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Las Siete Moradas en el Corazón de Jesús. “La voz del Amado al alma”

“Venid a Mí todos los que andáis trabajados y agobiados, y Yo os consolaré, alentaré. Aprended de Mí todos, porque soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. El que tenga sed, venga a Mí, y le daré agua viva para que no tenga más sed”.

Jesús

San Enrique de Ossó y Cervelló

Roma, de abril a agosto de 1894, escribe un libro de devoción que pronto salió a la imprenta: Siete Moradas en el Corazón de Jesús. 

Fundador de las Hermanas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús canonización: 16 de junio de 1993 por el Papa Juan Pablo II.

MORADA PRIMERA: Práctica del amor

Aprende en la escuela de mi Corazón, alma cristiana, a amar.

Siervas Reparadoras del Sagrado Corazón de Jesús - Wikipedia, la ...

Sin amarme nadie puede entrar y hacer mansión en mi Corazón. Yo soy amor, así como soy camino, verdad y vida de las almas. Y todos los demás amores dependen de mi divino amor, del mismo modo que todas las demás verdades dependen de mi divina verdad, y todas las demás grandezas de mi divina grandeza.


En amor perpetuo te amé, hija mía, por eso te atraje a mí, compadecido de ti. Fuego he venido a meter en la tierra de todos los corazones, ¿y qué quiero Yo sino que ardan? Mira, alma cristiana, este corazón alanceado, que tanto te ha amado, y tan mal le has correspondido.


Dame, hija mía, tu corazón. ¿No quieres ser feliz? Pues yo he hecho tu corazón para que me ame, y no puede ser feliz sino amándome, reposando, morando por amor en mi corazón. ¿Me amas, hija mía? ¿Me amas más que los demás? Si no me amas, si no ardes en las llamas de mi amor, habrás de arder en las llamas del infierno para siempre, siempre, siempre. Andas divagando y buscando una caricia, una palabra, una muestra de amor de las criaturas, casi siempre falsas, vanas y engañosas, ¿y no me amarás a mí, que soy la fuente de todas las ternuras y finezas del más puro y divino amor? No hallarás un corazón que te ame tanto como el mío, ni que lo haya probado mejor. Mi encarnación, nacimiento, vida, pasión y muerte, la Eucaristía, la Iglesia, todas son obras que te demuestran mi infinito amor.

Tam Pater nemo, tam amans nemo, tam amabilis nemo. Nadie tan Padre, tan amante y tan amable como Yo, pues soy tu Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María Inmaculada. Dame, hija mía, tu corazón, porque es mío por haberlo criado, es mío por haberlo conservado, es mío por haberlo redimido y comprado con mi propia sangre. Este amor de mi corazón, hija mía, es como una fuente inmensa que no cesa de manar y derramar amor sobre todos los corazones, o como un gran fuego que consume todo lo que se le acerca y lo convierte en fuego. Todas las criaturas son una limosnita de mi amor a tu indigencia.

Nunca debes cesar de amarme, ni contentarte, ni decir basta, porque cuanto más crezcas en mi amor, cuanto más penetres en lo más secreto de mi corazón divino, más motivos hallarás que te despertarán a amarme.- El amor, hija mía, repáralo y pondéralo bien, el amor es como una saeta que, vibrada de la voluntad, hiere fuertemente mi Corazón y retorna de mi Corazón al tuyo con grandísimo aprovechamiento. Los actos de amor son estas saetas disparadas, y el alma absorta, embebida en esas heridas, se siente toda desfallecer engolfada en el océano del amor, y se siente morir por vivir una vida toda divina.

Me preguntarás tal vez, cómo se aprende a amarme.

Yo te digo que amándome con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, porque este es el primero y principal mandamiento. Ámame, y haz lo que quieras. Ámame, y ya has cumplido toda mi ley. Me mostrarás tu verdadero amor, si te ofreces a obrar y padecer por Mí, y en las ocasiones lo cumples. – En el amor no se puede vivir sin dolor.- Y, mi Padre y yo a quien más amamos, más trabajos damos. Prepárate, si me amas, para la cruz. Yo soy celoso de tu amor: no consiento rival en cuestión de amor. O me amas sobre todas las cosas, o nada me amas. Los corazones divididos todos son del diablo.

