Oración para desarmar a la Divina Justicia

La finalidad de esta hora es la de desarmar a la divina justicia. Si en las otras horas se repara, se bendice, se pide perdón, etc., en ésta se le desarma y se le aplaca.

Luisa Picarreta 7 de octubre 1915
REPARAR EN LA DIVINA VOLUNTAD / LUISA PICCARRETA - YouTube

Ella misma explica lo añadido:

« En esta hora, Jesús sobre la cruz, resume toda su vida, desde el primer instante de su encarnación hasta su último respiro; le da cumplimiento a todo dándole las gracias a su Divino Padre por todo el bien que ha podido hacer por todas las criaturas, como también por todos sus sufrimientos. Lo glorifica, implora, repara; en una palabra, vuelve a hacer todo junto lo que había hecho durante su vida. Ahora bien, el alma, haciendo eco a todo lo que hace Jesús, comienza también ella, desde el primer instante de la encarnación de Jesús, hasta el último momento de su vida, a darle gracias por todo lo que ha hecho; y puesto que la ingratitud de la criatura es tanta y más que nunca se muestra ingrata al recibir los beneficios que Dios le da, el alma trata también de hacer todo en modo completo. Es por esto que en esta hora se repite toda la vida de Jesucristo y se trata de reunir toda clase de reparaciones ».

Luisa Picarreta

7 de octubre de 1915 añade:

« La finalidad de esta hora es la de desarmar a la divina justicia. Si en las otras horas se repara, se bendice, se pide perdón, etc., en ésta se le desarma y se le aplaca. Y el alma, elevándose entre el cielo y la tierra, tal como lo hizo Jesús mismo, mira a la divina justicia y trata de aplacarla, y mira a la criatura y trata de conducirla nuevamente a Dios, haciendo exactamente lo que hace Jesús; y es tan grande la complacencia divina, que Jesús espera como con ansia que se haga, porque siente como un alivio al ver que una criatura, elevándose de la tierra, está llena de interés por salvar a sus propios hermanos; de manera que cuando su justicia se enciende, busca un refugio, un lugar donde protegerse en esta alma que quiere hacer suyas sus penas e incluso a las mismas almas y que lo invita y lo fuerza a no destruir a la pobre humanidad… »

Luisa Picarreta
Who is Luisa Piccarreta? — Little Children In The Divine Will


¡Oh Jesús!, mientras traspasado te encuentras sobre la cruz, tu alma ya no se halla sobre la tierra, sino en el cielo, con tu Divino Padre, para defender y sostener la causa de nuestras almas.
Crucificado Amor mío, yo también quiero seguirte ante el trono del Eterno y junto contigo quiero desarmar a la divina justicia. Hago mía tu santísima humanidad, unida a tu Voluntad y junto contigo quiero hacer lo que tú haces. Es más, permíteme Vida mía, que mis pensamientos corran en los tuyos, mis latidos en tu Corazón y todo mi ser en ti, para que no vaya a dejar de hacer nada y repita todo lo que tú haces, acto por acto, palabra por palabra.
Pero veo, crucificado Bien mío, que tú, viendo a tu Divino Padre sumamente indignado contra las criaturas, te postras ante él y las escondes a todas dentro de tu santísima humanidad, poniéndonos al seguro, para que el Padre, mirándonos a todos en ti, por amor a ti, no nos arroje de sí mismo. Y si nos mira indignado, es porque tantas almas han desfigurado la bella imagen que él creó y no tienen otro pensamiento que el de ofenderlo; y su inteligencia que debería ocuparse en comprenderlo, la han convertido en una guarida en donde anidan todas sus culpas. Y tú, oh Jesús mío, para aplacarlo, atraes la atención de tu Divino Padre para que mire tu santísima cabeza coronada de espinas en medio de los más atroces dolores, las cuales tienen en tu mente como clavadas a todas las inteligencias de las criaturas, por las que una por una expías para satisfacer a la divina justicia. ¡Oh, cómo todas estas espinas son como voces piadosas que, ante la Majestad Divina, excusan todos los malos pensamientos de las criaturas!Jesús mío, mis pensamientos son uno sólo con los tuyos; por eso, junto contigo, ruego, imploro, reparo y excuso ante la Majestad Divina por todo el mal que hacen todas las criaturas con la inteligencia. Permíteme que tome tus espinas y tu misma inteligencia y que vaya recorriendo contigo las inteligencias de todas las criaturas uniendo tu inteligencia a las suyas, y que con la santidad de tu inteligencia les devuelva su inteligencia original, tal como fue creada por ti; que con la santidad de tus pensamientos reordene todos los pensamientos de todas las criaturas y te devuelva el dominio y el gobierno sobre todos. ¡Ah, sí, oh Jesús mío, sé únicamente tú quién domine cada pensamiento, cada afecto y a todos los pueblos! Rige únicamente tú todas las cosas, solamente así la faz de la tierra, que causa horror y espanto, se renovará.


