Las 7 palabras de Nuestro Señor en la Divina Voluntad

“¡Hija mía, cada pena que sufrí, cada gota de sangre, cada llaga, oración, palabra, acción, paso, etc., produjo una luz en mi humanidad, que me embellecía de tal modo que tenía cautivados a todos los bienaventurados...

S. de D. Luisa Piccarreta

Ahora bien, el alma, en cada pensamiento de mi pasión, en cada compasión, reparación, etc. que hace, no hace otra cosa que tomar luz de mi humanidad, embelleciéndose a mi semejanza; de manera que un pensamiento más de mi pasión será una luz más que le traerá un gozo eterno. »

Vol. 11, 23 de abril de 1916
El pronunciamiento del Sermón de las 7 Palabras es un llamado a ...

Luisa Piccarreta a Jesús: « Dime, mi bien, ¿qué les darás en recompensa a los que hagan las Horas de la Pasión como tú me has enseñado? »

Jesús: « Hija mía, estas Horas no las veré como cosas vuestras, sino como cosas hechas por mí, y les daré mis mismos méritos, como si yo estuviera sufriendo en acto mi Pasión, y así haré que obtengan los mismos efectos, según la disposición de las almas; esto en la tierra, y por lo cual, mayor bien no podría darles; después, en el cielo, a estas almas las pondré frente a mí, hiriéndolas con flechas de amor y de felicidad, por cuantas veces hayan hecho las Horas de mi Pasión, y ellos también me me herirán con sus flechas. ¡Qué dulce encanto será esto para todos los bienaventurados! »

De las 12 a la 1 de la tarde

La primera hora de Agonía sobre la Cruz.

La primera palabra: « ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen! »

Crucificado Bien mío, te veo sobre la cruz como en tu trono triunfal, en acto de conquistar a todos los corazones y de atraerlos tanto hacia ti, que todos puedan sentir tu sobrehumano poder. La naturaleza, horrorizada ante tan gran delito, se postra ante ti y espera silenciosa una palabra tuya para rendirte homenaje y hacer que tu dominio sea reconocido.

El sol llorando retira su luz, no pudiendo sostener su mirada ante tanto dolor. El infierno, aterrorizado, espera en silencio. De manera que todo es silencio.
Tu traspasada Madre y los que te han sido fieles, permanecen todos mudos y petrificados a la vista demasiado dolorosa de tu destrozada y descoyuntada humanidad, y silenciosos esperan una palabra tuya. Tu misma humanidad que yace en un mar de dolores entre los atroces espasmos de la agonía, permanece en silencio, tanto que se teme que de un respiro a otro tú mueras.

Y, ¿qué más? Los mismos pérfidos judíos, tus despiadados verdugos, que hasta hace poco te ultrajaban, te despreciaban, te llamaban impostor y malhechor, y hasta los mismos ladrones que te blasfemaban, todos callan y enmudecen. El remordimiento los invade y si se esfuerzan para poder insultarte otra vez, se les muere sobre los labios el insulto.

Pero penetrando en tu interior, veo que tu amor crece, te sofoca y no puedes contenerlo; y forzado por tu amor, que te atormenta más que las mismas penas, con voz fuerte y conmovedora, hablas como el Dios que eres, levantas tus ojos moribundos al Cielo y exclamas:
« ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen! ».

Y de nuevo te encierras en el silencio, sumergido en penas inauditas.

Crucificado Bien mío, pero, ¿es que puede ser posible tanto amor? ¡Ah, después de tantas penas e insultos recibidos, tu primera palabra es el perdón y nos excusas ante tu Padre por tantos pecados! Esta palabra haces que penetre en cada corazón después de la culpa y tú eres el primero en ofrecer el perdón. Pero cuántos la rechazan y no la aceptan; y tu amor entonces delira, porque tú, en tu delirio, quieres perdonar a todos y darles el beso de la paz.

Y al oír esta palabra tuya, el infierno tiembla y reconoce que tú eres Dios. La naturaleza y todos quedan atónitos y reconocen tu Divinidad, tu amor inextinguible, y silenciosos esperan para ver hasta dónde llega.
Y no solamente tu voz, sino también tu sangre y tus llagas le gritan a cada corazón después del pecado:
« ¡Ven a mis brazos, que te perdono; y la prueba de mi perdón es el precio de mi sangre! ».

¡Oh amable Jesús mío!, repíteles de nuevo esta palabra a todos los pecadores que hay en el mundo; implora misericordia para todos, aplica los infinitos méritos de tu preciosísima sangre para todos; ¡oh buen Jesús!, continúa aplacando la divina justicia en favor de todos y concédele la gracia de perdonar a quien hallándose en la ocasión de tener que perdonar no siente la fuerza para hacerlo.

