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ESPECIAL: Conociendo a San José. Basado en el relato místico de la Hna. Mā. Cecilia Baij, año 1736

Compartimos en esta oportunidad, el contenido del Tomo 1 sobre la vida del Casto y Poderoso San José. Este material se divulga a través del Grupo de WhatsApp: Conociendo a San José. Éste es su enlace:

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TOMO 1

Vida de San José revelada a la Hermana María Cecilia Baij

Año: 1736 / Lugar: Monasterio Benedictino de MONTEFIASCONE, Italia

Revelaciones sobre la Vida de San José
Vidente: Hna. Mª Cecilia Baij (1694-1766)

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Al tener que dar comienzo para escribir la Vida del glorioso Patriarca San José, confieso la insuficiencia y mi indignidad, y que yo de este Santo nunca he leído cosa alguna, habiendo oído solamente ese poco que Jesucristo se ha dignado manifestarme en la misma manera en la cual se ha dignado manifestarme Su Vida interior.

He sentido cierta resistencia al escribir esta Vida, pero animada por la Gracia Divina y por las Promesas que me han sido hechas por el Esposo Divino de asistirme de una manera particular, como también de la santa obediencia y de la Gracia que el Santo me hizo de restituirme la salud y liberarme de una fuerte palpitación del corazón, me pongo a escribirla tal cual me ha sido manifestada por Jesucristo, y ruego a quien la leerá, para que no se viera escandalizado, si es que yo me llamo ‘esposa predilecta de Jesús’, porque este título de honor Él mismo me lo ha dado una y más veces, puesto que también se ha dignado cambiarme mi apellido, ordenándome para que me llamara María de Jesús.

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No se sorprendan, pues, si Jesús se ha dignado honrarme de esta manera, porque es propio de Su Bondad favorecer a los pecadores que se convierten a Él; ahora mucho más Se ha dignado favorecerme siendo la más grande pecadora del mundo, haciendo con esto resaltar aún más Su infinita Misericordia y Bondad, de modo que aún más los pecadores tomen ánimo y confíen en Su Bondad y de corazón se conviertan a Él; como espero hacer yo, criatura miserable y muy indigna pecadora.

Desde el Nacimiento de José hasta la Encarnación

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Libro original

(23 de Enero de 1736)


Los Padres del Santo

Habiendo Dios destinado como esposo de la Madre de su Unigénito al GLORIOSO SAN JOSÉ , quiso también que se asemejara mucho a la misma, tanto en sus orígenes, como en la patria y mucho más en las virtudes de Ella, ocupándose el Altísimo de formarlo tal cual convenga para hacerlo digno esposo de la divina Madre.

El padre de San José era originario de Nazaret y la madre de Beier’, y unidos estos en matrimonio se quedaron a vivir en Nazaret.

Jacob se llamó el padre y Raquel la madre, personas de una vida muy Santa e iguales tanto en la nobleza como en las virtudes. El padre fue de la estirpe y linaje de David; la madre fue de la misma descendencia.

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Permitió Dios que sean por algún tiempo estériles, porque quería que nuestro José fuera hijo de oración, y por lo tanto sus padres hacían muchas limosnas a los pobres, como también en el templo de Jerusalén, a donde iban a menudo a orar para pedir a Dios la suspirada prole, y Dios no tardó mucho en consolarlos.

Habiendo ido un día al templo para ofrecer muchas limosnas, la madre tuvo una gran Fe que Dios la habría escuchado y consolado.

Al regresar de Nazareth concibió a nuestro José, y en ese tiempo se vieron sobre su casa tres resplandecientes estrellas, una de mayor sublimidad y resplandor que las otras, manifestando Dios con estas señales, como nuestro José debía formar la trinidad en la tierra y ser jefe de la Sagrada Familia.

Sin embargo Dios permitió que no fuera conocido este prodigio, de modo que estuviera escondido el misterio y la suerte del Santo.

Al estar pues la madre encinta de nuestro José experimentaba un gran consuelo y se iba siempre ejercitando en actos de mayor virtud.
Nuestro José con el alimento que le daba la madre, se empapaba también de las virtudes y devociones que ella practicaba, de modo que también desde el seno materno traía junto con el alimento las nobles virtudes de su buena madre.

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Luego creció mucho la virtud, la devoción y la alegría de sus padres, cuando Dios les reveló el oculto secreto por medio de un Ángel, que habló a ambos en sueño, esto es, manifiesto a la madre, como el niño que ella llevaba en su seno, habría tenido la suerte de ver al Mesías prometido y de tratar con Él; que sin embargo lo criara con gran precaución y cuidado. Que le pusiera el nombre de José, y que será grande delante de Dios. Lo mismo dijo a su padre, -también en sueño-, ordenando sin embargo a ambos que guardaran oculto el secreto del Rey y que no lo manifestaran ni siquiera a su hijo, sino que sólo lo hablaran entre sí para consuelo de su espíritu y para estar unidos ambos, agradecer a Dios y criar bien al niño, como también hacerlo instruir en la Sagrada Escritura.

Llenos de alegría los padres de nuestro José por el misterioso sueño, se conversaron juntos acerca de lo sucedido, y al encontrarse dignos ambos del mismo sueño dieron cariñosas gracias a Dios y se animaron en la práctica de las más heroicas virtudes; y puesto que eran sabios y muy prudentes, conservaron dentro de sí el secreto, sin nunca manifestarlo a nadie, obedeciendo a cuanto el Ángel les había ordenado.

La madre luego se ejercitaba en el tiempo de su gravidez en ayunos, oraciones y abundantes
limosnas, agradeciendo a Dios por el don que le había hecho de la suspirada prole y suplicando la ayuda divina, de modo que diera a luz con toda
facilidad al niño.

La madre llevó con gran dicha su gravidez, no siendo molestada demasiado por
las acostumbradas angustias y padecimientos.

De todo daba gracias a Dios, reconociendo con mucha gratitud los divinos beneficios. Lo mismo hacía el padre de José, el cual gozaba mucho de la Gracia de Dios hecha a su esposa de Llevar al
niño con tanta facilidad y consuelo, y ambos daban gracias a Dios.

Nacimiento y Circuncisión

Habiendo llegado el tiempo del nacimiento de nuestro José, su madre se preparó con más fervientes oraciones, hasta que llegado el afortunado día lo dio a luz con gran facilidad, quedando muy consolados, tanto sus padres, como también quien los asistía.

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Nuestro José tenía un aire angelical, grave y sereno y aunque en esa edad tan tierna no se pueden distinguir en los otros niños las facciones del rostro, en cambio en el rostro de José, fácilmente se las podía distinguir, solo al mirarlo, causó en todos un gran consuelo y sobre todo en sus padres, que, al verlo así, se confirmaron en la verdad de cuanto el Ángel les había dicho en sueño.

Acabadas las funciones que en dichas circunstancias suelen hacerse, la madre se dedicó a dar gracias a Dios de un parto tan feliz, y después de haberse hecho traer el niño lo ofreció a Dios con el deseo de dedicarlo al servicio del Sagrado Templo de Jerusalén. Pero Dios ya lo había destinado a hacerlo custodio del Templo vivo y animado del Espíritu Santo, esto es, de la Madre del Verbo Divino.

Sin embargo, el Altísimo mucho se complació en el deseo y en el ofrecimiento de su madre, y si no aceptó y escuchó sus deseos, fue para elevarlo a un lugar aún más alto.

Se difundió la fama por toda Nazareth acerca del nacimiento del niño y de sus raras facciones, y de su parecido con los Ángeles del Paraíso. Todos se alegraron y festejaron el nacimiento del niño, llenando a todos de una insólita alegría y de júbilo de corazón.

Resplandecieron luego maravillosamente las tres estrellas que brillaban sobre la casa de sus padres en el nacimiento de José, haciéndose ver de nuevo aunque de paso.

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Nuestro José abrió los ojos y los fijó hacia el cielo teniéndolos por algún tiempo fijos en él, como asombrado en mirar la grandeza de la señal que Dios daba al mundo de su nacimiento. Al cerrarlos luego, no los abrió más hasta el tiempo debido y esto fue admirado por todos con gran asombro y estupor.

Luego el niño estaba con gran tranquilidad y placidez, causando en todo mucho consuelo a sus padres, y sobre todo a la madre, con júbilo y alegría y con mucho celo.

Aunque en esa tierna edad, no permitía que se acercaran a hacerle las acostumbradas caricias que suelen hacerse a los niños, retirando siempre su rostro en acto de rechazarlas mostrando también en esa tierna edad como tenía que guardar sin mancha el candor de su pureza e inocencia, y así a sus padres les permitía alguna demostración de amor cordial, aunque estos iban muy cautelosos al ver como el niño evitaba esos mimos y demostraciones de afecto.

Llegado el octavo día hicieron circuncidar al niño según la costumbre de los judíos y el mandato de la ley, y le pusieron el nombre de José, estando mutuamente de acuerdo sus padres acerca de ello.

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Al circuncidarlo el niño lloró pero pronto secó las lágrimas, porque Dios le apresuró el uso de la razón en el acto de la circuncisión. Habiendo sido quitada la mancha que había contraído por el pecado original, estando en Gracia y amistad de Dios, sin esa mancha que lo podría volver desagradable a sus ojos, fue adornado por Dios de muchos dones y del uso de la razón, por la cual conoció José a su Dios y lo adoró con profunda adoración doblando su pequeña cabecita mientras su rostro se iba tranquilizando totalmente. Con gesto sonriente y majestuoso se alegró mostrando también al exterior el gozo de su espíritu.

Conoció el beneficio que Dios le había hecho y le rindió gracias afectuosas y se ofreció totalmente a Él. Luego fue dado por parte de Dios a José, además del Ángel de su guarda, también otro Ángel, que le iba hablando en el sueño muy a menudo y lo instruía acerca de todo lo que tenía que hacer para agradar más a su Dios.

Nuestro José estaba a esa tierna edad con el uso de la razón, de la cual se servía para conocer, alabar y agradecer a su Dios que tanto lo había favorecido, sufriendo la incomodidad de esa tierna edad con gran paciencia. A menudo el Ángel le avisaba que ofrezca a Dios esos padecimientos que, sufría al estar apretado entre las vendas; y el niño lo hacía en agradecimiento de los favores que Dios le compartía, y a Dios eran muy gratos sus ofrecimientos.

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Luego el niño llegaba a percibir como su Dios era muy ofendido por los horribles pecados, por lo tanto a menudo lloraba, aunque sin tanto ruido, para no causar pena a sus padres, le ofrecía a Dios esas lágrimas inocentes, así como a su Ángel. Cuando hacía esto recibía de Dios mayores luces y Gracias, y él no dejaba de dar gracias a quien tanto lo estaba beneficiando.

Cuando la madre lo envolvía, se veía a nuestro José con el rostro cubierto de un rojo carmesí y con los ojos cerrados, en acto de mostrar disgusto de ser vendado y ser visto; y la madre en esto iba con mucha prudencia y mucha cautela, para no causar pena a su hijo, que muy bien conocía cómo en él la Gracia divina hacía admirables prodigios, siendo también ella un alma muy iluminada y adornada de gran virtud. Nuestro José, al tomar la leche de su madre, se llenaba siempre más de sus virtudes, y con ella se mostraba, más que con los demás, muy encariñado y complacido por el alimento que le daba.