Crucificado Jesús mío, me doy cuenta de que ves que tu Divino Padre sigue indignado, que mira a las pobres criaturas y las ve a todas enfangadas de culpas y cubiertas con las más repugnantes asquerosidades, tanto que hasta le da asco a todo el cielo. ¡Oh, cómo queda horrorizada la pureza de la mirada divina, tanto que casi ya no puede reconocer a la pobre criatura como obra de sus santísimas manos! Es más, parece como si fueran monstruos los que ocupan la tierra, los cuales atraen la indignación de la mirada del Padre. Pero tú, ¡oh Jesús mío!, para aplacarlo, tratas de endulzar su mirada cambiando sus ojos por los tuyos, haciéndoselos ver cubiertos de sangre y de lágrimas; y lloras ante su Majestad Divina para moverlo a compasión por la desventura de tantas pobres criaturas; y oigo tu voz que dice:
« Padre mío, es cierto que la ingrata criatura se va enlodando cada vez más con sus culpas, hasta ya no merecer tu mirada paterna; pero mírame, ¡Oh Padre!, yo quiero llorar tanto ante ti que llegue a formar un baño de lágrimas y de sangre para lavar todas las inmundicias con las que se han cubierto las criaturas. Padre mío, ¿quieres acaso rechazarme? No, no puedes; soy tu Hijo y al mismo tiempo soy también la cabeza de todas las criaturas y ellas son mis miembros; ¡salvémoslas, Padre mío, salvémoslas! ».


Jesús mío, Amor sin fin, quisiera tener tus ojos para llorar ante la Majestad Suprema por la perdición de tantas pobres criaturas y por estos tiempos tan tristes. Permíteme que tome tus lágrimas y tus mismas miradas, que son una sola cosa con las mías y que vaya en busca de todas las criaturas. Y para moverlas a compasión por sus propias almas y por tu amor, les haré ver que tú lloras por causa de ellas y que mientras ellas se enfangan tú les tienes ya preparadas tus lágrimas y tu sangre para lavarlas y así, al verte llorar, se rendirán a ti. ¡Ah!, con estas lágrimas tuyas, déjame lavar todas las inmundicias de las criaturas; déjame hacer que estas lágrimas entren dentro de sus corazones y ablanden a tantas almas endurecidas en la culpa, que obtenga victoria sobre la obstinación de todos los corazones y que haga penetrar en ellos tus miradas, haciéndoles levantar su mirada al cielo para que te amen y no las dejen seguir vagando sobre la tierra para ofenderte. De este modo, tu Divino Padre ya no desdeñará mirar a la pobre humanidad.
Crucificado Bien mío, veo que el Padre está tan indignado que todavía no se aplaca, porque su paternal bondad, movida por tanto amor hacia la pobre criatura, ha llenado cielos y tierra de tantas pruebas de amor y de beneficios hacia ella, que muy bien se puede decir que a cada paso y en cada acto debería sentir fluir en sí misma el amor y las gracias de ese Corazón paterno, y en cambio, la criatura siempre ingrata, despreciando este amor, no quiere reconocerlo, sino que hace frente a tanto amor, llenando cielos y tierra de insultos, de desprecios y ultrajes, llegando al grado de pisotearlo bajo sus inmundos pies, y hasta queriendo destruirlo idolatrándose a sí misma. ¡Ah, todas estas ofensas se elevan hasta el cielo y llegan ante la Majestad Divina, que se indigna sumamente al ver la villanía de la criatura que llega a insultarla y a ofenderla de mil modos!
Pero tú, ¡oh Jesús mío!, siempre atento para defendernos con la fuerza arrebatadora de tu amor, obligas al Padre a que mire tu santísimo rostro, cubierto de todos estos insultos y desprecios y le dices: « Padre mío, no desdeñes a la pobre criatura; si los desdeñas a ellos es a mí a quien desdeñas. ¡Ah, aplácate! Todas estas ofensas las tengo sobre mi rostro que te responde por todos. Padre mío, detén tu furor contra la pobre humanidad; están ciegos y no saben lo que hacen. Por eso, obsérvame bien y mira cómo he quedado reducido. Si no te mueves a compasión por la mísera humanidad, que te enternezca al menos mi rostro cubierto de salivazos y sangre, amoratado e hinchado por tantas bofetadas y golpes recibidos. ¡Piedad, Padre mío! Yo era el más bello de los hijos de los hombres, y ahora estoy tan desfigurado que ya no me reconozco, me he convertido en el último de todos los hombres. Por eso, ¡a cualquier precio quiero salvar a la criatura! ».