Jesús mío, Crucificado adorado, en estas tres horas de amarguísima agonía tú quieres darle cumplimiento a todo, y mientras permaneces silencioso sobre la cruz, veo que en tu interior quieres satisfacer en todo al Padre. Le das gracias por todos, por todos satisfaces, por todos pides perdón y para todos pides la gracia de que jamás vuelvan a ofenderte. Jesús mío, Amor interminable, deja que también yo recapitule toda tu Vida contigo, con tu inconsolable Madre, con San Juan y con las piadosas mujeres.

Dulce Jesús mío, te doy gracias por todas las espinas que han traspasado tu adorable cabeza, por cada gota de sangre que has derramado, por los golpes que has recibido en ella y por los cabellos que te han arrancado. Te doy gracias por todo el bien que has hecho e impetrado en favor nuestro, por las luces y las buenas inspiraciones que nos has dado, y por todas las veces que nos has perdonado todos nuestros pecados de malos pensamientos, de soberbia, de orgullo y de estima propia.

Te pido perdón a nombre de todos, ¡Oh Jesús mío!, por cuantas veces te hemos coronado de espinas, por cuantas gotas de sangre te hemos hecho derramar de tu santísima cabeza y por todas las veces que no hemos correspondido a tus inspiraciones. Por todos estos dolores que has sufrido, te suplico, ¡oh Jesús!, que nos concedas la gracia de jamás volver a cometer pecado alguno de pensamiento. Quiero además ofrecerte todo lo que tú sufriste en tu santísima cabeza, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado si hubieran hecho buen uso de su propia inteligencia.

Adoro, ¡Oh Jesús mío!, tus sacratísimos ojos y te doy gracias por todas las lágrimas y la sangre que han derramado, por las crueles punzadas de las espinas, por los insultos, las burlas y los desprecios que has soportado durante toda tu pasión. Te pido perdón por todos aquellos que se sirven de la vista para ofenderte y ultrajarte, suplicándote que por los dolores padecidos en tus santísimos ojos, nos concedas la gracia de que nadie más vuelva a ofenderte con alguna mala mirada. Así mismo, quiero ofrecerte todo lo que tú mismo padeciste en tus ojos santísimos, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado, si sus miradas hubieran estado siempre fijas al cielo, a la Divinidad y a ti, Jesús mío.

Adoro tus santísimos oídos y te doy gracias por todo lo que sufriste mientras aquellos malvados te ensordecían con sus gritos e injurias estando sobre el Calvario. Te pido perdón a nombre de todos por cuantas malas conversaciones se escuchan; y te ruego que todos los oídos de todos los hombres se abran a la verdad eterna, a la voz de la gracia y que nadie más te ofenda con el sentido del oído. También quiero ofrecerte todo lo que sufriste en tus sacratísimos oídos, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado si de este órgano hubieran hecho buen uso.

Adoro y beso tu santísimo rostro, ¡Oh Jesús mío!, y te doy gracias por todo lo que sufriste a causa de los salivazos, de las bofetadas y de las burlas recibidas, y por todas las veces que te dejaste golpear y pisotear por tus enemigos. A nombre de todos te pido perdón, por cuantas veces se tiene la osadía de ofenderte, suplicándote por todas estas bofetadas y salivazos recibidos, que hagas que tu Divinidad sea reconocida, alabada y glorificada por todos. Es más, ¡Oh Jesús mío!, quiero ir yo mismo por todo el mundo, de oriente a occidente, de norte a sur, para unir todas las voces de las criaturas y convertirlas en himnos de alabanza, de amor y de adoración. ¡Oh Jesús!, quiero también traerte todos los corazones de las criaturas, para que puedas darles a todos luz, verdad, amor y compasión por ti. Y mientras perdonas a todos, te ruego que no permitas que nadie vuelva a ofenderte, y si fuera posible, aún a costa de mi sangre. Quiero ofrecerte también todo lo que tú sufriste en tu santísimo rostro, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado si ni una de ellas hubiera tenido la osadía de ofenderte.

Adoro tu santísima boca y te doy gracias por tus primeros llantos, por la leche que mamaste, por las palabras que dijiste, por todos los besos que le diste a tu Santísima Madre, por el alimento que tomaste, por la amargura de la hiel, por la sed ardiente que padeciste sobre la cruz y por todas las oraciones que elevaste a tu Padre. Y te pido perdón por todas las murmuraciones, las conversaciones malas y mundanas que se hacen y por todas las blasfemias que dicen las criaturas. Quiero además ofrecerte tus santas conversaciones en reparación de todas las malas conversaciones; la mortificación de tu gusto para reparar las gulas y todas las ofensas que se hacen con el mal uso de la lengua. Y quiero ofrecerte todo lo que sufriste en tu santísima boca, para darte toda la gloria que todas las criaturas te hubieran dado si ninguna hubiera osado ofenderte con el sentido del gusto y el abuso de la lengua.

¡Oh Jesús!, te doy gracias por todo, y a nombre de todos elevo hacia ti un himno de agradecimiento eterno e infinito. Quiero ofrecerte, ¡Oh Jesús mío!, todo lo que has sufrido en tu sacratísima persona, para darte toda la gloria que te hubieran dado todas las criaturas si hubieran uniformado toda su vida a la tuya.

