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JESÚS, COMO SIGNO DE CONTRADICCIÓN

Los verdaderos profetas se encuentran con el rechazo y con la contradicción. Ellos hablan de parte de Dios, no para contentar las apetencias de las gentes. La conciencia de su misión es lo que les infunde valentía: “Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos”, le dice Dios a Jeremías (cf Jr 1,4-19).

Jesús es piedra de tropiezo, signo de contradicción, porque, revelando el amor de Dios, obliga al hombre a escoger, a optar por la luz o por las tinieblas. Para los soberbios, para los que se resisten a creer, se convierte en “roca de escándalo” (cf 1 P 2,8). Y es el mismo Señor quien advierte: “Bienaventurado el que no se escandalice de mí” (Mt 11,6).

En la Iglesia, cada uno de nosotros, los creyentes, podemos experimentar la angustia de Jeremías ante una misión, dar testimonio de Cristo, que nos excede y que nos asusta. Pero el Señor sigue pronunciando en nuestros oídos, en el silencio elocuente de la oración, las mismas palabras que dirigió al profeta: “Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte”.

El Viejo Simeón, al recibir al niño en el templo, le dijo a su madre: “Este niño será signo de contradicción” (Lc 2, 36’) y más adelante Pedro, habiendo experimentado en carne propia la verdad de esa profecía, añadió: “Él es piedra de tropiezo y roca de escándalo” (I Pedro 2, 6).

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Quienes nacieron y crecieron en un ambiente cristiano recogen con respeto y sin cuestionar las palabras de Jesús. Imitarlo a Él y seguirlo en su caminar parece ser un sendero seguro, propio de gente buena y reconocida por su calidad moral.

No fue así en tiempos del Señor. Los jefes religiosos, los que conocían y enseñaban las escrituras, los maestros de la Ley, los poderosos, se escandalizaban profundamente con sus dichos, con su libertad y con su actuar.

Lo condenaron por blasfemo. Por tratar de ir al espíritu de la Ley, fue profundamente libre ante la letra de ella y eso necesariamente generó inseguridad. Ciertamente, Él no pretendía escandalizar, pero con su actuar ponía de manifiesto las hipocresías, las falsas tradiciones y las razones ocultas.

Jesús es piedra de tropiezo, signo de contradicción, porque, revelando el amor de Dios, obliga al hombre a escoger, a optar por la luz o por las tinieblas. Para los soberbios, para los que se resisten a creer, se convierte en “roca de escándalo” (cf 1 P 2,8). Y es el mismo Señor quien advierte: “Bienaventurado el que no se escandalice de mí” (Mt 11,6).

“El seguidor de Cristo será signo de contradicción como su Maestro”

P. Rivero

¿Por qué dijo Jesús que no vino a traer paz, sino espada?

