VIDA DE SAN JOSÉ II Cap 5

El milagro de la vara florecida Boda Maravillosa Salida de los esposos hacia Nazaret

Vida del glorioso Patriarca San José Esposo Purísimo de la Gran Madre de Dios y Padre Adoptivo de Jesús, manifestado por Jesucristo a su esposa predilecta, María de Jesús, y que Él mismo le ordenó que la escribiera y con la obediencia de quien dirige su espíritu. 23 de Enero de 1736.

EL VERBO HECHO POESÍA: EL SOPLO DEL AMOR , EL ESPÍRITU DE DIOS

Al amanecer, nuestro José se prepare para ir al Templo, y de rodillas en su pobre taller, adore a su Dios diciéndole: -“Oh Dios de Abraham, de Isaac y de-Jacob, Dios mío y mi Sumo bien, reconozco que yo he sido siempre protegido por Vos en todas mis obras. Asistido y consolado en todas mis angustias, defendido de todos mis adversarios, y consolado en todas mis penas; nunca he desconfiado de vuestra protección, habiendo experimentado en todo vuestra gran fidelidad y Misericordia, ahora os pido vuestro favor, ayuda y consejo, en la presente ocasión. Yo me conozco muy indigno del favor sublime que pueda tocarme la suerte de tener como esposa y compañera a la Santa doncella María, y por lo tanto no tengo ninguna pretensión de ello y mientras tanto acudo a ello, porque así esta prescrito, habiendo sido del agrado de vuestra bondad, hacerme nacer de la estirpe de David, de cuya descendencia prometisteis hacer nacer al Mesías; por eso os suplico para que busquéis para la Santa doncella un esposo que sea digno de Ella y según vuestro Corazón y a mi aumenta vuestra Gracia y vuestro Amor. Y yo todo me pongo en vuestras manos Divinas, y hágase de mí todo lo que os plazca, declarándome que otra cosa no deseo que se cumpla en mí vuestra Divina Voluntad”.

Después de haber hecho esta oración, el Santo se sintió totalmente encendido de un amor más ardiente hacia su Dios, y de un Santo amor hacia la Santísima doncella María, de modo que cada hora le parecía mil, para poderla ver y conocer a aquella que por años había sido favorecida por sus oraciones y por medio de la cual había obtenido muchas Gracias; deseaba ver y conocer a aquella que había sido tan amada por su Dios y tan enriquecida de méritos y llena de virtudes, y decía: -” ¿Serán dignos mis ojos de ver a esta Santa doncella, a este prodigio de la Gracia? ¡Oh, que suerte la mía!; Oh dichoso quien le tocara en suerte tenerla como esposa y fiel compañera! Yo no deseo tenerla como compañera, siendo demasiado despreciable e indigno, pero si pudiera tener la suerte de ser su siervo, ¡cómo me consideraría feliz!”-. Estos eran los pensamientos de José, el cual se fue al Templo para orar y donde redobló las súplicas a su Dios.

San José y los pretendientes de la Virgen - Lotto, Lorenzo. Museo ...
Lorenzo Lotto, San José y los pretendientes de la Virgen
hacia 1508

Una vez que se reunieron también los otros descendientes de David, con muchos otros que también deseaban ver a la Santa doncella, por la fama grande que corría de Ella por la ciudad, el Sacerdote propuso que debía darla por esposa a los de la descendencia de David; que para conocer la Divina Voluntad y a quien Dios había destinado como esposo de tan digna doncella, cada uno de ellos hubiese tenido en su mano una vara seca, y dirigiera súplicas a Dios de modo que hiciera florecer la vara de aquél que había destinado para ser su esposo.

Fue aceptado con consentimiento común y así fue hecho. Mientras tanto la Santísima Virgen María estaba retirada suplicando la ayuda de Dios y de su Gracia, de modo que le hubiese asignado un esposo virgen, que fuera el guardián de su pureza, y ya en espíritu vio que le había sido asignado al castísimo y santísimo José; por lo cual toda alegre daba gracias a su Dios.

