Tú eres el sembrador y yo la tierra

Esto dice el Señor Dios: «Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel; para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.» Ezequiel (17,22-24)

Tú eres el sembrador y yo la tierra

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Señor, Jesús, Tú eres el sembrador
y yo la tierra en la que esparces la semilla de tu Palabra.
Gracias, Señor, por “perder tu tiempo” conmigo;
gracias por darme la oportunidad de acoger tu semilla,
de ser feliz, dando fruto abundante.

No permitas que mi corazón se endurezca, como un camino,
No dejes que la vida me petrifique, Señor.
Que no me gane la partida la desconfianza y el escepticismo.

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Señor, en ocasiones soy como terreno pedregoso,
Acojo con ilusión tu Palabra, pero no soy constante.
Me gusta probarlo todo, pero no doy la vida por nada.
Ayúdame a sacar las piedras de mi corazón,
para ser tierra buena, con hondura, que dé fruto.

Señor, te doy gracias, por ser tierra buena,
tierra que sería fecunda… si no estuviera llena de espinas.
Acojo la semilla de tu Palabra en un rincón del corazón,
pero a veces recibo y dedico más tiempo a otras plantas
que asfixian los brotes que nacen de tu semilla.
Señor, dame valor para renunciar a todo lo que me separe de Ti.

Señor, gracias por todas las personas que son buena tierra,
en las que tu palabra crece y fructifica, ahonda y se multiplica.
Gracias por los santos, que producen el ciento por uno.
Gracias porque también yo, con tu ayuda, doy fruto abundante,
frutos de ternura y solidaridad, de justicia y paz.

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Señor, gracias por elegirme para ser sembrador.
Gracias por enseñarme que, a pesar de los obstáculos,
todas las semillas, tarde o temprano, producen su fruto.
Ayúdame a sembrar con una mano y ayudar, con la otra,
a que las tierras se conviertan en fecundas.
Dame generosidad para ser como el grano de trigo,
dispuesto a enterrarse y a morir
para que la tierra del mundo dé los mejores frutos. Amén

Salmo de la tierra

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Tú me hiciste, Señor, tu tierra abierta con vocación de sementera. Tú, sembrador de belleza y de armonía, sembraste en mí tu amor, tu paz, tu risa. Sembraste tu Palabra, tu fe, tu libertad, tu Eucaristía.

Sembraste tu verdad, tu salvación, tu justicia. Sembraste filiación, Resurrección y Vida. ¡Cuánta buena semilla, sembrador de mi tierra regada ya al inicio con agua de bautismo!

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Por todo, yo te bendigo, Señor. Tú me hiciste, Señor, tu tierra abierta con vocación de sementera. Hay, en mi, gentes –mi familia, mis amigos, mi grupo- que me han amado bien y han sembrado en mis surcos una amistad sincera, la alegría de vivir, la música y la fiesta, el calor de tu Palabra y el gozo de la fraternidad.

Han dejado caer abiertamente la pasión por la paz, un respeto leal por la naturaleza, un deseo de justicia y de bondad universal a la par de tu Evangelio. ¡Cuánta buena semilla sembrada ya en mi tierra!

Tú me hiciste, Señor, tierra abierta con vocación de sementera. Mas alguien también sembró cizaña que me hace estallar en dolor y me rompe en mil pedazos por dentro.

Escarbo aquí, en mi tierra, y también encuentro la mentira, el engaño, la indiferencia amarga y el olvido de Ti…

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Me encuentro a veces fragmentada, Señor, me encuentro extraña en mi propia tierra, sin dueño, sin sendero por el que ir.

Es entonces cuando más necesito volverme para dejarme mirar por Ti, sembrador de mi existencia. Es entonces cuando mi tierra reseca añora tu agua, tus manos de labrador, tu siembra, y vuelvo a recordar que tú me hiciste, Señor, tierra abierta con vocación de sementera.

Hoy vengo ante Ti, sembrada como estoy con mi tierra en las manos, sabiendo que Tú me amas, así, sencillamente, esperando la recogida del verano.

Yo sé, Señor, que el tiempo llegará en que Tú mismo arranques mi cizaña para el fuego a recojas mi trigo maduro y dispuesto.

Gracias, mi labrador, mi sembrador, mi dueño.

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