Jesús mío, pero, ¿es posible que nos ames tanto? Tu amor tritura mi pobre corazón y queriendo seguirte en todo, déjame hacer mío tu rostro santísimo para tenerlo en mi poder de modo que pueda mostrárselo continuamente al Padre, así, desfigurado, para hacer que se mueva a compasión por la pobre humanidad que se encuentra tan oprimida bajo el látigo de la divina justicia y que yace como moribunda.
Permíteme ir a mostrarles a las criaturas tu rostro tan desfigurado por causa suya, para hacer que se muevan a compasión por sus propias almas y por tu amor; que la luz que emana de tu rostro y la fuerza arrebatadora de tu amor, les haga comprender quién eres tú y quienes son ellas que se atreven a ofenderte, para que sus almas, que viven muertas a la gracia a causa de tantos pecados, resurjan, y así todas se postren ante ti, adorándote y glorificándote.
Jesús mío, Crucificado adorable, la criatura continúa sin cesar irritando a la divina justicia y de su lengua resuena el eco de tantas horribles blasfemias, imprecaciones y maldiciones, malas conversaciones, tramas para prepararse a destrozarse, del peor modo posible, entre ellos mismos y llevar a cabo matanzas terribles. ¡Ah!, todos estos ecos ensordecen la tierra y elevándose hasta el cielo ensordecen los oídos divinos. El Padre, cansado de oír estos ecos llenos de veneno que recibe de parte de las criaturas, quisiera deshacerse de ellas, apartándolas de sí mismo, porque todas estas voces llenas de veneno imprecan y piden venganza y justicia contra sí mismas. ¡Ah, cómo la divina justicia se siente obligada a descargar sus flagelos! ¡Cómo tantas blasfemias encienden su ira contra la criatura! Pero tú, ¡oh Jesús mío!, amándonos con tu amor supremo, haces frente a todas estas voces mortales con tu voz omnipotente y creadora, haciendo resonar el eco de tu dulcísima voz en los oídos de tu Padre, para reparar por todas las molestias que le causan las criaturas con el eco de tus bendiciones y alabanzas; y gritas:
« ¡Misericordia! ¡Gracias! ¡Amor para la pobre criatura! ».
Y para aplacarlo todavía más, le muestras tu santísima boca, diciéndole:
« ¡Padre mío, vuelve a mirarme; no escuches las voces de las criaturas, sino la mía; soy yo quién te da Satisfacción por todos! Por eso, te ruego que mires a las criaturas, pero que las mires en mí; si las miras fuera de mí, ¿qué sería de ellas? Son débiles, ignorantes, capaces sólo de hacer el mal, llenas de toda clase de miserias. ¡Piedad, Padre mío! ¡Ten piedad de las pobres criaturas! Yo te respondo por ellas con mi lengua amargada por la hiel, reseca por la sed, abrasada y consumada por el amor ».