Jesús, te doy gracias por todo lo que has sufrido en tus santísimos hombros, por cuantos golpes has recibido, por cuantas llagas te has dejado abrir en todo tu santísimo cuerpo y por cuantas gotas de sangre has derramado. Te pido perdón en nombre de todos por todas las veces que se te ha ofendido con placeres ilícitos y malos por amor a las comodidades.

Te ofrezco tu dolorosa flagelación para reparar por todos los pecados cometidos con todos los sentidos, por amor a los propios gustos, a los placeres sensibles, al propio yo, a todas las satisfacciones naturales; y quiero ofrecerte todo lo que has sufrido en tus hombros, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado si en todo hubieran tratado de agradarte solamente a ti y de refugiarse a la sombra de tu divina protección.

Jesús mío, beso tu pie izquierdo; te doy gracias por todos los pasos que diste durante tu vida mortal y por todas las veces que cansaste tus pobres miembros por haber ido en busca de almas para conducir a tu Corazón. Por eso, ¡Oh Jesús mío!, te ofrezco todas mis acciones, mis pasos y mis movimientos, con la intención de ofrecerte una reparación constante por todo y por todos.

Te pido perdón por quienes no obran con recta intención. Uno mis acciones a las tuyas para que se divinicen, y te las ofrezco unidas a todas las obras que hiciste con tu santísima humanidad, para darte toda la gloria que te hubieran dado todas las criaturas si hubieran obrado santamente y con fines rectos.

Te beso, ¡Oh Jesús mío!, el pie derecho, y te doy gracias por todo lo que has sufrido y sufres por mí, especialmente en esta hora en la que te encuentras suspendido sobre la cruz. Te doy gracias por el desgarrador trabajo que hacen los clavos en tus llagas, las cuales se abren cada vez más con el peso de tu santísimo cuerpo. Te pido perdón por todas las rebeliones y desobediencias de las criaturas, ofreciéndote todos los dolores de tus santísimos pies en reparación por estas ofensas, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado si en todo se hubieran mantenido sujetas a ti

¡Oh Jesús mío!, beso tu santísima mano izquierda, y te doy gracias por todo lo que has sufrido por mí y por todas las veces que has aplacado a la divina justicia satisfaciendo por todos.

Beso tu mano derecha y te doy gracias por todo el bien que has obrado y que obras por todos y te doy gracias especialmente por las obras de la creación, de la redención y de la santificación. A nombre de todos te pido perdón por cuantas veces hemos sido ingratos a tus beneficios y por todas las cosas que hemos hecho sin haber tenido recta intención. En reparación por todas estas ofensas quiero ofrecerte toda la perfección y la santidad de tus obras, para darte toda la gloria que las criaturas te hubieran dado si hubieran correspondido a todos esos beneficios.

¡Oh Jesús mío!, beso tu Sacratísimo Corazón, y te doy gracias por todo lo que has sufrido, deseado y celosamente anhelado, por amor a todos y a cada uno en particular. Te pido perdón por tantos malos deseos; por tantos malos afectos y no buenas tendencias.
Perdón, ¡Oh Jesús!, por tantos que posponen tu amor al amor de las criaturas. Y para darte toda la gloria que te han negado, te ofrezco todo lo que ha hecho y sigue haciendo tu adorabilísimo Corazón
 

Reflexiones y prácticas.

Jesús queda suspendido sobre la cruz sin tocar la tierra, y nosotros, ¿tratamos de vivir desapegados del mundo, de las criaturas y de todo lo que sabe a tierra? Todo debe concurrir para formar la cruz sobre la que debemos extendernos para quedar suspendidos como Jesús, alejados de todo lo que sabe a tierra, para que las criaturas no se apeguen a nosotros.

Jesús no tiene otro lecho que la cruz, otro refrigerio que sus llagas y los insultos que recibe: ¿Nuestro amor por Jesús llega a ser tanto que hallamos descanso en nuestros sufrimientos? Todo lo que hacemos: oraciones, sufrimientos o cualquier otra cosa, encerrémoslo dentro de sus llagas, bañémoslo con su sangre y así ya no hallaremos consuelo alguno sino en las penas de Jesús. De manera que sus llagas serán nuestras y su sangre estará trabajando continuamente en nosotros para lavarnos y embellecernos: de este modo alcanzaremos cualquier gracia para nosotros y para la salvación de las almas.
Estando la sangre de Jesús en nuestros corazones, si cometemos alguna falta, le pediremos a Jesús que no nos deje estar sucios ante su presencia en nosotros, sino que nos lave y nos tenga siempre junto a él. Si nos sentimos débiles, le pediremos a Jesús que nos haga beber un poco de su sangre, para que nos fortalezca.
Jesús, lleno de dulzura, ora por sus verdugos, es más, los excusa ante su Padre; y nosotros, ¿hacemos nuestra la oración de Jesús para excusar continuamente a todos los pecadores ante el Padre y para pedir misericordia también por quienes nos ofenden?
Mientras oramos, hacemos algo o caminamos, no nos olvidemos de las pobres almas que están por dar su último respiro. Llevémosles, para ayudarlas y confortarlas, las oraciones y los besos de Jesús, para que su preciosísima sangre las purifique y haga que emprendan el vuelo hacia el cielo.