Mientras oraba, el Sacerdote junto con todos los demás, y al estar nuestro José en un lugar más bajo y retirado, porque se consideraba indigno, se vio en un momento florecer su vara y cubrirse de muy hermosas flores; enseguida fue admirado por todos el prodigio, por lo cual todos los ministros del Templo y el Sacerdote dijeron que él había sido destinado por Dios como esposo de la Santa doncella.

 A continuación, quiso también Dios dar otra señal clara del castísimo desposorio, haciendo que todos vieran una cándida paloma bajar del Cielo y posarse sobre la cabeza de José, haciendo que todos quedaran admirados y asegurados de que Dios lo había escogido entre todos como esposo de la Santísima doncella; por lo cual todos se alegraron, solamente aquellos que quedaron decepcionados sufrían por su poca buena suerte.

Cual sería luego el sentimiento del humildísimo José, cada uno se lo puede imaginar. Su corazón se llenó de gozo y a la vez de confusión, porque se consideraba muy indigno de ello, y en la confusión de su indignidad exultaba y se alegraba por la dichosa suerte de modo que cayó en éxtasis, diciendo siempre: -” Y ¿de dónde a mí, Dios halló, un favor tan grande? Y, ¿cuándo yo he sido merecedor de una Gracia tan especial?; Oh, ¡con razón me dijo el Ángel que Vos me habríais hecho una Gracia muy grande y que me preparara para ello!, ahora entiendo cuál fue la purísima paloma que me fue dada en la mano, de modo que yo fuera el guardián de su pureza. Y lo seré, Dios mío, con la ayuda de vuestra Gracia y con el favor de mi querida paloma y esposa, María”.

 Mientras tanto se mandó a llamar a la Santísima doncella María, de modo que el Sacerdote la hubiese desposado con San José, y todos se quedaron para ver. Se presentó aquí la Santísima doncella con los ojos fijos en el suelo, cubierta con un admirable y virginal rubor, a la vista de la cual cada uno quede asombrado y admirado por su rara belleza y gracia, y por la modestia singular, envidiando todos la suerte de José.

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Cuando José la vio quedó estático por el asombro y llora por la alegría de su corazón. Vio el Santo un gran resplandor en el rostro virginal de su purísima esposa, y sintió en su corazón la voz de su Dios que le decía: -“José, fiel siervo mío, he aquí que os hago el don prometido, y os doy por esposa a la más querida criatura que haya sobre la tierra. Entrego a vos este tesoro, de modo que vos seáis su guardián. Esta purísima paloma será vuestra compañera muy fiel, y ambos os conservaréis vírgenes, siendo pues la virginidad el nudo muy estrecho de vuestro desposorio. El amor de vosotros dos, ahora se unirá en uno solo, el cual será consagrado a Mí, siendo Yo el centro y la finalidad de todos vuestros afectos y deseos”-.

El ánimo de José se inundó mucho más de alegría, y su corazón se llenó de consuelo y de júbilo. El Santo no se atrevía a mirar a la purísima esposa suya, sino que también se sentía mover por un verdadero y cordial amor y por una tierna devoción para mirar y venerar la belleza y majestad de su rostro, y cada vez que levantaba los ojos para mirarla, quedaba estático, y bien conocía con luz superior, cómo su esposa estaba llena de Gracia y se humillaba, reconociéndose muy indigno de tratar con Ella y a menudo replicaba: “¿Cómo habéis hecho Señor y Dios mío para hacerme un favor tan grande?-.

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El Sacerdote mientras tanto hizo la función que en esos tiempos se practicaba, y los desposó, y en el acto del desposorio vieron los Santos esposos, salir de sus corazones una llama que se juntó formándose una sola y voló hacia el Cielo, confirmando Dios, con esta señal visible, lo que había dicho a José en su interior, esto es que su amor se uniría en uno solo y que Él sería siempre el objeto de su Amor, al que llenará la llama de este único amor.