Amargado Jesús mío, mi voz en la tuya quiere hacer frente a todas estas ofensas. Déjame que tome tu lengua, tus labios y que haga un recorrido sobre todas las criaturas tocando sus lenguas con la tuya, para que cuando estén por ofenderte, al sentir ellos la amargura de tu lengua, no vuelvan a blasfemar, si no por amor, al menos por la amargura que sientan. Déjame que toque sus labios con los tuyos, y con tu voz omnipotente haz que el fuego de la culpa que está sobre los labios de todos penetre hasta su pecho, y así pueda detener en ellos la corriente de todas las malas palabras transformando sus voces humanas en voces de bendición y alabanzas.
Crucificado Bien mío, ante tanto amor y dolor tuyo, la criatura todavía no se rinde; al contrario, despreciándote sigue añadiendo culpas a más culpas, cometiendo enormes sacrilegios, homicidios, suicidios, duelos, fraudes, engaños, crueldades y traiciones. ¡Ah!, todas estas malas obras, hacen que los brazos del Padre se vuelvan más pesados, quien no pudiendo ya sostener su peso, está a punto de dejarlos caer derramando sobre la tierra cólera y destrucción. Y tú, ¡oh Jesús mío!, para liberar a la criatura de la cólera divina, temiendo verla destruida, tiendes tus brazos al Padre para que no deje caer los suyos y destruya a las criaturas, y ayudándolo con los tuyos a sostener el peso de tantas culpas, lo desarmas y le impides a la justicia que actúe. Y para moverlo a compasión por la mísera humanidad y enternecerlo, con tu voz más conmovedora, le dices:
« Padre mío, mira mis manos destrozadas y estos clavos que me las traspasan y que me tienen clavado junto a todas las obras malas. ¡Ah!, en estas manos siento todos los terribles dolores que me causan todas estas obras malas. ¿No estás contento, oh Padre mío, con mis dolores? ¿Acaso no son capaces de satisfacerte? ¡Ah!, estos brazos míos descoyuntados, serán para siempre cadenas que tendrán a la pobre criatura abrazada a mí, para que no huya de mí, a no ser que alguna quisiera apartarse por la fuerza; y también, estos brazos míos serán las cadenas amorosas que te atarán, Padre mío, para impedirte que destruyas a la pobre criatura; más aún, te atraeré siempre hacia ella para que las llenes de tus gracias y de tu misericordia ».


Jesús mío, tu amor es un dulce encanto para mí y me impulsa a que yo también haga todo lo que haces tú. Por eso, dame tus brazos, que junto contigo quiero impedir que intervenga la divina justicia contra la pobre humanidad, a costa de cualquier sacrificio. Con la sangre que abundantemente sale de tus manos quiero extinguir el fuego de la culpa que enciende su ira y aplacar su furor; y para hacer que el Padre tenga piedad de las pobres criaturas, permíteme que ponga en tus brazos a tantos miembros destrozados, los gemidos de tantos heridos, los corazones adoloridos y oprimidos. Déjame que haga un recorrido por todas las criaturas y que las abrace a todas entre tus brazos, para que todas regresen a tu Corazón. Permíteme que con la potencia de tus manos creadoras detenga la corriente de tantas obras llenas de maldad e impida a todos hacer el mal.
Amable Jesús mío crucificado, la criatura todavía no está satisfecha de ofenderte tanto, quiere beber hasta el fondo las heces de la culpa y corre como enloquecida por el camino del mal. Se precipita de culpa en culpa, desobedece tus leyes y, desconociéndote, se rebela contra ti y casi, sólo para hacerte sufrir, quiere irse al infierno. ¡Oh, cómo se indigna la Majestad Suprema! Y tú, ¡oh Jesús mío!, triunfando sobre todo, incluso sobre la obstinación de las criaturas, para aplacar a tu Divino Padre, le muestras toda tu santísima humanidad lacerada, destrozada horriblemente, y tus santísimos pies traspasados en los que están encerrados todos los pasos de las criaturas, los cuales te causan dolores mortales, tanto que se contorsionan por la atrocidad de los dolores. Y oigo tu voz, más que nunca conmovedora, como si estuvieras por expirar, que a fuerza de amor y de dolor quiere vencer a la criatura y triunfar sobre el Corazón de tu Padre:
« Padre mío, mírame, obsérvame bien de la cabeza a los pies: ¡No se encuentra ya alguna parte sana en mí, no tengo en dónde hacerme abrir nuevas llagas y procurarme más sufrimientos! Si no te aplacas ante este espectáculo de amor y de dolor, ¿quién va a poder aplacarte? ».