« Jesús mío, quiero obtener la fuerza para poder repetir en mí tu misma vida por medio de tus santas llagas y de tu preciosísima sangre, para poder impetrar para todos, todo el bien que tú mismo hiciste ».

La segunda hora de Agonía en la cruz.

« ¡Hoy estarás conmigo en el Paraíso! »

Crucificado Amor mío, mientras contigo hago oración, la fuerza arrebatadora de tu amor y de tus penas mantiene mi mirada fija en ti; pero siento que se me rompe el corazón por el dolor al verte sufrir tanto. Tú estás delirando de amor y de dolor y las llamas que abrasan tu Corazón se elevan tanto que están a punto de hacerte cenizas; tu amor reprimido es más fuerte que la misma muerte y tú, queriendo darle desahogo a tu amor, mirando al ladrón que se encuentra a tu derecha, se lo robas al infierno; le tocas el corazón con tu gracia y cambia totalmente; te reconoce, confiesa que tú eres Dios, y lleno de contrición dice:
« ¡Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino! ».Y tú no vacilas en responderle:
« ¡Hoy estarás conmigo en el paraíso! ».

Y se convierte así en el primer triunfo de tu amor. Pero me doy cuenta que tu amor no solamente le roba el corazón a este ladrón, sino también a tantos moribundos. ¡Ah!, tú pones a su disposición tu sangre, tu amor, tus méritos y haces uso de todos tus artificios y estratagemas divinos para tocarles el corazón y cautivarlos a todos para ti. ¡Pero también aquí tu amor se ve obstaculizado! ¡Cuántos rechazos, cuántas desconfianzas, cuántas desesperaciones! ¡Es tan grande tu dolor que de nuevo te reduce al silencio!

¡Oh Jesús mío!, quiero reparar por todos aquellos que se desesperan despreciando tu divina misericordia en el momento de su muerte. Dulce Amor mío, inspírales a todos fe y confianza ilimitada en ti, especialmente a quienes se hallan angustiados en su agonía, y en virtud de esta palabra tuya concédeles luz, fuerza y ayuda para poder morir santamente y volar de la tierra al cielo. En tu santísimo cuerpo, en tu sangre, en tus llagas, contienes a todas las almas, ¡oh Jesús!, así pues, por los méritos de tu preciosísima sangre, no permitas que ni siquiera una sola alma se pierda. Que también hoy tu sangre unida a tu voz les grite a todos:
« ¡Hoy estaréis conmigo en el paraíso! ».

La tercera palabra:

A María Santísima: « Mujer, he ahí a tu hijo ». A Juan: « He ahí a tu Madre ».

Crucificado Jesús mío, tus penas aumentan cada vez más. ¡Ah, sobre esta cruz tú eres el verdadero Rey de los dolores! No se te escapa ni una sola alma en medio de tantas penas, más aún, a cada una le das tu misma vida. Pero las criaturas se resisten a recibir tu amor, lo desprecian y no lo toman en consideración; y tu amor, no pudiendo desahogarse, se hace cada vez más intenso y te tortura en modo inaudito; y en medio de estas torturas se pone a investigar para ver qué más le puede dar al hombre para vencerlo, y te hace decir:
« ¡Oh alma, mira cuánto te he amado! ¡Si no quieres tener piedad de ti misma, ten piedad al menos de mi amor! ».

Mientras tanto, viendo que ya no tienes nada que darle, habiéndole dado todo, vuelves tu débil mirada hacia tu Madre. También ella está más que moribunda a causa de tus penas y es tan grande el amor que la tortura, que la tiene crucificada junto contigo. Madre e Hijo se comprenden; y tú das un suspiro de satisfacción y te consuelas al ver que todavía puedes darles a las criaturas a tu Madre; y viendo en Juan a todo el género humano, con una voz tan tierna que enternece a todos los corazones, le dices a tu Madre:
« ¡Mujer, he ahí a tu hijo! ». Y a Juan: « ¡He ahí a tu Madre! ».
Tu voz penetra en su Corazón materno y junto con la voz de tu sangre sigues diciendo:
« Madre mía, a ti te confío todos mis hijos. ¡Así como me amas a mí, ámalos también a ellos! Que todos tus cuidados y ternuras maternas sean para mis hijos. Tú me los salvarás a todos ».
Tu Madre Santísima acepta. Y mientras tanto, son tan intensas tus penas, que de nuevo te reducen al silencio.

