Especial preparatorio al 20-02-20. “Haciendo sonreír a la Santísima Virgen”. La santidad de Jacinta, la admirable vidente de Fátima

Jacinta era una niña cuando la Santísima Virgen apareció en Fátima. Entra en la Historia a los siete años, precisamente a la edad que habitualmente se acostumbra señalar como la del comienzo de la vida consciente y de la razón. ¿En qué medida una criatura de esa edad es capaz de practicar la virtud? ¿Y de practicarla de modo heroico?

Fiesta: 20 de febrero.

La historia de la espiritualidad católica tiene ejemplos sorprendentes de santidad a corta edad: Santa María Goretti, martirizada a los once años con plena conciencia de lo que hacía; Santo Domingo Savio, que murió a los quince años.

Jacinta Marto —y su hermano Francisco— fueron beatificados el día 13 de mayo del 2000 en el Santuario de Fátima, por S. S. Juan Pablo II, después de un riguroso proceso canónico en Roma. ¿Cuál es el secreto de la santidad de Jacinta? El tema además de actual es altamente oportuno, al conmemorarse este mes el centenario del nacimiento de la más pequeña de los tres videntes.

Biografía de Santa Jacinta Marto

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Jacinta de Marto, la séptima hija de la pareja Manuel Pedro Marto y Olimpia de Jesús dos Santos, nació en el lugar de Aljustrel, parroquia de Fátima, el 11 de marzo de 1910. El día 19 del mismo mes recibió la gracia del Bautismo.

Sus padres, que eran humildes campesinos y cristianos piadosos, le dieron una educación moral y religiosa de sonido.

Desde temprana edad mostró un gusto por la oración, la preocupación por las verdades de la fe, la prudencia en la elección de las amistades y un espíritu sereno de la obediencia.

De carácter vivaz, extrovertido y alegre, le encantaba jugar y bailar; capturó la simpatía de muchos. Se convirtió, más adelante, en un espléndido modelo de humildad y de generosidad.

Tan pronto como pudo, comenzó a trabajar pastoreando un rebaño; su hermano Francisco fue el responsable de su supervisión, tan solo era un poco mayor que ella.

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Santa Jacinta Marto le gustaba mucho reunirse con su prima, Lucía de Jesús dos Santos, quien también fue pastora de ovejas.

Así, los tres niños, muy unidos pasaban todo el día en esta actividad, al mismo tiempo que actuaban con diligencia y prontidtud, también les quedaba tiempo para jugar y para orar y además, disfrutaban de las bondades de Dios mostradas en las bellezas de la naturaleza.

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Es el día 13 de octubre de 1917. A duras penas, los tres pastorcitos intentan atravesar la multitud rumbo a sus humildes casas en Aljustrel. La menor de los niños —nuestra Jacinta— es conducida a través de atajos por un soldado, que la protege de las manifestaciones de entusiasmo de personas que desean verla y dirigirle la palabra. Miles de preguntas, pedidos de oración e intercesiones. Conversiones, lágrimas de alegría…

Jamás se verá en aquel sitio cosa igual: 70 mil personas, venidas de todos los rincones de Portugal, están reunidas, bajo la lluvia, en el lugar denominado Cova da Iría. ¿Qué ocurrió?

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Los pequeños —Lucía, Francisco y Jacinta— no prestan atención a la multitud reunida, la cual ha presenciado el milagro del Sol al final de la última aparición. Sus mentes están tomadas por la sublimidad y por el esplendor del extraordinario hecho sobrenatural que hace poco acaban de contemplar. La Señora del Cielo, con quien hablaron en seis ocasiones, acababa de realizar el milagro prometido…

Desapego con relación a las alabanzas de los hombres

Jacinta Marto, con apenas siete años de edad, está dotada de una marcada seriedad. La frente fruncida indica profunda preocupación. Los ojos, que aún reflejan maravillosamente el brillo de lo que habían contemplado, están contraídos pero calmados, revelando un alma inclinada al recogimiento.

¿Qué decir de esta fisonomía? Tal vez Jacinta se esté acordando de los penosos caminos recorridos anteriormente en medio del desprecio, de los improperios y hasta de los golpes de aquellos que ahora están en medio de la multitud. No, la alegría del momento no la impresiona, ella conoce bien la inconstancia del espíritu humano. Su voluntad está puesta en Dios, en el cumplimiento de la voluntad divina, de tal modo que, después de las apariciones, llevó verdaderamente la vida de una gran santa. La Congregación para la Causa de los Santos constató: su voluntad era enteramente sumisa a la de Dios. ¡Cómo sería útil, particularmente para nuestros días, conocer la vida de esta niña!

