VIDA DE SAN JOSÉ 6

Vida del glorioso Patriarca San José Esposo Purísimo de la Gran Madre de Dios y Padre Adoptivo de Jesús, manifestado por Jesucristo a su esposa predilecta, María de Jesús, y que Él mismo le ordenó que la escribiera y con la obediencia de quien dirige su espíritu. 23 de Enero de 1736.

Vida de San José revelada a la Hermana María Cecilia Baij | Vidas ...

Revelaciones sobre la Vida de San José. Vidente: Hna. Mª Cecilia Baij (1694-1766) Monasterio Benedictino de MONTEFIASCONE, Italia

Vida de San Jose (PDF) - [PDF Document]

Carismas Sobrenaturales

Había ya cumplido siete años nuestro José, y en esta tierna edad, mostraba un gran criterio, más que un hombre de edad madura, sus palabras claves y sus obras todas perfectas de tal modo que su padre, teniendo que tomar consejo acerca de las cosas importantes y de relieve, no encontraba mejor consejero que a su propio hijo, y todo le salía muy bien con el consejo que el hijo le daba, porque estaba muy iluminado por Dios, y nunca se equivocaba en su opinión, porque todo lo trataba con Dios a través de la oración.

 

MISIÓN SIN FRONTERAS...................... MISSION WITHOUT BORDERS ...

Sus padres no hacían nada, sin antes haber dado el parecer de su hijo, sabiendo por experiencia que lo que él decía salía a la perfección; pero nuestro José se portaba en todo esto con tanta humildad y sumisión, que sus mismos padres quedaban sorprendidos. Él les decía su opinión y luego añadía: –lo que yo os digo es lo que yo pienso, que es junto y que hay que hacer; vosotros luego consideradlo bien todo y haced lo que creéis mejor y de más agrado para nuestro Dios-.

 Luego continuando con la oración oraba a Dios para que diera luz a sus padres, de modo que hubiesen realizado todo lo que era de su mayor agrado, no fiándose nunca de sí mismo y juzgándose una criatura despreciable y miserable. Mucho se humillaba delante de su Dios, y cuando sus padres buscaban su opinión y algún consejo, sentía una gran perturbación, y solo hablaba para obedecerlos y para que Dios quedara glorificado en todas las cosas. Y Dios no dejaba de anticiparlo cada vez más con sus Gracias y de iluminarlo claramente, ya sea en la oración como también a través del Ángel que le hablaba en el sueño, aunque éste, en la medida que él iba creciendo, le hablaba muy rara vez, porque, además de las luces que Dios le comunicaba con más plenitud, venía también instruido con la lectura de la Sagrada Escritura.

Ángel de la guarda - Enciclopedia Católica

 Una noche sin embargo, mientras nuestro José dormía, se le apareció el Ángel en el sueño y le dijo, cómo Dios había aceptado de muy buen agrado su propósito de conservarse virgen por todo el tiempo de su vida, y que le prometía su favor y su ayuda particular; y, mostrándole un cinturón de incomparable valor y belleza, le dijo: -este cinturón te lo manda nuestro Dios en señal de la complacencia que ha tenido con respecto de tu propósito, y de la Gracia que te hace para poder conservar siempre inmaculado el candor de tu pureza, ordenándome que yo te lo ciñe Y acercándosele le ciñó el cinturón en sus caderas, ordenándole que agradeciera a Dios por el favor y la Gracia que le compartía.

Al despertarse nuestro José se levantó enseguida, y de rodillas adoró a su Dios y le agradeció con afectuosos agradecimientos por el beneficio que le había hecho y por el don que le había enviado, por medio del cual, nunca nuestro José tuvo cosa alguna que le molestara con respecto a este particular; y aunque el demonio le asaltara con varias tentaciones, como se dirá en su lugar, sobre esto, sin embargo, nunca pudo molestarlo de ninguna manera, no permitiendo Dios que el enemigo lo asaltara con tentaciones contra la pureza y conservando en él una pureza admirable de modo que fue muy digno de tratar y de tener en custodia a la reina de las Vírgenes.

 

El ángel guardián 1656 Pintura Italiana De Pietro da Cortona Repro ...

Otra vez le habló el Ángel en el sueño y le dijo que Dios había destinado hacerle un don muy grande y sublime, sin saber, sin embargo, en qué consistía, sino que mientras tanto le manifestaba la Gracia que le quería hacer, de modo que él se ocupara en suplicarle y hacerse digno con la práctica de las virtudes y con las súplicas, porque su Dios gozaba mucho en ser suplicado, y que a las Gracias y favores grandes quiere que precedan grandes oraciones y rezos. Después de haber oído esto, nuestro José no tenía curiosidad para ir investigando cuál era este favor y Gracia sublime, sino que se puso con todo su espíritu a suplicar a su Dios, y de ahí en adelante, le suplicaba por dos gracias con gran premura: la una era de que se acelerara la venida del Mesías, y la otra que le hiciera la Gracia que le había hecho prometer a través del Ángel.

