Milagro eucarístico de ludbreg/CROACIA 1411

Las dudas del sacerdote celebrante

Catequesis Eucarística

Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes

Una profecía de Joel: entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes (Jl 2, 17). ¡Qué oportunas son estas palabras cuando celebramos la Eucaristía sin presencia de fieles! Queridos hermanos sacerdotes:

algunos de vosotros habéis comentado que resulta muy duro celebrar la Eucaristía a solas, con las puertas de vuestras iglesias cerradas. ¡No sintáis vergüenza al regar con vuestras lágrimas el altar! ¡Llorad, sí, llorad por vuestros fieles, llorad con ellos, y presentad vuestras lágrimas al Señor! «No puedes ser padre si no lloras  —decía san Juan Crisóstomo—. Yo quiero ser padre misericordioso».

Vivid este tiempo, hermanos sacerdotes, como oportunidad preciosa para volver sobre el centro de la vocación a la que un día el Buen Pastor os llamó. San Gregorio Magno señalaba bien ese centro cuando resumía la singularidad de la vida sacerdotal en estas hermosas palabras:

«(el sacerdote) por dentro medita los secretos escondidos de Dios; por fuera lleva la pesada carga de sus hermanos»

 Los templos no se han cerrado para dar vacaciones al clero o para protegerlo del contagio. Nuestros sacerdotes, algunos de forma heroica, están reforzando los equipos de capellanes de los hospitales, están celebrando las exequias de nuestros difuntos, están visitando a los enfermos más graves para llevarles el auxilio de la Confesión y de la Comunión, y están ofreciendo, con gran creatividad, propuestas de oración y formación a través de las redes sociales y medios de comunicación. Los sacerdotes que están hospitalizados nos están regalando el testimonio admirable de vivir la postración de la enfermedad como ofrenda por el bien espiritual de sus fieles. ¡Están haciendo de sus camas hospitalarias verdaderos altares donde se unen a Cristo, Sacerdote y Víctima!

Oremos, ahora más que nunca, por nuestros sacerdotes, pongámoslos bajo la protección de San José, custodio del Redentor, para que no desfallezcan en estos momentos, y sean, siempre y en todo, sacerdotes de Cristo.

Revista Eclesia Marzo 2020 4025

Sobre Ludbreg

Ludbreg es una pequeña ciudad de Croacia, en el condado de Varaždin. La ciudad tiene una población de alrededor de 8.500 habitantes, pero la cantidad de visitantes supera dramáticamente el número de ciudadanos.

Esto se debe al título no oficial de la ciudad – el centro del mundo. Ludbreg también cuenta con una larga y continua historia de existencia, ya que este lugar ha sido mencionado tanto en los escritos históricos locales como en las fuentes romanas. Desde el comienzo de la nueva era, Ludbreg ha estado continuamente habitada, acunada en un hermoso paisaje.

A principios del siglo XV, un milagro eucarístico ocurrió en Ludbreg, en la capilla del castillo – un sacerdote, durante la misa, vio la sangre real corriendo de la hostia. Un siglo más tarde, este milagro fue confirmado por el Papa León X.

Hoy en día, tenemos una Capilla del Testamento – el Santuario de la Preciosa Sangre de Cristo como un recordatorio, que es importante en el mapa de todos los turistas religiosos. La ampolla con la sangre más santa de Cristo se conserva en la iglesia parroquial de Ludbreg.

Ludbreg ha sido uno de los mayors lugares de peregrinación de Croacia. Los primeros registros de la ciudad datan de 1320 cuando se la menciona como Castrum Ludbreg que era propiedad del noble húngaro Nicolas Ludbregi.

El nombre de la ciudad procede probablemente de un caballero cruzado llamado Lodbring quien supuestamente fundó este asentamiento. En la ciudad destaca el Castillo de Batthyány que funciona como un prestigioso centro de restauración.

En Ludbreg, Croacia, en al año 1411, en la capilla del castillo de los condes Batthyány, un sacerdote celebró la Misa. Durante la consagración del vino, el sacerdote dudó de la verdad de las transubstanciación, de la presencia real del Cuerpo y la Sangre de Cristo en las especies eucarísticas consagradas.

Fue entonces, cuando el vino contenido en el cáliz se transformó en Sangre. Lleno de confusión, escondió la Reliquia detrás de un muro del altar principal. El albañil que realizó el trabajo fue obligado a guardar silencio. El sacerdote mantuvo el secreto, pero poco antes de morir reveló el Milagro.

Luego de su confesión, la noticia se difundió velozmente y Ludbreg se convirtió en meta de peregrinaciones.

Poco después, la Santa Sede mandó que la Reliquia del Milagro fuese llevada a Roma, donde permaneció por largos años. El pueblo de Ludbreg y los alrededores continuaron la costumbre de peregrinar hacia la capilla del castillo.

A inicios del siglo XVI, durante el pontificado del Papa Julio II se convocó en Ludbreg una comisión para investigar los hechos relacionados con el Milagro Eucarístico. Fue allí que se recogieron varios testimonios de curaciones milagrosas gracias a la oración ante la Reliquia.

El 14 de abril de 1513, el Papa León X publicó la Bula, permitiendo la veneración de la Santa Reliquia, que él mismo, en repetidas ocasiones, había llevado en procesión por las calles de Roma. Poco después, la Reliquia fue restituida a Croacia.