O rey de tu amor, o nada. Mis queridísimas hijas de mi Corazón, mi padre san José y mi predilecta esposa Teresa te confirmarán con sus palabras y ejemplos en la práctica de estas verdades y virtudes del amor.

MORADA SEGUNDA: Práctica de la humildad

Aprende de Mí, alma cristiana, porque soy humilde de corazón, y hallarás paz para tu alma.

Consagración de las Servidoras al Sagrado Corazón de Jesús ...

– La humildad es la verdad. Verdad en los pensamientos: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te vanaglorias, como si no lo hubieses recibido?

Verdad en los sentimientos: ¿Te estimas por lo más ruin del mundo? ¿Presumes algo de ti? Yo soy la vid y tú el sarmiento, alma cristiana, y así como el sarmiento separado de la vid no puede dar fruto, así tú sin Mí nada puedes hacer; ni siquiera tener un buen pensamiento.- Verdad en las palabras: ¿Exageras? ¿mientes? ¿Te alabas? Quien se loa, se enloda.- Verdad en las obras: Esta es la verdadera humildad, hija mía, conocer el alma lo que puede y lo que Yo puedo.

Sin Mí nada puedes hacer; conmigo todo lo puedes hacer. Esta es la verdad de la humildad y la
humildad de la verdad.- La verdadera humildad está mucho en estar muy pronta en contentarte con lo que Yo quisiere hacer en ti, y siempre hallarte indigna de llamarte sierva mía.- El alma humilde tiene pena de verse loar.- El alma humilde se huelga de los desprecios, y le son como una música muy suave.- ¡Oh hija mía! graba bien en tu corazón estas verdades y serás humilde, si conformas a ellas tu vida.

Yo soy tan amigo de la virtud de la humildad, porque soy suma Verdad, y la humildad es andar en verdad. Y es muy gran verdad no tener cosa buena de ti, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira, y quien más lo entiende, agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. Ruega a mi Padre, y a mi Corazón, te haga esta merced de no salir jamás de este propio conocimiento de tu miseria y de tu nada.- El que se exalta será humillado, y el que se humilla será ensalzado.- Por esto yo resisto a los soberbios, y a los humildes doy mi gracia. Aprende pues de mí a ser humilde de corazón. Aprende mi humildad en la encarnación apareciendo niño, ¡y era Dios!


Aprende mi humildad en mi nacimiento en una cueva. Aprende mi humildad en mi circuncisión, en mi huída a Egipto, en mi vida oculta, pues era tenido por un oficial, hijo de un pobre carpintero. Aprende mi humildad en mi vida pública, rodeado siempre de pobres, de niños, de pueblo, de pecadores y discípulos rudos y pobres pescadores, buscando solamente la gloria del Padre. Aprende mi humildad al lavar los pies de mis Apóstoles y del traidor Judas. Aprende mi humildad ante los jueces, en el Calvario, en la Cruz, en la muerte, hasta en mi sepultura, y, sobre toda ponderación, aprende la humildad en la Eucaristía. Sí, me aniquilé tomando la forma de esclavo, fui saturado de oprobios por tu amor, para poder decirte con verdad y con eficacia: Aprende de mí, porque soy humilde de corazón, y hallará paz tu alma.


¡Oh hombre! ¿Oh alma cristiana! Si no cura tu soberbia la humildad del Hijo de Dios,
debe desesperarse de tu remedio y de tu salvación. Mis amados hijos de mi corazón, san Juan Evangelista y santa Gertrudis te confirmarán, con sus palabras y ejemplos en la práctica de estas verdades y virtud de la humildad.

MORADA TERCERA: Práctica de la mansedumbre

De todas las virtudes es modelo perfecto mi Corazón, alma cristiana, pero lo es en especial de la mansedumbre.

paty gonzalez (pattsygb) en Pinterest

Yo solo puedo decir con toda verdad: Aprended de Mí, porque soy manso de Corazón, y hallaréis paz para vuestra alma. -Esta bella virtud es como característica de mi Corazón, asiento amable de la paz del cielo, y mansión exenta de la agitación y desorden de las pasiones. -Y esta debe ser también la nota característica de todos los devotos de mi Corazón.