Se le mostraba muy alegre y jovial, porque veía en ella las raras virtudes, y entendía, cómo con la leche que tomaba de ella se le participaba-también sus virtudes. Fue luego nuestro José de un óptimo temperamento y enriquecido de dones naturales y más aún de dones sobrenaturales.

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Iba creciendo maravillosamente tanto en el cuerpo como en el espíritu. En el cuerpo por el buen alimento que recibía de su madre, la cual también gozaba de óptima salud. En el alma, por los continuos dones que recibía por parte de la Gracia divina y generosidad de su Dios, que lo iba formando según su gusto y según su Corazón, para volverlo luego digno esposo de la Madre del Verbo Divino.

Conocía el niño las Gracias que de Dios recibía continuamente, y se mostraba grato con los acostumbrados actos de agradecimiento. Apenas tuvo la capacidad de amar, nuestro José la empleó toda en el amor hacia su Dios y sumo bienhechor, al cual mucho le debía por todos los dones que le había concedido.

Presentación en el Templo

Al cumplirse los días establecidos por la ley para las mujeres que debían purificarse, fueron los padres de nuestro Jose a Jerusalén, la madre para purificarse, y para ofrecer a su niño y luego rescatarlo, como estaba prescrito en la ley.

Ellos llevaron grandes regalos al Templo: no solamente lo que los otros acostumbraban Llevar, sino mucho más, en acto de agradecimiento por el beneficio recibido de Dios de la suspiraba prole.

En este viaje nuestro José manifestó una insólita alegría y jovialidad de rostro, que fue muy bien advertida por sus padres, de modo que ellos también se llenaron de consuelo al ver a su pequeño niño tan alegre y dichoso.

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Entendían muy bien como la Gracia divina se iba difundiendo en el alma de su hijo, y que si tanto obraba en esa tierna edad, tantos mayores progresos habría hecho con su crecimiento. De esto daban gracias al Altísimo y tenían motivos para aumentar en ellos el amor y gratitud hacia Dios, y para dedicarse siempre más en la práctica de las virtudes.

Al llegar al Templo, se purificó la madre de San José, y en ese acto recibió grandes luces de Dios, por medio de las cuales conoció más claramente cómo Dios había enriquecido de dones a su hijo. Lo presentó al sacerdote, y el sacerdote, al recibirlo en sus brazos y presentarlo y ofrecerlo a Dios, experimentó una insólita alegría y consuelo en su espíritu, y fue iluminado por Dios, interiormente, y conoció cómo era querido por Dios ese niño que él le presentaba.

Nuestro José acompañó el ofrecimiento de sí mismo a Dios, entregándose totalmente a Él y de buen corazón. En este acto abrió los ojos hacia el cielo y se quedó durante todo el tiempo en una posición como abstraído y absorbido en Dios. Recibió entonces de Dios la Gracia santificante con una clarísima luz para reconocer el noble y sublime Don, que Dios gratuitamente le hacía en el acto, en el cual el todo se había entregado a Dios.

Después de haber conocido el gran Don se mostró agradecido a su Dios y lo agradeció cariñosamente. Sus padres rescataron al hijo con las acostumbradas monedas que se daban para ello, el sacerdote, al devolver al hijo a la madre, dijo que lo criara también alegremente y tuviera un cuidado particular, porque había conocido que ese niño era muy querido por Dios y que será un gran hombre, que causará un consuelo a quien lo hubiese tratado por la noble condición natural que se vela en él.

Y ésto se cumplió, porque no solamente causaba consuelo a quién trataba con él, sino que también se beneficiaban sus fieles devotos, puesto que Dios lo había destinado como abogado de los moribundos, como se dirá en su lugar, sirve a todos estos de gran consuelo y alivio en sus agonías.

Después de haber recibido al nifio, sus padres rindieron gracias a Dios, llorando con el afecto tierno y jubiloso de sus corazones, y se lo Ilevaron a su pueblo como un tesoro y un regalo sublime que Dios les había dado. Nuestro José estaba todo tranquilo y como ensimismado, haciendo actos de agradecimiento a su Dios, gozando y alegrandose por la Gracia recibida, por medio de la cual iba haciendo grandes progresos en el amor hacia su Dios, creciendo siempre a pasos de gigante en la virtud.

Y aunque en esa tierna edad no le fuera permitido practicar esas virtudes que tanto amaba, a pesar de todo las iba desde entonces practicando con el deseo, hasta que luego al llegar a adulto las practicó con las obras, obrando siempre con toda la perfección, como se dirá.

Sus admirables virtudes

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Nuestro José comenzó muy pronto a hablar y a caminar, y las primeras palabras que dijo fueron para nombrar a su Dios, habiendo sido avisado así en el sueño por el Ángel.

La mañana que habló, apenas se despertó, dijo: iDios mío! sus padres lo oyeron y asombrados y maravillados se Llenaron de alegría, gozando de que su hijo comenzara a hablar, y mucho más gozando de que sus primeras palabras fueran dirigidas a Dios, invocando su ayuda y llamándolo como algo suyo.

Nuestro José iba diciendo a menudo esta exclamación y con razón, porque habiendose entregado totalmente a Dios, Dios era todo suyo; y cuando oía decir de sus padres, que Dios se había hecho llamar el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, Él decía: -y de José; y lo decía con tanta gracia, en esa edad tan tierna, que sus padres gozaban mucho de ello y para oírlo, iban diciendole a menudo estas palabras; y era tanto el sentimiento con el cual el niño las decía, que parecía, como de hecho lo era, que Dios fuera todo su bien y la meta de todos sus afectos y deseos y que otro pensamiento y amor no tuviera sino para su Dios.

Por lo tanto se lo veía gozar y alegrarse cuando lo nombraban, y sus padres a menudo se lo nombraban con gran afecto y respeto, para dar a su hijo este consuelo.

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Los primeros pasos que dio nuestro José, fueron ofrecidos por él mismo a Dios pidiéndole la Gracia para que en todos sus pasos Dios quedara glorificado y nunca ofendido, así como hizo también con sus palabras, instruido de esa manera por el Ángel.

Dios atendió sus súplicas y las escuchó, porque tanto en las palabras, como en los pasos, y en todas sus obras Dios quedó siempre glorificado y nunca ofendido o disgustado.

Tuvo en todas sus acciones, el noble ejercicio de mirar siempre al Cielo y de invocar a su Dios, pidiéndole su ayuda y su santa Gracia en cada acción que realizaba, de modo que estuviera según su divino beneplácito; y ésto lo hacía al alimentarse, al ir a descansar, al hablar y caminar. Y porque en esa tierna edad no le era permitido hacer esas acciones virtuosas que él deseaba, le ofrecia su deseo y esas acciones que son comunes e indiferentes a todos para conservar la vida, como son el comer, el beber, el dormir, el recrearse.

Todas estas acciones nuestro José las enriquecía con la recta intención, haciéndolo todo por amor a Dios, se privaba a menudo de lo que más le gustaba, así instruido por su Ángel en esa tierna edad, porque otra cosa no podía hacer para su Dios que tanto amaba; y a menudo se le ofrecía todo como don, renovando esos actos que ya hizo cuando fue presentado al Templo.

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Queriendo luego su madre que su hijo tuviera mucha capacidad, lo iba instruyendo y enseñando varios actos de afecto hacia Dios, según las costumbres de los judíos, y nuestro José mostraba mucho agrado en oírlos y los practicaba admirablemente, con admiración de la madre y ,de quien lo oía.

Cuando lograba caminar con facilidad, a menudo se escondía para orar con las manos levantadas hacia el Cielo, haciendo actos de agradecimiento a Dios, por darle tantos beneficios, y se quedaba horas enteras arrodillado en el suelo.

Era maravilloso ver a ese pequeño niño en esa posición, pero más sorprendente era ver cómo su espíritu se deleitaba en la contemplación de las perfecciones divinas, que también se traslada al exterior.

Su rostro aparecía completamente resplandeciente, con los ojos brillantes, demostrando con esto que se deleitaba con su Creador, y que el poder de la Gracia llenaba su alma.

A menudo la madre -que con sagacidad se ponía en – un lugar donde el hijo no la pudiera ver- le oía exclamar: -Oh, Dios de infinita bondad, !cómo me habéis beneficiado y por lo tanto qué deuda tengo con Vos!-. Y todo ésto lo decía con una lengua todavía balbuciente, pero, con un corazón encendido de amor hacia su Dios.

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La madre que oía esto, ella también acompañaba al hijo con actos de amor y de agradecimiento, y se deshacía en lágrimas de ternura al ver a su hijo tan favorecido por Dios y tan enriquecido de tantos dones.

Luego le fue manifestado por sus padres como Dios había prometido enviar al Mesías al mundo, a quien se lo estaba esperando vivamente, y que los antiguos Patriarcas tanto desearon, y ésto le fue tambien insinuado por el Ángel en el sueño; por lo cual nuestro José se encendió de un vivo y ardiente deseo de esta venida y dirigía cálidas súplicas a Dios, de modo que se dignara apresurar el tiempo de su venida.

Desde este momento, todas sus oraciones tendían hacia este fin, y Dios oía con agrado las súplicas del inocente José y se complacía mucho en ellas, y de esto le daba un claro testimonio, porque cuando José le dirigía estas súplicas, Dios le llenaba el corazón de alegría y de consuelo, por lo cual nuestro José se animaba siempre más en renovar dichas súplicas, y así iba progresando en el amor hacia su Dios y en las súplicas fervorosas.

Cuando acontecía algo en la casa, por lo cual Dios pudiera quedar disgustado -y esto ocurria entre las personas de servicio, por su fragilidad- Oh!, entonces si nuestro José se mostraba totalmente afligido y triste, llorando amargamente; y puesto que en esa tierna edad no podía hacer reproches, les daba a entender con el llanto, lo grande que era su dolor.

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La madre que advirtió esto, un día le pregunto por qué lloraba tanto y se dolía, y él contestó con gran sentimiento: Vos me habéis dicho muchas veces lo que tengo qué hacer para agradar a Dios, y aquello que se debe huir para no disgustarlo, ahora al ver que en nuestra casa se le causa disgusto, ,no queréis que yo me aflija y llore? Esto dijo a la madre, porque había sido varias veces instruido por la misma de huir de las ocasiones que ofenden a Dios, y luego también para que ella no llegase a comprender los dones que Dios le había participado, como el uso de razón y el claro conocimiento de las ofensas que se hacen a Dios, por las cuales él mucho sufría, mientras entendia cómo merecía ser amado, honrado y no ofendido, y que las culpas mucho desagradaban a su Dios, a quien él tanto amaba.

Después de haber entendido ésto la madre, trataba ser muy cuidadosa, de modo que no fuera ofendido Dios por nadie de los de su casa y reprochaba asperamente a los culpables; así nuestro José, con su conducta, dio motivo para que la casa de sus padres se pudiera llamar más bien una escuela de virtud, viviendo todos con una exacta observancia de la Ley divina.

