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Justicia, misericordia y fidelidad, Misterios insondables de la Divinidad.

Los ritos religiosos están unidos a la fe, los seres humanos manifestamos ante Dios nuestro deseo de agradarle cuando nos acercamos a él, pero ¿es correcta nuestra adoración?

Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos hipócritas! Ustedes pagan el diezmo de la menta, el anís y del comino y dejáis de lado las enseñanzas más importantes de la Ley como la justicia, la misericordia y la fidelidad

Mateo 23, 23.

Vivir con apariencia, pero sin corazón

Los fariseos eran personas religiosas y cumplidoras, muy estrictas en el acatamiento de los múltiples preceptos, incluso iban más allá de las exigencias de la ley mosaica. Sin embargo, Jesús tiene para ellos un juicio bastante duro. Es el pecado de los de cerca, no de los alejados, de los que construyen una vida religiosa, pero hueca, sin entrañas, que todo lo miden, y descuidan lo que no tiene medida: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Siendo religiosos se puede vivir una vida sin religión, alejada de Dios; con apariencia, pero sin corazón.

Cuando misericordia y fidelidad se encuentran, justicia y paz se besan.

San Pedro Crisólogo

El Señor da la pauta de lo que es esencial: la justicia, la misericordia y la fidelidad. El discernimiento de situaciones parte de cómo las evaluamos en términos de esos tres elementos y tomando los tres en una interacción dinámica; no hay una sin las otras dos.

Hay rituales que son válidos siempre y cuando tengan una relación auténtica con los principios fundamentales, pero sucede que la inmediatez de algunos detalles nos puede desorientar, o incluso separar significativamente de la verdadera fe, y contra esto reacciona el Señor.

La Verdadera Adoración: Justicia, Misericordia y Fidelidad.

Una Justicia que nos lleva a dar a cada uno lo que le corresponde por sí mismo. Hacer justicia quiere decir reparar en los errores, no permitir que la injusticia prevalezca ni reine, ni triunfe en ningún lugar.

Dios les hará justicia

La justicia de la cruz. Pero hay otra dimensión importante de la fidelidad de Dios: su justicia. Tal vez nos parezca que son dos aspectos contrapuestos de Dios, pero en realidad están estrechamente relacionados entre sí. Toda vez que la Escritura habla de la justicia de Dios, lo hace en relación con su fidelidad. Dios es justo porque no cambia; es justo porque siempre actúa de acuerdo a su identidad y a lo que ha prometido.

Dios sería injusto si dejara de cumplir una promesa. Si alguna vez cambiara de idea, eso significaría que es imperfecto, que no cumple su palabra y que no es Dios. Que el Señor cambiara de conducta de esa manera sería en realidad una injusticia inconcebible.

¡Pero Dios es justo; Dios es fiel! Incluso viendo la persistente infidelidad de la humanidad, Dios ha cumplido sus promesas con toda fidelidad. Cuando nuestros primeros padres desobedecieron, el Señor prometió enviar un salvador (Génesis 3,15), y a partir de aquel momento hizo todo lo necesario para que se cumpliera su promesa. Por medio de Abraham, formó un pueblo para sí (17:4-8). Incluso cuando su pueblo desobedeció y empezó a adorar a dioses falsos (2 Reyes 22,15-20), Dios permaneció fiel y prometió restaurarlos (Jeremías 31,33-34.38-40). Nunca dejó de cumplir su palabra, incluso hasta el punto de enviar a su propio Hijo para salvarnos de la injusticia de nuestros pecados.

La justicia de Dios—la fidelidad con que cumple sus promesas—resplandece con más brillo en la cruz y la resurrección de Jesucristo.

Por encima de todo lo demás que Dios ha hecho en la historia, la cruz nos demuestra que Dios no cambia; que pagó el precio más alto precisamente para purificar a su pueblo del pecado y unirlo a sí mismo con amor. Jesús se mantuvo firmemente comprometido a realizar el plan del Padre, aunque le costara su propia vida; pero Dios, que cumple fielmente todas sus promesas, resucitó a su Hijo de entre los muertos, y por intermedio de Él, nos ofrece a todos librarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte.