“En esto conocerá el mundo que sois mis discípulos, si os amáis y os sufrís unos a otros”. Yo soy príncipe de la paz, rey pacífico, manso de corazón. No basta, hija mía, que seas humilde de corazón en ti; es menester así mismo que seas mansa con tu prójimo, porque jamás serás de verdad humilde, si no eres benigna y cortés con tu prójimo. La mansedumbre enfrena la cólera y quita del corazón todo deseo de venganza por la injuria recibida.


El asiento de la mansedumbre es el corazón, hija mía. No amas de corazón a tu prójimo y eres áspera con él, desabrida, intratable e inclinada a la ira y al desprecio, porque te amas con exceso a ti misma.


Trastornas los papeles: eres muy mansa contigo, y con todos rigurosa, juzgando y fiscalizando las palabras y obras, y hasta las intenciones de tu prójimo. –No obró jamás de este modo mi mansísimo corazón, porque tenía una ternura infinita para con los hombres. –Yo conocía en mi infinita sabiduría todo lo que había de miseria y de perversidad en el corazón humano y en tu corazón, hija mía, pero mi corazón los excusaba y compadecía. Miraba más a tu debilidad que a tu malicia, a tu ignorancia que a tu obstinación, y por eso no te he tratado según tú merecías, sino según exigía mi corazón.

Oye las palabras de mi mansísimo corazón, y aprende tú de todas veras a ser mansa de corazón: “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. Perdonad y seréis perdonados. Haced bien a vuestros perseguidores, y os reconocerán por hijos míos”. Medita mis obras. Recibo una bofetada delante del juez, y respondí manso al que me hirió: “Si he hablado irreverentemente, muéstralo: y si bien, ¿por qué me hieres?” Los apóstoles me abandonan, y yo luego de resucitado les aparezco ofreciéndoles el perdón y la paz. Jamás eché en cara ni reprendí las faltas pasadas a quien vino a mí arrepentido.

Mis enemigos, luego de crucificarme, me blasfeman e injurian al pie de la Cruz, y yo ruego al Padre que los perdone, excusándolos, porque no saben lo que se hacen. Tomás se obstina en no creer mi resurrección, si no mete sus dedos y manos en mis llagas, y yo le invito a poner la mano en la herida de mi costado, toca mi corazón, y este toque blando y amoroso cura su infidelidad, y le perdono.

Mi corazón, hija mía, ¿no lo ves? Es todo mansedumbre, afabilidad, dulzura con mis hermanos. ¿Es así el tuyo? ¡Ay dolor! Cambia de vida, hija mía, porque solamente con la práctica de la mansedumbre, poseerás tu corazón, serás feliz en ese valle de lágrimas y te atesorarás una corona de inmensa gloria para el cielo. Amén.

MORADA CUARTA: Práctica de la pureza de intención

Aprende de mí, alma cristiana, a obrar en todas las cosas con rectitud de intención.

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– Este es el secreto misterioso que cambia en oro purísimo de caridad las más bajas, pequeñas y ordinarias acciones, cuando son hechas por puro amor mío, o por agradarme. Entonces son actos virtuosos que multiplican la gracia habitual y te hacen grato a mi Corazón divino, y a esta gracia corresponderá la gloria en el Cielo. -Esta rectitud de intención no es otra que la dirección del pensamiento actual o habitualmente, para que todo lo que se piensa, se dice, o se hace me contente a mí y me agrade.

Esto hace que el alma no busque sino a Mí en todas las cosas, no lo que le es útil o agradable a ella. Este modo de obrar es una oración activa continua, la más grata a mi Corazón, porque es obrar por puro amor de Dios. -Todos los santos, hija mía, se han hecho santos por esta rectitud de intención, y yo, el Santo de los santos, se lo enseñé y lo practiqué mejor que todos. “No busco mi gloria, decía, sino la de mi Padre que me ha enviado. Si a mí mismo me glorificase mi gloria nada es. -Yo te he glorificado y glorifico siempre, oh Padre mío”, exclamaba.

Por eso estaba satisfecho mi corazón, lo mismo en el seno de mi madre, que fugitivo en Egipto, que escondido en Nazaret, que haciendo milagros y convirtiendo a los pecadores o redimiendo el mundo con mi sangre, porque en todas las cosas no buscaba sino agradar a mi Padre. Las turbas me alababan y exclamaban: todo lo ha hecho bien; jamás hombre alguno ha hablado como Jesús, más mi corazón no se conmueve.