¡Oh Jesús mío!, quiero reparar todas las ofensas que se le hacen a la Santísima Virgen, las blasfemias y las ingratitudes de tantos que no quieren reconocer los inmensos beneficios que nos has dado dándonosla por Madre. ¿Cómo podremos agradecerte este beneficio tan grande?.
Recurro a tu misma fuente, ¡oh Jesús!, y te ofrezco tu sangre, tus llagas y el amor infinito de tu Corazón. ¡Oh Virgen Santísima, qué conmoción tan grande sientes al oír la voz de tu amado Jesús que te deja como Madre de todos nosotros.

Te doy gracias, Virgen bendita, y para darte gracias como mereces te ofrezco la misma gratitud de tu Jesús. ¡Oh dulce Madre!, protégenos, cuídanos, no dejes que jamás te ofendamos en lo más mínimo, tennos siempre abrazados a Jesús y con tus manos átanos a él, de manera que nunca más podamos volver a huir de él. Quiero reparar con tus mismas intenciones todas las ofensas que le hacen a Jesús y las que te hacen a ti también, ¡oh dulce Madre mía ¡Oh Jesús mío!, mientras sigues sumergido en tantas penas, tú abogas aún más por la causa de la salvación de las almas. Pero yo no me quedaré indiferente; quiero levantar el vuelo hacia tus llagas como una paloma y besarlas, curarlas y arrojarme dentro de tu sangre, para poder decir contigo: « ¡Almas, almas! ». Quiero sostener tu cabeza traspasada y adolorida, para repararte y pedirte misericordia, amor y perdón para todos.


¡Oh Jesús mío!, reina en mi mente y sánala por medio de las espinas que traspasan tu cabeza y no permitas que penetre ninguna turbación en mí. Frente majestuosa de mi Jesús, te beso: atrae todos mis pensamientos a que te contemplen y te comprendan. Ojos dulcísimos de mi Sumo Bien, mírenme, aunque estén cubiertos de sangre: miren mi miseria, mi debilidad, mi pobre corazón y háganme experimentar los maravillosos efectos de su mirada divina. Oídos de mi Jesús ensordecidos por los insultos y las blasfemias de los impíos, pero también siempre atentos para escucharnos, ¡ah!, escuchen esta oración y no desprecien mis reparaciones. ¡Sí, Oh Jesús, escucha el grito de mi corazón, que sólo se calmará cuando me lo hayas colmado de tu amor!


Rostro hermosísimo de mi Jesús, muéstrate, haz que te vea, para que pueda separar mi corazón de todo y de todos; que tu belleza me enamore continuamente y me tenga para siempre arrobado en ti. Boca dulcísima de mi Jesús, háblame, haz que tu voz haga eco siempre en mí y que la potencia de tu palabra destruya en mí todo lo que no es Voluntad de Dios, todo lo que no es amor.
¡Oh Jesús!, extiendo mis brazos para abrazarte y tú extiende los tuyos para abrazarme. ¡Oh mi Bien!, haz que sea tan fuerte este abrazo de amor que ninguna fuerza humana pueda separarnos, y así abrazados, apoyaré mi rostro sobre tu Corazón, y luego, lleno de confianza, te besaré y tú me darás el beso de tu amor. De este modo, harás que respire tu aliento dulcísimo, tu amor, tu Voluntad, tus penas y toda tu vida divina.

Hombros santísimos de mi Jesús, siempre fuertes y constantes en el sufrir por amor a mí, denme fuerza, constancia y heroísmo para sufrir por amor a ti, oh Jesús. No permitas, mi dulce Bien, que yo sea inconstante en el amor, antes bien, dame tu inmutabilidad.
Pecho incendiado de mi Jesús, dame tus llamas, tú ya no puedes contenerlas y mi corazón las busca con ansia a través de esa sangre y de esas llagas. Son las llamas de tu amor lo que más te atormenta, ¡Oh Jesús! ¡Oh mi dulce Bien!, dame tus llamas: ¿No te mueve a compasión un alma tan fría y tan pobre en el amor?

Manos santísimas de mi Jesús que han creado el Cielo y la tierra, reducidas ya al grado de no poder moverse más. ¡Oh Jesús mío!, continúa tu creación, la creación del amor. Crea en todo mi ser vida nueva, vida divina; pronuncia tus palabras sobre mi corazón y transfórmalo completamente en el tuyo.
Pies santísimos de mi Jesús, no me dejen nunca solo; háganme correr siempre con ustedes y que no vaya yo a dar ni un solo paso lejos de ustedes. Jesús, con mi amor y con mis reparaciones quiero darte alivio por todos los dolores que sufres en tus santísimos pies.

Crucificado Jesús mío, adoro tu preciosísima sangre y beso una por una tus llagas, queriendo sepultar en ellas todo mi amor, mis adoraciones y mis más fervientes reparaciones. Que tu sangre sea para todas las almas luz en las tinieblas, consuelo en sus penas, fuerza en su debilidad, perdón en la culpa, ayuda en las tentaciones, defensa en los peligros, apoyo a la hora de su muerte y alas que las conduzcan de este mundo al cielo.


