Vida del Glorioso Patriarca San José II, Cap VI

La casa de Nazaret: Vida de pobreza y de amor puro

Vida del Glorioso Patriarca San José Esposo purísimo de la Gran Madre de Dios y Padre Adoptivo de Jesús, manifestado por Jesucristo a la Hna. Cecilia Baij en revelación. Año 1736

Habiendo ya los dos Santos esposos, preparado todo para la salida, antes de ponerse en camino la Santísima Virgen quiso también la bendición de su esposo, practicando en todas sus acciones la hermosa virtud de la humildad tan querida y apreciada por Ella.

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Nace, sin embargo, entre los dos esposos una santa disputa, porque, José siendo él también muy humilde y conociendo el sentimiento incomparable de su Santa esposa, rehusaba hacer eso, pero las humildes súplicas de su Santísima esposa no podían dejar de ser atendidas por él; por lo cual el Santo condescendía en bendecirla y suplicaba a su Dios para que acompañara con la suya también la bendición divina.

Al fin se fueron muy gustosos, porque sabían que cumplían la Divina Voluntad. Los Santos esposos iban a pie únicamente con el pobre animal que llevaba sus pobres utensilios. El corazón de San José se inquietaba al verse tan pobre de no poder dar a su esposa algún alivio y comodidad en el viaje, y con Ella se quejaba; pero la Santa doncella María lo animaba y le decía que Ella estaba muy contenta de  y que gozaba mucho en verse pobre, y que solamente deseaba la riqueza de la Gracia de su Dios; y decía a su esposo José:

-“Sabed que cuanto más grande sea nuestra pobreza temporal, tanto más nuestro Dios nos enriquecerá de bienes espirituales y tanto más agradaremos a Él”-.

 Se consolaba mucho nuestro Santo al oír las palabras de su purísima y amada esposa. Con esta pobreza e incomodidad, viajaron los dos más grandes personajes del mundo, a un mundo desconocido.

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Estaban solos, sin compañero alguno, pero les hacían cortejo gran cantidad de Ángeles, los cuales con melodía acompañaban a la Santísima doncella María, ya destinada por Dios a ser Madre del Verbo Divino; sin embargo, Ella sola oía las armonías angelicales.

En este viaje Dios permitió, para consuelo de San José, que algunas veces, cuando se tomaban algún descanso, bandadas de pájaros cantaran dulcemente alrededor de la Santa esposa María; de lo cual el quedaba admirado y a la vez consolado y de esto luego tomaba motivo para alabar y bendecir la bondad de su Dios que también les favorecía con estas señales.

Habiendo andado un buen trecho del camino, y al estar cansados, se detuvieron por algún tiempo, y San José suplicó a su esposa para que cantara alguna alabanza a su Dios, puesto que parecía que los mismos pájaros la invitaran. La purísima esposa obedeció, y cantó un cántico de alabanza a su Creador, en el cual expresaba las maravillas de su poder Divino.

Quedaban asombrados hasta los espíritus angelicales; mucho más nuestro José que cayó en éxtasis por la dulzura y por algún tiempo quedó concentrado, mientras la divina esposa hizo muchos actos de adoración a su Dios. Al volver del éxtasis el Santo dirigiéndose a su esposa le dijo:

“!0h esposa y paloma mía, que dicha me causan vuestros cánticos, las alabanzas, que con tanta gracia ofrecéis a nuestro Dios; Oh, ¡siempre más tengo que admirar los tesoros de Gracias que nuestro Dios ha puesto en vos! Procurad también corresponder con igual amor a la divina generosidad, mientras yo también os haré compañía y siempre alabaré y bendeciré a nuestro Dios, que se ha dignado enriqueceros de tanta Gracia y de tantos dones; y vos hacedlo por mí, que me ha escogido entre tantos, para gozar de vuestra amable y deseable compañía”-.

 La Santa doncella se humillaba a estas palabras, y dirigía toda la alabanza a su Dios, haciéndose a sí misma despreciable sierva; y decía a su esposo que cuanto él admiraba en Ella y conocía de bien, todo era don de Dios, que le había dado por su bondad sin que Ella tuviera mérito alguno, que por lo tanto cada vez que en Ella viera alguna gracia, enseguida diera alabanza al dador de todo bien, Dios, inmenso e infinito, el cual tan generoso se mostraba con sus criaturas y sobre todo con Ella, criatura insignificante y completamente desmerecedora.

