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¿Cómo tener más fe?

Es difícil seguir creyendo en medio de las dificultades, de las tragedias

Necesito creer en la presencia sanadora de Jesús en mi vida: “El Señor me respondió así: – El justo vivirá por su fe”. Quiero vivir de la fe. Pero me falta fe. Los discípulos le piden a Jesús que aumente su fe: “En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: – Auméntanos la fe”.

Yo tengo poca fe. Me parezco a esos discípulos que no tenían fe. Me parezco a veces a tantos hombres sin fe. ¿Cómo es mi fe de verdad?

A veces puedo ver la fe como algo estático. Como un conjunto de creencias, de principios, de dogmas. Un conjunto de valores que heredé de mis padres o que me regaló Dios en algún momento de mi vida. Un conjunto de verdades que quiero conservar hasta la muerte, pase lo que pase. Pero me quedo en la teoría.

Creo o no creo en lo que me pide la Iglesia. Me ato a la certeza incierta de que Dios existe y hay un cielo. Pero es algo racional que no toca el corazón. No baja de mis labios.

Y divido a los hombres en creyentes y no creyentes. Separo a los que creen en todo lo que pide la Iglesia y los que quitan parte de esas creencias porque no las comparten. Hago grupos. Divido, separo.

Quizás mi fe es una fe algo estática. Una fe que no me lleva a actuar, a amar, a dar la vida. Y la fe que no tiene obras, es una fe muerta. Digo que tengo fe, pero es una fe teórica, de conceptos, de principios, de teorías. Por eso luego vivo en la práctica como si no tuviera fe.

Pienso en lo que hay que hacer y lo hago. Sólo quiero obedecer. Y no acabo de ver el poder infinito que tienen mis palabras finitas. Y no me asombro de su carne entre mis manos donde antes había sólo pan.

Y no me maravillan los milagros que nadie ve, de los cuales a veces soy testigo. Esos milagros ocultos en el fondo de las almas. Donde yo me abismo con respeto infinito. Y no soy capaz de ver la mano sanadora de Jesús haciendo milagros sencillos.

Me falta fe. Tal vez porque la vida me ha enseñado el dolor de los hombres. Y he sido testigo de pérdidas y desgracias. Y resuenan en mi alma las palabras del padre José Kentenich: Aunque la fe esté sembrada en el corazón desde la infancia, resulta difícil conservarla en la vida diaria, en la que Dios permite esas terribles atrocidades”.

Es difícil seguir creyendo en medio de las dificultades, de las tragedias, de las desgracias. Y yo soy testigo de esa fe que se tambalea en muchos hombres en medio de los terremotos. Dios parece ausentarse de la vida de algunos hombres. ¿Cómo enseñarles a creer? ¿Cómo aumentar su fe?

Jesús me dice: “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa montaña: – Arráncate de raíz y plántate en el mar. Y os obedecería”. Y la mostaza es la más pequeñas de las semillas. Y la montaña es imposible de ser trasladada.

Mi fe basta con que sea pequeña como ese grano minúsculo de mostaza para ser fecunda. Definitivamente me falta fe. No acabo de creer en el poder oculto entre mis manos. En la fuerza infinita de su palabra en mis labios.

Dudo y desconfío de esa fe que sana. No soy como ese niño abrazado a su madre, confiado en su padre. Soy ese niño adulto que ha perdido la ingenuidad, la inocencia primera y busca causas y resultados en todo lo que hace. Y juzga actitudes, y condena. Se aferra a lo que conoce. Y desconfía de lo que no ha probado.

No acabo de entender cómo se puede aumentar mi fe. Tal vez dejándome caer en las manos de Dios como un niño. Tal vez renunciando a mis seguros. No lo sé. Es como un músculo que se ejercita amando. Caminando. Confiando.

“Auméntame la fe”. Para poder ver un oasis en el desierto. La paz en medio de la guerra. La vida en la muerte. Su mano providente en el dolor. Su presencia alentadora al final de mi camino.

