje en alcanzar tan sagrada distinción.

El Papa Gregorio I, en los primeros meses de su pontificado se dedicó a restablecer el orden en su administración eclesiástica, empezando por reemplazar a uno de sus principales secretarios, del cual dijo que era mejor no hablar de su reputación porque ponía entredicho la moral de la iglesia, en su lugar designó a un  vicedminus como encargado de los asuntos del palacio y de vigilar la solemnidad en la Santa Sede.

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Ejerció su cargo como verdadero pastor, en su modo de gobernar, en su ayuda a los pobres, en la propagación y consolidación de la fe. Mantenía contacto con todas las iglesias y a pesar de sus sufrimientos y labores, compuso grandes obras. Entre ellas hay magníficas contribuciones a la Liturgia de la Misa y el Oficio.

Tiene escritas muchas obras sobre teología moral y dogmática. Su extraordinario trabajo le valió el nombre de “El Grande”. Su celo era extender la fe por todo el mundo.Es patrón de maestros.

Gregorio tuvo que afrontar un período difícil: los longobardos habían invadido la península Itálica, lluvias e inundaciones habían provocado numerosas víctimas y grandes daños, y muchas zonas se vieron afectadas por la carestía y la peste. Gregorio exhortó a los fieles a la oración y la penitencia, invitándoles a participar, durante tres días, en una solemne procesión penitencial hacia la basílica de Santa María la Mayor. Se cuenta que, mientras atravesaban el puente que enlaza la zona del Vaticano con el centro de Roma, Gregorio y la multitud tuvieron una visión del arcángel Miguel sobre la Mole Adriana, interpretándola como un signo celeste que anunciaba el final de la epidemia. A partir de este episodio, el antiguo mausoleo fue llamado Castel Sant’Angelo –castillo del santo ángel-.

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Obra eclesiástica y civil

Durante su pontificado, Gregorio reorganizó la administración pontificia y se ocupó de la Curia romana, muchos de cuyos miembros eclesiásticos y laicos tenían intereses muy distintos de los espirituales y caritativos; por este motivo, confió numerosos encargos a monjes benedictinos. Reformó las actividades eclesiásticas en las diversas sedes episcopales. Estableció también que los bienes de la Iglesia fueran utilizados para su propia subsistencia y para la obra de evangelización del mundo; y gestionados con absoluta rectitud, justicia y misericordia.

Gregorio empleó sus propios bienes y los legados a la Iglesia para ayudar a los fieles: compraba y distribuía trigo, socorría a los necesitados, sustentaba a los sacerdotes, monjes y religiosos de clausura en situación de dificultad, pagaba rescates por los prisioneros.

Trabajó por la paz promoviendo treguas y armisticios. A él se deben también decisiones políticas encaminadas a salvaguardar Roma –olvidada por los emperadores- y negociaciones con los longobardos para asegurar la paz en Italia central. Gregorio estableció con ellos relaciones fraternales, se preocupó por su conversión y envió misiones de evangelización a los visigodos de España, los francos y los sajones. Envió a Britania al prior del convento de san Andrés en el Celio, Agustín –quien fue después obispo de Canterbury- y a cuarenta monjes.

Gregorio reformó la Misa y la hizo más simple; promovió también el canto litúrgico, que tomó de él el nombre de “canto gregoriano”. Su epistolario cuenta con más de 800 cartas. Se conservan también numerosas homilías suyas. Entre sus obras, destacan Moralia in Iob (Comentario moral al libro de Job), en el que afirma que el ideal moral consiste en la integración armoniosa entre palabra y acción, pensamiento y esfuerzo, oración y dedicación a los propios deberes; y la Regla pastoral, en la que traza la figura del obispo ideal, insiste en el deber del pastor de reconocer diariamente su propia miseria, y profundiza en la virtud de la humildad.

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Para demostrar que la santidad es siempre posible, Gregorio escribe los Diálogos, una hagiografía en la que narra el ejemplo que dieron hombres y mujeres, tanto canonizados como no, acompañándolo con reflexiones teológicas y místicas. Es especialmente conocido el libro II, dedicado a san Benito de Nursia.

Se puede decir que Gregorio fue el primer Papa que utilizó el poder temporal de la Iglesia, sin olvidar por ello el aspecto espiritual de su tarea. Se mantuvo siempre simple y humilde, tanto que en sus cartas oficiales se definía “Servus servorum dei”, siervo de los siervos de Dios, apelativo conservado por sus sucesores.