Luego la madre era muy cuidadosa y prudente en tener oculto cuanto el hijo le decía, y cuánto en él veía los dones y Gracias sobrenaturales; no se olvidó nunca de lo que el Ángel del Señor le dijo en sueño, esto es que su hijo habría visto al Mesías y habría conversado con Él; por lo tanto no se sorprendía en nada al verlo tan favorecido por Dios, y toda se ocupaba en alabar y agradecer la generosidad tan grande de Dios hacia su José.

Otras veces lo miraba con gran ternura y afecto, derramando lágrimas de consuelo al pensar que su hijo habría tenido la hermosa suerte, que no habían podido tener tantos Patriarcas y Profetas de llegar a ver al Mesías prometido; y a menudo decía al hijo: hijo mío, dichoso tú!- envidiando santamente su feliz suerte.

Nuestro José le preguntó una vez, por que le decía esto. La sabia madre le contestó: ésto te digo, porque conozco que nuestro Dios te ama mucho, ocultándole el misterio.

José al oír estas palabras, levantaba las manos al Cielo, exclamando: sí, sí, que mi Dios me ama mucho! y aquí se encendía todo su rostro, exultante por la alegría y llorando por la dulzura. Luego añadía: ¡y yo lo amo ah!, !poco lo amo!, pero lo quiero amar mucho más de lo que lo amo; y al crecer en los años y en las fuerzas, creceré también en el amor de mi Dios.

Y así fue, porque en la medida que iba creciendo con los años, crecía también en el amor hacia Dios.

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Al ver luego sus padres que el hijo era tan capaz, comenzaron enseguida a instruirlo en las letras, y esto lo hizo su propio padre al estar muy instruido en la Ley, y no quiso entregar a otros al hijo para que fuera instruido, de modo que por la práctica de otros su hijo no viniera a perder ese espíritu que Dios le había comunicado.

Así nuestro José comenzó a aprender a leer y lo lograba admirablemente, de modo que su padre nunca tuvo ocasión de llamarle la atención. Tenía apenas tres años, cuando ya comenzó a leer, con mucho consuelo a sus padres y su provecho; y se iba ejercitando en la lectura de la Sagrada Escritura y los Salmos de David, los cuales luego el padre se los explicaba.

Era grande el consuelo que experimentaba nuestro José al leer y al oír explicar por el padre lo que leía, y en este ejercicio puso todo su empeño, sin descuidar nunca sus acostumbrados ejercicios de oración a Dios, y todo su tiempo lo empleaba en este ejercicio, esto es en orar, estudiar y leer, teniendo para cada cosa bien distribuido su tiempo.

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Nunca fue visto, aunque niño, enojado, ni impaciente, conservando siempre una serenidad en su rostro y una gran tranquilidad, aunque muchas veces Dios le permitiera que tuviera alguna ocasión, de ser maltratado por los de la casa en ausencia de sus padres; y nuestro José todo lo sufría, con paciencia y alegría.

A menudo el demonio se enzañaba para instigar a los del servicio de la casa, de modo que lo maltrataran, para hacerle perder la Bella virtud del sufrimiento; pero nunca lo logró, porque nuestro José estaba tan sumergido en el amor de su Dios y tanto gozaba de su presencia en su alma, que no había nada, por grande que fuera, que perturbara la paz de su corazón y la serenidad de su espíritu.

Mucho se enfureció el demonio al ver, tanta virtud en José, y mucho más se enfurecía porque no podía acercarse a él con las tentaciones, pues Dios lo tenía alejado de ellas; pero tanto hizo que un día él precipitó por una escalera de la casa, permitiéndole Dios como ejercicio de virtud para nuestro José, y para mayor confusión del enemigo infernal; porque, al verse el niño así precipitado, llamó a Dios en su ayuda, y Dios no tardó en socorrerlo liberándolo de todo mal.

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De eso José tuvo ocasión de reconocer la Gracia de su Dios y agradecerle, y el demonio se alejó confundido. Nunca fue visto, aunque en esa tierna edad, hacer niñerías, ni nunca se preocupó en relacionarse con otros niños de su edad, estando siempre retirado en casa, dedicado al estudio y a la oración, sin perder nunca el tiempo.

Prestaba una exacta obediencia a sus padres sin descuidar nunca hacer lo que ellos le ordenaban. Toda su diversión era quedarse a menudo mirando al cielo, porque sabía que allí estaba su Dios; y le enviaba cálidos suspiros suplicándole para que enviara pronto al mundo al Mesías prometido.

Luego tenía un gran afecto hacia el Patriarca Abraham, Isaac y Jacob y al Profeta David, y a menudo suplicaba a su padre para que le narrara la vida de estos, con el deseo de imitarlos; porque sabía que habían sido muy amados y favorecidos por su Dios; y el padre lo complacía y le narraba la vida, ya sea de uno, ya sea del otro.

Nuestro José lo estaba escuchando con mucha atención y luego decía: estos han sido amigos y favorecidos de nuestro Dios, y a estos debemos imitar en sus virtudes; y al oír cómo el padre Abraham caminaba siempre en la presencia de Dios y como Él le había prescrito ser perfecto, procuró imitarlo.

Nuestro José apenas había llegado a la edad de siete años, ya era capaz de todas las virtudes que estos Patriarcas habían practicado, y en la medida de sus fuerzas, se aplicaba para imitarlos en la Fe y en la confianza y amor hacia su Dios; y así iba creciendo nuestro José en las virtudes y cada vez más se volvía grato a los ojos de Dios.

Al oír cómo el Santo Profeta David alababa a su Dios de una manera especial siete veces al dia, él tambien quiso practicarlo, y suplicaba a su Ángel para que lo despertara a tiempo, y así pudiese también alabar a su Creador en las horas de la noche.

Ya sabía varias cosas de memoria para alabar a su Dios, y estas las iba repitiendo a menudo, tanto de día como de noche, con mucho gozo de su espíritu; y Dios no dejaba de iluminarlo siempre más y de acrecentar en el sus dones.

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Estaba tan encendido de amor hacia su Dios, que al mismo tiempo que lo estaba alabando -muchas veces, aunque fuera de noche- abría la ventana de su habitación y se ponía a mirar el cielo, y aquí daba lugar para que su corazón ardiera levantando las llamas de amor hacia Él y decía: Oh, dichoso aquél que tendrá la suerte de ver con sus propios ojos al Mesías prometido!, iOh, dichoso el que tendrá la suerte de servirlo y de tratar con Él! ;Oh, que suerte será la suya!-Y esto lo decía con tanto ardor que quedaba estático por mucho tiempo, encendido por un vivo deseo de poderlo servir y prestarle todo el honor y servicio posible.

Ardía luego en el pecho de José un gran amor hacia el prójimo y deseaba ayudar a todos, por lo tanto decía a menudo a sus padres que hicieran limosnas a los pobres necesitados y que no se cuidaran en guardar la ropa para él, porque se contentaba en ser pobre, con tal de que los otros no hubiesen sufrido; y sus padres no dejaban de satisfacer su deseo, haciendo abundantes limosnas a los pobres, puesto que ellos tambien tenían la inclinación de usar gran caridad hacia los necesitados.

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Nuestro José ya había llegado a la edad de siete años en este estilo de vida que hemos mencionado, habiendo conservado sin mancha su candor y su inocencia de tal modo que no solamente, no dio nunca un mínimo disgusto a sus padres, sino que nunca hizo acción alguna que no fuera de sumo agrado y complacencia de su Dios; antes bien, cuanto más crecía en los años, tanto más él se volvía grato hacia Él obrando siempre con mayor perfección.

Además el amor que él tenía a su pureza, habiéndoselo infundido Dios de una forma admirable, le fue tambien muy recomendada esta virtud por su Ángel, que una vez en el sueño le hizo un gran elogio de esta virtud, diciéndole que era muy querida por Dios; y nuestro José se enamoró mucho más de ella y se propuso conservarla durante todo el tiempo de su vida; y para poder cumplir esto, dirigía súplicas a su Dios para que le diera la Gracia de poder llevarlo a cabo.

Se propuso también huir de todas las ocasiones peligrosas, a fin de que su admirable candor nunca hubiese sufrido daño alguno; y de hecho lo complació con todo el cuidado inimaginable, guardando todos sus sentimientos con gran rigor y en especial los ojos que tenía a lo sumo fijos en la tierra o dirigidos hacia el Cielo.

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Bien se conocía de su aspecto externo cuán grande fuera la pureza de su alma y también de su cuerpo, pareciéndose más a un Ángel vestido de carne mortal.

Su madre muchas veces lo veía con resplandores en su rostro, como también su padre; de esto muy bien conocían que grande era la pureza e inocencia de su hijo y como Dios se complacía en vivir en su purísima alma por medio de su Gracia; y esto acontecía cuando nuestro José se elevaba en la oración y cuando había tratado a solas con su Dios.

En estas circunstancias sus padres se sentían llenar el alma de un consuelo insólito y de un amor muy respetuoso hacia su hijo, mirándolo cada vez más como un tesoro y un don del Cielo. Sin embargo, no dejaban de ejercer sabre él esa autoridad propia de los padres hacia los hijos, y a menudo experimentaban coma era atento a sus indicaciones, a las que él se mostraba en todo muy obediente.

Nuestro José estaba muy inclinado al ayuno y a las asperezas, pero cuando sus padres se lo prohibían, en todo él se sometía a su voluntad con resignacion, y nunca reclamaba nada.

Cuando deseaba hacer ayunos y vigilias, pedía a ellos la autorización con tanta sumisión, que parecía imposible podersela negar, tal era el modo con el cual se los conquistaba; y cuando le negaban la autorización, lo hacían con pena, porque no podían contradecirle.

Muchas veces también el padre le daba unos denarios para que hiciera limosna a los pobres que se la pedían; y entonces la cogia con toda sumisión y humildad, como si esa limosna se la hubiese hecho a él, y muy pronto la distribuía a los pobres sin quedarse con nada para sí.

Cuando veía algún pobre llegar a su casa para pedir la caridad, él iba donde su madre y se la pedía con toda sumisión como para sí; la madre se sorprendía de la virtud de su hijo y se la daba abundantemente.

Era luego tan grande el gusto que nuestro José tenía al dar la limosna a los pobres, que bien se traslucía en su rostro, porque si veía a un pobre, se olvidaba de todo y enseguida se alegraba cuando le daba la limosna.

Estaba ya muy inclinado hacia la práctica de todas las virtudes, pero se había apasionado mucho más de ellas porque el Ángel le hablaba en el sueño y le manifestaba el aprecio y el valor de las virtudes, y cómo éstas eran muy queridas y agradables a su Dios.

Solamente el oír que era de agrado a su Dios, era suficiente; para que él se pusiera con todo su empeño en practicarlas.

Carismas Sobrenaturales

Había ya cumplido siete años nuestro José, y en esta tierna edad, mostraba un gran criterio, más que un hombre de edad madura, sus palabras claves y sus obras todas perfectas de tal modo que su padre, teniendo que tomar consejo acerca de las cosas importantes y de relieve, no encontraba mejor consejero que a su propio hijo, y todo le salía muy bien con el consejo que el hijo le daba, porque estaba muy iluminado por Dios, y nunca se equivocaba en su opinión, porque todo lo trataba con Dios a través de la oración.