El camino de la santidad

En el espacio de tiempo que va de los siete a los diez años, en que soportó heroicamente el fardo de la enfermedad que la llevaría a la muerte, Jacinta surcó el camino de la santidad. A una edad tan precoz conoció profundamente la realidad de la vida. Su existencia fue corta, aunque repleta de acontecimientos extraordinarios e incluso fascinantes. Describirla superaría los límites de este artículo. Tendremos pues que ceñirnos a los trazos distintivos de su alma, a algunas escenas de su vida y mencionar algunos testimonios.

Esta niña recorrió el camino de la santidad de tal forma, que sus padres y parientes llegaron a exclamar respecto a ella y a los otros dos videntes: “Es un misterio que no se logra comprender. Son niños como otros cualesquiera. Sin embargo, ¡se percibe en ellos un algo de extraordinario!” Sí, ¿qué había de extraordinario en esas criaturas que las personas (¡hasta hoy!) no consiguen entender?

¿Quién fue Jacinta Marto? La menor de una numerosa prole, nació el 11 de marzo de 1910. De naturaleza dulce, era una niña como las demás. Jugaba, cantaba, tenía sus defectos mayores o menores, su temperamento y, naturalmente, sus preferencias… hasta el 13 de mayo de 1917.

Oración y sacrificios rescatan a los pecadores

Después de aquel día, Jacinta emprendió un profundo cambio interior, una conversión de vida como Nuestra Señora había pedido. Las palabras de María Santísima impregnaron de modo indeleble su alma y pasaron a ser el contenido, el ideal de su vida. Más aún, colocó ese ideal en práctica.

“¡Haced penitencia por los pecadores! Muchas almas se van al infierno porque nadie reza y se sacrifica por ellas” — Tales palabras encontraron honda resonancia en Jacinta. ¡Con qué inquebrantable voluntad hacía penitencia! Aquí mencionaré algunos ejemplos de esta precoz y gran santa. No vacilaba en ayunar frecuentemente un día entero, sin comer o beber nada, entregando alegremente su pan a los niños pobres. Otros días, comía justamente aquello que más detestaba. Llevaba como penitencia una gruesa cuerda alrededor de la cintura. ¡Nada, ningún sacrificio le parecía demasiado grande, si se trataba de la salvación de las almas!

El pecado y el cielo en su espiritualidad

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De hecho, se puede decir que la espiritualidad de Jacinta se fundaba en los pedidos formulados por la Santísima Virgen. Contiene dos aspectos importantes: 1) un claro concepto del pecado; y, 2) una noción muy definida de la belleza sobrenatural del cielo. Exactamente dos puntos con relación a los cuales nuestra época está inmensamente distante.

No se habla más de pecado. Esta palabra está siendo omitida en muchas catequesis y proscrita del pensamiento de las personas. Junto con eso, ¡necesariamente también está siendo eliminada la idea del propio Dios!Pues, ¿a quién ofende más el pecado, sino a la honra divina? 

Estrechamente relacionado con este pensamiento viene el segundo punto: la noción clara de la belleza sobrenatural del cielo. Cuanto más intensamente un alma tenga esa noción de lo sobrenatural celestial, tanto más fácil será su correspondencia a los llamados de la Madre de Dios. Jacinta es un ejemplo concreto arrebatador de tal correspondencia. El mensaje de su vida nos convida a reconocer esos aspectos del mensaje de la Santísima Virgen y hacer de ellos el eje orientador de nuestras vidas.

Sus enormes penitencias salvaron a muchas almas

Profundamente impresionada por la visión del infierno y por el misterio de la eternidad, Jacinta no escatimó ningún sacrificio orientado a la conversión de los pecadores. En su enfermedad —una tuberculosis que la llevó a la muerte— ofrecía principalmente sus dolores: “Sí, yo sufro, no obstante ofrezco todo por los pecadores, para desagraviar al Inmaculado Corazón de María. Jesús, ahora puedes convertir muchos pecadores porque este sacrificio es muy grande”.

El R. P. Luis Fischer, gran apóstol de Fátima, examina el cuerpo de Jacinta durante su primera exhumación, el 12 de setiembre de 1935. El rostro de la vidente fue encontrado incorrupto.

Todos los que conocieron a Jacinta sentían cierto respeto por ella. Lucía, su prima, escribe: “Jacinta era también aquella [de los tres niños] a quien, me parece, la Santísima Virgen dio la mayor plenitud de gracias y conocimiento de Dios y de la virtud. Ella parecía reflejar en todo la presencia de Dios”.