El Papa San Gregorio I, Magno, fallece a los 64 años,  en el año 604, y era el 64º Papa. Sus restos se encuentran en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. San Gregorio Magno fue designado como Doctor de la Iglesia en año de 1295, por el Papa Bonifacio III, (1294 a 1303), y es considerado Padre de la Iglesia Occidental, su santoral es el 03 de septiembre en recuerdo a su ordenamiento episcopal.


Por amor a Cristo, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono
De las homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro del profeta Ezequiel
Libro 1,11, 4-6

Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel. Fijémonos cómo el Señor compara sus predicadores a un atalaya. El atalaya está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca. Y todo aquel que es puesto como atalaya del pueblo de Dios debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que tiene bajo su custodia.

Estas palabras que os dirijo resultan muy duras para mí, ya que con ellas me ataco a mí mismo, puesto que ni mis palabras ni mi conducta están a la altura de mi misión.

Me confieso culpable, reconozco mi tibieza y mi negligencia. Quizá esta confesión de mi culpabilidad me alcance el perdón del Juez piadoso. Porque, cuando estaba en el monasterio, podía guardar mi lengua de conversaciones ociosas y estar dedicado casi continuamente a la oración. Pero desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad pastoral, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos.

Me veo, en efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversas Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la vida y actuación de los individuos en particular; otras veces tengo que ocuparme de asuntos de orden civil, otras, de lamentarme de los estragos causados por las tropas de los bárbaros y de temer por causa de los lobos que acechan al rebaño que me ha sido confiado. Otras veces debo preocuparme de que no falte la ayuda necesaria a los que viven sometidos a una disciplina regular, a veces tengo que soportar con paciencia a algunos que usan de la violencia, otras, en atención a la misma caridad que les debo, he de salirles al encuentro.

Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones, ¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la predicación y al ministerio de la palabra? Además, muchas veces, obligado por las circunstancias, tengo que tratar con las personas del mundo, lo que hace que alguna vez se relaje la disciplina impuesta a mi lengua. Porque, si mantengo en esta materia una disciplina rigurosa, sé que ello me aparta de los más débiles, y así nunca podré atraerlos adonde yo quiero. Y esto hace que, con frecuencia, escuche pacientemente sus palabras, aunque sean ociosas. Pero, como yo también soy débil, poco a poco me voy sintiendo atraído por aquellas palabras ociosas, y empiezo a hablar con gusto de aquello que había empezado a escuchar con paciencia, y resulta que me encuentro a gusto postrado allí mismo donde antes sentía repugnancia de caer.

¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña, sino que estoy postrado aún en la llanura de mi debilidad? Pero el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono.

Oración

Oh Dios, que cuidas a tu pueblo con misericordia y lo gobiernas con amor, concede el don de sabiduría, por intercesión del papa san Gregorio Magno, a quienes confiaste la misión del gobierno en tu Iglesia, para que el progreso de los fieles sea el gozo eterno de sus pastores. Por nuestro Señor Jesucristo.

Frases de San Gregorio

“Siervo de los siervos de Dios”. Servus servorum Dei


“Cuando reconoce uno su propia ignorancia, lleva con más paciencia las molestias que le causa el prójimo.”

“Ayudar al débil es caridad; pretender ayudar al poderoso es orgullo.”

“Es más honroso huir las injurias callando, que vencerlas contestando a ellas.”

“La paciencia consiste en tolerar todos los males ajenos con ánimo tranquilo, y en no tener ningún resentimiento con el que nos los causa.”

“Cuando reconoce uno su propia ignorancia, lleva con más paciencia las molestias que le causa el prójimo.”

“Es mas honroso huir de las injurias callando, que vencerlas contestando a ellas.”

“La paciencia consiste en tolerar todos los males ajenos con ánimo tranquilo, y en no tener ningún resentimiento con el que nos los causa.”

LAS NUEVE ORACIONES DE SAN GREGORIO MAGNO

En reverencia de la Sagrada Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo

(El Maremagnum)

 El Papa Inocencio VIII, concedió a los que rezaren las nueve oraciones siguientes de San Gregorio, las siguientes indulgencias:

Cada día: 14.185.149 años de indulgencia.

  • En Viernes el doble.
  • En Viernes Santo: 8 indulgencias plenarias.
  • Y los que no saben leer, o muy enfermos, pueden rezar 20 Padrenuestros y 20 Avemarías frente a la imagen del santo, y ganan lo mismo.
  • Los que dijesen 7 Padrenuestros y 7 Avemarías frente a la imagen del Santo: 50.000 años de indulgencias y el Viernes Santo, indulgencia plenaria.

