La Lepra espiritual, una enfermedad contagiosa en este tiempo

En la época de Jesús, se consideraba la peor tragedia tener la enfermedad de la lepra.  Era un sufrimiento físico, emocional, social, familiar, teológico y moral—en pocas palabras, la magnitud de esta enfermedad abarcaba toda la vida de la persona.

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La lepra es una de las enfermedades más horrorosas de todos los tiempos. La desfiguración y el temor al contagio hacían que las víctimas de esta enfermedad sean verdaderos desterrados de la sociedad, que estaban condenados a vivir en la soledad de su propio drama. Al hablar de la lepra nos referimos a la pérdida de la sensibilidad táctil, lo que hace que el leproso no pueda distinguir cuando se corta o se quema, haciéndose daños considerables en su ya perjudicado organismo. 

Hoy en día, como en ningún otro período de la historia, estamos viviendo una verdadera epidemia de lepra que ya no es física sino espiritual. Hombres y mujeres destrozados anímicamente porque han perdido la sensibilidad del alma y viven haciéndose daño en el corazón, al no poder percibir las espinas endurecidas de la infidelidad o el calor sofocante de las pasiones sin control.

Son seres humanos solitarios, que temen encontrarse a la luz del día con otras personas, por el miedo a que se hagan visibles sus muñones emocionales carcomidos y sus heridas que supuran dolor y amargura. Desean con toda el alma el poder ser tocados y queridos, pero tienen tanto miedo que prefieren los rincones solitarios en donde se puedan juntar con otros como ellos, tristes y solitarias almas envilecidas y condenadas a una existencia infrahumana.

José Mendoza

“El leproso andará harapiento, con la cabeza desnuda, con la barba tapada, y gritando: <¡Impuro, impuro!>. Vivirá solo y fuera del campamento” Levítico 13,1.

Es un deshecho de la sociedad, prácticamente está muerto. Aquella sociedad no conocía otro remedio contra la terrible enfermedad sumamente contagiosa, más que el aislamiento para evitar la

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propagación de la lepra, símbolo del pecado, en el que está sumergida la entera humanidad. Así lo reconoce hoy la Liturgia, y al conjugar las lecturas sobre la lepra, con el salmo sobre el pecado, debe surgir espontánea la confesión del salmo: “Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito” Salmo 31.

El leproso es visto como un maldito que está condenado a ver cómo de día en día, se van desmoronando todos sus miembros, esperando la muerte..Resulta duro imaginar el rostro purulento del leproso y su facha andrajosa. 

Sí, la peor lepra es la del pecado.

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Lepra de mente, cuando pensamos cosas indignas. Lepra de los ojos, cuando miramos lo que no debemos. Lepra del corazón, cuando odiamos y deseamos el mal, o la mujer o el varón que no nos corresponde. Lepra de las manos, cuando nos peleamos o cuando no compartimos. Lepra de los pies, cuando transitamos por lugares tenebrosos. Y con esta lepra del pecado vienen todas las consecuencias: nos apartamos de Dios, nos alejamos de los hombres, matamos nuestra alma, y los demás males del mundo.

¿Cómo distinguir el contagio?

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Muy fácil: simplemente, observa si en tu corazón hay pequeñas (o ya grandes) heridas por situaciones emocionales equivocadas en las que caes una y otra vez hasta el punto de volverte insensible al dolor, que solo se manifiesta cuando ya es muy tarde y te das cuenta que volviste a equivocarte.

Puede ser el mismo enojo desmedido, la repetitiva excusa para aceptar esa adicción malsana, los malos hábitos con los que luchamos desde hace muchos años atrás aunque infructuosamente.

Son todas aquellas cosas que nos hacen daño, pero que invariable e insensiblemente vuelven a nuestra vida una y otra vez produciendo corrosión, desgaste y pesadumbre.

Lo terrible es que en una sociedad como la nuestra, la lepra espiritual también es castigada con el rechazo y el aislamiento.

Cómo combatir esta enfermedad?… como el santo de Asís

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Jesús tomó sobre sí nuestras enfermedades, se convirtió en “leproso” para que nosotros fuésemos purificados. Maravillosa es la famosa experiencia de san Francisco de Asís, que lo resume al principio de su Testamento: “El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: cuando estaba en el pecado, me parecía algo demasiado amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me quedé un poco, y salí del mundo”.(FF 110).

En los leprosos, que Francisco encontró cuando todavía estaba “en el pecado” –como él dice–, Jesús estaba presente, y cuando Francisco se acercó a uno de ellos, y, venciendo la repugnancia que sentía lo abrazó, Jesús lo sanó de su lepra, es decir de su orgullo, y lo convirtió al amor de Dios. ¡Esta es la victoria de Cristo, que es nuestra sanación profunda y nuestra resurrección a una vida nueva!

