María

La Corona de las 7 alegrías de la Virgen María

Muchos conocen los dolores de Nuestra Señora, pero ¿y sus alegrías?

La Corona de las Siete Alegrías de la Virgen María, también llamada Rosario Franciscano, surgió a principios del siglo XV en Italia, en la época de san Bernardino de Siena (1380-1444). En esta oración, los franciscanos recuerdan las alegrías de Nuestra Señora.

Según una antigua tradición, antes de su Asunción de los cielos, María vivió 72 años en la Tierra. Por eso, en la Corona de las Siete Alegrías rezamos dos Avemarías antes de las siete decenas para completar un Avemaría por cada año de vida de nuestra Madre del cielo.

Origen de esta devoción.


Refiere el Padre Lucas Wadingo, autor de los Anales de la Orden de san Francisco, año 1422, que un joven, el cual por una tierna devoción acostumbraba a recoger flores, y coronar con ellas una imagen de la Reina de los ángeles, siendo después novicio en dicha Orden, y no siéndole posible en tal estado continuar su devota costumbre, saludó a la soberana Virgen, implorando su patrocinio; y apareciéndole ella al instante, le consoló y confirmó en el estado religioso que había abrazado.

 Le dijo, que en lugar de flores terrenas, de que le hacia antes la corona, le tejiese otra de Oraciones dominicales y Salutaciones angélicas, rezando cada día en alabanza y acción de gracias a Dios, un Padre Nuestro, diez Ave Marías y un Gloria, por cada una de sus principales alegrías, que fueron: la Anunciación, la Visitación a Santa Isabel, el nacimiento de su Hijo Santísimo, la Adoración de los tres Reyes, cuando encontró a su Hijo en el Templo, la Resurrección del mismo y la Asunción de la misma Reina al cielo.


Consolado el joven novicio, empezó luego esta devoción, y al practicarla un día en su celda, el Padre Maestro de novicios, observándole a escondidas, reparó que estaba un ángel con el novicio, que con un hilo de oro que tenía en la mano, a cada Ave María que el novicio rezaba ensartaba una rosa, y después de cada decenario de rosas una azucena de oro; de cuyas hermosas flores compuesta una corona, la ponía en la cabeza del novicio.

Pasada la visión preguntó el maestro al novicio, ¿qué devoción había rezado? y respondió que había rezado la Corona en la forma que le había enseñado Maria Santísima, con lo que entendió el maestro el secreto de lo que había visto.


Consiste, pues, la santa Corona, en siete Padre Nuestros, setenta y dos Ave Marías y siete Glorias, en memoria de los setenta y dos años que se cree haber vivido en este mundo la Madre de Dios. En esta forma la aprobó, y renovó la indulgencia Paulo V, mandando se añadiese al último un Padre nuestro y Ave María por el Sumo Pontífice, como consta del Registro de la Curia de Ara-Caeli, tom. 2. pag. 98 y 99.

Introducción

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Se reza el Credo, un Padrenuestro y 2 Avemarías.


Primera alegría de María: El ángel Gabriel le anuncia el nacimiento de Jesús.


– Lc 1,30-31.38 y reflexión
– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria


Oh María, Virgen de la escucha, tú eres la llena de gracia,
tú eres la humilde esclava del Señor.
Tú has dado libremente tu sí al anuncio del ángel
y te has convertido en madre del Hijo de Dios hecho hombre.
Enséñanos a decir siempre sí al Señor, aunque nos cueste.


Segunda alegría: María visita a su pariente Isabel


– Lc 1,39-42 y reflexión
– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria


Tú, María, madre del Señor, llevando a Jesús, que ha tomado cuerpo
en ti, vas a visitar con gozosa premura a la anciana prima Isabel,
para ponerte a su servicio. A tu saludo, su hijo es santificado
por la presencia del Salvador. Enséñanos, Madre de Dios,
a anunciar y llevar siempre a Jesús a los demás.


Tercera alegría: Jesús, Hijo de Dios, nace de la Virgen María


– Lc 2,6-7 y reflexión
– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria


Oh María, madre siempre Virgen, en la pobreza de una cueva
has dado a luz a Jesús, venido al mundo para nuestra salvación.
Tú adoras como Hijo de Dios al que has engendrado.
Guíanos por el camino de una fe viva en Jesús, nuestro Señor y Salvador.


Cuarta alegría: Unos magos de Oriente adoran al niño Jesús en Belén


– Mt 2,1.11 y reflexión Padre nuestro, 10 avemarías y gloria


Oh María, pobre y humilde de corazón, enséñanos a no juzgar,
sino a confiar únicamente en la misericordia de Dios,
que no hace distinción de personas. Porque, si nuestra fe
no se traduce en obras, muchos “magos” nos irán por delante
en el reino de los cielos.


Quinta alegría: María y José encuentran al niño Jesús en el Templo.


– Lc 2,43.46.48-49 y reflexión
– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria


Oh María, Virgen del silencio, tú saltas de gozo al encontrar
a Jesús en el templo de Jerusalén, y adoras el misterio
del Hijo de Dios Creador, que en Nazaret vive obediente a sus criaturas.
Enséñanos a buscar siempre a Jesús y a vivir en su obediencia.


Sexta alegría: Jesús resucita victorioso de la muerte y se aparece a los suyos


– Hch 1,14; 2,1-4 y reflexión
– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria


Oh María, fuente del gozo, tú eres la madre del Señor resucitado.
Él es quien ha vencido la muerte. El es nuestra esperanza en el camino de la vida. Enséñanos, María, a vencer la muerte del egoísmo, para vivir en la resurrección del amor.


Séptima alegría: María es elevada al cielo y coronada como reina y primicia de la humanidad redimida.


– Ap 11,19; 12,1 y reflexión
– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria


Oh María, Reina de los ángeles y de los santos, coronada de gloria y honor en el gozo sin fin del paraíso, tú brillas delante de nosotros como estrella de la mañana.
Enséñanos, Madre, a caminar por el mundo con la mirada puesta
allá donde está el gozo auténtico y definitivo.


Letanías de nuestra Señora
Se recitan las letanías lauretanas u otras semejantes

Saludo a la Virgen


Se puede decir la Salve, o el siguiente Saludo de San Francisco:


Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios,
que eres Virgen hecha Iglesia,
y elegida por el Santísimo Padre del Cielo, consagrada por él con su santísimo Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito, en la que estuvo y está toda la plenitud de la gracia, y todo bien.
Salve, palacio suyo; salve, tienda suya;
salve, casa suya, salve, vestidura suya;
salve, sierva suya; salve, madre suya,
y todas vosotras, virtudes santas, que por la gracia y la iluminación
del Espíritu Santo sois infundidas en el corazón de los creyentes,
para que de infieles se vuelvan fieles a Dios.


Conclusión


Oremos: Oh Dios, que en la gloriosa resurrección de tu Hijo has devuelto la alegría al mundo entero,
concédenos por intercesión de la Virgen María poder gozar de las alegrías sin fin de la vida eterna.
Por Cristo nuestro Señor.
Amén

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