 Hagamos este obsequio a las  benditas almas del Purgatorio

 Puede parecer que son grandes indulgencias y que no es necesario rezarlas a menudo, pero se hacen suave brisa fresca en la inmensidad del Purgatorio y del gran número de almas que allí se encuentran. Muchas almas padecen y pocos rezan por ellas. Rezar con tesón y con la mayor frecuencia que se pueda.  

PRIMERA ORACIÓN

 Señor mío Jesucristo, te adoro colgado de la Santa Cruz, coronada de espinas tu Cabeza. Te ruego que Tu Santísima Cruz me libre del ángel malo. Amén Jesús.

Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.

SEGUNDA ORACIÓN

Oh Señor mío Jesucristo, te adoro en la Cruz herido y llagado, bebiendo hiel y vinagre. Te ruego que la lanza de Tu Santísimo Costado sea remedio para mi alma. Amén Jesús.

Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.

TERCERA ORACIÓN

Oh Señor mío Jesucristo, por aquella amargura, que por mí, miserable pecador, sufriste en la Cruz, principalmente en aquella hora, cuando tu Alma santísima salió de tu bendito cuerpo , te ruego Señor, que tengas misericordia de mi alma cuando salga de esta vida mortal; la perdones y la encamines a la Vida  Eterna. Amén Jesús.

Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.

CUARTA ORACIÓN

Oh Señor mío Jesucristo, yo te adoro depositado en el Santo Sepulcro, ungido con mirra y ungüentos  fragantes. Te ruego Señor, que tu muerte sea remedio para mi alma. Amén Jesús.

Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.

QUINTA ORACIÓN

Oh Señor mío Jesucristo, yo te adoro y considerando aquel tiempo cuando descendiste a los infiernos y de allí sacaste y pusiste en libertad en los cielos a los que allí estaban cautivos, te ruego Señor que tengas misericordia de mi.  Amén Jesús.

Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.

SEXTA ORACIÓN

  Oh Señor mío Jesucristo, que estás sentado a la derecha del Padre Eterno, yo te adoro por tu santa resurrección de entre los muertos y Ascensión a los Cielos. Te ruego Señor que yo te pueda seguir y mi alma pueda ser presentada delante de la Santísimas Trinidad. Amén Jesús.

Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.

SÉPTIMA ORACIÓN

  Oh Señor mío Jesucristo, Pastor bueno, conserva y guarda a los justos,  justifica y perdona  a los pecadores, ten misericordia de todos los fieles y acuérdate de mí, triste y miserable pecador. Amén Jesús.

Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.

OCTAVA ORACIÓN

  Oh Señor mío Jesucristo, yo te adoro y contemplando que el día del Juicio vendrás a juzgar a los vivos y a los muertos y a los buenos darás gloria y a los malos condenación eterna. Te ruego Señor, por tu Santa Pasión, nos libres de las penas del Infierno, nos perdones y nos lleves a la Vida Eterna.  Amén Jesús.

Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.

NOVENA ORACIÓN

  Oh amantísimo Padre, yo te ofrezco la inocente muerte de Tu Hijo y el amor tan firme de Su Corazón por toda la culpa y pena que yo miserable pecador merezco, y todos los pecadores: por aquellos enormes y gravísimos pecados míos  y por todos mis prójimos y amigos vivos y difuntos. Te ruego tengas misericordia de nosotros. Amén Jesús

Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.

OFRECIMIENTO

  Estas oraciones las ofrezco a los méritos de la Pasión y muerte de nuestro Redentor Jesucristo, a quien pido y suplico me las reciba en descuento y satisfacción de mis culpas y pecados confirmándome lo que San Gregorio y otros Pontífices han concedido a quienes la rezaren delante de su imagen o la llevasen consigo y es mi voluntad que Dios nuestro Señor aplique lo que le pareciese ser bastante para sacar del Purgatorio el alma que allí estuviese y que fuese más de mi obligación gloria suya y de la Santísima Virgen María, a quien pido y suplico sea mi abogada con su Divina Majestad. Amén Jesús.

ORACIÓN

  Oh altísima Cruz, oh inocente y preciosa Sangre, oh pena grande y cruel, oh pobreza de Cristo mi Redentor, oh Llagas muy lastimadas, oh Corazón traspasado, oh Sangre de Cristo derramada, oh muerte amarga de Dios, oh dignidad grande de Dios, digna de ser reverenciada. Ayúdame Señor para alcanzar la vida eterna, ahora y en la hora de mi muerte. Amén Jesús.

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