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La historia de Chiquitunga, la primer beata Paraguaya.

María Felicia Guggiari Echeverría, más conocida como Chiquitunga, es recordada en su natal Villarrica como una mujer que llevó una vida de santidad desde su juventud. Su sencillez, entrega y amor hacia los demás quedaron impregnados en la mente de aquellos que la conocieron.

La celebración de su beatificación será este sábado.

Chiquitunga adoptó el nombre de María Felicia de Jesús Sacramentado cuando ingresó al convento de las Carmelitas Descalzas, donde vivió sus últimos cuatro años de vida. Muchos se preguntan cómo en tan poco tiempo de vida religiosa ella logró encaminarse hacia la santidad. Quienes la conocieron, destacan que ella siempre fue una santa.

La carmelita nació en Villarrica, el 12 de enero de 1925. A los 14 años se unió a la Acción Católica.

María Felicia murió a los 34 años, el 28 de abril de 1959, tras internarse en un hospital durante poco más de un mes debido a una hepatitis que contrajo.

Fue conocida por trabajar en favor de niños y ancianos, a quienes cuidaba y orientaba con amor. Además asistía a los más pobres de la sociedad.

Aseguran que sus últimas palabras fueron: “Papito querido, ¡qué feliz soy! ¡Qué grande es la religión católica! ¡Qué dicha, el encuentro con mi Jesús! ¡Soy muy feliz!” y “Jesús, te amo. ¡Qué dulce encuentro! ¡Virgen María!”.

SU MILAGRO. El milagro que la comisión médica de la Santa Sede confirmó fue la curación del bebé Ángel Ramón, quien tras su nacimiento, en el 2002, estuvo veinte minutos sin signos vitales, y tras el pedido a Chiquitunga, se recuperó.

Para la canonización se espera un segundo milagro que debe ser estudiado por médicos, pasar a Roma para su análisis por la congregación de la causa de los santos.

Desde muy joven el corazón de Chiquitunga ardía de amor a Jesucristo, y se consumía de celo apostólico: el deseo de colaborar con Jesús en su obra salvadora.

A los 16 años se alistó en las filas de la Acción Católica de la que fue miembro entusiasta y dirigente abnegada. Se consagró a servir a Dios. Lo encontró en los niños en la catequesis, en los jóvenes trabajadores o universitarios con sus problemas, en los pobres, enfermos y ancianos en sus necesidades materiales y espirituales. Trabajó primero en Villarica, luego en Asunción. Sobre aquellos tiempos de apostolado escribió:

  • En todos los trabajos que estoy realizando trato de poner el sello de nuestro espíritu cristiano, porque quiero que todo se sature de Cristo y donde quiera que sea pueda dejar un rayito de luz.
  • No sabría explicarle la ansiedad, el deseo intenso de trabajar exclusivamente, entregada en cuerpo y alma por causa de Cristo, al apostolado; sed, verdaderamente sed, tengo de una inmolación mas efectiva.

Logró un olvido total de si misma para entregarse a Dios y al prójimo. Su amor por los pobres y por los que sufren fue excepcional. Hablando de “sus viejitas” de Villarica escribe:

  • Nunca imaginé que sería tan feliz llevando consuelo a quienes con su dolor hacen posible nuestra vida… Recorriendo hogares, prodigando aunque sea tan solo una sonrisa como fruto espontáneo de la gracia palpitante en nuestras almas, encendido nuestro poco de Amor Divino. Ser apóstoles, Señor, que hermoso sueño”.

Deseando ya entrar en el Carmelo, M. Felicia escribe:

  • Se me hacen tan largos los días y quisiera pasaran uno tras otro hasta ver llegada aquella maravillosa aurora en que, encerrada en las cuatro mas felices paredes que haya habitado en mi vida, ofreciendo sin cesar mi vida…

Felicia amaba de corazón el apostolado. Pero llegó el día en que Jesús la llamó para Sí en la vida contemplativa. Para ofrecerlo todo a Dios, a los 30 años, ingresó en el Carmelo de la Asunción (Paraguay). Tomó el hábito de Carmelita Descalza el 14 de agosto de 1955. Su camino fue ofrecerlo todo. Como Santa Teresita de Lisieux y otras grandes hijas del Carmelo, la Hna. Felicia descubrió el secreto de la vida escondida para Jesús, vida sumamente fecunda que desborda en bendición para toda la humanidad. Cuentan que cierta Hermana había exclamado: “Apresurémosnos, porque el tiempo es oro”, a lo que ella respondió con toda dulzura para no ofenderla: “No, hermana, el tiempo no es oro, es apostolado”.

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Vibraba en ella el amor apremiante de Cristo, la ternura filial a su “Madrecita”, La Virgen María, la participación activa en la Eucaristía y en la misión evangelizadora de la Iglesia Católica.

Las Madres Carmelitas Descalzas de Asunción recuerdan: “En los cuatro años que la querida Hermana vivió entre nosotras se caracterizó por su gran espíritu de sacrificio, caridad y generosidad, todo envuelto en gran mansedumbre y comunicativa alegría”

La hepatitis infecciosa que ya había llevado a la tumba a una de sus hermanas, la obligó a internarse en un Sanatorio de la ciudad, en enero de 1959, por un mes y algo mas.