 Muchas otras Gracias pedía a Dios, pero estas dos le interesaban mucho más. Esta Gracia y don sublime consistía en darle por esposa a la Madre del Verbo Divino, esto no lo supo hasta cuando le fue revelado, aunque ni siquiera entonces le fue manifestada la maternidad divina.

Mientras nuestro José seguía pidiendo las mencionadas Gracias, experimentaba un gran consuelo en pedirlas. Otra vez, entre tantas, fue arrebatado en un éxtasis sublime en el cual le fueron manifestadas las virtudes que el Mesías habría practicado, cuando habría venido al mundo para estar entre los hombres, entre las cuales la humildad y la mansedumbre se habrían destacado de una forma maravillosa, como también todas las otras; y José se apasionó mucho y puso gran afecto en estas virtudes que deseaba practicarlas y llegar a poseerlas, y por lo tanto no dejó de poner todo su empeño y diligencia por adquirirlas.

Y era admirable el progreso que hacía en estas virtudes, y exhortaba también a los de la casa diciéndoles que practicaran esas virtudes, porque mucho agrado causaba a su Dios. Luego nuestro José iba al Templo de Jerusalén en la solemnidad de la Pascua con sus padres, y cuando llegaba ese tiempo, se hacía ver siempre más alegre que de costumbre, demostrando tener en ello un gran consuelo.

 Se preparaba sin embargo a esta solemnidad con ayuno y oración, instruido así por su Ángel. Cuando había llegado al tiempo, se ponía allí de rodillas a orar, quedando inmóvil horas enteras con admiración de quien lo observaba, sobre todo por ser de tan tierna edad. Aquí recibía grandes luces de Dios, y contemplando el gozo de la Jerusalén celestial, oraba a su Dios para que enviara pronto al Mesías prometido, de modo que a través de la Redención las almas pudieran ir a gozar esa eterna bienaventuranza; y Dios se complacía mucho en sus peticiones.

 

El NIÑO JESÚS EN EL TEMPLO – Lucas 2:39-52 | Caminando con Yeshua ...

Llevaba su padre abundantes limosnas al Templo, que ponía en manos del hijito, de modo que él las ofreciera; y esto lo hacía porque conocía la gran disposición que tenía el hijo en hacer la limosna, y nuestro José la hacía con gran corazón y alegría, de modo que no hubo nunca quien haya gozado tanto en recibir cuanto gozaba José en dar, y lo hacía con una intención muy recta entregándose de nuevo a sí mismo totalmente a Dios.

Luego tenía un gran deseo de quedarse en Jerusalén para poder tener la comodidad de ir a menudo al Templo; y sus padres, para complacerlo, se quedaban más que de costumbre, y en ese tiempo nuestro José no se alejaba nunca del Templo a no ser para tomar el alimento necesario y el descanso de la noche; todo lo demás del tiempo lo empleaba en el Templo para orar y suplicar a su Dios para que le concediera lo que el tanto deseaba.

Hizo luego una promesa a Dios, que si él quedaba privado de sus padres querría ir a hacer su vivienda en Jerusalén para tener la facilidad de frecuentar el Templo, hacia el cual sentía un afecto particular. Dios aceptó la promesa, y no faltó con el tiempo, de darle la facilidad para que pudiera hacerlo.

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Durante el tiempo que se quedaron sus padres en Jerusalén, nunca fue visto nuestro José ir por la ciudad mirando y curioseando, como suele darse en esa edad, ni nunca se juntó con nadie. Reverenciaba a los ministros del Templo mostrándose totalmente respetuoso, por lo cual era amado por todos, teniéndole cada uno una gran estima, tanto por las generosas limosnas que allí hacía como también por el buen carácter que se veía en él; pero nuestro José nunca presto atención a eso, solamente estaba preocupado en amar a su Dios y procurar agradar a Él, sólo y darle gusto únicamente a Él.

