Enseñanza

Entiendes el Plan de Dios en tu vida?

Mi Padre Dios conoce lo que me pasa. Él vela sobre mí. Mi Padre es bueno y yo puedo confiar en Él y estar tranquilo.

P. ÁNGEL PEÑA O.A.R

Dios tiene un plan maravilloso para ti, que quizás no has descubierto todavía, pero que te puede ir manifestando poco a poco en el momento menos pensado.

Desde ahora, debes tener una actitud positiva y una disponibilidad total para cumplirlo. Y, cuando vengan los momentos difíciles y no comprendas nada y preguntes el por qué, dite a ti mismo: Mi Padre Dios conoce lo que me pasa. Él vela sobre mí. Mi Padre es bueno y yo puedo confiar en Él y estar tranquilo. Pondré de mi parte todo lo que crea más conveniente para solucionar las cosas, pero no me desesperaré, sabiendo que mi Padre está tomando las medidas necesarias para ayudarme y solucionar mi problema.

En esos momentos en que Dios parece ocultarse, es importante acudir a la oración continua y repetir insistentemente ante el sagrario: Jesús, yo te amo, yo confío en Ti. Lo cual es como decirle: A pesar de todo y, aunque no entiendo nada ni sé qué hacer, confío en Ti, Dios mío, y te amo.

Jesús, yo te amo, yo confío en Ti.

Eran tres arbolitos jóvenes, llenos de ilusiones y esperanzas, que soñaban con ser grandes.
Uno soñaba con dar buena madera para llegar a ser un cofre tan hermoso que pudiera contener los tesoros del mundo entero. El otro soñaba con ser un barco tan fuerte que pudiera superar las tormentas del océano. El otro quería ser tan alto, tan alto, que los hombres, cuando lo vieran, pudieran acordarse de Dios.

Pasaron los años y llegaron a ser grandes. Un día vinieron unos leñadores y decidieron cortarlos. El primero y el segundo se alegraron y creyeron que, entonces, comenzaría su misión y se realizarían sus sueños, pero el tercero se sintió deprimido y triste, porque ya nunca podría realizar su ideal de llegar a ser tan alto, tan alto, que los hombres, al verlo, pudieran acordarse de Dios.

Los tres terminaron en la casa de unos carpinteros, que hicieron del primero unos comederos de animales; del segundo, una barquita pequeña y del tercero, unas vigas para una casa. Los tres estaban muy desanimados con su suerte, creían que ya no valía la pena vivir y se dejaron llevar del pesimismo y del desaliento y dejaron que la polilla empezara a corroer sus entrañas.

Pasaron los años y, un buen día, una pareja de esposos llegó a una cueva… La joven esposa dio a luz a un hermoso niño y lo colocó en un comedero de animales, en un pesebre, y, en aquel momento, aquel primer arbolito se sintió inmensamente feliz, porque reconoció que había cumplido su misión mucho más de lo que jamás había podido imaginar. En vez de ser un cofre que pudiera contener todos los tesoros del mundo, ahora podía contener al mismo Señor y Dueño de todos los tesoros del
universo, a Jesús de Nazaret.

Pasaron los años y, en cierta ocasión, un hombre con sus amigos subió a una barca y se levantó una tempestad en el lago. Y aquel segundo arbolito, súbitamente, empezó a llorar de alegría, porque se dio cuenta de que había podido superar aquella tempestad, llevando sobre sí al Dueño y Señor de los mares y de los océanos, a Jesús con sus discípulos.

¿Y el tercer arbolito? La casa, donde colocaron las vigas, se cayó y de aquellas vigas hicieron una cruz y en ella crucificaron a Jesús. Y, entonces, también él pudo entender que, por encima de sus planes, habían podido realizar su misión mucho mejor de lo que nunca pudo haber imaginado, porque ahora todos los hombres, al ver una cruz, se acordarían de Dios.

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Vive tu vida de verdad

Por eso, nunca reniegues de tu suerte o de los planes de Dios sobre ti. Tú eres muy importante para Dios.

