Alma Víctima

EL ALMA VÍCTIMA

Vivir muriendo y Morir amando.

“… y voy completando en mí mismo lo que falta de las aflicciones de Cristo, en favor de Su Cuerpo, que es la Iglesia.”
San Pablo a los Colosenses, cap. 1, vers. 24

Un Alma Víctima es aquella persona que se ofrece, o bien es elegida por Dios, para padecer diferentes pruebas, físicas y espirituales, en un grado sobrenatural y con objeto de ser continuadores de la Pasión con Cristo Nuestro Señor; la mayoría de las veces comparten místicamente con Él los mismos sentimientos que Jesús en Su cruenta Pasión y en algunos casos, hasta los mismas heridas, como ocurre con los estigmatizados. 

                Esta unión con Cristo viene precedida de una perfecta devoción por la Virgen Santa, sin la cual sería imposible alcanzar dicha comunión de afectos.

                Estas almas se convierten en predilectas del Sagrado Corazón porque desde su corazón, se han desasido de todo atractivo por el mundo y están plenamente enamoradas de Cristo, por lo que se viven escondidas en Sus Llagas y todo su ser está como transfigurado con Él.

                El Alma Víctima,  al padecer sobre su cuerpo el dolor que produce el pecado de otros que viven disipados, reparan la Gloria de Dios, ofendida por la obligación de todo hombre de reconocer a su Creador y aplacan al tiempo, con la aceptación heroica de los dolores morales -peores que los físicos- la Justicia Divina sobre un mundo cada vez más corrupto.

                Con Jesús Nuestro Señor, las Almas Víctimas son verdaderas Hostias que se inmolan, no en un altar sino en su propia persona, negándose a participar de los entretenimientos y frivolidades del mundo y viviendo sólo para tener intimidad con Jesús Crucificado. Por esa unión en el Sacrificio redentor, las Almas Víctimas también consiguen multitud de gracias para las Almas del Purgatorio, como el fue el caso del Padre Pío de Pietrelcina.


“Ofreced vuestros cuerpos como una hostia o víctima viva, santa y agradable a Dios. Porque en esto consiste el Verdadero Culto.”
Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos, cap. 12, vers. 1


             
  La vocación del Alma Víctima es especialísima: su misión es SUPLIR el amor que otras almas debieran tener al Señor; por eso siguen la máxima evangélica “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (San Mateo, cap. 16, vers. 24), pues Nuestro Señor invita a muchos pero pocos son los que a Él se entregan con el corazón; el Alma víctima consuela a Jesús por cuantos fingen seguirle, por aquellos que se llaman cristianos y sólo quieren saber “del Resucitado“, pero olvidan a Jesús en Getsemaní, a Jesús traicionado, a Jesús azotado…


                El maravilloso Dogma de la Comunión de los Santos nos enseña que todo el bien, todas las oraciones, sacrificios, buenas obras e indulgencias que ganemos, pueden ser compartidas entre los bautizados en la Fe Católica; la obra silenciosa de las Almas Víctimas, su continuo calvario, su crucifixión incruenta, nos alcanza del Cielo multitud de gracias y bendiciones que tal vez sólo en el Paraíso llegaremos a entender.


                Que en la medida de tus posibilidades seas tú también un Alma Víctima, pues Jesús lo fue antes por ti; acepta de buena gana tus limitaciones, miedos, miserias… no veas como castigo lo que en realidad son pruebas para ganar el amor de Dios; usa todo como abono para una nueva vida de unión con Jesús y María; sólo de la mano de tan Buena Madre podrás alcanzar esta gracia que deseo para tu santificación personal.


  “Hace ya un tiempo que he sentido la necesidad de ofrecerme al Señor como víctima por los pobres pecadores y por las Almas del Purgatorio. Este deseo ha estado creciendo continuamente en mi corazón, hasta el punto de que ahora ha llegado a ser, lo que llamaría una fuerte pasión. He hecho este ofrecimiento al señor varias veces, suplicándole que derrame sobre mí el castigo preparado para los pecadores y por las Almas del Purgatorio, aun aumentándolas cien veces más para mí, siempre que Él convierta a los pecadores y rápidamente admita al Paraíso a las Almas del Purgatorio.” 