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Hasta en su dolorosa enfermedad se mostraba siempre paciente, sin ningún reclamo, enteramente desprendida. Conducta que no correspondía a su carácter natural. ¿Qué hacía posible en esta niña la práctica de tal fortaleza y manifestar semejante comportamiento?

La propia Jacinta da respuesta a esa pregunta cuando exclamaba: “Gusto tanto de Nuestro Señor y de Nuestra Señora que nunca me canso de decir que los amo. ¡Cuando yo digo eso muchas veces, me parece que tengo una lumbre en el pecho, pero no me quema!” ¡Su ardiente amor a Jesús y María! Ése fue el amor que transformó a Jacinta y que hizo de ella una copia fiel de las virtudes de la Virgen Santísima.

Último sacrificio: con la muerte, el aislamiento

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Tan heroica fue la muerte cuanto la vida de Jacinta, ocurrida en un hospital de Lisboa, completamente sola. Esto fue objeto de una de las últimas previsiones recibidas por Jacinta, directamente de la Santísima Virgen. ¡Con qué valentía conservó la niña este pensamiento! Dejémosla narrar esta profecía, confiada por ella a Lucía:

“Nuestra Señora me dijo que voy a Lisboa a otro hospital; que no te vuelvo a ver, ni a mis padres tampoco. Que después de sufrir mucho moriré sola. Pero que no tenga miedo, que Ella me irá a buscar para ir al cielo”.

La Madre de Dios anunció también el día y la hora en que había de morir. Cuatro días antes, la Santísima Virgen le retiró todos los dolores. Como nadie estuvo presente en ese grandioso momento, apenas podemos imaginar la escena. ¿Cómo habrá sido la recepción de este pequeño lirio en el cielo?

Las lápidas de Jacinta y Lucía en el Santuario de Fátima

Delante de la Santísima Virgen, aquel rostro virginal no estará más contraído por el sufrimiento, sino resplandeciente en presencia de Aquel que fue el fundamento de su vida: “¡Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la lumbre que tengo acá dentro del pecho y que me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María!”

De qué manera el conocimiento de la vida de Jacinta actúa sobre las almas, puede deducirse de las palabras del padre Luis Kondor S.V.D., actual vice-postulador de la causa de canonización de los hermanitos Marto: “Nunca en la Historia de la Iglesia dos niños fueron tan conocidos y estimados como Francisco y Jacinta. Ellos han traído a innumerables almas al camino de la perfección”.

Deseamos que la vida de Jacinta tenga una gran difusión ¡para la salvación de las almas y el próximo triunfo del Inmaculado Corazón de María!  

    Fuente: El Perú necesita de Fátima; fatima.org.pe

Últimos días de Jacinta

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El 23 de diciembre de 1918, Francisco y Jacinta cayeron gravemente enfermos por la terrible epidemia de bronco-neumonía. Pero a pesar de que se encontraban enfermos, no disminuyeron en nada el fervor en hacer sacrificios.

Hacia el final de febrero de 1919, Francisco desmejoró visiblemente y del lecho en que se vio postrado no volvió a levantarse. Sufrió con íntima alegría su enfermedad y sus grandísimos dolores, en sacrificio a Dios. Como Lucía le preguntaba si sufría. Respondía: “Bastante, pero no me importa. Sufro para consolar a Nuestro Señor y en breve iré al cielo.”

El día 2 de abril, su estado era tal que se creyó conveniente llamar al párroco. No había hecho todavía la Primera Comunión y temía no poder recibir al Señor antes de morir. Habiéndose confesado en la tarde, quiso guardar ayuno hasta recibir la comunión. El siguiente día, recibió la comunión con gran lucidez de espíritu y piedad, y apenas hubo salido el sacerdote cuando preguntó a su madre si no podía recibir al Señor nuevamente. Después de esto, pidió perdón a todos por cualquier disgusto que les hubiese ocasionado. A Lucia y Jacinta les añadió: “Yo me voy al Paraíso; pero desde allí pediré mucho a Jesús y a la Virgen para que os lleve también pronto allá arriba.” Al día siguiente, el 4 de abril, con una sonrisa angelical, sin agonía, sin un gemido, expiró dulcemente. No tenía aún once años.