Los escribas y fariseos me contradicen y calumnian, y yo no hago caso. Me amenazan, y no pierdo la paz. Me quieren hacer rey, y me escondo. Me quieren prender, y me ofrezco a mis perseguidores. Mi corazón, que enderezó siempre todos sus deseos, palabras y obras a contentar a mi Padre, siempre pudo exclamar: Yo
hago siempre lo que es del agrado de mi Padre celestial.

Oh alma cristiana, si de una vez para siempre entendieses bien esta verdad, la más necesaria para ordenar toda tu vida y operaciones, esto es, que sólo es estimable lo que a mi corazón agrada, y que las cosas más pequeñas, si son de mi agrado, son las perlas más preciosas para el cielo; y que las obras más fatigosas, más ruidosas y más grandes son nada, no tienen ningún valor, si a mi corazón, no agradan.

Aprende, hija mía, de mi corazón a no tener otro deseo en todas las cosas que glorificar a mi Padre, agradar a mi corazón, y serás feliz acá, y tendrás grandísima gloria en el cielo. Sea tu divisa en todas tus obras: Todo por Jesús y a su mayor honra y gloria.

MORADA QUINTA: Práctica de la conformidad con la voluntad de Dios

No hay cosa que te sea más necesaria, alma cristiana, para vivir en paz en este destierro y para merecer grande gloria en el Cielo que el conformarte en todo con la voluntad de Dios.

EJERCICIO PIADOSO EN HONOR DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS (con ...

-El fundamento de esta verdad, la más práctica y consoladora de la vida cristiana, es el dogma de la Providencia. -Esta verdad te enseña a confiar plenamente en mí, que soy tu Dios y tu Padre, que todo lo ordeno y dispongo para tu bien. ¿No ves, hija mía, a las avecillas del cielo? Ni siembran ni recogen, y no obstante no las deja morir de hambre mi Providencia.

¿No ves los lirios del campo cuán hermosos son, pues ni el más rico de los reyes con toda su magnificencia pudo a ellos compararse? Pues crecen y se adornan sin que la mano del hombre para nada los cuide. –Ahora bien, alma cristiana, si a una flor que vive un día, tan solícitamente la viste mi Providencia, ¿qué no hará contigo, alma de poca fe, que vales más que mil mundos y más preciosa eres a mis ojos que todo lo criado, pues te compré con mi sangre inmaculada, divina? Hasta los cabellos de tu cabeza tengo yo todos contados, y ni uno solo caerá en el suelo sin mi permisión.

¿Por qué temes, pues, y te inquietas y andas turbada y ansiosa y acongojada con los afanes de la vida, hija mía, sabiendo por la fe que nada puede acontecerte sin que yo lo quiera o permita? ¿Por ventura no soy tu Padre, que te ama y se interesa más que tú misma en tu felicidad temporal y eterna? ¿Qué temes, pues, alma de poca fe? Deja, deja esos temores y angustias por tu suerte, por tu porvenir, y arroja todos tus cuidados en brazos de mi Providencia, pues sabes que soy tu Padre y te amo y porque con ello me disgustas, me ofendes.


¿Por ventura no sé, o no quiero, o no puedo darte siempre lo que más te conviene para tu bien temporal y eterno? Dime, alma de poca fe, si tú supieses ciertamente que nada te puede acontecer sin el consentimiento de una persona que te ama de veras, porque te ha dado siempre pruebas las más evidentes de su amor, ¿no es verdad que vivirías muy tranquila y aunque alguna vez tuvieses algún trabajo, no te desalentarías, porque sabrías bien que aquella persona puede y quiere y sabe lo que más te conviene y que este trabajo será para evitarte un mal mayor? ¿Pues no soy yo tu Padre, que te amo infinitamente más que todos te pueden amar? ¿No soy yo infinitamente sabio y poderoso que te puedo salvar?