« Hijos míos, si ustedes no se rinden a tanto amor, ¿qué esperanza quedará para que se conviertan? Mis llagas y mi sangre serán siempre súplicas, las cuales harán que desciendan del cielo a la tierra gracias de arrepentimiento, de perdón y de compasión hacia la pobre humanidad ».
Jesús mío, me doy cuenta que te haces violencia para aplacar al Padre y vencer a la pobre criatura; por eso, permíteme que tome tus santísimos pies y que vaya en busca de todas las criaturas y ate sus pasos a tus pies, para que si quieren caminar por el camino del mal, al sentir las cadenas con las que los has atado a ti, no puedan ni dar un paso. ¡Ah!, con tus pies haz que retrocedan del camino del mal y ponlas en el sendero del bien, haciéndolas más dóciles a tus leyes; y con tus clavos cierra el infierno, para que nadie más caiga en él. Jesús mío, Amante Crucificado, veo que ya no puedes más. La tensión terrible que sufres sobre la cruz, el continuo rechinar de tus huesos que a cada pequeño movimiento se dislocan cada vez más, tus carnes que se siguen abriendo más y más, las repetidas ofensas que recibes, que cada una te procura una pasión y muerte aún más dolorosa, la sed ardiente que te consume, las penas interiores que te sofocan de tanta amargura, de tanto dolor y amor, y la ingratitud humana, que aún en medio de tantos martirios, te hace frente y penetra como una ola impetuosa dentro de tu Corazón traspasado, ¡ay!, te aniquilan de tal manera, que tu santísima humanidad, no pudiendo resistir el peso de tantos martirios, está a punto de sucumbir y delirando por tanto amor y tantos sufrimientos suplica ayuda y piedad.
Crucificado Jesús mío, ¿será posible que tú que lo riges todo y a todo le das vida tengas que pedir ayuda? ¡Ah!, quiero penetrar en cada gota de tu sangre y derramar la mía para endulzar cada una de tus llagas santísimas, para mitigar el dolor que te causa cada espina y hacer menos dolorosas sus punzadas; y para darle alivio a la intensidad de las amarguras de cada pena interior de tu Corazón, quiero darte vida por vida y, si me fuera posible, quisiera desclavarte de la cruz para ponerme yo en tu lugar. Pero me doy cuenta de que soy nada y nada puedo, de que soy demasiado insignificante, por eso, date totalmente a mí y yo tomaré tu vida y en ti te daré a ti mismo; sólo así mis ansias quedarán satisfechas.
Destrozado Jesús mío, tu santísima humanidad se acaba y no por ti, sino por darle totalmente cumplimiento a nuestra redención. Necesitas ayuda divina y por eso te arrojas en los brazos del Padre y le pides ayuda y piedad. ¡Oh, cómo se enternece el Padre al mirar cómo han destrozado terriblemente tu santísima humanidad, la tremenda obra que ha hecho el pecado en tus sagrados miembros! Y para contentar tus ansias de amor, te estrecha a su Corazón paterno y te da los auxilios necesarios para que le des cumplimiento a nuestra redención; y mientras te estrecha, sientes en tu Corazón que se repiten con más fuerza los martillazos de los clavos, los golpes de los flagelos, las heridas de tus llagas y las punzadas de las espinas. ¡Oh, cómo se conmueve el Padre! ¡Cómo se indigna al ver que todas estas penas llegan hasta tu Corazón por obra de las almas consagradas a ti!
Y en su dolor, te dice:
« Pero, ¿es posible, Hijo mío, que ni siquiera la parte escogida por ti esté toda contigo? Antes al contrario, parece que estas almas piden refugio en tu Corazón sólo para amargarte y darte una muerte más dolorosa, y lo que es peor, todos estos dolores que recibes de parte de ellos van escondidos y cubiertos de hipocresías. ¡Ah, Hijo mío, no puedo seguir conteniendo mi indignación por la ingratitud de estas almas, las cuales me causan más dolor que todas las demás criaturas juntas! ».
Pero tú, ¡oh Jesús mío!, triunfando sobre todo, defiendes a estas almas y con el amor inmenso de tu Corazón haces una reparación por las oleadas de amarguras y las heridas mortales que estas almas te procuran; y para aplacar a tu Padre, le dices:
« Padre mío, mira mi Corazón. Que todos estos dolores te satisfagan y cuanto más amargos, tanto más potentes sean sobre tu Corazón de Padre, para obtener gracias, luz y perdón para todos ellos. Padre mío, no los rechaces: ellos serán los que me defenderán y continuarán mi vida sobre la tierra ».