¡Oh Jesús!, vengo a ti y hago de tu Corazón mi nido y mi morada. Desde tu Corazón, dulce Amor mío, llamaré a todos para que vengan a ti; y si alguno quisiera acercarse para ofenderte, yo expondré mi pecho y no permitiré que te hiera; es más, lo encerraré en tu Corazón, le hablaré de tu amor y haré que sus ofensas se conviertan en amor.


¡Oh Jesús!, jamás dejes que yo vuelva a salir de tu Corazón; aliméntame con las llamas de tu amor y dame vida con tu vida, para poder amarte como tú mismo anhelas ser amado.

La cuarta palabra:

« Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ».

Penante Jesús mío, mientras estoy abrazado fuertemente a tu Corazón y abandonado del todo en él, contando tus penas, veo que tu santísima humanidad se ve invadida por una terrible convulsión; tus miembros tiemblan como si quisieran separarse unos de otros, y en medio de las contorsiones que sufres por los atroces espasmos de tu agonía, gritas fuertemente:
« ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? ».


Y al oír este grito todos tiemblan, las tinieblas se hacen más densas y tu Madre Santísima, petrificada, se pone pálida y se desmaya. ¡Vida mía y Todo mío! ¡Oh Jesús!, pero, ¿qué es lo que veo? ¡Ah!, tu muerte está cerca y tus mismas penas, siempre fieles a ti, están por abandonarte. Y entre tanto, después de tanto sufrir, con sumo dolor te das cuenta de que no todas las almas están incorporadas a ti, sino por el contrario, ves que muchas se perderán y sientes su dolorosa separación como si ellas mismas se arrancaran de tus miembros. Y tú, debiendo darle satisfacción a la divina justicia también por ellas, sientes la muerte de cada una, sientes las mismas penas que ellas deberán sufrir en el infierno, y les gritas con fuerza a todos esos corazones:

« ¡No me abandonen! Si quieren que yo sufra más todavía, estoy dispuesto, pero no se separen de mi humanidad. ¡Este es el dolor de los dolores, ésta es la muerte de las muertes! ¡Todo lo demás sería nada para mí si no tuviera que sufrir esta separación! ¡Ah, piedad de mi sangre, de mis llagas, de mi muerte! Este grito será continuo en su corazón: ¡Ah, no me abandonen! »

¡Amor mío, cuánto te compadezco! Te estás sofocando; tu santísima cabeza ha caído ya sobre tu pecho; la vida te está abandonando…
Amor mío, me siento morir; también yo quiero gritar contigo: « ¡Almas, almas! ». No me separaré de tu cruz y de tus llagas para pedirte almas; y si tú quieres, entraré en los corazones de las criaturas, los rodearé con tus penas para que no se me escapen y si me fuera posible quisiera ponerme a la puerta del infierno para hacer que retrocedan las almas que están destinadas a este puesto y conducirlas a tu Corazón.

Pero tú agonizas y callas, y yo lloro porque veo que estás por morir. ¡Oh Jesús mío!, te compadezco, estrecho tu Corazón fuertemente al mío, lo beso y lo miro con toda la ternura de la que ahora soy capaz, y para procurarte un mayor alivio, hago mía la ternura divina y con ella quiero compadecerte, quiero convertir mi corazón en un río de dulzura y derramarlo en el tuyo, para endulzar la amargura que sientes por la perdición de tantas almas.

Verdaderamente es muy doloroso este grito, ¡Oh Jesús mío!; más que el abandono del Padre, es la perdición de las almas que se alejan de ti lo que hace que se te escape del Corazón este doloroso lamento.
¡Oh Jesús mío!, aumenta en todos tu gracia para que nadie se pierda; y que mi reparación sea a favor de aquellas almas que deberían perderse, para que no se pierdan. Te ruego además, ¡oh Jesús mío!, por este extremo abandono, que ayudes a tantas almas que te aman y que tú, para hacer que te acompañen en tu abandono, parece que las privas de ti dejándolas en las tinieblas; que sus penas sean, ¡oh Jesús!, como plegarias que llamen a todas las almas a tu lado y que conforten tu dolor.

Reflexiones y prácticas.

Jesús perdona al buen ladrón y con tanto amor, que de inmediato se lo lleva consigo al cielo y nosotros, ¿pedimos siempre por las almas de los moribundos que tienen necesidad de una oración para que se cierre el infierno y se abran las puertas del cielo para ellos?