Después que terminó la función y que la Santa doncella fue entregada a José por el Sacerdote, y a él cálidamente recomendada, se fueron todos del Templo, quedando aquí los dos Santos esposos orando arrebatados durante más horas en éxtasis, donde Dios les reveló altísimos misterios: José más que nunca quedó informado de las grandes virtudes de su purísima esposa; así también su Santísima esposa conoció claramente las virtudes y los méritos de su Santo esposo e hicieron ambos los actos de agradecimiento a la Divina Providencia que tanto los había favorecido, acompañado y unido en tan perfecto y casto amor.

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Después de haber terminado su oración y de haber obtenido ambos la bendición de Dios, salieron del Templo, llevando consigo, nuestro afortunado José, a su Purísima esposa como un tesoro incomparable que Dios le había dado. El Santo miraba sus pasos y en todo la conocía colmada de Gracia, modestia y prudencia.

Fuera del Templo San José habló a su Santísima esposa María, con gran respeto y amor, y brevemente le dijo que él no tenía un albergue para vivir en él, teniendo tan solo una pequeña habitación donde él trabajaba, que por lo tanto si se contentaba la habría llevado allí por ahora, porque luego habrían decidido lo que debían hacer.

La humildísima esposa le contestó que la llevara sin más donde él vivía, porque allí habrían conversado juntos, y habrían hecho lo que Dios hubiese querido, mientras le habrían suplicado para que les manifestara su Divina Voluntad.

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El Santo muy contento de la respuesta, la llevó a su pequeña habitación, siendo ya la hora avanzada. Al entrar en la habitación dieron juntos alabanzas a Dios, agradeciéndole de nuevo por el beneficio que les había hecho al unirlos juntos. El Santo lloraba al verse tan desprovisto de todo, no pudiendo dar a su esposa un lugar con capacidad en el cual Ella pudiese estar retirada, pero su Santa esposa lo animó y lo consoló.

Después tomaron un refrigerio con pan y agua, y alguna fruta que tenía allí el Santo y se pusieron a conversar sobre la bondad y la grandeza de Dios. El Santo estaba absorto oyendo las palabras de su Santísima esposa, llorando por la dulzura y alegrándose su corazón por el consuelo. Le habló acerca de todo lo que la noche anterior el Ángel le había dicho en el sueño, ésto es que habría tenido que casarse con Ella, y aunque su esposa todo lo supiera mostró gran alegría de eso.

Le manifestó que él conocía ya el voto de virginidad que Ella había hecho, y que a imitación suya lo había hecho él también; de esto se alegró la Santa esposa, y comenzaron a hablar de la sublimidad de esta virtud excelsa. Pasaron pues toda la noche en estas conversaciones que al Santo le parecieron muy breves momentos, tan grande era el consuelo que sentía al hablar con su purísima y Santísima esposa, y al oír sus palabras todas encendidas de Amor de Dios y de caridad perfecta quedando siempre más admirado de la Gracia y virtud de su Santísima esposa.

El Santo la llamaba a menudo paloma mía; y le dijo que de esto no se sorprendiera, porque al haberle dado el Ángel una paloma cuando le habló en el sueño, la cual simbolizaba a Ella, así con razón la podía llamar, paloma suya; habiéndosela entregado a él bajo dicha figura. Su Santísima esposa agachó la cabeza, cuando el Santo le decía esto, manifestándole que Ella estaba en todo a él sometida y que la llamara como a él le parecía mejor. Cada vez que la Santa esposa le hablaba, sus palabras eran como flechas encendidas que hacían vibrar el corazón de su castísimo esposo y lo encendía siempre más de un amor ardiente hacia Dios y de un amor puro y santo hacia Ella. Al amanecer, habiendo transcurrido toda la noche en sagradas conversaciones, la Virgen dijo a su esposo José, que Ella vivía en una pequeña casita en Nazaret, su ciudad, que habría sido apta para ellos, siendo suficiente para su pobreza todo pequeño albergue; siempre y cuando hubiese sido del agrado a él y ella, y si esa hubiese sido la Voluntad del Altísimo, Ella estaba dispuesta para ir y para vivir allá en su quietud.