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La enfermedad en sí misma ya trae pena y dolor. Además el leproso era excluido del pueblo para que no contaminara a la comunidad y se le prohibía la relación con los demás. La soledad, el rechazo y el oprobio, al ser marcado como amenaza para la vida del pueblo, acentuaba su sufrimiento. Era considerado como un muerto, impuro, contaminado, y se formaba una barrera entre él y la comunidad. Para colmo, él mismo tenía que ir proclamando su impureza y su separación. Tocar a un leproso implicaba quedar impuro uno mismo y separarse de la comunidad. Igual que en nuestra sociedad, con muchos nuevos leprosos, se prefería tenerlos aislados y en el olvido. Nos escandalizan estas actitudes del aquel tiempo y tenemos actitudes muy parecidas o peores.

¿Qué hace Jesús?

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Rompe todo este proceso discriminativo y humillante, su mano rompe barreras. Primeramente permite que “se le acerque” y crea sintonía con el marginado, porque su acción no es meramente una obra caritativa que aleja, sino una participación del mismo sufrimiento.

Se pone junto a él, con la consecuencia de quedar también Jesús marginado. La curación de la lepra es una señal mesiánica, signo claro de la llegada del Reino, al romper la raíz de la peor de las marginaciones. Es un signo preñado de humanidad: Jesús se mancha las manos con el dolor de la persona que sufre a pesar de las consecuencias religiosas y sociales que debe asumir. 

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Sólo acercándose físicamente le puede mostrar la cercanía de Dios y la invalidez de las leyes rituales. Para Él, el amor está por encima de las leyes religiosas, sociales o morales. La indignación de Jesús es porque esas leyes atan, marginan y deshumanizan. Crean barreras y estorbos, a veces insuperables, que separan a las personas entre sí y también de Dios. ¿Cómo sentir el amor de Dios cuando los hombres no te quieren reconocer como persona?

La mano extendida de Jesús que toca, que cura y que rompe barreras, es para nosotros un signo que nos llama a compromisos y reflexiones.

Por una parte no teme entrar en contacto con cada uno de nosotros, con la suciedad y podredumbre, con la miseria humana que vamos cargando. Esto nos alienta para acercarnos a Él a pesar de nuestro pecado e indignidad. Él nunca nos rechaza, Él siempre quiere sanarnos.

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Pero por otra parte, nos lanza también a nosotros a romper todas las barreras que hemos ido construyendo en torno a los modernos leprosos: ancianos, migrantes, enfermos, etc.,  y nos pide que caminemos junto a Él. Que en su compañía nos acerquemos a los leprosos de hoy que Él “quiere” seguir tocando, bendiciendo, curando y devolviendo la dignidad.

Necesitamos quitar las barreras de nuestra mente y de nuestro corazón para abrirnos  y hacernos sensibles y misericordiosos como Jesús. Que a través de nuestras manos siga tocando y acariciando; a través de nuestros ojos mirando con alegría y ternura; y a través de nuestro corazón uniendo, restaurando y humanizando.

Evangelio de Hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,40-45):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Palabra del Señor

Comentario al Evangelio del jueves, 16 de enero de 2020

  Alejandro Carbajo Olea, cmf

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El leproso del Evangelio no era feliz. Estaba fuera de la sociedad, de la vida religiosa, de la familia… Sin derechos, marginado. El encuentro con Jesús le devuelve sus derechos, le restaura su dignidad como persona.

Volvemos a ver a Jesús cercano a los que más sufren, los pobres, los niños, en este caso, los enfermos. Es una persona con fe, que sabe que su única salida es Jesús. Ha oído hablar de Él, y le confía su vida. “Si quieres, puedes curarme”. Jesús, por supuesto, quiere. Y le da una segunda oportunidad.

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Nosotros hemos oído hablar de Jesús, sabemos mucho de Él – seguramente mucho más que aquel leproso – aunque a lo peor, no tenemos tanta fe. O no nos decidimos a pedirle a Cristo que nos libere. Pero lo más importante es que Jesús, como sintió lástima de aquel enfermo, siente también lástima por ti. Por cada uno de nosotros. Basta que nos acerquemos a nuestro Salvador con la esperanza de que Él lo puede todo. Y nos purifica, nos limpia, nos da la vida y nos devuelve la dignidad de hijos de Dios. Ahí radica la fuerza del sacramento de la Penitencia.

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El exleproso se dedicó a alabar a Jesús “con grandes ponderaciones”. Ojalá nosotros podamos ser testigos de la alegría, cada vez que recibimos el perdón, y que se note en nuestras vidas. Y, si hace mucho que no te confiesas, aprovecha la ocasión que nos da hoy la Liturgia para decirle a Jesús que, si quiere puede limpiarte. Seguro que quiere. Y siéntete limpio otra vez. Siempre se puede.

CRUZADA MUNDIAL DE ORACIÓN. HOY ORAMOS POR