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MILAGRO EUCARÍSTICO ALBORAYA – ALMÁCERA, España 1348

En el año 1348 sucedió que un sacerdote quiso visitar a algunos enfermos para distribuirles la Comunión. En el camino, mientras intentaba atravesar un río, resbaló en el agua y la píside que contenía las Hostias escapó de sus manos...

Exposición Internacional de los Milagros Eucarísticos en el Mundo
del Venerable Carlo Acutis

Cuando hay que ver para creer…

SI SUPIERAN

POR ALEJANDRA SOSA
17 JUNIO, 2019, desdelafe.mx

¡Si supieran!

Es lo que viene a la mente al pensar en los no creyentes que viven dando bandazos entre la autosuficiencia y el desamparo, y uno quisiera que un día se dieran cuenta de que Jesús está a su lado, como le pasó a un conocido ateo que sólo porque buscaba un sitio silencioso, visitaba cierta parroquia y gozaba sentándose en un lugar que lo llenaba de paz. Él no lo sabía, pero estaba al pie del Sagrario. Un amigo le informó que allí habitaba Aquel que lo serenaba.

¡Si supieran!

Es lo que se piensa al recordar que nuestros hermanos mayores, los judíos, aún aguardan al Salvador prometido, y uno quisiera que se dieran cuenta de que ya ha venido, como le sucedió a aquel médico forense del FBI al que le llevaron a analizar un fragmento de Hostia sangrante, sin decirle qué era. Descubrió que se trataba de tejido de un corazón que había sufrido una atroz agonía, pero lo extraordinario es que tenía las células vivas. Preguntó: ‘¡¿de quién es esta muestra?!’ le respondieron: ‘¡de tu Mesías!’

¡Si supieran!

Es el anhelo que surge al mirar a los hermanos separados que recorren las calles anunciando a Jesús y creen que lo más cerca que pueden estar de Él es teniendo la Biblia en la mano. ¡Cómo se llenarían de alegría si comprendieran que Aquel al que aman y predican, está presente en la Eucaristía! De seguro se convertirían, como aquel policía evangélico que antes de la primera visita de san Juan Pablo II a Nueva York, revisaba la Catedral de san Patricio con un perro entrenado para detectar explosivos e individuos escondidos, y le impactó que éste se puso a ladrar porque detectó Persona oculta en el Sagrario. Cuando este policía llegó a su casa, leyó con nuevos ojos el capítulo 6 del Evangelio según san Juan. Por fin captó que Jesús hablaba en serio de darnos a comer Su Cuerpo y a beber Su Sangre, y que a los que se fueron horrorizados, no les les dijo que hablaba en símbolos ni que entendieron mal, los dejó marchar porque no había nada que aclarar. Supo que cuando Jesús dijo: “Éste es Mi Cuerpo”, “Ésta es Mi Sangre”, no hablaba simbólicamente, sino dejaba Su Presencia real, cumplía Su promesa de quedarse con nosotros hasta el final.

¡Si supieran!

Es lo que se piensa al ver católicos distraídos durante la Consagración, o pasar frente al Santísimo sin rendirle honor, o dejar la Iglesia porque en otro lado cantan bonito o es muy simpático el pastor. Si comprendieran que abandonan al Señor, que el mejor remedio para su depresión, miedo, desánimo o soledad es irlo a visitar, que está siempre esperando, dispuesto a escucharlos, ayudarlos, colmarlos de Su paz.

¡Si supieran!

Lamentablemente muchos no lo saben y otros todavía necesitan ver para creer.

Por eso de vez en cuando el Señor condesciende, amoroso, descorre el velo y nos permite asomarnos a contemplar una realidad que normalmente está oculta a nuestros ojos. Nos deja constatar que lo que aprendimos, sabemos, sentimos e intuimos, lo que enseña la Iglesia acerca de la Eucaristía, es verdad: Jesús esta realmente presente en Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad.

Es lo que llamamos ‘milagros eucarísticos’.

Aquí el relato

Aquel día de julio de 1348 llovía a cántaros en Alboraya, poblado de la región de Valencia (España). Numerosos relámpagos, seguidos de truenos aterradores, acentuaban el peligro del fuerte aguacero. Sentado junto a la ventana, el párroco preparaba el sermón de la misa dominical, confiado en que la inclemencia del tiempo lo libraría de interrupciones.