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Sus padres no hacían nada, sin antes haber dado el parecer de su hijo, sabiendo por experiencia que lo que él decía salía a la perfección; pero nuestro José se portaba en todo esto con tanta humildad y sumisión, que sus mismos padres quedaban sorprendidos.

Él les decía su opinión y luego añadía: -lo que yo os digo es lo que yo pienso, que es junto y que hay que hacer; vosotros luego consideradlo bien todo y haced lo que creéis mejor y de más agrado para nuestro Dios-.
Luego continuando con la oración oraba a Dios para que diera luz a sus padres, de modo que hubiesen realizado todo lo que era de su mayor agrado, no fiándose nunca de sí mismo y juzgándose una criatura despreciable y miserable.

Mucho se humillaba delante de su Dios, y cuando sus padres buscaban su opinión y algún consejo, sentía una gran perturbación, y solo hablaba para obedecerlos y para que Dios quedara glorificado en todas las cosas. Y Dios no dejaba de anticiparlo cada vez más con sus Gracias y de iluminarlo claramente, ya sea en la oración como también a través del Ángel que le hablaba en el sueño, aunque éste, en la medida que él iba creciendo, le hablaba muy rara vez, porque, además de las luces que Dios le comunicaba con más plenitud, venía también instruido con la lectura de la Sagrada Escritura.

Una noche sin embargo, mientras nuestro José dormía, se le apareció el Ángel en el sueño y le dijo, cómo Dios había aceptado de muy buen agrado su propósito de conservarse virgen por todo el tiempo de su vida, y que le prometía su favor y su ayuda particular; y, mostrándole un cinturón de incomparable valor y belleza, le dijo: -“este cinturón te lo manda nuestro Dios en señal de la complacencia que ha tenido con respecto de tu propósito, y de la Gracia que te hace para poder conservar siempre inmaculado el candor de tu pureza, ordenándome que yo te lo ciñe”. Y acercándose le ciñó el cinturón en sus caderas, ordenándole que agradeciera a Dios por el favor y la Gracia que le compartía.

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Al despertarse nuestro José se levantó enseguida, y de rodillas adoró a su Dios y le agradeció con afectuosos agradecimientos por el beneficio que le había hecho y por el don que le había enviado, por medio del cual, nunca nuestro José tuvo cosa alguna que le molestara con respecto a este particular; y aunque el demonio le asaltara con varias tentaciones, como se dirá en su lugar, sobre esto, sin embargo, nunca pudo molestarlo de ninguna manera, no permitiendo Dios que el enemigo lo asaltara con tentaciones contra la pureza y conservando en él una pureza admirable de modo que fue muy digno de tratar y de tener en custodia a la reina de las Vírgenes.

Otra vez le habló el Ángel en el sueño y le dijo que Dios había destinado hacerle un don muy grande y sublime, sin saber, sin embargo, en que consistía, sino que mientras tanto le manifestaba la Gracia que le quería hacer, de modo que él se ocupara en suplicarle y hacerse digno con la práctica de las virtudes y con las súplicas, porque su Dios gozaba mucho en ser suplicado, y que a las Gracias y favores grandes quiere que precedan grandes oraciones y rezos. Después de haber oído esto, nuestro José no tenía curiosidad para ir investigando cuál era este favor y Gracia sublime, sino que se puso con todo su espíritu a suplicar a su Dios, y de ahí en adelante, le suplicaba por dos gracias con gran premura: la una era de que se acelerara la venida del Mesías, y la otra que le hiciera la Gracia que le había hecho prometer a través del Ángel.

Muchas otras Gracias pedía a Dios, pero estas dos le interesaban mucho más. Esta Gracia y don sublime consistía en darle por esposa a la Madre del Verbo Divino, esto no lo supo hasta cuando le fue revelado, aunque ni siquiera entonces le fue manifestada la maternidad divina.

Mientras nuestro José seguía pidiendo las mencionadas Gracias, experimentaba un gran consuelo en pedirlas.

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Otra vez, entre tantas, fue arrebatado en un éxtasis sublime en el cual le fueron manifestadas las virtudes que el Mesías habría practicado, cuando habría venido al mundo para estar entre los hombres, entre las cuales la humildad y la mansedumbre se habrían destacado de una forma maravillosa, como también todas las otras; y José se apasionó mucho y puso gran afecto en estas virtudes que deseaba practicarlas y llegar a poseerlas, y por lo tanto no dejó de poner todo su empeño y diligencia por adquirirlas.

Y era admirable el progreso que hacía en estas virtudes, y exhortaba también a los de la casa diciéndoles que practicaran esas virtudes, porque mucho agrado causaba a su Dios. Luego nuestro José iba al Templo de Jerusalén en la solemnidad de la Pascua con sus padres, y cuando llegaba ese tiempo, se hacía ver siempre más alegre que de costumbre, demostrando tener en ello un gran consuelo.

Se preparaba, sin embargo, a esta solemnidad con ayuno y oración, instruido así por su Ángel. Cuando había llegado al tiempo, se ponía allí de rodillas a orar, quedando inmóvil horas enteras con admiración de quien lo observaba, sobre todo por ser de tan tierna edad. Aquí recibía grandes luces de Dios, y contemplando el gozo de la Jerusalén celestial, oraba a su Dios para que enviara pronto al Mesías prometido, de modo que a través de la Redención las almas pudieran ir a gozar esa eterna bienaventuranza; y Dios se complacía mucho en sus peticiones.

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Llevaba su padre abundantes limosnas al Templo, que ponía en manos del hijito, de modo que él las ofreciera; y esto lo hacía porque conocía la gran disposición que tenía el hijo en hacer la limosna, y nuestro José la hacía con gran corazón y alegría, de modo que no hubo nunca quien haya gozado tanto en recibir cuanto gozaba José en dar, y lo hacía con una intención muy recta entregándose de nuevo a sí mismo totalmente a Dios.
Luego tenía un gran deseo de quedarse en Jerusalén para poder tener la comodidad de ir a menudo al Templo; y sus padres, para complacerlo, se quedaban más que de costumbre, y en ese tiempo nuestro José no se alejaba nunca del Templo a no ser para tomar el alimento necesario y el descanso de la noche; todo lo demás del tiempo lo empleaba en el Templo para orar y suplicar a su Dios para que le concediera lo que el tanto deseaba.
Hizo luego una promesa a Dios, que si él quedaba privado de sus padres querría ir a hacer su vivienda en Jerusalén para tener la facilidad de frecuentar el Templo, hacia el cual sentía un afecto particular. Dios aceptó la promesa, y no faltó con el tiempo, de darle la facilidad para que pudiera hacerlo.

Durante el tiempo que se quedaron sus padres en Jerusalén, nunca fue visto nuestro José ir por la ciudad mirando y curioseando, como suele darse en esa edad, ni nunca se juntó con nadie. Reverenciaba a los ministros del Templo mostrándose totalmente respetuoso, por lo cual era amado por todos, teniéndole cada uno una gran estima, tanto por las generosas limosnas que allí hacía como también por el buen carácter que se veía en él; pero nuestro José nunca presto atención a eso, solamente estaba preocupado en amar a su Dios y procurar agradar a Él, sólo y darle gusto únicamente a Él.

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Un día, mientras oraba en el Templo con más fervor que de costumbre, oyó las voces internas de su Dios que le aseguró cómo sus oraciones le agradaban mucho y que le habría concedido todo lo que él le pedía; y le aseguró el gran amor que le tenía invitándolo a una amorosa correspondencia. Fue tan grande la alegría que sintió José al oír estas voces, que cayó en éxtasis, estando inmóvil horas enteras gozando de la incomparable dulzura y suavidad del Espíritu de su Dios: del que quedó muy inflamado y encendido de amor; no quería oír hablar de otra cosa que de Dios y de las divinas perfecciones, y deseaba con gran ardor encontrar una compañía y amigo fiel con el cual pudiera hablar acerca de las divinas grandezas y perfecciones: pero conociendo que dicho amigo no había, oraba a su Dios para que se lo enviara.


Un día mientras estaba haciendo esta súplica oyó de nuevo la voz interior de su Dios que le dijo como lo habría consolado mucho más de lo que él hubiese deseado. Y esto fue verdad, porque, aunque entonces no se lo manifestara, le hizo la Gracia de tratar con el Verbo encarnado y con su purísima Madre; Gracia mucho más grande de lo que él deseaba y pedía.
Completamente consolado nuestro José por la promesa, esperaba el cumplimiento con gran deseo y no dejaba de pedirla a su Dios con gran insistencia; y puesto que conocía que Dios en todo lo favorecía y se le mostraba propicio, tenía para Dios una gran gratitud, agradeciéndole continuamente por los beneficios, y ofreciéndose totalmente a Él sin reserva alguna.

Al regresar a Nazareth su ciudad, parecía que no sabía hablar de otra cosa que de la magnificencia del Templo y de la suerte de aquellos que allí se encuentran, y se elevaba más en su discurso hablando de la Jerusalén celestial, y decía: -“Si tanto gozo se experimenta al estar en el Templo de Jerusalén, que gusto y consuelo se sentirá al ir a vivir en la propia casa donde esta nuestro Dios, y qué grande será la magnificencia de ese lugar?, iAh!, oremos a nuestro Dios para que nos envíe pronto al Mesías prometido, de modo que por medio de Él seamos hechos dignos de ir a ese lugar también nosotros después de la muerte”-.

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Esto decía a sus padres con tanto espíritu y ardor, que quedaban ellos también con gran deseo de ello, y se encendían sus corazones en el deseo de la venida del Mesías y dirigían ellos también cálidas suplicas a Dios por ello. Estos discursos los hacía, nuestro José, no solamente con sus padres y con los de la casa, sino también con todos aquellos que iban allí, grabando en el corazón de todos un vivo deseo por la venida del Mesías, y les decía: -“Orad a menudo a nuestro Dios para que se digne acortar el tiempo de sus promesas. ¡Oh!, dichosos de nosotros si podemos obtener esta Gracia, ¡y la dicha de ver al Mesías entre nosotros!, ¡Oh, que suerte sería la nuestra!, jOh, ¡cuánto quisiera gastarme totalmente para servirlo y honrarlo!”-.

A veces la madre se tomaba el gusto en decirle: “Qué haríais, hijo mío, ¿si pudierais tener la hermosa suerte de ver con vuestros ojos al Mesías?” -. Y entonces él, levantando las manos al cielo, exclamaba: – ¡”Pues haría!, me entregaría totalmente a Él, ofreciéndome dispuesto a servirlo siempre, y no lo dejaría jamás”-. Y la madre seguía diciendo: – “Y no sabéis vos que el servir exige mucha fatiga?”-, y él entonces decía: -” No solamente haría de buena gana todas las fatigas para servirlo, sino que me llamaría feliz, si tuviera que costarme la vida misma”- . Y la madre le decía: -“Quién sabe luego si le agradaría vuestra servidumbre, y si os admitiría a su servicio?”-, y él respondía: -“Es verdad que de esto no sería digno, pero le rogaría tanto hasta que, movido por la compasión aceptaría mis servicios; puesto que siendo infinitamente bueno nuestro Dios así será también infinitamente bueno nuestro Mesías; y puesto que nuestro Dios acepta con agrado nuestras suplicas y oraciones, así también al Mesías le agradará mis servicios”-.