(De una carta del Padre Pío a su Director Espiritual, Padre Benedetto, el 29 de Noviembre de 1910)

Ofrecer nuestra vida como hostia agradable a Dios

“Por lo tanto, hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como víctima viva, santa y agradable a Dios. Éste es el culto espiritual que debe ofrecerse. No tomen como modelo a este mundo, por el contrario, transfórmense interiormente, renovando su mentalidad a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que agrada, lo perfecto.” Romanos 12, 1

Venerable Carlo Acutis se ofrece a sus 15 años, al sufrir Leucemia fulminante, por el Papa y la Iglesia

Pablo nos invita al ofrecimiento de un culto espiritual de todo nuestro ser que le resulte agradable a Dios. La expresión de Pablo “ofrenda cultual” es una expresión que viene ya familiarizada con el pueblo hebraico y con los primeros cristianos, y también para el mundo pagano. Tal vez para nuestro mundo, lo cultual resulte distante, esotérico. Así lo evidencian estudios que se han publicado en estos días, en los cuales sólo un 4% de los católicos participan del culto. Tal vez porque resulte poco festivo, tal vez porque le falte vida.

En el documento “Sacrosantum Concilium” se dice que la celebración cultual debe ser expresión de la vida cotidiana allí manifestada, hecha oración y culto a Dios. Ya en el Antiguo Testamento esta celebración del pueblo que se reúne a celebrar tenía una fuerte connotación sacerdotal.

El pueblo judío era reconocido como pueblo sacerdotal. “Ustedes serán mi propiedad exclusiva, un reino de sacerdotes, una nación santa” se dice en Ex 19, 5-6. Sacerdote como aquél que ofrece culto a Dios. Lo santo es lo separado, lo consagrado para entregárselo a Dios.

Esta celebración cultual a la cual invita la palabra en Ex. 19, con ritos concretos, a partir de los profetas fue tomando un cariz más espiritual. Es ése el sentido al que apunta Pablo. Los profetas proponen un culto en el espíritu. Dice el profeta: “Estoy harto de holocaustos, no me traigan más ofrendas”.

Jeremías sostiene que Dios no ordenó sacrificios sino cumplir con las exigencias de la ley. En el profetismo se pasa de una celebración cultual litúrgica a una celebración espiritual más comprometida con la realidad y con la vida misma. Un espíritu no etéreo, sino que se encarna de muchas formas en la ofrenda a Dios. De nada sirve llenarse la boca de Dios si el corazón del pueblo está apartado de Dios.

Cuando la samaritana interroga a Jesús acerca de dónde será el culto, si en la montaña o en el templo de Jerusalén, Jesús le responde que los verdaderos adoradores lo serán en espíritu y en verdad. Dios quiere que nos ofrezcamos como hostias vivas agradables a Dios. Una ofrenda con características particulares: víctimas vivas y santas, que seamos capaces de ser nosotros la ofrenda cultual, como Jesús que Él mismo se entregó como ofrenda. Toda la vida se hace así cultual, ofrenda agradable a Dios.

En la época contemporánea a la aparición del Nuevo Testamento, se encuentran ejemplos (en los libros Sapienciales, en los del Qum Ram) que hablan de este culto interior, espiritual (cfr. Romanos 12, 1). En Sirácides 35, 1-3, se explica que los verdaderos sacrificios agradables a Dios son observar los mandamientos, hacer obras de misericordia, apartarse del mal y de la injusticia. En un texto de la comunidad de Qum Ram hay algo parecido: “la ofrenda de los labios será como el olor agradable de la justicia y la perfección de la conducta será como la ofrenda voluntaria aceptable”.

El filósofo Filón de Alejandría dice en uno de sus tratados: Dios no se complace cuando un hombre lleva centenares de víctimas al altar, porque Él es dueño de todas las cosas y no tiene necesidad de nada. Él se deleita en las almas que aman a Dios y en los hombres que practican la santidad. De éstos recibe tortas, cebada y otras cosas de poco valor como si fueran lo más valioso, prefiriéndolo a lo que cuesta mucho más. Y aún cuando no le lleven ningún otra cosa, si le ofrecen la más completa plenitud de virtud y de excelencia, le están ofreciendo el mejor de los sacrificios, honrando a Dios, su salvador, con himnos y acciones de gracia, con la voz y también sin que intervenga la lengua ni la boca: el que rinde así culto hace su exclamación e invocación únicamente con su alma.