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El Santo esposo admiraba las humildes palabras de su esposa y daba alabanza a Dios, gozando al verla enriquecida de tantos dones celestiales, le diera también un bajo sentimiento de sí misma, y tan cimentada estuviera en la hermosa virtud de la humildad.

Siguieron su viaje, siempre alabando y bendiciendo a Dios; y el corazón de nuestro José se llenaba siempre más de júbilo y de amor hacia su Dios, y a menudo decía a su Santa esposa que lo agradeciera en su nombre porque él no sabía hacerlo como se debía, por la Gracia grande e incomparable que le había hecho al escogerlo como su esposo y custodio.

Al Santo le parecía que esta era una Gracia incomparable, y así la llamaba en efecto, pero Dios había destinado hacerle una Gracia mucho más grande que él todavía no conocía, ni podía penetrar, y era que le habría dado en custodia al Verbo Encarnado, quien estaría sometido a él, Gracia esta, incomparable y por encima de todo humano entendimiento. Y, sin embargo, nuestro José rogó a conseguir una suerte tan grande de ser Padre adoptivo del Verbo Encarnado. Le parecía al Santo que no le quedaba más que obtener de grande y de sublime, sólo llegar a ver con sus propios ojos al Mesías prometido y dedicarse totalmente a su servicio, pero esto solamente lo deseaba, sin pensar que podía llegar a eso.

 Tanto se consolaba por haber conseguido a una compañera tan digna y Santa, con la cual podía conversar acerca de la grandeza de su Dios, y ser ayudado por Ella en la práctica de las virtudes y en la consecución del amor hacia Dios, el Santo vivía muy deseoso de ello. Al llegar los Santos esposos a Nazaret, no encontraron aquí nada para tomar como refrigerio. Nuestro José enseguida procuró ir a la pequeña casa de su esposa María y fácilmente lo logró; y siendo la hora avanzada, entraron en su casa, donde no había ninguna comodidad, y por esa noche se quedaron allí con su pobreza, alimentándose solamente de un poco de pan que llevaban consigo y encontrando un poco de agua para beber.

Gozaba de eso su Santa esposa María, porque era amante de la pobreza, pero compadecía mucho la pena que sentía su esposo por verse tan pobre, y le daba ánimo y lo consolaba con sus palabras; de esto el Santo gustaba mucho más que de cualquier exquisito alimento, y decía a su esposa que sus palabras eran suficientes para consolarlo y restablecerlo.

Al llegar aquí, la primera cosa que hicieron fue alabar y agradecer a Dios por haberlos hecho llegar a ese lugar y por haberlos asistido en el viaje. Luego tomaron un poco de refrigerio, como dije, y después de haber alabado de nuevo a su Dios, ordenaron el lugar donde debían estar. José dijo a su esposa, que Ella escogiera la habitación donde quería estar retirada para orar y para descansar, pero la Santa Virgen, muy humilde, no quiso hacer eso, aunque la casa fuera suya, sino que suplicó a su esposo para que se dignara asignársela él, correspondiéndole a él mandar y ordenar todas las cosas como su superior.

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Lo hizo el Santo, asignando a su esposa una habitación para su retiro personal, otra para sí y otra donde él pudiese ejercer su oficio, que era una habitación inferior y más abajo que las otras y una pequeña habitación donde podía cocinar. Una vez que el Santo ordenó todo esto, María se mostró contenta y satisfecha plenamente y después de haber hecho una larga conversación con su esposo José para alabar a su Dios, le pidió permiso para retirarse en su pequeña habitación, quedando de acuerdo para el día siguiente, conversar la forma de vivir que llevarían a cabo allí.

El Santo le dio permiso a su esposa para que se retirara y él también se retiró para tomar un poco de descanso. El descanso de esa noche fue en el piso desnudo, no teniendo entonces otra cosa que ese poco de utensilios que trajeron de Jerusalén. La Santísima esposa pasó casi toda la noche en oración; y nuestro José al estar cansado se durmió, y el Ángel le habló en el sueño y le aseguró que era Voluntad de Dios que vivieran en la pobreza, que por lo tanto no se apenaran y procuraran tener ese poco que era necesario y nada más, y que buscara el sustento con su trabajo y se mostrara siempre más grato a Dios por el don que le había hecho al darle una Esposa tan Santa y tan digna.