  • Estoy con estos sentimientos de que no ha de ser mucho lo que me falte para que Jesús, viendo sobre todo mi nada, me lleve pronto.

Aunque pide por su salud porque cree que todavía podrá servir a su Amado en la tierra, ella se pone totalmente en sus manos.

Enfermó de púrpura, una especie de derrame interno que producía en distintas partes del cuerpo y de la cara unas manchas de sangre; su médula ósea no elaboraba ya glóbulos rojos.

  • ¡Jesús tomó de verdad la ofrenda! A lo que El disponga, lo digo con toda el alma y si El lo quiere sabe por qué!
  • Ya estoy esperando a Jesús, quisiera llenarme de sólo su amor y no vivir sino sólo pare El. Sólo espero cumplir su voluntad, no quiero otra cosa. Me he ofrecido a El como pequeña víctima, por los sacerdotes, por nuestra Sagrada Orden, por Nuestra Comunidad, por mis padres y familiares, en fin, por todas las almas”.

Tenía un gran anhelo por encontrarse con su Divino Esposo. La Hna. Felicia recibió con mucha devoción el sacramento de los enfermos con todo su conocimiento. “He aquí Jesús, a tu pequeña esposa”.

Murió el 28 de marzo del 1959, domingo de Pascua. Aproximadamente a las cuatro de la mañana, y con todos los familiares presentes, entra en agonía. Estaba rozagante, recuerda alguien. Pidió a la madre Priora y a otras dos Madres allí presentes, le leyeran el “Muero porque no muero” de Santa Teresa de Jesús (fundadora de la orden). Recostada en los almohadones parecía dormir. De pronto se yergue y con una energía no común exclama:

  • Papito querido, ¡qué feliz soy!; ¡Que grande es la Religión Católica!; ¡Que dicha el encuentro con mi Jesús!; ¡Soy muy feliz!”

Y sin borrársele la sonrisa:

  • Jesús te amo. ¡Que dulce encuentro! ¡Virgen María!
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Luego una frase de despedida y consuelo a su madre y hermano y plácidamente su alma voló al cielo. En su rostro quedó estampada la dulce y característica sonrisa que le había animado en vida. Chiquitunga tenía 34 años de edad.

Reliquia del cerebro incorrupto de la Venerable María Felicia de Jesús Sacramentado, Chiquitunga / Crédito: Beatificación Chiquitunga

El 27 de septiembre de 2011 la doctora Alba Núñez de Diez Pérez fue convocada por las religiosas para limpiar los restos de la Venerable Chiquitunga.

“Sacamos todos los huesos y tratamos de armar el esqueleto. Tratamos de ubicar hasta los huesitos de los dedos. Lavamos cada hueso. Cuatro hermanas me ayudaron con las tareas. El trabajo se extendió por varios días”, explicó la doctora Núñez al diario local Última Hora.

“El martes 27 llegó el momento de lavar el cráneo. Me percato de que dentro hay algo que pensamos era un huesito. Tratamos de sacarlo y una de las hermanas me dijo que parecía un cerebro. Yo le dije que eso era imposible, ya que es lo primero que desaparece tras la muerte”, detalló.

“Buscamos un sitio con mayor iluminación y, al dar la luz del sol, dije: ‘¡Dios mío, era el cerebro!’. Logramos sacarlo con sus dos hemisferios y el cerebelo. Encajaba perfectamente. Algo imposible, una gracia de Dios”, afirmó la doctora Núñez.

La especialista manifestó que las demás partes del cuerpo estaban en descomposición y solo el cerebro estaba petrificado e incorrupto. Confirmó con antropólogos, anatomopatólogos y “todos me dijeron que no tienen una experiencia similar, que es un milagro. Es imposible que algo esté así sin la gracia de Dios”.

El neurocirujano Elio Marín Sanabria, miembro de la comisión que analizó el cerebro encontrado, relató a Última Hora que este estaba petrificado y tenía el tamaño de una naranja pequeña.

“Se identificaba perfectamente el cerebro, el cerebelo y el tronco cerebral. Estaban bien intactos con todas las características fenotípicas propias de la estructura anatómica y bien identificable. Tenía un color beige”, precisó.

Marín aseguró que el cerebro es lo primero que desaparece o se degrada al morir una persona. Por ello es muy “rara” la conservación del cerebro de Chiquitunga, tanto por las causas de su fallecimiento, la cantidad de años que han pasado, las escasas técnicas de conservación de los cuerpos y la elevada temperatura ambiental de Paraguay.

El cerebro petrificado junto a los restos de Chiquitunga permanecieron desde el 2015 en el mausoleo del convento de las Carmelitas Descalzas, en el barrio Carmelitas de Asunción. En marzo de 2018 una comisión de especialistas del Vaticano realizó una revisión exhaustiva y posterior conservación del cerebro.

Categorías:Mujer Santos

unpasoaldia

Un caminante en la fe, obediente a la Santa Iglesia y en espera de la conquista del Santo Cielo

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