« ¡Oh amorosísimo Padre mío!, considera que si bien mi humanidad ha llegado ahora al colmo de sus padecimientos, también mi Corazón está por estallar a causa de tantas amarguras y de todas las penas íntimas y de los inauditos tormentos que he sufrido a lo largo de 34 años a partir del primer instante de mi encarnación. Tú conoces bien, oh Padre, la intensidad de estas amarguras interiores, que hubieran sido capaces de hacerme morir a cada momento de puro dolor si nuestra omnipotencia no me hubiera sostenido para poder prolongar mis sufrimientos hasta llegar a esta extrema agonía. ¡Ah!, si no te bastan todas las penas de mi santísima humanidad que te he ofrecido hasta ahora para aplacar tu justicia sobre todos los hombres y para atraer en cambio tu misericordia triunfadora sobre ellos, ahora, especialmente por los extravíos de las almas consagradas a nosotros, yo te presento mi Corazón destrozado, oprimido y quebrantado, pisado en el lagar de cada instante de mi vida mortal ».
« ¡Ah, mírame Padre mío!, este es el Corazón que te ha amado con amor infinito, que siempre ha estado ardiendo de amor por todos mis hermanos, hijos tuyos en mí; este es el Corazón con el que con tanta generosidad he anhelado padecer, para darte la satisfacción completa por todos los pecados de los hombres. ¡Ah, te lo suplico, ten piedad de sus desolaciones, de su continuo penar, de sus tedios, de sus angustias, de sus tristezas ante la muerte! ».
« ¿Acaso ha habido, ¡oh Padre mío!, un solo latido de mi Corazón que no haya buscado tu gloria y la salvación de mis hermanos aun a costa de penas y hasta de mi sangre? ¿No han salido de mi Corazón siempre oprimido ardientes súplicas, gemidos, suspiros y clamores válidos, con los que durante 34 años he llorado y gritado pidiendo misericordia en tu presencia? ».
« Tú me has escuchado, ¡oh Padre mío!, una infinidad de veces y por una infinidad de almas, y te lo agradezco infinitamente; pero ahora, ¡oh Padre!, mira cómo mi Corazón no puede calmarse en medio de tantas penas ni por una sola alma que se le vaya a escapar a su amor, porque nosotros amamos a una sola alma cuanto a todas las almas juntas. ¿Y se dirá que tendré que dar mi último suspiro sobre este doloroso patíbulo viendo perecer miserablemente incluso a almas consagradas a nosotros? Yo me estoy muriendo en un mar de angustias por la iniquidad y la perdición eterna del pérfido Judas, que se comportó tan dura e ingratamente conmigo, que rechazó todos mis más delicados y amorosos detalles, y que además le llegué a hacer tanto bien que hasta lo hice sacerdote y obispo como a los demás apóstoles. ¡Ah Padre mío, que ya termine este abismo de penas! ¡Cuántas almas escogidas por nosotros para esta doble vocación sagrada veo que quieren imitar a Judas, quién más y quién menos! ».
« ¡Ayúdame Padre mío, ayúdame! ¡Yo no puedo soportar todas estas penas! ¡Mira si en mi Corazón puedes hallar alguna fibra que no esté más atormentada que todas las llagas que tengo en mi cuerpo! ¡Mira si toda mi sangre no está brotando, más que de mis llagas, de mi Corazón, que se deshace de amor y de dolor! ¡Piedad, Padre mío, piedad, no para mí que quiero sufrir hasta el infinito por las pobres almas, sino de todas ellas y especialmente de las que han sido llamadas a desposarse con mi amor y a mi santo servicio! ¡Oh Padre!, escucha cómo mi Corazón, próximo a la muerte, acelera sus latidos de fuego y grita: ¡Padre mío, por mis innumerables penas te pido gracias eficaces de arrepentimiento y de verdadera conversión para todas estas infelices almas! ¡Que ninguna de estas almas se nos pierda! ».
« ¡Tengo sed, Padre mío, tengo sed de todas las almas y especialmente de éstas! ¡Tengo sed de sufrir más y más por cada una de estas almas! Siempre he hecho tu Voluntad, Padre mío; que ahora esta Voluntad mía, que es también la tuya, se cumpla perfectamente por amor a mí, tu amadísimo Hijo, en quien has hallado todas tus complacencias ».
¡Oh Jesús mío, ya no resisto más! ¡Me uno a tus súplicas, a tus sufrimientos, a tu amor penante! Dame tu Corazón para que pueda sentir tu misma sed de almas consagradas a ti y para que con los latidos de mi corazón te devuelva el amor y los afectos que ellas te deben. Permíteme que haga un recorrido por todas estas almas y que ponga tu Corazón en ellas, para que cuando apenas los toque puedan calentarse las que están frías, sacudirse las que están tibias, encaminarse de nuevo las que están extraviadas, de modo que puedan volver a recibir todas aquellas gracias que han rechazado. Tu Corazón está sofocado de dolor y de amargura al constatar que por su falta de correspondencia no se han llegado a realizar los planes que habías hecho para ellas, y por lo tanto, que tantas almas que por medio de ellas debían obtener vida y salvación han sufrido las tristes consecuencias. Pero yo les mostraré tu Corazón tan amargado, por su causa; desde tu Corazón las heriré con tus flechas de fuego, presentándoles todas tus súplicas y todos tus sufrimientos por ellas, de modo que no será posible que no se rindan a ti; así regresarán contritas a ti, se verán restablecidos tus amorosos designios sobre ellas y ya no estarán en ti y cerca de ti para ofenderte, sino para repararte, consolarte y defenderte.
Vida mía, crucificado Jesús mío, veo que sigues agonizando en la cruz sin que tu amor quede todavía satisfecho para darle cumplimiento a todo. ¡Yo también agonizo contigo! Quiero llamar a todos los ángeles y a los santos: ¡Vengan, vengan todos al monte Calvario a contemplar los excesos y las locuras de amor de un Dios! Besemos sus llagas ensangrentadas, adorémoslas; sostengamos esos miembros lacerados; démosle gracias a Jesús por haberle dado cumplimiento a nuestra redención.