Las penas de Jesús sobre la cruz crecen, van en aumento, pero él, olvidándose de sí mismo, ruega siempre por nosotros; no se queda con nada para sí mismo, sino que nos lo da todo, incluyendo a su Madre Santísima, como el don más preciado de su Corazón. Y nosotros, ¿le damos todo a Jesús?
En todo lo que hacemos, en nuestras oraciones, en nuestras acciones y en todo, ¿ponemos siempre la intención de absorber nuevo amor en nosotros, para que luego se lo podamos devolver a Jesús? Debemos hacerlo nuestro para darlo, para que todo lo que hagamos lleve el sello de lo que hace Jesús.
Cuando el Señor nos da fervor, luz y amor, ¿nos servimos de ello para el bien de los demás? ¿Tratamos de encerrar a las almas en esta luz y en este fervor para inducir al Corazón de Jesús a amarlas? O bien, llenos de egoísmo, ¿nos quedamos con sus gracias solamente para nosotros?

« ¡Oh Jesús mío!, que cada pequeña chispa de amor que sienta en mi corazón se transforme en un incendio que incendie todos los corazones de las criaturas y los encierre en tu Corazón ».

¿Cómo aprovechamos el gran don que nos dio al darnos a su Madre Santísima? ¿Hacemos nuestro el amor de Jesús, sus ternuras y todo lo que él hacía, para contentar a su Madre? ¿Podemos decir que nuestra divina Madre puede hallar en nosotros la alegría que hallaba en su hijo Jesús? ¿Estamos siempre cerca de ella como hijos fieles, le obedecemos e imitamos sus virtudes? ¿Hacemos todo lo que está de nuestra parte para no huir de sus miradas a fin de que nos tenga siempre abrazados como a Jesús? ¿Le pedimos a nuestra Madre Santísima que nos guíe en todo lo que hacemos, para poder obrar santamente como verdaderos hijos suyos bajo su mirada piadosa?

Y para poder darle la alegría que le daba su Hijo, ¿le pedimos a Jesús que nos dé todo ese amor con el que él mismo amaba a su Madre Santísima, la gloria que le daba continuamente, su ternura y todas sus finezas de amor? Hagamos nuestro todo esto y digámosle a nuestra amadísima Madre Celestial:

« Dentro de nosotros tenemos a Jesús, y para hacerte feliz y para que puedas hallar en nosotros lo mismo que hallabas en Jesús, te lo damos todo. Además, ¡oh dulce Madre!, queremos darle a Jesús todas las alegrías que él hallaba en ti, por eso queremos entrar en tu Corazón y tomar tu amor, todas tus alegrías, todas tus ternuras y cuidados maternos, para dárselos a Jesús. Madre Santa, que tus manos sean las cadenas que nos tengan encadenados a ti y a Jesús ».

Jesús no se detiene ante nada: amándonos sumamente, quiere salvarnos a todos y si le fuera posible, quisiera arrancarle todas las almas al infierno a costa de cualquier pena. Pero a pesar de todo se da cuenta de que hay almas que quieren zafarse de sus brazos y no pudiendo contener su dolor, exclama: « Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado? ». ¿Podemos decir que nuestro amor por las almas es semejante al de Jesús? Nuestras oraciones, nuestras penas, nuestros más pequeños actos, ¿están todos unidos a los actos y a las oraciones de Jesús para arrancarle almas al infierno? ¿De qué manera compadecemos a Jesús en este inmenso dolor? Si nuestra vida se pudiera consumar en un holocausto continuo no sería suficiente para compadecer este dolor.

Cada pequeño acto, cada pena, cada pensamiento que unimos a Jesús, puede servir para que le arranquemos almas al infierno y así no caigan en él. Unidos a Jesús, tendremos en nuestras manos su mismo poder; si en cambio no hacemos todos nuestros actos unidos a él, no podrán servir ni siquiera para salvar a una sola alma del infierno.

« Amor mío y Todo mío, tenme abrazado fuertemente a tu Corazón, para poder sentir de inmediato cuando un pecador está por darte el dolor de apartarse de ti y así poder hacer mi parte inmediatamente ».

« ¡Oh Jesús mío!, que tu amor tenga atado mi corazón, para que, encendido por tu fuego, pueda sentir el amor con el que tú mismo amas a las almas. Cuando yo sufra algún dolor, alguna pena o amargura, ¡oh Jesús!, haz entonces que tu justicia se desahogue sobre mí y toma de mí la satisfacción que quieres; pero, ¡oh Jesús!, que el pecador se salve y que mis penas sean el vínculo que las tenga atadas a ti y que mi alma tenga el consuelo de ver que tu justicia está satisfecha ».

Tercera hora de agonía en la cruz.

La Muerte de Jesús.

La quinta palabra: « ¡Tengo Sed! ».

Jesús mío, crucificado y moribundo, abrazado a tu cruz, siento el fuego que devora toda tu divina persona; tu Corazón late con tanta violencia que levantándote las costillas te atormenta de un modo tan desgarrador y horrible, que toda tu santísima humanidad sufre una transformación tal que te deja irreconocible. El amor que arde en tu Corazón te seca y te quema totalmente, y tú, no pudiendo contenerlo, sientes la fuerza de su tormento; no solamente de la sed corporal, por haber derramado toda tu sangre, sino mucho más todavía de la sed ardiente que tienes por la salud de nuestras almas. Y tú quisieras bebernos a todos cual si fuéramos agua, para ponernos a salvo dentro de ti. Por eso, reuniendo tus fuerzas ya demasiado debilitadas, gritas: « ¡Tengo Sed! ».