¡Oh hija mía! ¡Cuánto me disgustas y ofendes con esos falsos temores y desconfianzas en mi Providencia paternal, pues me juzgas peor que una criatura, pues no tienes en mí la confianza que en ella! Mira a mi Corazón, hija mía, y verás que el primer acto de su vida y el último y toda su vida no fue más que un acto de conformidad con la voluntad de mi Padre celestial: “Dios mío, quiero lo que Tú quieres; lo quiero como Tú lo quieres; lo quiero porque Tú lo quieres”.

Esta fue mi comida, hija mía, mi vida, mi ser. En el seno de mi madre, en mi nacimiento, en mi huída a Egipto, en Nazaret, en el Tabor, en el Getsemaní, en el Calvario, este fue mi único deseo. “Padre mío, hágase tu voluntad y no la mía”. No creas por eso, hija mía, que te esté prohibido pedirme el verte libre de alguna tribulación o trabajo; no, hija mía, tan solo te está prohibido el turbarte, el desconfiar de mi Providencia, y sobreponerte a mi voluntad. Di siempre en estos casos: Padre mío, si es posible que pase de mí este trabajo, más no se haga lo que yo quiero, sino lo que vos queréis. Fiat volantas tua. Mis amados hijos de mi Corazón san Bernardo y santa Matilde, te confirmarán con su ejemplo y su doctrina en estas verdades y virtudes.

MORADA SEXTA: Práctica del sacrificio

Yo soy Jesús, que tengo corazón de rey, y soy rey de los corazones.

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS". (con imágenes) | Sagrado corazon de ...

-Tengo corazón de Rey, porque ungido con la divinidad vine al mundo a ser rey, fui constituido por mi Padre rey de los cielos y tierra y es el único título que quise tener sobre mi cruz al morir sumergido en un mar de dolores, de afrentas, de ignominias, porque desde la cruz debía reinar.

Tengo, pues, corazón de rey, esto es, magnánimo, noble, real, animoso, generoso, es decir, dotado de todas las más bellas cualidades que puedan adornar a ningún corazón humano, porque el mío es corazón de Hombre-Dios. Por esto, mi corazón, hija mía, es rey de los corazones, esto es, el mejor, más santo, más perfecto, escogido por Dios para reinar en todos ellos. Y por esto, hija mía, todas las buenas cualidades que descubras en otros corazones, no son más que un débil rayo comparado con el sol, y una pequeña gota comparada con el océano.

Sí, pues, tanto te arrastran esas pequeñas bondades de un corazón bien nacido, ¿cuánto debe arrebatar tu veneración y amor el que es la fuente y plenitud de todos estos dones, esto es, mi
corazón de rey y rey de los corazones? Por esta razón, hija mía, soy maestro del sacrificio, rey de todos los sacrificios, que es el acto más noble, más generoso del corazón. El corazón es el lugar del sacrificio, es el altar, es el sacerdote y es la víctima.


Quien no sabe sacrificarse, no sabe amar: el amor vive del sacrificio. Yo soy víctima, que no viví para mí, sino para mi Padre; soy cordero de Dios sacrificado desde el principio. Sí, hija mía, si recorres todos los pasos de mi vida, desde el primer instante de mi vida en el seno de mi madre María, hasta el último suspiro de mi vida en la cruz, no leerás ni descubrirás en todos estos actos más que esta palabra: sacrificio. Y como si no bastase a mi corazón este sacrificio de toda mi vida, quise instituir el sacramento de mi amor, el adorable sacrificio de la misa, para ser sacrificado miles de veces todos los días hasta la consumación de los siglos. -Aprende bien de mi corazón esta lección importante, alma devota, porque si no sabes sacrificarte como yo, jamás entrarás co holgura, ni harás mansión deleitable en mi corazón alanceado.

Yo viví de sacrificio, y morí sacrificado, y la vida cristiana es vida de sacrificio. -¿No oíste mis encomiendas? Si quieres venir en pos de mí, niégate a ti misma, toma tu cruz cada día, y ven, y sígueme. El que no renuncia a todas las cosas que posee, no puede ser mi discípulo. -Todo cristiano es rey y sacerdote para ofrecer a Dios hostias espirituales: la vida del alma es una vida de abnegación, de muerte a sí misma y a sus gustos, a su voluntad, a su propio juicio, a sus sentidos: es la destrucción de la víctima del corazón, mediante la inmolación de todo deleite, es la oblación perfecta hecha a Dios, solo por honrar su supremo dominio con un acto generoso del alma, bajo el imperio del divino amor, ¡Oh hija mía! Comprende bien que todo lo que yo exijo y puedo exigir de ti es que me hagas el sacrificio de tu corazón, de tu voluntad, de tu libertad, para unirte a mi corazón de víctima, y de pontífice, y de rey de los corazones en la consumación del amor.