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Al final la madre lo consolaba con esta respuesta: – “Ea! pues, hijo mío, seguid suplicando a nuestro Dios de modo que se digne enviarlo pronto, porque espero que le agradarán vuestros deseos y atenderá vuestras súplicas y quedaréis consolado en vuestros deseos”- .

Y entonces levantando las manos al cielo exclamaba: – “iOh, ojalá sea esto agradable a mi Dios para que esto tuviera lugar!, ¡quién más afortunado y contento que yo!Un-paso-aldia.com

Las Primeras persecuciones del maligno

El común enemigo se enfurecía de rabia al ver las virtudes admirables que resplandecían en nuestro José, y que con su ejemplo atraía a muchos a la práctica de las virtudes; por lo tanto encendido de furor contra el Santo Jovencito, y no sabiendo cómo hacerlo caer en actos de ira y de impaciencia, y para alejarle de su fervor en el servicio y amor de su Dios, se puso a instigar a algunos de mala vida, poniendo en sus corazones una gran aversión y odio hacia el Santo, porque sus acciones virtuosas servían a ellos de gran reproche y confusión; por lo tanto acordaron juntos, que cuando se hubiesen encontrado con él, se habrían mofado y burlado de él, y también lo habrían insultado, como en efecto hicieron.

Al encontrarse por lo tanto nuestro José con estos jóvenes libertinos, que adrede lo iban buscando, comenzaron a mofarse y a burlarse de él. El Santo al estar solo, agachó la cabeza, y dirigiendo su corazón hacia Dios comenzó a suplicarle, de modo que le hubiese dado la Gracia para soportar todo eso; y les diera a aquellos la luz para que conocieran sus errores. Estos al ver que José no hacía caso alguno de sus burlas, se pusieron a maltratarlo con palabras, llamándolo necio, sin espíritu, despreciable y miedoso, y que ni siquiera sabía hablar. José seguía su camino con toda tranquilidad, y aquellos lo seguían con gran jactancia, diciéndole y lanzándole siempre burlas hirientes y ofensivas.

Al encontrarse el Santo Jovencito en duda si tenía que contestarles de modo que se apaciguaran, o si tenía que callar y sufrirlo todo con paciencia; sintió una voz interior que le sugería sufrirlo todo y callarse porque así habría agradado mucho a su Dios.

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Esto bastó para que decidiera seguir sufriendo, también con alegría, esa persecución, sin nunca hablar; por ello esos jóvenes quedaron confundidos, y el demonio derrotado. Sin embargo, esos malos jóvenes no se quedaron en paz, sino que siguieron por mucho tiempo maltratándolo, de modo que al final, cansados de ofenderlo, lo dejaron.
Duró, sin embargo, mucho tiempo esta persecución, de tal modo que, cuando José salía de casa para algún asunto, que su padre le ordenaba, iba siempre preparado para sufrir el mal encuentro.

De esto nunca se quejó con nadie, ni siquiera con sus padres, estando siempre con el rostro sereno y jovial. Su padre sin embargo, fue avisado acerca de la persecución de la cual era objeto su hijo, al mismo que le preguntó si eso era verdad queriendo la debida reparación de ello; José le contesta con toda serenidad, que él más bien gozaba en estas cosas y que le pedía que guardara silencio porque estaba seguro, que sufriendo esto con paciencia, procuraba mucho agrado a su Dios, y luego le decía: “vos sabéis, padre mío, como han sufrido de buena gana las injurias nuestros Patriarcas y Profetas; como el Rey David sufrió ser perseguido e insultado; y nosotros sabemos que estos eran los amigos más favorecidos por nuestro Dios, así pues tenemos que imitarlos, puesto que Dios nos manda la ocasión”.

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Su padre quedaba muy edificado por estas palabras, y complacía al hijo dejándolo sufrir las angustias sin tener resentimiento alguno. Al ver el demonio, que no solamente, no podía conseguir nada del Santo Jovencito, sino que quedaba siempre más confundido y avergonzado, intenta otros caminos para perturbarle la paz del corazón y hacerlo caer en impaciencia; e instigó a una mujer, la cual por su forma de ser nada edificante, vela de mala gana al Santo; e iba a menudo donde la madre de José para hablar mal del hijo: “oíd …que era criticado por todos, burlado, que era un inútil, que con el tiempo habría gastado todos sus bienes, teniendo mucha facilidad para hacer la limosna a quien se la pedía, y como muchos pobres habiéndose dado cuenta de eso, lo seguían cuando el salía de casa”.

Aunque la madre del Santo era muy sabia y prudente y conocía muy bien el carácter de su hijo, a pesar de todo eso, por el continuo hablar de la mujer, y por autorización divina, se perturbó y muchas veces hizo duros reproches al hijo, el cual lo sufría con gran paciencia sin disculparse, y aunque supiera de donde provenía todo eso, nunca tuvo jamás ningún resentimiento; solamente una vez dijo a la madre con toda sumisión, que se informara bien de lo que le reportaban, porque habría encontrado que no era verdad sino que eran obras todas del enemigo común para inquietarla y perturbar su paz.

De las palabras del hijo se valía la madre, y al darse cuenta del engaño del enemigo, echó de su casa a esa mujer que de varias maneras intentaba introducir la discordia. y al verse el demonio confundido, no desistió de la empresa, sino que encontró otra estratagema para inquietar y perturbar al Santo, y, con la autorización de Dios, comenzó a tentarlo de vanagloria, con varias sugestiones acerca de la vida que llevaba totalmente irreprensible, tanto a los ojos de Dios como a los ojos de los hombres. El Santo se horrorizaba frente a estas sugestiones, y se encomendaba a Dios humillándose mucho delante de Él, llamándose criatura miserable y pecadora.

El enemigo movió también a algunos para que lo alabaran y exaltaran sus virtudes en público, de 10 cual nuestro José sentía una gran confusión, diciendo siempre: “Yo soy una criatura miserable; alabemos a nuestro Dios, porque Él es digno de alabanza. Él es perfectísimo en todas sus obras divinas. Él solamente es digno de ser alabado y exaltado”.

Fue tentado por el enemigo de mil maneras, solamente no le fue permitido jamás que fuera tentado con respecto a la pureza, y de eso se enfurecía el demonio, y no dejaba de encontrar maneras de modo que el Santo hubiese por lo menos podido decir alguna palabra contraria a esta tan noble virtud, pero puesto que el Santo tenía una gran inocencia y sencillez nunca fue comprendida por él, ni aprendida.

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Al encontrarse el Santo Jovencito en estos conflictos de tentaciones y sugestiones, se encomendaba a su Dios con más fervientes oraciones; y fue una vez más advertido en el sueño por el Ángel, de modo que a la oración acompañara también el ayuno, y esto hizo con gran rigor ayunando frecuentemente y haciendo sufrir a la carne, la cual nunca la encontró rebelde al espíritu y con esto frustraba al enemigo infernal, quedando él siempre victorioso y el enemigo derrotado, aunque por poco tiempo desistiera de angustiarlo, no lo dejó sin embargo, de vez en cuando, de molestarlo con sus engaños.

Luego, por algunos era muy criticada la vida retirada y solitaria que el Santo llevaba, y muchas veces iban a su casa algunos jóvenes iguales a él para llevarlo a divertirse, pero nuestro José siempre se disculpaba con buenos modales, diciendo que su diversión era la de estudiar y leer la Sagrada Escritura y la vida de los Patriarcas y Profetas, para poderlos luego imitar en sus virtudes, puesto que ellos habían sido de mucho agrado para su Dios y muy amados y favorecidos por Él y los exhortaba para que ellos también hicieran lo mismo.

No faltó quien aprendiera sus palabras y procurara imitarlo, porque José se lo insinuaba de tal modo y con tanta gracia que sus palabras penetraban en sus corazones, y después de haber dado estos consejos tan saludables y buenas exhortaciones, se retiraba para orar a Dios de modo que aquellos no hubiesen dejado de hacer lo que él les había insinuado, y le rogaba insistentemente para que les proporcionara sus ayudas particulares y la Gracia para poderlo llevar a cabo.

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Dios no dejaba de escuchar sus oraciones, y cuando el Santo Jovencito oía decir que aquellos por los cuales rogaba ponían en práctica sus consejos, se alegraba mucho y daba gracias afectuosas a su Dios por ello. No faltó sin embargo, quien lo criticara por ello y tomara sus consejos en mal sentido; y de esto se dolía inculpándose a sí mismo, y que esto acontecía porque él era un pecador, y que no merecía que otros se valieran de sus exhortaciones; y de esta manera se retiraba a llorar y rogaba a su Dios para que usara su Misericordia hacia quien hacía mofa de sus consejos, y que no mirara sus desmerecimientos, sino a los méritos por los cuales El debía ser alabado y servido fielmente.

Le rogaba para que los iluminara y les diera a conocer las verdades por Él manifestadas: de esto mucho se complacía Dios y no dejaba que se echaran a perder sus súplicas, muchos se arrepentían y volvían donde nuestro José para oír de nuevo sus exhortaciones que luego llevaban a cabo fielmente, y José daba afectuosas gracias a su Dios.

Amor por los enfermos, moribundos, pobres y por los que sufren

Además de los muchos dones que Dios se dignó dar a nuestro José, uno en particular fue hacia
los pobres moribundos. Era tanta la compasión que él sentía por ellos, que acudían a él cuando sabían que alguno se encontraba en ese estado, porque muy bien entendía el Santo que grandes son los peligros en ese último instante de la vida, y como los demonios hacen entonces todo esfuerzo para ganarlos y llevarlos a las penas eternas.

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Una vez su Ángel le manifestó en sueños, el gran peligro en el cual se encuentran los moribundos, y la necesidad que tienen de ser ayudados en ese último conflicto; y mientras el Ángel todo esto le manifestaba, Dios puso en su corazón una compasión y una caridad muy grande hacia los moribundos.

Esto hizo con su gran Providencia , mientras Dios al haberlo destinado a ser abogado de los moribundos, quiso que tambien en vida se ejercitara en esta obra de tanta caridad, y le dio gran amor y compasión hacia los agonizantes, haciéndole también entender las grandes necesidades que éstos tienen en esos ultimos momentos, de los cuales depende una eternidad, o de dicha eterna o de infelicidad y miseria.

Por lo tanto encendido nuestro José del vivo deseo de ser útil a los moribundos, se consurnia todo cuando sabía. Que alguno se encontraba en agonía, y estaba horas enteras de rodillas suplicando a su Dios por el trance feliz de esa alma, de modo que fuera a descansar en el seno de Abraham.

No había para él ni alimento, ni descanso, cuando se encontraba en esto, sino que totalmente estaba dedicado a suplicar a Dios por las necesidades del moribundo; y cuando tenía la suerte de encontrarse presente, nunca lo dejaba hasta que no hubiese terminado su vida, animándolo a confiar en la Divina Providencia y a superar los asaltos de los enemigos infernales.