Vive tu vida de verdad, con seriedad y sinceridad, con responsabilidad, estando siempre abierto a los planes de Dios. Él puede romper tus proyectos en cualquier momento y abrirte nuevos caminos, inesperados, pero que te llevarán a nuevas aventuras del espíritu, si sabes ver en ellos la mano de Dios.

Besa su mano, aunque te lleve por caminos de espinas.

Él es un Padre amoroso, que busca tu bien. No te vuelvas atrás, no te desanimes, no lo rechaces. No te lamentes inútilmente de tus caminos oscuros o de tu mala suerte, porque Dios te ama y te necesita así como eres.

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te necesito.

Había un precioso jardín que, nada más verlo, hacía soñar. En el jardín había un cañaveral en el que destacaba una preciosa caña de bambú plantada, con otras más, en el centro de un rico conjunto de flores y plantas. Ella llamaba la atención por su esbeltez, altura y elegancia. Era la preferida del Señor.
Un día, el Señor se acercó al jardín y, con mucho amor, le dijo a su predilecta: -Mi querida caña de bambú, te necesito. -Estoy en tu jardín, Señor, soy toda tuya. Cuenta conmigo para lo que quieras. -Es que mi querida hija, para contar contigo tengo que arrancarte. -¿Arrancarme? ¿Hablas en serio? ¿Por qué me hiciste entonces la planta más bella de tu jardín? ¿Por qué me hiciste crecer tan hermosa junto a mis hermanas? Señor, lo que quieras menos eso. -Hija mía, es que si no te arranco, no me servirás. Yo tengo un hermoso plan sobre ti.

Quedaron un largo rato los dos en silencio. Parecía que no sabían qué decir. Hasta el viento detuvo su movimiento. Los pajarillos dejaron de volar y olvidaron su canto. Todo era silencio. Y, entonces, lentamente, la caña bambú inclinó sus preciosas ramas y dijo con voz apagada:

-Señor, si no puedes servirte de mí sin arrancarme, arráncame. -Mi querida caña de bambú, aún no te he dicho todo. Es necesario que te corte también las hojas y las ramas. -Señor, no me hagas eso. ¿Qué haré yo entonces en el jardín? Seré ridícula. -Hija mía, pero si no te corto las hojas y las ramas, no me servirás.

De nuevo la caña de bambú se estremeció. El sol pareció ocultarse unos momentos. Los pájaros tuvieron miedo y huyeron del jardín. Y temblando, temblando, la caña se abandonó y le dijo
casi llorando:

-Señor, haz de mí lo que Tú quieras, córtamelas. -Mi querida hija, todavía queda algo que me cuesta mucho pedirte. Tendré que partirte en dos y vaciarte por dentro toda la savia. Sin eso, no me servirás.


De nuevo la caña se quedó silenciosa, pero confiando en su Señor, se postró en tierra y se ofreció sin condiciones. -Señor, haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea, te doy las gracias, porque te amo y confío en Ti.

Entonces, el Señor la arrancó, le cortó las hojas y las ramas, la partió en dos y le extrajo la savia, dejándola vacía por dentro. Después la llevó junto a una fuente de agua fresca y cristalina muy
cercana a sus campos. Las plantas de aquellas tierras se morían de sed, estando tan cerca del agua, pues un pequeño roquedal impedía que el agua llegara a sus campos. El Señor, con mucho cariño, ató una punta de la caña a la fuente y la otra la colocó en el campo de modo que el agua de la fuente empezó a desplazarse hacia las tierras sedientas a través de la caña de bambú. Y el campo comenzó a reverdecer. Y al llegar la primavera, el Señor sembró arroz. Y, cuando creció y llegó el tiempo de la cosecha, fue tan abundante que con ella el Señor pudo alimentar a su pueblo. De esta manera, la caña de bambú cumplió su misión: ser fuente de vida para dar alimento al pueblo del Señor.

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ser fuente de vida para dar alimento al pueblo del Señor.


Pues bien, Jesús también te necesita a ti. Él tiene un plan maravilloso que quizás todavía no has descubierto; pero, para cumplirlo, necesita que estés dispuesto a ofrecerte a Él sin condiciones.