Por esto mismo, no fue pequeña su sorpresa al ver que el molinero de Almácera, la aldea vecina, se acercaba a toda carrera:

–¿Qué pasa, hijo mío?

–¡Padre, lo necesitamos con urgencia! ¡Un pobre enfermo de Almácera está muy mal y ruega que le den el Santo Viático!

El párroco titubeó un momento. Salir con el Santísimo Sacramento bajo aquella tempestad desatada parecía un acto de gran imprudencia; pero su corazón sacerdotal amante de la Eucaristía no podía dejar morir a un parroquiano sin ese consuelo en la hora decisiva, y respondió con aplomo:

–¡Vamos, hijo mío!

Se revistió con sobrepelliz y estola, montó en la mula traída por el molinero y lo siguió a casa del agonizante.

Para llegar hasta Almácera era necesario vadear un pequeño río llama llamado Carraixet. Si la travesía era incómoda en condiciones normales, en época de lluvias llegaba a ser francamente peligrosa.

No obstante, lograron pasar sin gran esfuerzo y llegaron a tiempo para oír en confesión al feligrés moribundo y darle el Santísimo Sacramento.

Pero a la vuelta esperaba el Carraixet desbordado. La impetuosa corriente derribó al sacerdote de la mula, el copón se escapó de sus manos y fue tragado por las aguas, ¡todavía con tres Hostias consagradas!

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Al párroco de Alboraya no le faltaba energía ni valor. Se lanzó al torrente para recuperar el copón, pero fue en vano. La noticia del accidente se divulgó con rapidez y muchos campesinos de los alrededores llegaron para ayudar al rescate. Tras una noche entera de búsqueda, el copón fue encontrado al alba vacío y destapado.

Llenos de fe y de amor al Señor Sacramentado, aquellos campesinos no desmayaron; unos nadando y otros a lo largo de las orillas, prosiguieron la búsqueda hasta llegar a la desembocadura del río en el mar.

El pobre sacerdote no tuvo otro remedio que renunciar a la búsqueda de las Hostias dispersas en la corriente. De pronto, algunos pescadores lo condujeron a la orilla porque habían visto que algunos peces tenían en la boca como unos discos blancos que parecían Hostias.

Ahí fueron testigos de un espléndido milagro: tres grandes peces bañados por una luz resplandeciente permanecían inmóviles en el tumulto de las aguas, levantando sus cabezas y sujetando cada uno en su boca una de las preciosísimas Hostias.

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Los vecinos de Alboraya cayeron de rodillas y se quedaron en adoración al Santísimo Sacramento, mientras alguien corrió a comunicar la buena noticia al párroco. Éste no tardó en llegar vestido con sobrepelliz, estola y capa pluvial, seguido por una multitud de hombres, mujeres y niños. Entonces, los peces se acercaron a la orilla para depositar las tres Formas en las manos del sacerdote.

Las Partículas pudieron ser recuperadas. El párroco colocó las Hostias en un rico cáliz y se reunió con los fieles, que cantaban himnos al Señor Sacramentado, y junto a ellos partió en procesión hacia la iglesia de Alboraya, donde celebró una solemne misa en acción de gracias.

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Seguidamente redactó un informe al obispo de Valencia, Mons. Hugo de Fenollet, sobre el prodigioso acontecimiento. El obispo mandó investigar la veracidad de los hechos mediante las declaraciones de los testigos ante el notario eclesiástico.

En memoria del milagro se edificaron dos capillas, una cerca del lugar en donde cayó el párroco y otra junto al mar. El copón recuperado del río fue obsequiado al obispo de Almácera.

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En otro hermoso copón quedó grabada la escena de los tres peces tomando las santas Hostias, con la siguiente inscripción:

Quis divina neget Panis Mysteria quando muto etiam piscis praedicat ore fidem? – “¿Quién negará de este Pan el Misterio, cuando un mudo pez nos predica la fe?”

placa del milagro de los peces de alboraya

@unpasoaldia

Categorías:Milagro Eucarístico

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unpasoaldia

Un caminante en la fe, obediente a la Santa Iglesia y en espera de la conquista del Santo Cielo

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