¡Se ha hecho justicia! Pero no la falsa justicia de un Dios encolerizado que descarga su ira sobre su Hijo en lugar de castigarnos a nosotros, ni aquel sentido poco “gratificante” que alguien pueda percibir al vengarse cruelmente de sus enemigos. No, fue la justicia de la fidelidad de Dios, en la cual podemos confiar en cualquier situación.

Vivimos en una época compleja y de grandes confusiones, en la que cuesta tener confianza en algo y en la que a cada instante se duda de la verdad. Pero es precisamente por esto que necesitamos la fe, como la define la Carta a los Hebreos:

“Tener fe es tener la plena seguridad de recibir lo que se espera; es estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos”

Hebreos 11,1.
Cómo entender y alcanzar la Misericordia de Dios?

La Misericordia que nos lleva a arrimar nuestro corazón a la dolencia, a la miseria del otro, del mismo modo que Jesús ha hecho con nosotros. La misericordia viene como el corazón de la Ley Divina, la misericordia es el resumen, la esencia, del corazón de Dios, que conoce nuestras miserias y nuestras fragilidades. Es movido por compasión, el Señor no nos trata según nuestras faltas sino conforme a Su amor infinito y a su bondad. El Señor nos moldea según Su corazón misericordioso. Quien experimenta en su vida la misericordia divina sabe tener misericordia con su prójimo. Como Benedicto XVI nos recordó muchas veces, la redención de Cristo se realizó por muchos. ¿Quiénes son esos muchos? Los que humildemente retornan cada día al camino de la Voluntad de Dios. Quienes viven su vida sin pensar en Dios o quieren que sea su segundo salvador el que les libere, se encuentran con la Caridad de Dios que es espera pacientemente pero no con su Misericordia.

Y la Fidelidad: animarnos a sostener con nuestra vida aquello que hemos prometido, esto de ser fieles como Dios nuestro Padre es fiel. “Ustedes dejan de lado la fidelidad”, la fidelidad al corazón de Dios, fidelidad a la ley de Dios y al amor de Dios. Ser fiel quiere decir comprometerse con la vida, con el corazón; ser fiel significa estar aplicado, a pesar de equivocarse, a reparar sus propios errores.

También podemos pensar en aquellos que no confían en el Señor ni en sus promesas, sino en otras personas o cosas. Son por lo general los que razonan solo según su lógica humana, pero al final se dejan llevar por filosofías falsas y contradictorias y por el espíritu de egocentrismo, y muchos que se consideran “inteligentes” no aceptan consejos ni asumen la responsabilidad de sus actos. Son personas que actúan con una mentalidad parecida a la del Rey Herodes, que se dejó dominar por la envidia y la inseguridad; o del Rey David, cuya sensualidad lo llevó a cometer adulterio y asesinato; o del Sumo Sacerdote Caifás, cuyo abuso de poder desencadenó a una feroz persecución contra el Señor y sus seguidores.

Los fieles de hoy también tendremos que afrontar desafíos que pondrán a prueba nuestra fe. En situaciones como éstas, nuestra mejor respuesta es aferrarse con fuerza a las verdades de Dios: su amor, su sabiduría, su fidelidad y su justicia. La mejor estrategia es afrontar estos desafíos usando todas las herramientas y armas que tenemos a nuestra disposición: las herramientas naturales de la lógica, la experiencia y la imaginación; y las armas sobrenaturales de la fe, las promesas de Dios, las enseñanzas de la Iglesia y la oración.

Justicia, Misericordia y Fidelidad, actitudes muchas veces difíciles de llevar a cabo en nuestra vida pero insoslayables, como fuertes, estrechas y conforman parte del seguimiento de Jesús.

TE RECOMENDAMOS LEER “MEDITACIONES CON EL PADRE PABLO”:

https://reinadodelostrescorazonesjesusmariayjose.wordpress.com/2020/08/25/antes-de-la-parusia-la-apostasia-y-la-manifestacion-del-hombre-de-la-iniquidad/

¡El Señor te bendiga y te guarde! ¡El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y te mire con buenos ojos! ¡El Señor vuelva hacia ti su rostro y te dé la paz!”

(Números 6, 24-26)
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Categorías:Enseñanza Espiritualidad

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