Durante el siglo XVIII, la Croacia septentrional fue atacada por la peste. El pueblo se dirigió a Dios para invocar su auxilio. Lo mismo hizo el Parlamento croata, que durante la sesión llevada a cabo en la ciudad de Varaždin, el 15 de diciembre de 1739, hizo el voto de construir una capilla en Ludbreg en honor al Milagro si la peste se detenía. La peste fue derrotada pero el voto prometido sólo fue cumplido en 1994, con el restablecimiento de la democracia en Croacia.

Hasta nuestros días, la preciosa Reliquia de la Sangre del Milagro atrae cada año a miles de fieles. Desde inicios del mes de septiembre y por toda una semana, se celebra la llamada “Sveta Nedilja – Santo Domingo”, en honor al Milagro Eucarístico de 1411.

La Reliquia de la Sangre se conserva perfectamente intacta en una riquísima Custodia, realizada por encargo de la Condesa Eleonora Batthyány – Strattman, en 1721.

Al inicio del 1500, bajo el pontificado de Julio II, se convocó en Ludbreg una comisión de investigación sobre diversos hechos relacionados con el milagro eucarístico. Y se tomó conocimiento de que numerosas personas habían sido milagrosamente curadas mientras se encontraban en oración delante de esta reliquia. Con la Bula del 14 de abril de 1513, el Papa León X concedió la veneración de la Santa Reliquia que él mismo había llevado en procesión por las calles de Roma. Y sucesivamente, la Reliquia fue devuelta a la nación croata.

La Reliquia de la Sangre se conserva perfectamente intacta en una riquísima Custodia, realizada por encargo de la Condesa Eleonora Batthyány-Strattman, en 1721.

En el año 2005, en la capilla votiva, el artista Marijan Jakubin pintó un gran fresco de la Última Cena en el que, en vez de los Apóstoles, se encuentran los santos y beatos croatas. En el lugar de San Juan, se encuentra el beato Iván Merz, que durante el Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía, realizado en Roma en el año 2005, ha sido contado entre los 18 santos eucarísticos más importantes de la historia de la Iglesia. En el cuadro, Cristo sostiene en su mano la Custodia con la Reliquia del Milagro Eucarístico.

La Misa

Lo que Nuestro Señor hizo aquel día fue obtener las bendiciones de nuestra Redención. Lo que hace ahora en el Santo Sacrificio de la Misa es aplicar esas bendiciones a las constantes necesidades espirituales de una humanidad pecadora e incluso sufriente. En la Misa, Jesús continúa ofreciéndose al Padre Celestial exactamente en el mismo modo que en la Cruz.

La forma más elevada de honrar a Dios es el sacrificio. La Misa es la continuación del Sacrificio de Cristo, es una representación del Calvario. Es un sacrificio de alabanza y gratitud al Padre Eterno. Pero mientras que en el Calvario esta adoración sacrificial fue cruenta, ocasionando la muerte física por la crucifixión, en la Misa el mismo Jesús se sacrifica de manera incruenta porque ahora ya es glorificado, inmortal e incapaz de sufrir o morir en Su persona física.

La Misa es un verdadero sacrificio porque el mismo Jesús que se inmoló en el Calvario se ofrece ahora a Sí mismo en el altar. Mismo sacerdote, misma víctima y misma e idéntica finalidad o propósito que en la Cruz. El sacerdote es el mismo Jesucristo, cuya Persona sagrada representa el sacerdote ordenado y en cuya Persona ofrece el sacrificio, y es por eso que dice: “Este es mi Cuerpo, este es el cáliz de Mi Sangre.” La víctima es la misma, el Salvador y Redentor de la humanidad en Su naturaleza humana, con Su verdadero Cuerpo y Sangre y Su libre albedrío humano, lo único que cambia es la forma en la que es ofrecido el sacrificio.

En la Cruz fue un sacrificio cruento, en la Misa es incruento por el estado glorificado de Jesús en el cielo. Pero la esencia del sacrificio es voluntaria, el ofrecimiento total de Sí mismo a Dios.

Cristo hace este ofrecimiento voluntario en cada Misa, representado por la consagración separada del pan y el vino transubstanciados en el Cuerpo y la Sangre del Redentor. La finalidad es la misma, glorificar a Dios, darle gracias, obtener Su misericordia y rogarle por nuestras necesidades. La fiesta de la Preciosísima Sangre es en sí misma una recapitulación del tratado del sacrificio en la teología eucarística.

La separación de Su Sangre y Su Cuerpo ocasionó la separación entre Su alma humana y Su cuerpo, lo cual provocó Su muerte. Él quiso morir. En sus propias palabras: “Yo doy Mi vida por Mis ovejas. Nadie me la quita, sino que Yo la doy de Mi propia voluntad. Tengo poder para darla y tengo poder para tomarla de nuevo.” (Juan 10:18).

Ahora bien, la sangrienta muerte de Cristo en la Cruz no significa la redención automática del mundo, aplastado por el pecado y adicto a él. Exige que nos apropiemos de los méritos que fueron obtenidos para nosotros en la Cruz; debemos cooperar voluntariamente con las gracias obtenidas por el derramamiento de Sangre.

Durante la Misa, el mismo e idéntico Jesucristo, ahora glorificado, está presente en el altar de la misma forma en que estuvo presente en Su humanidad mortal en la Cruz. Es el mismo Jesús quien continúa y prolonga en la Misa lo que hizo una vez y para siempre en el Calvario, con la excepción de que ahora en la Misa ya no es mortal, ya no puede experimentar sufrimiento en Su persona física. En el Calvario sufrió dolor, por Su propia voluntad, sufrió hasta la muerte.