Ésta no se aprecia con el intelecto porque hay un solo oído que la oye, que es el de Dios, que está escuchando, ya que el oído del hombre no puede percibirla. El clamor del alma por una vida ordenada en Dios suena en sus oídos como la mejor alabanza y ofrenda. No importa el número de las cosas sacrificadas sino la recta intención del que las sacrifica. Lo que importa es la recta intención.

Filón de Alejandría dice: ¿Qué habitación le prepararíamos a Dios? Ni aún cuando toda la tierra cambiara su naturaleza y se convirtiera en oro o en algo más valioso y fuese convertida por un orfebre en pórticos y templos, aún así no sería un lugar digno para que Dios pusiera sus pies. Pero un alma piadosa y un corazón limpio y puro es la habitación digna de Él. El verdadero culto es en el espíritu y en la verdad. La verdadera ofrenda es la de la vida. Y en nuestra participación de ofrenda de la vida con la vida de Jesús está el culto agradable a Dios.

Pablo en la carta a los Romanos alude a la víctima que se ofrece, viva y agradable a Dios. Las víctimas vivas que se ofrecían en el templo de Jerusalén eran animales muertos. Pablo dice que no debe ofrecerse eso, sino un culto, el de la eclesía cristiana, de seres humanos vivientes que se ofrecen. No quiere decir que hay que matar a alguien para ofrecerlo, sino ofrecer la propia vida. Esto es, divinizar la vida ofrecida. Una víctima que sea santa. La vida de los miembros de la Iglesia se caracteriza por su forma y está de acuerdo con la voluntad de Dios. Lo agradable a Dios es que vivamos según su querer y su voluntad. Esto se opone a la forma del mundo.

Pablo utiliza para referirse al mundo el término aión, que remite a la concepción rabínica de los dos aiones en la historia: uno denominado el del mal; y el mundo futuro, el que viene, donde sólo se hará la voluntad de Dios. Nosotros nos entregamos con lo que somos y tenemos, buscando que se haga el querer y la voluntad de Dios. No se trata sólo de un acto espontáneo de ofrecer lo que estamos atravesando en la vida, sino que el ofrecimiento es con la intención de que en nuestra vida se haga la voluntad de Dios.

Es en este sentido que hablamos de la divinización de la víctima que ofrecemos. Cuando nosotros nos ofrecemos, somos separados y transformados como víctima agradable a Dios. Los cristianos, llevando una vida santificada, ofrecen un sacrificio que Dios acepta con agrado. Es la misma vida de los cristianos lo que se ofrece. Éste es uno de los puntos más altos de la teología de Pablo. Esta posibilidad de ofrenda como víctima para ser transformados por Jesús, se relaciona con el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, donde somos uno con Cristo.

Eso es lo que nos dice Pablo: ofrézcanse ustedes como hostias vivas agradables a Dios, para ser alimento del mundo. Si este proceso de cristificación aumenta, crece, se desarrolla, nosotros somos alimento de Cristo para los hermanos.

El mundo tiene hambre de Dios. Tiene también hambre de nosotros en cuanto estamos unidos con Dios, tiene hambre de hombres y mujeres testigos del amor de Dios. Esta es la razón de ser de nosotros en el mundo: separados sí, pero no aislados. Separados como cosa de Dios para ser entregados como alimento para los hombres. Lo cultual resulta distante cuando no se compromete con el mundo, cuando no regresa al mundo para transformarlo.

Tal vez por eso nuestro culto católico sea poco atractivo, porque no ve en nosotros a hombres y mujeres que transformen el mundo, comunicando a Dios. Nuestro modo de culto está en crisis. No lo que celebramos, sino nuestro modo de participar en él. A veces podemos participar del culto en cuerpo pero estamos ausentes. Lo que está en crisis es la ofrenda de nuestra vida como culto agradable a Dios.

Artículo Hostias vivas, escrito por el Padre Javier Soteras

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