Al despertarse José del sueño y llegado el día, habiendo hecho antes su acostumbrada oración a Dios, impulsado por su casto amor fue a ver a su purísima esposa, sentía cierta impaciencia porque Ella no salía de su habitación, y no se atrevía a llamarla. Se puso por lo tanto a arreglar su taller con esas pocas herramientas que había traído, y después de haber dejado todo en orden, volvió de nuevo para ver a su esposa, y al ver que se demoraba, se acercó a la puerta para averiguar lo que pasaba, pues deseaba verla y platicar pronto, y de las aberturas de la puerta pudo ver que la habitación estaba llena de un celestial resplandor, y de un intenso y agradable olor, sintió al mismo tiempo un consuelo interior muy grande; de esto pudo deducir claramente que su Santa esposa estaba conversando con Dios, por lo cual el Santo se retiró, y jamás volvió a acercarse a su habitación en el futuro, para no molestarla, sino que la dejaba en completa libertad, y cuando deseaba verla o hablarle, si Ella se encontraba en su habitación jamás se atrevió molestarla, sino que la esperaba con paciencia.

Gozaba de su bien y de las delicias que Ella se tomaba para pasar conversando con Dios a solas y tenía una Santa envidia de la afortunada esposa suya, diciendo entre sí:

-“Oh, dichosa Ella, que verdaderamente se hace digna de las visitas de nuestro Dios, pues es totalmente Santa y muy perfecta en todas las virtudes”-.

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Al terminar su oración, salió de su habitación la Santísima Virgen, donde encontró a su esposo José que la esperaba. El Santo la vio más hermosa y graciosa que nunca, y quedaba siempre así admirado, de modo que apenas se atrevía a hablarle.

La Santa esposa se mostró toda humilde, cortes y afable. Lo saludo con mucha gracia. De nuevo alabaron juntos a su Dios y después se aconsejaron acerca de lo que tenían que hacer con respecto al sustento necesario, porque estaban completamente desprovistos de todo. Nuestro José tenía algún dinero por el trabajo que había hecho antes en Jerusalén, y fue a comprar lo necesario para su sustento.

También los vecinos fueron a alegrarse con la Santa esposa María, y al encontrarla tan pobre, no dejaron de llevarle lo que era necesario para su servicio. La Santa esposa lo agradecía todo y a título de limosna lo recibía, practicando en todo una profunda humildad y gratitud hacia quien la beneficiaba, a las cuales luego, correspondió al beneficio recibido con el trabajo de sus manos. Sin embargo, en las visitas se mostraba agradecida y cortes, pero con pocas palabras y todas ordenadas y prudentes, de modo que cada una admiraba su modestia y gracia, quedando todas encariñadas y deseosas de tratar con Ella.

Pero la Santa esposa aceptó gustosa en un primer momento la visita, luego se mostró un poco reacia para recibir visitas, aunque todo lo hacía con modales y gracias especiales; admitía, sin embargo, la visita de aquellas vírgenes que temían y amaban a Dios y con ellas se entretenía en santos coloquios.

Su Santo esposo José habiendo procurado algo de lo que necesitaban, se fue enseguida a ver a su Santa esposa María, no pudiendo estar largo tiempo lejos de Ella, mientras su sola presencia le causaba un consuelo muy grande. Habiendo regresado el Santo donde su esposa y después de haberle entregado ese poco que había traído para su sustento, alabaron de nuevo y agradecieron a su Dios que tan bien los había provisto.

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José encontró también algo de trabajo, para que con sus fatigas pudiera sustentar al hogar, Ella también se ocupaba en trabajar para ganar el alimento necesario, con el trabajo de sus manos, disponiendo Dios con suma providencia que tuviera enseguida la ocasión de poder conseguir el alimento necesario. Los Santos esposos eran agradecidos de la Divina providencia, y no dejaron de alabar y bendecir a su Dios que tan generoso se mostraba con ellos y que con tanto amor los proveía, y se animaban siempre más para corresponder a los beneficios que Dios les hacía, creciendo maravillosamente en su amor.


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