Quizás si me adentro más dentro de mí, más dentro de Jesús, aumentará mi fe. Si dejo de hacer tantos cálculos humanos y confío en su presencia. Si me dejo llevar por Él por los senderos de la vida. No lo sé. Tengo poca fe.

Y creo que los hombres son los que conducen mi vida, sin ver que es Dios quien lo hace oculto en las sombrasY me engaño a mí mismo haciendo proyecciones, diseñando estrategias y olvidándome de rezar más para percibir sus deseos.

Me falta fe. Como a esos apóstoles que caminaban con Jesús y no entendían nada. Quiero aprender a dejarme caer en las manos de Dios.

El otro día leía: “Algo parecido a esa terrible eternidad entre la angustia y la fe que experimenta un niño cuando por primera vez se deja caer hacia atrás y prescinde de todo apoyo para descubrir que el agua realmente lo sostiene y que es capaz de flotar inmóvil y sin ningún esfuerzo”.

Confiar en lo que Dios me pide. Dejarme caer en el agua y ver que no se acaba todo. Saltar con valor allí donde Dios me pide que salte. Y ver lo que no veo. Y encontrar lo que no busco.

Carlos Padilla Esteban | Oct 02, 2016, fuente: Aleteia

Oremos…

Señor, yo creo en Ti: Aumenta mi fe. Confío en Ti: Fortalece mi confianza. Te amo: Hazme amarte más y más. Me arrepiento de todos mis pecados; aumenta mi arrepentimiento.

Te adoro como mi principio; te anhelo como mi destino final, te alabo como mi constante ayuda y clamo a Ti como mi Bondadoso Protector. Guíame con Tu Sabiduría, corrígeme con Tu Justicia, confórtame con Tu Misericordia, protégeme con Tu Poder.

Te ofrezco, Señor, mis pensamientos: Para que sean grabados por Ti; mis palabras; para que te tengan como tema; mis obras: Para reflejar mi amor por Ti; mis sufrimientos: para esperar por Tu Eterna Gloria.

Quiero hacer lo que me pidas: Y en la forma que lo pidas; mientras lo pidas porque Tú lo pides. Señor, ilumina mi entendimiento, fortalece mi voluntad, purifica mi corazón y hazme Santo. Ayúdame a arrepentirme de mis culpas pasadas y a resistir las tentaciones del futuro.

Ayúdame a levantarme de mis debilidades humanas y a crecer fuerte como Cristiano. Déjame amarte, mi Señor y mi Dios, y verme como realmente soy: Un peregrino en esta tierra, un Cristiano llamado a respetar y amar toda vida que toco, a mis superiores, mis amigos y mis enemigos.

Ayúdame a combatir el enojo con dulzura; la codicia con generosidad y la apatía con fervor. Ayúdame a perdonarme y a extender el perdón a los demás. Hazme prudente al planificar y valiente ante el peligro.

Hazme paciente en el sufrimiento y modesto en la prosperidad. Mantenme, Oh, Señor, atento cuando ore, moderado en el comer y el beber, diligente en mi trabajo y firme en mis intenciones.

Haz mi conciencia clara, mi conducta sin falta, mi palabra mesurada y mi vida ordenada. Haz que esté atento a mis debilidades humanas.

Déjame apreciar Tu Amor por mí, mantener Tu Ley y al final obtener Tu Salvación.

Enséñame a comprender que este mundo es pasajero y que mi verdadero futuro está en la Felicidad Celestial; que la vida en esta tierra es corta y la futura es Eterna.

Ayúdame a prepararme a morir con temor al Juicio Final, pero con gran confianza en Tu Bondad. Llévame seguro a través de la muerte al gozo Eterno del Cielo. Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, AMEN.”

Papa Clemente XI.

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unpasoaldia

Un caminante en la fe, obediente a la Santa Iglesia y en espera de la conquista del Santo Cielo

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