Los moribundos sentían gran consuelo por la asistencia del Santo, los demonios quedaban muy debilitados en fuerzas por las oraciones que hacía, y Dios le hizo esta Gracia: que todos aquellos que en su muerte tuvieran la presencia del Santo, no perecieran, sino que fueran, parte al limbo y parte al purgatorio. El Santo lo conocía con gran claridad, y de esto se consolaba mucho y daba gracias a Dios por ello.

Se enfureció mucho el demonio por este oficio de caridad grande que practicaba el Santo; y una
noche, entre otras, que un alma se había salvado por la asistencia del Santo, se le apareció todo
asustado y de horrible aspecto, y lo amenaza con hacerle daño , si no desistía de ese oficio.

El Santo se atemorizó, al ver a ese horrible monstruo y acudió a Dios pidiéndole su ayuda; por lo cual desapareció el dragón infernal, y nuestro José quedó en oración en la que escuchó las voces de su Dios
que lo animaron para que no temiera, sino que continuara haciendo la caridad a los moribundos,
de lo cual Dios tenía una gran complacencia. Animado por la voz interna, el Santo, completamente
consolado, se llenó de mucha más caridad hacia los moribundos, y seguía ayudándolos con sus fervientes oraciones; y se consideraba feliz aquél que lo podía tener presente en su muerte.

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En efecto era feliz, porque no solamente era liberado de los asaltos furiosos de los enemigos infernales, sino que su alma iba a un lugar de salvación por las oraciones del Santo. También por esta caridad, que nuestro José ejercía, tuvo que pasar por muchas angustias y persecuciones por parte de gente malvada e instigada por el demonio, pero no por esto desistió nunca de hacer este oficio tan grato a Dios y tan vital al prójimo, y a menudo para animarlo le hablaba su Ángel.

Una vez, entre otras, estando nuestro Santo Jovencito muy afligido por las persecuciones, el
Ángel le habló en el sueño, y le dijo por parte de su Dios que estuviera de buen ánimo y que continuara haciendo esa obra de tanta caridad, porque él le prometía hacerle una Gracia grande y muy especial en el momento de su muerte.

No le manifestó en qué consistía dicha Gracia, pero fue muy grande, al tener la suerte de morir en medio de Jesús y de María, con su amorosa asistencia.

Animado José por el aviso del Ángel, siguió en la obra de caridad, y nunca desistió de ella, aún
cuando ya fuera impedido por parte de unos o por parte de otros, porque el demonio se daba mucho
trabajo para detenerlo en eso, pero nunca lo logró; puesto que el Santo Joven estaba animado y robustecido por la Gracia divina; y como se trataba de hacer aquello que fuera grato a su Dios, ponía
todo el empeño en ella, y no había quién lo pudiera detener en la obra emprendida por la Gloria de Dios y provecho de su prójimo.

A veces era avisado por su Ángel acerca de la necesidad que tenía algún moribundo de sus oraciones; y el Santo se despertaba y enseguida se ponía a orar, pidiendo a Dios que se dignara asistir con su Gracia a ese pobre agonizante, y no se levantaba de la oración hasta que Dios no le asegurara su ayuda.

Muchas veces también el Ángel le manifestaba como era grande el número de aquellos que parecían eternamente; de eso el Santo Joven se entristecía mucho y todo ese día lo pasaba llorando amargamente y se dolía por no poder estar presente a la muerte de todos para poderlos ayudar a bien morir: y dirigiéndose a su Dios con calurosos suspiros, le rogaba para que enviara pronto al Mesías prometido, de modo que liberara a las almas de la dura esclavitud de Lucifer y las rescatara a través de la Redención.

Cuando luego estaba tan afligido y lloroso, y sus padres buscaban la causa de su llanto, respondía
con toda franqueza y con gran humildad: lloro la pérdida irreparable de tantas almas que Dios ha
creado para llevarlas al eterno descanso, pero ellas, por su culpa, se pierden.

El demonio tiene un gran dominio sobre el género humano; y por lo tanto roguemos para que se digne enviar pronto al Mesías, de modo que le quite el dominio, las fuerzas, y las almas queden así libres de la tiranía de tan cruel dragón.

Esto decía con gran sentimiento y compasión de modo que tambien sus padres lloraban con é1 y se ponían a dirigir calurosas súplicas a Dios de modo que se dignara enviar pronto al Mesías prometido.

Muchas veces también pidió a Dios la salvación de los pecadores obstinados, los cuales estaban cerca de perderse, y el Santo se ponía a orar suplicando a Dios para que les devolviera la salud y así pudieran arrepentirse de sus errores y pudieran luego salvarse.

Para obtener esta Gracia se dedicaba a la oración durante días enteros, acompañándola también con el ayuno; por lo tanto raras veces sucedía que el Santo no obtuviera la Gracia que solicitaba; y todo lo que hacía era oculto a los ojos de los hombres y manifiesto solamente a su Dios.

De qué manera luego fueran gratas a Dios las oraciones de nuestro José, y la caridad que ejercía
hacia el prójimo moribundo, él mismo era testimonio de ello mientras Dios no dejaba de atenderle y de escucharle y muy a menudo de consolarla con los divinos consuelos, haciendo gozar a su espíritu de la suavidad y dulzura de tal modo que a veces quedaba tan concentrado en ello hasta llegar a decir con el Santo Rey David: “Aunque todo mi ser se consuma, Dios es mi heredad y mi roca para siempre” (Salmo 72, 26) y lleno del consuelo divino se quedaba días enteros sin alimentarse, sintiendo una saciedad admirable, y todo Bien del espíritu de Dios, no sabía ni hablar, ni pensar en otra cosa que en su Dios y en el Amor que todo lo llenaba y ocupaba.

Su pureza y humildad; tentaciones y pruebas

Mientras crecía en edad nuestro José crecía también admirablemente en la práctica de las virtudes, y progresaba mucho en el amor hacia Dios, como también en el estudio de las Escrituras, y sobre todo en los Salmos de David, que casi todos aprendió de memoria por repetirlos continuamente.

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El Santo siguió viviendo el estilo de vida que hasta ahora hemos descrito por el espacio de quince años, conservando siempre inmaculado su candor y su inocencia, no habiendo nunca disgustado a su Dios, no solamente con la culpa grave, sino aún con las pequeñas faltas voluntarias, poniendo además toda su preocupación en huir de cualquier mínima sombra de mal, teniendo siempre presente el aviso del Espíritu Santo, que quien no toma en cuenta las cosas pequeñas cae en las graves.

Por lo tanto en esto fue muy cuidadoso nuestro José, tomando en cuenta las cosas pequeñas, guardando con gran rigor todos sus sentimientos y en particular los ojos, sin mirar a la cara a nadie, sobre todo del sexo opuesto, sabiendo como David y otros han caído por haber sido curiosos en mirar lo que no se debía; y cuanto más él se mortificaba en sus sentimientos, por ser fiel a su Dios, tanta más Gracia recibía de Dios, y tanto más crecía en él, el amor a Dios única razón de todos sus deseos.

Cuando a veces le venía en mente mirar alguna cosa que suele causar algún deleite a la vista, pero que luego trae consigo la pena al corazón por la culpa que fácilmente se contrae, nuestro José enseguida levantaba los ojos al cielo y allí se deleitaba al adentrarse con la mente a contemplar las bellezas increadas de su Dios, y así quedaba totalmente consolado. Este ejercicio lo practicaba a menudo, unas veces contemplando el atributo divino y otras veces, según las circunstancias venla a perder completamente el gusto por las cosas creadas, de modo que en él siempre se encendía más el amor de Dios y el gusto que sentía en deleitarse y entretenerse solamente con El.

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Conocía muy bien, el Santo Joven, que sus padres lo amaban mucho, y por lo tanto a menudo se dolía con su Dios porque temía que el amor que tenían hacia él disminuyera en ellos el amor de Dios; y no dejaba de manifestarles, cuando se presentaba la ocasión, para que se cuidaran, porque el amor debía estar totalmente dirigido a Dios.

José estaba complacido del afecto de sus padres, pero temía que este afecto muy sensible, pudiera de alguna manera disgustar a su Dios, al cual se debe amar por encima de todas las cosas y a El solamente entregar todo el amor.

Por estas palabras sus padres quedaban muy edificados, procuraban desapegarse del demasiado amor que tenían hacia el hijo, y consagrarlo todo a Dios, así como el hijo les iba insinuando. De esto nuestro José sentía gran consuelo y daba gracias a Dios, el cual se dignaba hacerle la Gracia de que fuesen bien aprendidos los consejos que el daba a sus padres.

Huía luego, con todo cuidado, de aparecer virtuoso y sabio, y nunca se puso a disputar con nadie, aunque fuera muy sabio en la ley de Moisés, y todos lo consideraban un tonto y de poco entendimiento; de lo cual gozaba mucho amando ser despreciado y no estimado por nadie.

No quería oír nunca hablar de lo que sucedía por la ciudad, era enemigo de novelerías, y decía que esto le quitaba la aplicación que debía tener, tanto para con su Dios como también hacia el estudio, por lo cual, en su casa, cuando él estaba presente, nunca se hablaba de cosas curiosas, ni de lo que sucedía en el pueblo. En efecto vivía mortificado en todo, no permitiendo nunca a sus sentidos una mínima satisfacción, que le hubiese podido de alguna manera volver menos grato a su Dios.

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Estas virtudes iba practicando José, por las luces que Dios le comunicaba en la oración, dándole a conocer claramente lo que debía hacer para darle gusto, y el nunca dejo de hacer todo lo que sabía que era de mucho agrado a su Dios. Dios lo había dotado de un modo admirable para consolar a los afligidos, y en efecto se iba ejercitando en esto, y cuando se encontraba hablando con alguna persona angustiada y afligida, la consolaba con sus palabras de tal modo, que aquella quedaba, sino completamente, al menos muy aliviada en su pena; y José no dejaba de dirigir cálidas súplicas a su Dios, de modo que hubiese consolado a ese prójimo con el cual él había tratado.

Se divulgó por el pueblo la fama, de cómo el Santo Jovencito tenía modales tan suaves para consolar a aquellos que se encontraban en angustias, que muchos iban a su casa para oírlo hablar y para encontrar consuelo, y el Santo Joven los consolaba con sus dulces modales y los animaba para sufrir la angustia, diciendo a todos que se encomendaran a Dios, y que esperaran de Él todo consuelo y todo bien, porque Él se los podía dar cumplidamente.

Luego los exhortaba para orar a Dios para que se dignara acelerar el tiempo de sus Misericordias enviando al mundo al Mesías prometido en la Ley; porque este habría sido de consuelo para todos. Cuando había alguna persona angustiada por la pobreza, ¿la cual no tenía con qué vivir, acudía a él con toda confianza, sabiendo cuán grande era su caridad; y él con gran sumisión, suplicaba a sus padres para que ayudaran a ese prójimo necesitado, y ellos lo hacían prontamente, complaciendo en todo al hijo.

A menudo su padre le daba unos denarios, para que ayudara a los pobres necesitados con sus propias manos, y esto el hijo lo hacía con gran complacencia, gozando poder ayudar a su prójimo, y les decía: “reconoced que este bien viene de sí mismo y de mayor virtud”, hablando a todos con gran respeto y sumisión de modo que los corazones más duros quedaban ablandados frente a sus palabras y dulces modales; y muy bien se veía como el Santo trataba con Dios en la oración, y que su corazón estaba lleno del Espíritu de Dios.