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Jacinta sufrió mucho por la muerte de su hermano. Poco después de esto, como resultado de la bronconeumonía, se le declaró una pleuresía purulenta, acompañada por otras complicaciones. Un día le declara a Lucía: “La Virgen ha venido a verme y me preguntó si quería seguir convirtiendo pecadores. Respondí que sí y Ella añadió que iré pronto a un hospital y que sufriré mucho, pero que lo padezca todo por la conversión de los pecadores, en reparación de las ofensas cometidas contra Su Corazón y por amor de Jesús. Dijo que mamá me acompañará, pero que luego me quedaré sola.” Y así fue.

Por orden del médico fue llevada al hospital de Vila Nova donde fue sometida a un tratamiento por dos meses. Al regresar a su casa, volvió como había partido pero con una gran llaga en el pecho que necesitaba ser medicada diariamente. Más, por falta de higiene, le sobrevino a la llaga una infección progresiva que le resultó a Jacinta un tormento. Era un martirio continuo, que sufría siempre sin quejarse. Intentaba ocultar todos estos sufrimientos a los ojos de su madre para no hacerla padecer más. Y aun le consolaba diciéndole que estaba muy bien.

Durante su enfermedad confió a su prima: “Sufro mucho; pero ofrezco todo por la conversión de los pecadores y para desagraviar al Corazón Inmaculado de María”

En enero de 1920, un doctor especialista le insiste a la mamá de Jacinta a que la llevasen al Hospital de Lisboa, para atenderla. Esta partida fue desgarradora para Jacinta, sobre todo el tener que separarse de Lucía.

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Al despedirse de Lucía le hace estas recomendaciones: ‘Ya falta poco para irme al cielo. Tú quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al I.C. de María. Cuando vayas a decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del I.C. de María. Que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el I.C. de María, que pidan la paz al Inmaculado Corazón, que Dios la confió a Ella. Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo aquí dentro en el pecho, que me está abrazando y me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María.”

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Su mamá pudo acompañarla al hospital, pero después de varios días tuvo ella que regresar a casa y Jacinta se quedó sola. Fue admitida en el hospital y el 10 de febrero tuvo lugar la operación. Le quitaron dos costillas del lado izquierdo, donde quedó una llaga ancha como una mano. Los dolores eran espantosos, sobre todo en el momento de la cura. Pero la paciencia de Jacinta fue la de un mártir. Sus únicas palabras eran para llamar a la Virgen y para ofrecer sus dolores por la conversión de los pecadores.

Tres días antes de morir le dice a la enfermera, “La Santísima Virgen se me ha aparecido asegurándome que pronto vendría a buscarme, y desde aquel momento me ha quitado los dolores. El 20 de febrero de 1920, hacia las seis de la tarde ella declaró que se encontraba mal y pidió los últimos Sacramentos. Esa noche hizo su última confesión y rogó que le llevaran pronto el Viático porque moriría muy pronto. El sacerdote no vio la urgencia y prometió llevársela al día siguiente. Pero poco después, murió. Tenía diez años.

Antes de morir, Nuestra Señora se dignó aparecérsele varias veces. He aquí lo que ha dictado a su madrina.

Sobre los pecados:
-Los pecados que llevan más almas al infierno son los de la carne. 
-Si los hombres supiesen lo que es la eternidad harían todo por cambiar de vida. Los hombres se pierden porque no piensan en la muerte, ni hacen penitencia.

Sobre las guerras: 
-Las guerras son consecuencia del pecado del mundo.
-Es preciso hacer penitencia para que se detengan las guerras.

Sobre las virtudes cristianas:
-No debemos andar rodeados de lujos
-Ser amigos del silencio
-No hablar mal de nadie y huir de quien habla mal.
-Tener mucha paciencia, porque la paciencia nos lleva al cielo
-La mortificación y el sacrificio agradan mucho al Señor.

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Tanto Jacinta como Francisco fueron trasladados al Santuario de Fátima. Los milagros que fueron parte de sus vidas, también lo fueron de su muerte. Cuando abrieron el sepulcro de Francisco, encontraron que el rosario que le habían colocado sobre su pecho, estaba enredado entre los dedos de sus manos. Y a Jacinta, cuando 15 años después de su muerte, la iban a trasladar hacia el Santuario, encontraron que su cuerpo estaba incorrupto.

El 18 de abril de 1989, el Santo Padre, Juan Pablo II, declaró a Francisco y Jacinta Venerables.

El 13 de mayo del 2000, el Santo Padre JPII los declaró beatos en su visita a Fátima, siendo los primeros niños no mártires en ser beatificados. El lema de la beatificación: “Contemplar como Francisco y amar como Jacinta”