Él sabe el camino. Él sabe lo que te conviene. Déjate llevar y no temas, porque estás en las manos de un Dios grande y maravilloso, que quiere tu felicidad. Confía en Él.

Se cuenta en la vida de santa Gertrudis, la mística alemana del siglo XIII, que un día estaba en oración y el Señor le dijo:

-Gertrudis, dame la llave. -¿Qué llave, Señor? -La llave de tu corazón. -¿Para qué, Señor? -Para entrar y salir de tu corazón como y cuando yo quiera.
-Necesito tu voluntad.

Tú, ¿estás dispuesto a entregarle tu voluntad y hacer siempre y en todo la voluntad de Dios?

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Una vez un niño se fue delante del sagrario con toda su inocencia y le ofreció a Jesús una flor, que acababa de recoger de su jardín. Y Jesús se sintió emocionado por ese gesto de cariño. Y le dijo:

Déjame todo.
El niño se extrañó de escuchar la voz de Jesús, pero Jesús le volvió a insistir: Déjame todo.
El niño no sabía qué dejar, porque no tenía más que la ropa puesta. Entonces el niño preguntó: Señor, ¿qué quieres que te deje? -Quiero que me des todo tu corazón.
El niño se emocionó y le dijo que se lo daba, porque quería hacerlo siempre feliz. Y ese niño llegó a ser sacerdote para darle de verdad todo su corazón, pues Jesús no quiere sólo flores y besos o cosas materiales, quiere sobre todo nuestro corazón, es decir, todo nuestro amor.

Confía en Él y serás feliz. Porque:

Quien no se lanza mar adentro, nada sabe del azul profundo del agua, ni del hervor de las aguas que bullen.
Nada sabe de las aguas tranquilas, cuando el navío avanza, dejando una estela de silencio.
Nada sabe de la alegría de quedarse sin amarras, apoyado sólo en Dios, más seguro que el mismo océano.
Por eso, dile ahora mismo:
Jesús, te acepto como mi Señor y el dueño de mi vida. Me rindo a tus pies y me consagro a Ti en cuerpo y alma. Haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea, te doy las gracias, porque te amo y confío en Ti, porque Tú eres mi Dios, mi Rey, mi Señor y mi Dios.
Amén
.

Sígueme tal como eres

Y Jesús podría decirte:
Conozco tu miseria y tus pecados, pero te quiero tal como eres. Y, por eso, vengo a pedirte que correspondas a mi amor.
Quiero que tú me ames tal como eres en este instante. No necesitas cambiar para amarme. Si para amarme quieres esperar a ser perfecto, no me amarás jamás. ¿No podría yo hacer de cada grano de arena un serafín radiante de pureza y de amor? ¿No podría yo con una señal de mi voluntad hacer surgir de la nada miríadas de santos mil veces más perfectos que tú? Hijo mío, quiero tu corazón. Estoy a la puerta de tu corazón y espero. Yo, el Rey de los Reyes, espero tu respuesta. Apresúrate a abrirme la puerta. No lastimes mi corazón con tu indiferencia o tu falta de confianza. Yo quiero hacerte un serafín de pureza y amor.
Yo quiero que seas santo. Pero recuerda que debes amarme ahora tal como eres. Sígueme tal como eres. Yo te espero; pero, si me rechazas, respetaré tu decisión y me iré en busca de otras almas
que me amen y confíen en Mí.
Hijo mío, no te preocupes del cuidado de tus cosas. No te angusties por el día de mañana. No tengas miedo por el qué dirán.
Confía en Mí. Abandónate en mis brazos. Deja en mis manos tu futuro. Y dime frecuentemente: “Jesús, yo confío en Ti”. Lo que más me hace sufrir es que dudes de Mí. Si crees que las cosas empeoran, a pesar de haber confiado en Mí, no temas, sigue confiando. A veces, yo me oculto o te cierro los ojos para que no me veas, pero yo estoy siempre a tu lado y cuido de ti. No te preocupes de nada, echa en Mí todas las angustias y preocupaciones, y duerme tranquilo.

Dime siempre: “Jesús, yo confío en Ti”, y verás grandes milagros. Te lo prometo por mi amor.

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Luis Alberto Sánchez S.

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