 Un día, mientras oraba en el Templo con más fervor que de costumbre, oyó las voces internas de su Dios que le aseguró cómo sus oraciones le agradaban mucho y que le habría concedido todo lo que él le pedía; y le aseguró el gran amor que le tenía invitándolo a una amorosa correspondencia. Fue tan grande la alegría que sintió José al oír estas voces, que cayó en éxtasis, estando inmóvil horas enteras gozando de la incomparable dulzura y suavidad del Espíritu de su Dios: del que quedó muy inflamado y encendido de amor; no quería oír hablar de otra cosa que de Dios y de las divinas perfecciones, y deseaba con gran ardor encontrar una compañía y amigo fiel con el cual pudiera hablar acerca de las divinas grandezas y perfecciones: pero conociendo que dicho amigo no había, oraba a su Dios para que se lo enviara.

Un día mientras estaba haciendo esta súplica oyó de nuevo la voz interior de su Dios que le dijo como lo habría consolado mucho más de lo que él hubiese deseado. Y esto fue verdad, porque, aunque entonces no se lo manifestara, le hizo la Gracia de tratar con el Verbo encarnado y con su purísima Madre; Gracia mucho más grande de lo que él deseaba y pedía.

Completamente consolado nuestro José por la promesa, esperaba el cumplimiento con gran deseo y no dejaba de pedirla a su Dios con gran insistencia; y puesto que conocía que Dios en todo lo favorecía y se le mostraba propicio, tenía para Dios una gran gratitud, agradeciéndole continuamente por los beneficios, y ofreciéndose totalmente a Él sin reserva alguna. Al regresar a Nazareth su ciudad, parecía que no sabía hablar de otra cosa que de la magnificencia del Templo y de la suerte de aquellos que allí se encuentran, y se elevaba más en su discurso hablando de la Jerusalén celestial, y decía: -“Si tanto gozo se experimenta al estar en el Templo de Jerusalén, que gusto y consuelo se sentirá al ir a vivir en la propia casa donde esta nuestro Dios, y qué grande será la magnificencia de ese lugar?, iAh!, oremos a nuestro Dios para que nos envíe pronto al Mesías prometido, de modo que por medio de Él seamos hechos dignos de ir a ese lugar también nosotros después de la muerte”-.

 

MARÍA ANTE LA MANIFESTACIÓN DE JESÚS, ADOLESCENTE , EN EL TEMPLO ...

Esto decía a sus padres con tanto espíritu y ardor, que quedaban ellos también con gran deseo de ello, y se encendían sus corazones en el deseo de la venida del Mesías y dirigían ellos también cálidas suplicas a Dios por ello. Estos discursos los hacía, nuestro José, no solamente con sus padres y con los de la casa, sino también con todos aquellos que iban allí, grabando en el corazón de todos un vivo deseo por la venida del Mesías, y les decía: -“Orad a menudo a nuestro Dios para que se digne acortar el tiempo de sus promesas. ¡Oh!, dichosos de nosotros si podemos obtener esta Gracia, ¡y la dicha de ver al Mesías entre nosotros!, ¡Oh, que suerte sería la nuestra!, jOh, ¡cuánto quisiera gastarme totalmente para servirlo y honrarlo!”-.

A veces la madre se tomaba el gusto en decirle: “Qué haríais, hijo mío, ¿si pudierais tener la hermosa suerte de ver con vuestros ojos al Mesías?” -. Y entonces él, levantando las manos al cielo, exclamaba: – ¡”Pues haría!, me entregaría totalmente a Él, ofreciéndome dispuesto a servirlo siempre, y no lo dejaría jamás”-. Y la madre seguía diciendo: -“Y no sabéis vos que el servir exige mucha fatiga?”-, y él entonces decía: -“No solamente haría de buena gana todas las fatigas para servirlo, sino que me llamaría feliz, si tuviera que costarme la vida misma”-. Y la madre le decía: -“Quién sabe luego si le agradaría vuestra servidumbre, y si os admitiría a su servicio?”-, y él respondía: -“Es verdad que de esto no sería digno, pero le rogaría tanto hasta que, movido por la compasión aceptaría mis servicios; puesto que siendo infinitamente bueno nuestro Dios así será también infinitamente bueno nuestro Mesías; y puesto que nuestro Dios acepta con agrado nuestras suplicas y oraciones, así también al Mesías le agradará mis servicios”-.

Al final la madre lo consolaba con esta respuesta: –“Ea! pues, hijo mío, seguid suplicando a nuestro Dios de modo que se digne enviarlo pronto, porque espero que le agradarán vuestros deseos y atenderá vuestras súplicas y quedaréis consolado en vuestros deseos”-. Y entonces levantando las manos al cielo exclamaba: -“iOh, ojalá sea esto agradable a mi Dios para que esto tuviera lugar!, ¡quién más afortunado y contento que yo!

Espera… Las Primeras persecuciones del Maligno

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