Por: Henry Vargas Holguín | Dic 20, 2016, Aleteia

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  • Jesús no vino al mundo para establecer una paz mundial a la fuerza sino que vino principalmente a redimir al ser humano enfrentándose a las tinieblas y vencerlas en la cruz; por tanto todo aquel que lo siga y guarde su palabra necesariamente se estaría enfrentando también a las tinieblas, y no podría haber paz porque estaríamos en guerra contra las fuerzas satánicas que están operando por un tiempo en esta tierra (Ef 6, 12)
  • porque la manera de hablar de Jesús, el divino maestro, es difícil, muchas veces elevada, hecho que algunos entienden y otros no, unos acogen y otros no. Y claro que su mensaje tenía que ser difícil pues Él no enseñaba cosas de este mundo, enseñaba cosas sobrenaturales; se encarnó para revelarnos verdades sublimes que la inteligencia humana por sí sola no lograría entender y que el lenguaje humano nunca podrá expresar.
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  • porque el lenguaje de Jesús es duro, contundente y tajante; su doctrina es dura“Después de haberlo oído, muchos de sus discípulos dijeron: “Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo? Sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: ¿Esto os escandaliza?” (Jn 6, 60-61). Hecho por el cual muchos lo abandonaron y lo abandonan (Jn 6, 66). Jesús además exige compromiso y fidelidad radical (Mt 5, 37).
  • Jesús al decir que no ha venido a traer la paz sino la espada (Mt 10, 34) está diciendo que ha traído su palabra, la palabra que divide: “Y tomad la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (Ef 6, 17). La palabra de Dios es como una espada de dos filos (Hb 4, 12) que penetra hasta partir el alma y el espíritu y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón; por esa razón él dijo que no había venido a traer paz sino su Palabra que penetra y deja al descubierto los pensamientos y las intenciones verdaderas.
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  • Jesús cuando habla de la división que genera su mensaje en una familia o sociedad, habla con conocimiento de causa pues Él es el primero a experimentar rechazo entre los suyos. En el evangelio podemos encontrar que Jesucristo pasó situaciones similares con su propia familia. Sus propios parientes no creían en Él (Jn 7, 5), no creían en lo que Jesús era ni en lo que Él enseñaba; y esto tuvo que traer dentro del núcleo familiar de Jesucristo disensión y desacuerdos. Jesucristo tuvo que vivir conflictos familiares por sus declaraciones ya que su Palabra enfrentaba al mundo señalando el pecado y la hipocresía del sistema religioso de su tiempo.
  • porque Jesús, con su mensaje, exige tomar partido en un sentido o en otro (Mt 12, 30. Mc 9, 40). Todos aquellos que se confrontan con Jesucristo deben necesariamente tomar una posición, no pueden permanecer indiferentes porque Jesús no es un hombre cualquiera, es el hijo de Dios. Ni siquiera los nexos familiares, que son tan fuertes, van a resistir la fuerza de división que implica la relación Jesucristo. Jesús no deja indiferente a nadie porque Él no es una teoría, una idea, una fantasía, un cuento sino que involucra a toda persona en su totalidad. Seguir a Jesús, que se hace con absoluta libertad, no es cuestión de pasividad o neutralidad; si fuera así no habría conflicto alguno por su causa.
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  • lo que hace que Jesús sea causa de división es la verdad. Ante la verdad es necesario tomar posición. No se puede aceptar la verdad a medias. O se la acepta o se la rechaza, no queda otra posibilidad. Jesús, de manera inevitable, anuncia la verdad, aunque sea incómoda; a Él no le interesa halagar los oídos de sus oyentes sino a hacer la voluntad del Padre del cielo (Jn 6, 38). Jesús, que es más que un profeta, no anuncia lo que los hombres quieren oír, no busca complacer a la mayoría, su mensaje no coincide con el consenso de los hombres. Jesucristo anunció la verdad salvífica aunque le costara la vida (Jn 8, 40. Lc 6, 22-26).
  • La verdad no es negociable. No se puede renunciar a la verdad por el simple mantenimiento de una armonía. No se puede pactar un compromiso a costa de la verdad; y esto divide. Aceptar a Jesús nos lleva a ir contra corriente, a ser presencia contestataria en medio de la propia familia y de la sociedad. El seguimiento de Cristo puede suponer en el cristiano sufrimientos, incomodidades, enemistades; “pero el que persevere hasta el final, ese será salvo” (Mt 24, 13).
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  • creer en Jesucristo trae divisiones ya que su mensaje confronta el pecado y las leyes puestas por el hombre. Jesús dice que no había venido para establecer paz en el mundo sino divisiones, pleitos y dificultades porque su predicación descubre el pecado quitando la paz especial de todos aquellos que quieren vivir su vida según sus propias leyes y no las de Dios.
  • la paz que Cristo es y que Cristo quiere dar para que reine en este mundo, no es la paz según los esquemas humanos. Jesús dijo: ·La paz os dejo, mi paz os doy; pero no os la doy como la da el mundo” (Jn 14, 27). Jesús habla de la paz que Él trae, de una paz que no coincide con el concepto de paz que ofrece el mundo. Jesús trae una paz que va en contra del concepto erróneo que de ésta tiene el mundo.
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  • la cruz, la cruz también divide. La cruz siempre trazará una línea que divide a unos hombres de otros. Esa línea contrapone a dos clases de hombres. Porque la cruz se contrapone abiertamente a los principios del mundo. El cristiano que quiere actuar en fidelidad real a Cristo se esforzará con valentía a ser auténtico; y esto no lo acepta la mentalidad del mundo que odia lo que no es suyo (Jn 15, 19), como tampoco lo acepta quien se quiera adecuar al mismo aunque se confiese cristiano.

Cristo fue desde que nació signo de contradicción

Por: P. Antonio Rivero, L.C.

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Así se lo dijo Simeón a María y a José cuando éstos lo presentaron en el templo (cf. Lc 2, 21-40). Tres veces fue Jesús a hablar a su pueblo, Nazaret.

 La primera le aplaudieron hasta el punto de echar humo las palmas de la mano, porque hablaba “como los ángeles”, era su paisano y no había más que hablar. 

La segunda le silbaron porque enmendó la página al profeta Isaías, el hijo del carpintero al profeta, ¡hasta ahí podemos llegar!, diciendo que el Mesías no es el Dios de las venganzas, sino el Dios de las bondades y del perdón.

 La tercera, fue la vencida: porque igualó delante de Dios a extranjeros, judíos y paganos, le empujaron por las calles del pueblo hasta las afueras, al despeñadero, un envite y… ¿a quién se le ocurre igualar paganos, extranjeros y judíos, estos últimos que eran raza elegida por Dios? Definitivamente este Jesús de Nazaret es ¡Signo de contradicción! 