¡Ah!, esta palabra se la repites a cada corazón:

« Tengo sed de tu voluntad, de tus afectos, de tus deseos, de tu amor; no podrías darme un agua más fresca que tu alma. ¡Ah, no dejes que me consuma! Tengo sed ardiente y no solamente siento que se me quema la lengua y la garganta, al grado que ya no puedo ni decir una palabra, sino que también siento que mi Corazón se seca junto con todas mis entrañas. ¡Piedad de mi sed, piedad! ».

Y como delirando por la ardiente sed que te devora, te abandonas a la Voluntad del Padre. ¡Ah!, mi corazón ya no puede vivir viendo la impiedad de tus enemigos, que en vez de darte agua, te dan hiel y vinagre y tú no los rehúsas. ¡Ah!, ya entiendo, es la hiel de tantas culpas y el vinagre de las pasiones que no hemos domado, lo que quieren darte y que en vez de satisfacer tu sed hacen que aumente. ¡Oh Jesús mío!, aquí está mi corazón, mis pensamientos, mis afectos, aquí está todo mi ser para que calmes tu sed y para darle alivio a tu boca quemada y amargada. Todo lo que tengo, todo lo que soy, es para ti, ¡Oh Jesús mío! Si fueran necesarias mis penas para poder salvar aunque fuera una sola alma, aquí me tienes: estoy dispuesto a sufrirlo todo; me ofrezco totalmente a ti: haz de mí lo que a ti más te agrade.
Quiero reparar el dolor que tú sufres por todas las almas que se pierden y la pena que te dan aquellas que, cuando permites que las tristezas o los abandonos las toquen, ellas, en vez de ofrecerte todo para aplacar la sed devoradora que te consume, se abandonan a sí mismas, haciéndote sufrir aún más.

La sexta palabra:

« ¡Todo está Consumado! ».

Moribundo Bien mío, el mar inacabable de tus penas, el fuego que te consume y más que nada la Voluntad Suprema del Padre, que quiere que tú mueras, no nos dejan esperanza alguna de que tú puedas seguir viviendo. Y yo, ¿cómo voy a poder vivir sin ti? Te faltan las fuerzas, los ojos se te apagan, tu rostro santísimo se transforma y se cubre de una palidez mortal, tu boca entreabierta, tu respiración es afanosa e interrumpida, todo nos dice que ya no hay esperanzas de que tú te puedas reanimar. Al fuego que te abrasa lo substituye un frío mortal y un sudor helado que te baña la frente. Los músculos y los nervios se contraen cada vez más por la atrocidad de los dolores, tus llagas se siguen haciendo más grandes por las heridas que los clavos siguen abriendo, y yo tiemblo y me siento morir.

Te miro, oh Bien mío, y veo que de tus ojos descienden las últimas lágrimas, mensajeras de tu cercana muerte, mientras que fatigosamente haces oír todavía otra palabra:
« ¡Todo está Consumado! ».
¡Oh Jesús mío!, ya has agotado todo y ya no te queda nada más; el amor ha llegado a su término. Y yo, ¿me he consumido totalmente por amor a ti? ¡Cuál no debería ser mi gratitud hacia ti! ¡Oh Jesús mío!, quiero reparar por todos, reparar por las faltas de correspondencia a tu amor y consolarte por todas las afrentas que recibes de parte de las criaturas mientras te estás consumiendo en la cruz.

La séptima palabra:

« ¡Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu! ».

Jesús mío, Crucificado agonizante, ya estás a punto de dar el último respiro de tu vida mortal. Tu santísima humanidad ya está toda rígida; tu Corazón parece que ya no late.
¡Oh Jesús!, junto con la Magdalena me abrazo a tus pies y si me fuera posible quisiera dar mi vida para reanimar la tuya.
Mientras tanto, ¡oh Jesús!, me doy cuenta de que vuelves a abrir tus ojos moribundos y miras alrededor de la cruz, como si quisieras despedirte de todos por última vez; miras a tu Madre agonizante que ya no puede ni siquiera moverse ni hablar a causa de las tremendas penas que está sufriendo y dices:
« ¡Madre mía, adiós, yo me voy, pero te tendré en mi Corazón, y tú, cuida a nuestros hijos! ».
Miras a la Magdalena deshecha en lágrimas, a tu fiel Juan y con tu mirada les dices:
« ¡Adiós! ».
Miras con amor a tus mismos enemigos y con tu mirada les dices:
« Los perdono a todos y les doy el beso de la paz ».
Nada escapa a tu mirada; te despides de todos y a todos perdonas. Y después, reuniendo todas tus fuerzas, con voz potente y sonora, gritas:
« ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! ». E inclinando la cabeza, expiras.

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Categorías:Espiritualidad, Reparación Eucarística, Revelaciones Místicas

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