Mucho le agradó a su Santo esposo José, lo que su esposa le dijo, y quedaron de acuerdo en ir al Templo a orar y suplicar a Dios, de modo que les hubiese manifestado su Divina Voluntad al respecto, como también en todas las otras actuaciones suyas; y aunque su Santísima esposa supiera muy bien lo que Dios quería, no obstante esto lo mantenía en secreto, esperando que Dios se lo hubiese manifestado a su esposo José, porque Ella quería en todo y para todo, depender de sus mandatos y Ordenes.

Fueron pues, la mañana temprano, al Templo, y aquí se quedaron mucho tiempo a orar, y Dios manifestó a José su Voluntad, que consistía en ir a vivir en Nazaret, su ciudad; lo mismo dijo de nuevo a la Santísima Virgen. Después que terminaron su oración regresaron al pequeño albergue, y aquí José preguntó a su esposa lo que debía hacer para cumplir la Divina Voluntad, pero Ella le suplicó para que él dijera lo que había de hacer.

 El Santo le manifestó todo a su esposa, diciéndole además que él estaba también dispuesto a hacer lo que Dios le hubiese manifestado, y Ella le confirmó lo que él le había dicho y que creía que esa era la Voluntad del Altísimo, esto es, que se fueran a Nazaret su ciudad; y dando alabanzas a Dios, que les había manifestado su Voluntad decidieron partir enseguida; el Santo encontró un pobre animal y lo cargó de todas las cosas que eran necesarias para su trabajo y de lo poco que tenía, y decidió salir de Jerusalén, tanto más que estaba libre de todo trabajo, y no tenía que hacer aquí cosa alguna.

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Decididos ya a partir la mañana siguiente, primero fueron al Templo a orar y luego hablaron de nuevo al Sacerdote que los había casado, pidiéndole la bendición. La Santa esposa se despidió también de aquellos con los cuales había estado en el Templo, y en particular con quien se había preocupado de Ella, y con su bendición se fue. Salieron los dos Santos esposos del Templo, después de haber orado, adorado y alabado a su Dios. Aunque el Santo esposo hubiese tenido siempre el deseo de hacer su morada en Jerusalén, para poder frecuentar el Templo, a pesar de eso se fue muy contento, siendo suficiente para él, así decía, de tener la hermosa suerte de la compañía de la Santísima y purísima esposa suya, no teniendo, más que desear en el mundo, estando completamente contento, y decía a menudo a su Dios: -“Dios mío, Vos me habéis hecho una Gracia tan grande en darme en custodia a vuestra predilecta y amada doncella María, que ahora yo no tengo más que desear, mientras en Ella mi espíritu encuentra todo lo que sabe desear, y sus palabras me consuelan lo suficiente. Ella es un tesoro, el cual siempre será más apreciado por mí, puesto que siempre más voy conociendo sus méritos y las sublimes virtudes de las que la habéis colmado”-.

 Luego, dirigiéndose a su esposa, le decía: -“Creed, esposa mía, que Dios me ha hecho una Gracia tan grande en daros a mí por compañera, que ahora no se más que desear, solo el cumplimiento de la Divina Voluntad y de ocuparme en todo para servir a nuestro Dios. Y no será poca mi suerte, que yo pueda manteneros con el trabajo que realizaré para agradar a Dios y a ti, y que me ocupe en el trabajo que he aprendido para mi sustento. Cuando luego Dios quiera que me ocupe en otra cosa, y no sea de vuestro agrado, heme aquí dispuesto a hacer todo”-.

 A estas palabras la Santísima esposa respondía con gran humildad y con gran prudencia, sometiéndose siempre al Querer del Altísimo y al de su esposo José, y con estas humildes respuestas, José se encariñaba siempre más de Ella, y siempre más admiraba sus virtudes, de tal modo, que a menudo decía entre sí: –“Si yo no supiera quien es mi esposa y si no la conociera como hija de Joaquín y Ana, diría ciertamente que habría bajado del Cielo, puesto que a mí me parece que una criatura humana no es capaz de tanta virtud y de tanta Gracia”-. Luego agradecía a su Dios por haberse dignado enriquecerla y privilegiarla por encima de toda otra criatura.

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