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Predica otra Noticia distinta –las bienaventuranzas-, más interior y no tanto exterior y esclava de preceptos, y que no hacía resonar el eco del Antiguo Testamento… ¡está desfigurando la religión de Israel! Iba a banquetes, y bebedor. Se dejaba tocar por los pecadores. Se hacía acompañar por mujeres que le servían en sus necesidades. Enseñaba en las calles, era criticado. Dejaba que los niños se acercaran a Él, y los acariciaba y bendecía, estaba bajo la lupa de los fariseos y doctores de la ley.

Era un peregrino itinerante que no tenía donde reclinar la cabeza. Era considerado raro y estrafalario. ¡Signo de contradicción! «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» Jn 1, 11). ¿Para quién Jesús es signo de contradicción y piedra de escándalo? Para los soberbios, para los que se resisten a creer, se convierte en “roca de escándalo” (cf. 1 P 2,8). Y es el mismo Señor quien advierte: “Bienaventurado el que no se escandalice de mí” (Mt 11,6)

EVANGELIO DEL DIA

Lectura del santo evangelio según san Marcos (2,23-28):

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Un sábado, atravesaba el Señor un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas.
Los fariseos le dijeron: «Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?»
Él les respondió: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros.»
Y añadió: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado.»

Palabra del Señor

REFLEXIÓN AL EVANGELIO

El evangelio de hoy nos habla de varios incidentes en los que Jesús es acusado de quebrantar el sábado. Pero el Señor da una interpretación auténtica a la santidad de este día. Lo primero es amar a Dios y ese amor nos lleva a amar y a hacer el bien.

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Hoy el Evangelio nos resalta la valentía, la de no tener miedo a ser un signo de contradicción como lo fue el Señor con sus contemporáneos. Es posible que la fidelidad al Evangelio, a la doctrina moral de la Iglesia, a las enseñanzas del Papa, nos pueda traer muchas veces críticas. El Papa Francisco nos esta llamando continuamente a luchar contra la “mundanidad”, no dejarnos llevar por el espíritu de nuestro mundo. Si no me conformo con vivir como me propone el mundo, tal vez seré rechazado como le ocurrió al Señor. Cuántas veces el respeto humano me puede hacer callar mi condición de cristiano; por eso he de mantenerme cerca del Señor para tener las fuerzas de vivir de cara a Él, sin temer ir contra corriente. Se nos vuelve a recordar que la ley suprema del Evangelio es la de la caridad, que no basta quedarse con un cumplimiento aparente o hipócrita de los mandamientos, que no es suficiente cumplir con ciertas cosas y decirse católico mientras en la práctica se sigue pensando y viviendo como pagano. Llevemos a nuestra oración la suplica al Señor que nos ayude a ser radical en su seguimiento, a vivir con coherencia de vida y con caridad para con todos. Que tengas un buen día.

Jesús Aguilar Mondéjar, sacerdote

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Hay personas tan obedientes a Dios que al final van contra su voluntad más clara. Son tan estrictas en el cumplimiento de las normas y leyes de la Iglesia que dejan en segundo lugar el amor, la misericordia, el perdón, la comprensión y el respeto a la persona. Son como los fariseos que daban más importancia a la Ley que a sus valores, porque para ellos lo escrito y mandado era lo que había que hacer y cumplir olvidando la Palabra del Señor: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. La Ley y sus valores están al servicio de la persona, la libertad, la alegría y la comunidad. ¡Cuidado con los fundamentalismos, moralismos y ritualismos! Todos los extremos son peligrosos; de ahí la importancia de este gran principio de comportamiento de Jesús.

Jesús encarnado procuró el bien, la felicidad, la alegría, la paz para todos, y la unidad de la comunidad. Él mismo dice: “Yo he venido para que tengan vida y ésta en abundancia”. Jesús privilegia siempre la vida e insiste en el valor de la persona; un valor que es preciso recuperar hoy, primero frente a una religión tan organizada que sea una máquina de exclusión, y segundo frente a una sociedad que privilegia a los fuertes y excluye a los débiles.

Si este principio de Jesús orientó la vida de los primeros cristianos en una sociedad y religión excluyente, también hoy debe orientar la vida de los cristianos en nuestras comunidades y sociedades. No podemos quedarnos tranquilos viendo cómo niños, jóvenes, adultos y ancianos son marginados, excluidos, maltratados e ignorados. Un cristiano y una comunidad cristiana debe alzar la voz y actuar en consecuencia con la Palabra de Jesús: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado”.

José Luis Latorre, Misionero Claretiano

Categorías:Espiritualidad Evangelio del día Jesús

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unpasoaldia

Un caminante en la fe, obediente a la Santa Iglesia y en espera de la conquista del Santo Cielo

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