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Nuestro José fue también dotado de una gran Fe, de modo que nunca dudó de las promesas que Dios le había hecho por medio del Ángel que le hablaba en el sueño; y aunque viera tardar mucho las promesas, nunca vaciló, sino que estuvo siempre firme en creer que todo habría tenido un perfecto cumplimiento, imitando al Patriarca Abraham en la Fe; y las palabras que le decía el Ángel, eran consideradas como ciertas, esperando las promesas que le había hecho, no dejando nunca de suplicar a su Dios de modo que lo consolara dándole lo que el Ángel le había prometido.

Caminando pues nuestro José, tan favorablemente por el camino de los divinos mandatos, y sintiendo su alma el divino consuelo, quiso Dios probar su fidelidad sustrayéndole sus luces divinas y el consuelo interior, privándole también de la ayuda especial que tenía por parte del Ángel, no haciéndola sentir más; por lo cual el Santo Joven se encontró en grandes penas y angustias.

Sin embargo no deja los acostumbrados ejercicios de piedad, y en este caso aumentó las oraciones y ayunos con las continuas súplicas a su Dios, y temía mucho haberlo disgustado; por lo cual pasaba las noches enteras en oración suplicando a su Dios para que se dignara manifestarle, a través del Ángel, la causa del abandono y desamparo que sentía y en que lo hubiese disgustado, para poder hacer la debida penitencia, pues él no estaba consciente de la razón por la cual su Dios se hubiese retirado de él.

Por algunos meses el Santo estuvo en esta angustia, sufriéndola con gran fortaleza y con la esperanza cierta de que Dios no habría dejado de consolarlo en tanta pena suya; y cuanto más se veía desamparado y abandonado, tanto más crecía en él la Fe y la confianza en Dios, y más se unía a Él a través de la oración y de la conformidad a su Santo Querer.

Decía a menudo a Dios, que merecía esa supresión por la mala correspondencia hacia Él y por las muchas ofensas, humillándose siempre más y reconociéndose pecador. Dios permitió también que el demonio en ese tiempo acosara mucho a nuestro Santo, con varias tentaciones y sobre todo con la desconfianza, pero en esto también estuvo siempre firme, confiando siempre más en la bondad grande de su Dios.

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Habiendo sufrido nuestro José con gran paciencia y resignación el abandono, y habiendo superado generosamente todas las tentaciones y asaltos del enemigo infernal, mostrándose siempre en todo y para todo muy fiel a su Dios, el Cual se dignó consolarlo y recompensar su fidelidad; por lo cual al estar de noche orando, más afligido que de costumbre, oyó la voz interior de su amado Dios que le consoló, diciéndole que Él lo amaba mucho, y que nunca lo habría abandonado, sino que siempre habría ido en su ayuda a través de su divina Gracia.

El Santo quedó muy consolado al oír esta voz, la cual fue acompañada también por una admirable dulzura y suavidad, y su mente también fue iluminada; por lo cual lleno de júbilo, por la dulzura, y se propuso en todo alabar y agradecer a su Dios que de esta manera se había dignado consolarle y volverlo al estado de antes. Después de algún tiempo de estar en estos actos de agradecimiento y dulces coloquios con Dios, tomó un poco de descanso; y el Ángel le habló en el sueño, y le aseguró que en el tiempo de esta prueba, su fidelidad había agradado mucho a Dios, mostrándose en todo fiel, así también en las tentaciones; y que esto Dios se lo había permitido para poner a prueba su fidelidad y amor, y no tanto porque hubiese sido por él disgustado, como se hubiese temido.

El Santo Joven, al despertarse, se encontró muy contento por las palabras del Ángel, y aunque no lo viera, ni lo sintiera, cuando despertó del sueño, le suplicaba para que hiciera en su lugar los debidos agradecimientos a Dios, porque él se sentía insuficiente para agradecerle como debía y el Ángel no dejaba de cumplir lo que José le pedía.

Una vez que el Santo volvió al primer estado de consuelo y de tranquilidad espiritual, por haber regresado la luz divina a su alma, no se cansaba de alabar y ensalzar la bondad de su Dios, y con quien se le cruzaba hablaba de las divinas grandezas y perfecciones, encendiéndose siempre más en el divino amor.
La llama que en el corazón le ardía se traslucía en el rostro, el cual aparecía carmesí, y los ojos totalmente resplandecientes, que causaba gran maravilla en quien lo miraba y mucho más en sus padres, quienes sentían un gran consuelo y a la vez compunción; y a menudo entre ellos hablaban de la feliz dicha que les había tocado al haberles dado Dios un hijo semejante.

El día en que nació la Santísima Virgen María, destinada a ser Madre del Verbo Divino y su esposa, su Ángel le habló en el sueño, y le dijo que agradeciera a Dios por un beneficio muy singular que había hecho al mundo entero, pero en especial a él.

No le manifestó sin embargo de que se trataba, y el Santo no lo fue tampoco averiguando, sino que enseguida se despertó y se puso a orar, agradeciendo a Dios por el beneficio que había hecho al mundo y a él en particular, como le había sido anunciado por el Ángel.
Al hacer este acto de agradecimiento sintió una insólita dulzura y alegría nunca sentida antes; y esto lo elevó en un dulcísimo éxtasis, en el cual le fueron revelados muchos misterios acerca de la venida del Mesías prometido y de su divina Madre. Por esto el Santo quedo muy consolado y encendido siempre más por el deseo de la venida del Mesías al mundo; y por lo tanto reforzó las súplicas con mayor insistencia, y todo se consumía en estos deseos, dando con esto mucho agrado a Dios, el cual quería ser suplicado con gran insistencia para enviar al mundo el Mesías prometido según la Ley; era costumbre de nuestro Dios, pedir a los hombres muchas súplicas, para hacer Gracias muy grandes y sublimes, y en esto nuestro José secundaba al Divino Querer.

Mueren sus padres; total ofrecimiento de sí en la pobreza

Habiendo llegado nuestro José a la edad de 18 años, el Señor, les llevó de este mundo a sus padres.

En primer lugar, a su madre, a la cual después de una larga y penosa enfermedad, la purificó, queriendo Dios con ello, purgarla de todas sus faltas para poderla luego enviar al limbo.

Esta Gracia Dios la hizo, por las súplicas que continuamente le dirigía su hijo, las cuales eran para que se dignara enviar a sus padres a descansar en el seno de Abraham.

Admirable fue la asistencia y la atención que nuestro José prodigó a su madre, consolándola en sus dolores, y dirigiendo continuas súplicas a Dios de modo que le hubiese dado paciencia en su penosa enfermedad. El Santo Joven vigilaba todas las noches, en parte asistiendo a la madre y en parte orando por ella; y puesto que le había mostrado siempre un gran agradecimiento por todo lo que había recibido de ella, en este último momento de su vida se lo demostró de una manera muy especial, sin abandonarla jamás, ni cansarse nunca de servirla y asistirla con amor verdaderamente filial y Santo.

Era de gran consuelo para la enferma la asistencia de su hijo, y continuamente lo bendecía y rogaba a Dios para que lo llenara de sus bendiciones. Luego al final de su vida José se postró de rodillas delante de ella y le suplicó para que lo bendijera y lo perdonara por todo aquello que la hubiese disgustado.

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La buena madre lo bendijo, y lo exhortó para que no dejara la manera con la cual él hasta entonces había vivido, y creciera siempre más en el amor y servicio de su Dios; le agradeció por la asistencia y atención que le había prestado y lo mismo hizo el hijo hacia ella. Le dijo también que se muera en paz, porque él esperaba con toda certeza que su alma habría ido al limbo, entre los Santos Padres. La madre se consoló mucho, por las palabras que le dijo el hijo, y suplicó a Dios para que lo bendijera y con su bendición confirmara la que ella le había dado; y Dios para demostrar que cumplía con su petición, le hizo ver una luz muy clara resplandecer en el rostro de José, de lo cual quedó muy consolada, y junto con el hijo, dio gracias a Dios del favor dispensado.

Luego la enferma se agravó mucho, y al ponerse en agonía, su hijo nunca la dejó, asistiéndola hasta el último respiro con gran generosidad y fortaleza de ánimo; y no sólo asistía a la madre, sino que iba consolando también a su padre, el cual se encontraba muy triste por la pérdida de tan buena compañera.

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Una vez que la madre de nuestro José murió, se quedó para consolar a su padre, y luego se retiró a su habitación para desahogar con el llanto su dolor, luego se puso a orar suplicando a su Dios para que lo consolara en su pena.

En esta oración Dios no dejó de consolarlo, haciéndole oír la voz interior que le dijo que se habían cumplido sus deseos y sus justas peticiones para con su madre; por lo cual totalmente consolado, el Santo Joven rindió gracias a Dios, luego al salir de su habitación, fue de nuevo a consolar a su padre, el cual se consoló mucho con las palabras de su hijo.

La noche siguiente, mientras José dormía, le habló el Ángel y le dijo cómo su madre ya se encontraba en el limbo, y que dentro de poco quedaría privado también de su padre, por lo cual era necesario que se conformara a la Divina Voluntad, y que no tuviera ningún temor, porque Dios siempre le habría protegido y defendido en todos sus caminos.

El Santo quedó muy consolado por la noticia que recibió acerca de su buena madre, pero a la vez estaba afligido al tener que perder también al padre. Sin embargo, se conformó a la Divina Voluntad, y se animó para sufrir las muchas angustias que lo amenazaban por la pérdida del padre, dando Fe a todo lo que el Ángel le había dicho, esto es que Dios lo protegía siempre en todos sus caminos.

Por otra parte, la humanidad sentía vivamente todo lo que preveía que tenía que sufrir, pero el espíritu se mostró muy dispuesto a sufrirlo todo, y a recibirlo todo con paciencia y alegría de las manos de Dios.

Habiendo pues nuestro José quedado privado de su madre, y viendo a su padre en gran dolor, le iba consolando continuamente, y no lo abandonó nunca en esta pena suya, desempeñándose como buen hijo hacia su amado padre.

No pasó mucho tiempo en que el padre de José cayó enfermo, de una enfermedad mortal, y puesto que nuestro José estaba muy decaído en sus fuerzas corporales por las angustias y sufrimientos por la penosa enfermedad de la madre, sintió mucha pena y se encomendó mucho a Dios para que lo asistiera con su Gracia, le diera fuerzas y espíritu para poder asistir a su padre en su última enfermedad.

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Dios lo consoló aún dándole las fuerzas, y él se dedicó totalmente para asistir a su padre; nunca lo abandonó ni de día, ni de noche, sirviéndolo y asistiéndolo con gran caridad y amor, animándolo para sufrir con paciencia los dolores y angustias que suele causar el mal, el cual fue soportado por el enfermo con gran generosidad y paciencia; y solamente le causaba pena el pensamiento que tenía por su hijo, que al quedar solo y abandonado, le habría tocado sufrir grandes angustias. Pero el hijo lo consolaba al respecto, diciéndole que muriera en paz y que no pensara en él, porque tenía firme esperanza de que Dios lo protegería y ayudaría en todas sus necesidades; y así el enfermo se tranquilizaba, y confiaba totalmente en Dios, seguro que tendría todo el cuidado para con su José, porque conocía que lo amaba mucho.