Démosle también una mirada a nuestra Madre Santísima traspasada por tantas penas y muertes que siente en su Corazón Inmaculado, tantas cuantas ve que su HijoDios está sufriendo; hasta sus mismos vestidos están cubiertos de sangre, como también por todo el monte Calvario se puede ver la sangre de Jesús. Así que, tomemos todos juntos esta sangre y pidámosle a nuestra dolorosa Madre que se una a nosotros; dividámonos por todo el mundo y ayudemos a todos; socorramos a quienes están en peligro para que no perezcan, a los que han caído para que se levanten de nuevo, a los que están a punto de caer para que no caigan. Démosles esta sangre a tantas pobres almas que están ciegas, para que resplandezca en ellas la luz de la verdad; vayamos a donde se encuentran quienes están combatiendo, seamos para ellos vigilantes centinelas, y si están por caer alcanzados por las balas, recibámoslos en nuestros brazos para confortarlos y si se ven abandonados por todos o están impacientes por su triste suerte, démosles esta sangre, para que se resignen y se mitigue la atrocidad de sus dolores. Y si vemos almas que están a punto de caer en el infierno, démosles esta sangre divina que contiene el precio de su redención, para arrebatárselas a Satanás.
Y mientras tendré a Jesús abrazado a mi corazón para defenderlo y reparar por todo, abrazaré a todos a su Corazón, para que todos puedan obtener gracias eficaces de conversión, fortaleza y salvación.
¡Oh Jesús!, tu sangre diluvia de tus manos y de tus pies. Los ángeles haciéndote corona admiran los portentos de tu inmenso amor. Veo a tu Madre al pie de la Cruz traspasada por el dolor, a tu amada Magdalena y al predilecto Juan, y todos como petrificados en un éxtasis de estupor, de amor y de dolor.


¡Oh Jesús!, me uno a ti y me abrazo a tu cruz y hago mías todas las gotas de tu sangre para depositarlas en mi corazón. Y cuando vea irritada a tu divina justicia contra los pecadores, te mostraré esta sangre para aplacarte. Y cuando vea almas obstinadas en la culpa te mostraré esta sangre y en virtud de ella no rechazarás mi plegaria, porque en mis manos tengo la prenda con la que puedo obtenerlo todo.
Por eso, ¡oh Jesús!, a nombre de todas las generaciones pasadas, presentes y futuras, junto a tu Madre Santísima y a todos los ángeles, me postro ante ti crucificado Bien mío y te digo:
« Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos, porque por tu santa cruz has redimido al mundo ».

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Luis Alberto Sánchez S.