No puedes ser, no solo discípula de mi corazón, sino ni siquiera cristiana, sin sacrificio. No puede ser más el discípulo que el maestro, ni el siervo más que su señor.

MORADA SÉPTIMA: Práctica de la obediencia

La obediencia: he ahí la reina de todas las virtudes, la que debes procurar con más empeño, alma cristiana, si quieres ser en verdad verdadera discípula de mi corazón y salvar con toda seguridad tu alma eternamente.

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Todas las virtudes puede remedar Satanás, transformándose en ángel de luz menos la virtud de la obediencia, porque cabalmente es demonio, porque no obedeció, y si pudiese obedecer, dejaría de ser demonio.

Por esto, hija mía, no hallarás ningún obediente en el infierno, ningún desobediente en el Cielo. Por lo mismo, hija mía, la primera palabra que dije y la primera obra que hice al entrar en el mundo, fueron de obediencia: “Padre mío, quiero hacer tu voluntad”; y mis últimas palabras y obras fueron de obediencia: Consumatum est. He cumplido, Padre mío, todo lo que me habéis mandado; he hecho siempre lo que habéis querido: “He sido obediente hasta la muerte y muerte de cruz”.

Todos los otros instantes de mi vida, hija mía, entre el primero y el último, los empleé en obedecer, de modo que con toda verdad pude afirmar: “Yo hago siempre lo que agrada a mi Padre; en todo instante obedezco a mi Padre”. He aquí, pues, hija mía, toda mi vida reducida a estas dos palabras: Obedecí a mi Padre. -Y he aquí compendiada también toda la vida perfecta de un alma cristiana: Obedecer a Dios cumpliendo sus preceptos y nuestras obligaciones.

¿Puedes tú decir con verdad que en todo instante obedeces a Dios? Mas no solo, hija mía, obedecí a Dios, mi Padre celestial, sino también a los que le representaban en el mundo. Treinta años pasé en esta escuela de la obediencia, hija mía, para enseñarte su necesidad, su excelencia. Yo no prediqué a las turbas, ni hice milagros, ni anuncié mi venida, ni escogí discípulos, ni me di a conocer por Hijo de Dios en estos treinta años; solo obedecí a María y a José.


Treinta años te enseñé siempre esta óptima virtud, solo tres los empleé en el apostolado. Pondera en qué cosas obedecí. En los primeros años, en todos los oficios más humildes en que pueda ocuparse el hijo de una madre pobre; en mi juventud, en el oficio de pobre carpintero o artesano, porque esto era mi padre san José.

Más oigo que asombrada me preguntas: ¿Pues no viniste para salvar el mundo? ¿Os habíais olvidado de vuestra misión? ¿Dónde estuvo vuestro celo por la gloria del Padre, por la salvación de las almas? ¿Qué hacéis aquí en un rincón de Judea trabajando de carpintero, mientras dejáis que caigan a miles las almas en el infierno? ¿Qué hace vuestro corazón, qué dice, qué siente? -Hago la voluntad de mi padre celestial, hija mía, obedezco, y con esto hago todo lo más excelente y divino: con este sacrificio de mi obediencia ofrezco al Padre y le doy una gloria igual a la que le daré en mi apostolado y en la cruz.

Graba bien esta lección en tu corazón, hija mía, esta última y principal lección: más vale la obediencia que todas las víctimas, porque es la víctima mejor, la más noble, más preciosa, la más amada de mi corazón, porque es la víctima del entendimiento y del corazón. No lo olvides. El mundo, el demonio y tus pasiones te
quieren tiranizar con su yugo para hacer de tu corazón un infierno.

Yo quiero reinar en él por la obediencia filial, amorosa, para hacer de él un paraíso acá en el suelo y después en el cielo. Obedece, y serás feliz y santa pronto, muy pronto, porque el atajo más seguro y más breve para hacerte santa, es la obediencia.

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