Dejó a su hijo como heredero de todos sus bienes, de modo que se sirviese de ellos como él hubiese creído conveniente, porque ya conocía que el hijo lo utilizaría correctamente todo; y como buen padre le dio muchos consejos, recomendándole el temor y amor hacia Dios y el amor hacia su prójimo.

José estaba escuchando las exhortaciones de su padre, con gran humildad y sumisión, y luego le agradeció de cuanto le había aconsejado y le prometió realizar todo lo que él le decía para su bien y para Gloria de su Dios.

De esto quedaba siempre más consolado su padre y le decía al hijo: – “Hijo mío, yo muero feliz, porque veo que vos estáis bien dedicado al ejercicio de las virtudes y que amáis y teméis a Dios, y también porque os dejo heredero de muchos bienes con los cuales podéis conservaros en salud y podéis hacer limosnas según vuestro beneplácito. Os recomiendo por lo tanto mi alma; sea vuestra preocupación pedir a Dios el perdón de mis pecados pasados y la Gracia de ir a un lugar de salvación, no os olvidéis nunca de mí, ni de vuestra madre, porque ya habéis conocido cuanto os hemos amado y el cuidado especial que hemos tenido de vos. Ahora no me queda otra cosa, que daros mi paternal bendición, y suplicar a nuestro Dios que la confirme con sus bendiciones y os llene siempre más de sus Gracias”.


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A estas palabras el humilde José se postró en el suelo, y pidiendo la bendición a su padre, y mucho más a su Dios, recibió la bendición del padre y de Dios a la vez; luego con lágrimas en los ojos agradeció al padre por todo el bien que le había hecho, de la buena educación, de los buenos ejemplos que le había dado, y le pidió perdón por todo lo que había hecho en contra de su voluntad y de todo lo que le hubiese podido disgustar.

Pero su padre, no habiendo recibido nunca disgusto alguno por parte de su hijo, sino más bien gozo y consuelo, le dijo que no tenía nada que perdonarle, porque nunca lo había disgustado; pero el Santo hijo, no contento de esto, no quiso levantarse del suelo hasta que su padre no le asegurara su perdón.

El padre para complacerlo y para no privarlo de esta satisfacción le dijo que lo perdonaba de todo corazón; de ello el hijo quedó muy contento y satisfecho, agradeciendo cariñosamente a su padre.
Luego le pidió permiso para ir a dar a los pobres y al Templo los bienes que le dejaba, y su padre lo dejo todo en sus manos, de modo que dispusiera como él hubiese creído conveniente y como hubiese sido la Voluntad de Dios.

José contento de todo esto, agradeció de nuevo al Padre y le aseguró que él nunca se olvidaría de él ni de la madre y que por lo tanto se fuera seguro y tranquilo.

El enfermo se iba agravando siempre más, y José aumentaba la atención y la asistencia, y mucho más las oraciones y las súplicas a su Dios por la salvación eterna de su buen padre, y Dios le aseguró acerca de ello; después de haberse alegrado el Santo de ello daba continuas gracias a Dios.

Nuestro José se ofreció luego a Dios, y le suplicó para que se dignara hacer sufrir en su propia persona ese tanto que tenía que sufrir su padre, en reparación de esas deudas que hubiese contraído con la divina Justicia, de modo que el alma de su padre fuera directamente al limbo de los Santos Padres.

Dios le escuchó, por lo cual nuestro José sufrió graves dolores por muchas horas, con resignación, gozando poder reparar con esto las penas de su padre; por ello también daba gracias a Dios cariñosamente y al estar seguro de que su padre habría ido a descansar, después de su muerte, con su alma en el seno de Abraham, levantando las manos al Cielo con júbilo de corazón, alababa y agradecía la divina bondad.

Al llegar a los últimos momentos de su vida, su padre fue asistido por el hijo con gran caridad y amor, animándolo siempre y exhortándolo para confiar en la bondad y Misericordia de su Dios y a ir feliz, mientras sabía con seguridad que iría a un lugar seguro.

El moribundo experimentó gran consuelo con la asistencia del hijo y luego murió con gran resignación y seguridad de su eterna salvación.

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Una vez que el enfermo expiró, nuestro José se retira, para dar satisfacción a la naturaleza con el acostumbrado tributo de las lágrimas, y con mucha razón, porque quedaba privado de un padre tan generoso y amable, que le había dado tan buena educación. Después que desahogó un poco su dolor, se puso de rodillas delante de Dios, y aquí con lágrimas le pidió su ayuda diciéndole: – “Oh, Dios de Abraham, ¡de Isaac y de Jacob!”. “¡Oh, Dios mío! Eh aquí que he quedado privado del padre y de la madre a quienes Vos habéis creído conveniente sacarlos de las miserias de esta débil vida. Ahora yo os suplico para que os dignéis recibirme totalmente bajo vuestra protección, mientras yo de nuevo me entrego y sacrifico totalmente a Vos. Siempre he sido protegido y defendido por Vos y siempre he sido vuestro siervo, pero ahora de nuevo me entrego a Vos, y os suplico para que tengáis todo el cuidado y dominio sobre mí. Ahora no estoy sujeto a nadie más que a Vos; ¡Dios mío!, hacedme pues la Gracia que yo también pueda deciros con el real profeta: Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá (Salmo 26, 10). De ahora en adelante Vos seréis mi padre, mi protector, mi madre y todo mi apoyo y refugio; haced de mí y de todo lo que me pertenece lo que os plazca, y que se cumpla en mi vuestra Divina Voluntad en todas las cosas; dádmela a conocer porque yo estoy dispuesto a llevarla a cabo en todo y para todo”.

Mientras José decía ésto a su Dios, quedó muy consolado, mientras que Dios le hizo oír su voz interior, y le dijo que se quedara tranquilo porque Él había oído su oración y que siempre lo habría protegido y mirado con amor paternal.

Nuestro José dio gracias a Dios por el gran favor que le hacía, y completamente consolado se levantó de la oración. Pasó luego muchas angustias, el Santo Joven, porque al conocer toda su bondad, cada uno se permitía quitarle una cosa u otra, y sobre todo los sirvientes de la casa cogían las cosas y lo que a ellos se les ocurría.

De esto se daba cuenta José, y no hacía ningún reproche, sino solamente los amonestaba para que no ofendieran a Dios, y no apesadumbraran su propia alma, pero como el Santo era por su naturaleza agradable, bondadoso y caritativo, no le hacían caso, y se aprovechaban de su bondad.

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Al ver José que no desistían en hacerle daño, con tal de que no ofendieran a Dios, decidió obsequiarles todo lo que le habían robado, y así hizo. Esto les dio motivo para ultrajarlo con palabras injuriosas: y puesto que el demonio los instigaba mucho para desahogar su rabia en contra del Santo, hacía que fuera maltratado y ofendido por aquellos mismos que habían sido beneficiados por él.

El Santo sufrió con invencible paciencia todos los insultos sin alterarse por nada. Le fueron también quitados los bienes por parte de los parientes del padre con la condición de que José fuera a vivir en sus casas, pero el Santo les dejó todo, nunca quiso ir a vivir con los parientes, porque ya había decidido ir a vivir a Jerusalén para poder frecuentar el Templo; por lo cual estoy se enojaron mucho en contra del Santo Joven, y no pudiendo cambiar su propósito con las adulaciones, lo hicieron con las amenazas.

Muchas veces fue maltratado y ofendido por ellos con hechos y con palabras, y el Santo lo sufría todo con alegría de espíritu, y nunca se lo vio enojado o inquieto. Tanto se aprovecharon que despojaron al Santo Joven de todos sus bienes; y al encontrarse en esta pena se dirigió a su Dios pidiéndole su ayuda en tanta necesidad, y que se dignara manifestarle su Voluntad y que tenía que hacer.

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Dios no tardó en consolarlo, y esa noche el Ángel le habló en el sueño y le dijo que vendiese todo lo que le quedaba, y que lo repartiera a los pobres y parte lo ofreciera al Templo; y que para sí se quedase con algo, porque Dios lo quería en un total estado de pobreza; que fuese a vivir a Jerusalén y aquí aprendiese el oficio de carpintero para ganarse el alimento diario y que de ese modo viviese hasta que Dios disponga otra cosa para él; y que se conservase en estado de virgen como ya había prometido antes a Dios y que viviese lo más lejos posible de los asuntos de los hombres, de modo que su candor y su inocencia no sufriesen daño, alguno, y que tenga la certeza de que Dios lo protegerá, lo defenderá y lo llenará de sus bendiciones.

Tanto dijo el Ángel a José, que bastó para que José lo hiciera todo con prontitud. Vendió todo lo que le había quedado, y al hacer esto le tocó sufrir grandes reproches y persecuciones. No era dueño ni de salir de casa, puesto que quien lo vela lo insultaba y lo maltrataba, diciéndole derrochador de los bienes paternos y que todo lo despilfarraba; llamándole insensato y loco, que era un hombre inútil, vagabundo y ocioso; así cada uno se permitía maltratarle a su antojo.

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El Santo Joven lo sufría todo con invencible paciencia sin contestar nada a nadie; y aunque se pudiera quejar justamente de sus parientes que le habían despojado de sus bienes, no lo hizo jamás, sino que todo lo sufrió en silencio y con mucha paciencia. Habiendo luego vendido todo lo que le había quedado, para cumplir lo que le había dicho el Ángel, y habiendo sabido esto sus parientes, cogieron al Santo Joven y lo golpearon de mal modo, y lo maltrataron como derrochador de los bienes que a ellos les pertenecía.

Nuestro José sufrió las injurias y los golpes con gran tolerancia, y no tomó alguna, sino postrado en oración delante de su Dios, le suplicó para que se dignara defenderle y librarle de las manos de sus adversarios, al igual que había liberado al Santo Profeta David de las manos de sus enemigos, y a tantos otros que su bondad había protegido y defendido.

Al estar así afligido, Dios no tardó en consolar a su siervo fiel, y le habla interiormente asegurándole su protección y su ayuda, y animándolo para sufrir con paciencia esa angustia, porque por ello le daría una abundante recompensa.

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José quedó muy consolado por las promesas de su Dios; y animado para sufrir mucho más cuando la ocasión se le presente; pero Dios no permitió que fuese más molestado y angustiado, habiendo por entonces experimentado suficientemente su fidelidad y su invencible paciencia. Por lo cual cada uno lo dejó en paz, y el Santo Joven, después de haber vendido todo y de haber recogido el dinero correspondiente, hizo la entrega de todo a Dios suplicándole para que recibiera ese ofrecimiento y que para sí mismo no quería nada si eso era su Voluntad. De noche de nuevo le habló el Ángel, y le dijo que saliera enseguida de su ciudad y se fuera a Jerusalén, que allí al llegar al Templo le diría de nuevo lo que debía hacer; y en efecto a la mañana siguiente partió.

FIN DEL TOMO 1

Categorías:Historia Revelaciones Místicas San José

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unpasoaldia

Un caminante en la fe, obediente a la Santa Iglesia y en espera de la conquista del Santo Cielo

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