Recuerda tus postrimerías, y nunca pecarás” MUERTE – JUICIO – INFIERNO – CIELO

MUERTE – JUICIO – INFIERNO – CIELO

MUERTE:

Dios no hizo la muerte, sino que ésta entró en el mundo por el pecado. Por eso los hombres no estamos preparados para morir, porque simplemente no fuimos creados para morir, sino para vivir eternamente.

¡Qué hermoso el plan de Dios, que había colocado al hombre en un paraíso terrenal, terrenal pero paraíso al fin, y que después de una estancia allí, pasaría al Cielo por una dulce dormición, cerrando los ojos en este mundo para abrirlos en el Paraíso!

Pero había un envidioso, Satanás, que odiaba a Dios y a la obra de sus manos, y entonces provocó la primera caída de nuestros padres Adán y Eva. Desde entonces el hombre debe morir, la muerte iguala a todos los hombres, sean ricos o pobres, sabios o necios, pequeños o grandes, sanos o enfermos, todos tenemos que morir.

Y a pesar de que todos sabemos esta verdad, ¡qué pocos son los que piensan en la muerte y se preparan bien para dar ese salto a la eternidad! Porque si creemos realmente que en el momento de la muerte es cuando se decide nuestro destino eterno: Cielo o Infierno, entonces cuán distinta sería nuestra visión de la muerte y cómo nos prepararíamos mejor a bien morir.

Pero otra vez aquí hay alguien que hace de todo para que la humanidad no piense en la muerte. Es nuevamente Satanás que oculta a los hombres el pensamiento de la muerte, que distrae con mil pretextos, e incluso no pocas veces hace creer a los hombres que son poco menos que inmortales.

Pensemos en la muerte, ya que es un pensamiento saludable, porque para los cristianos no es más que el paso a la eternidad, a los brazos de Dios.

JUICIO:

Algunos viven la vida como si fueran dueños absolutos de sus vidas, de sus posesiones y de sus amigos y parientes. Pero si supieran que de todo tendremos que dar cuenta en el Juicio de Dios, quizás recapacitarían y obrarían más conforme a la justicia.

Hay además quienes creen que el Juicio de Dios está tan lejos, que mientras tanto pueden hacer cualquier cosa, total Dios perdona siempre.

Ésta es una astucia del demonio que sabe muy bien cómo es Dios y conoce su Justicia, la Justicia divina que es la que ha creado el Infierno y que en él lo ha precipitado junto con sus legiones diabólicas, y sabiendo que Dios es infinitamente Justo, incita a los hombres para que cometan toda clase de injusticias, amparados en la “misericordia” de Dios.

Pero hay una frase popular que dice que hay más condenados por la Misericordia de Dios que por su Justicia, porque muchos confiando, o más bien, haciendo abuso de la misericordia divina, caen en los más graves pecados y son candidatos al abismo infernal.

Los hombres tampoco recuerdan, e incluso muchos de ellos ni siquiera lo saben, que somos juzgados cada uno de nosotros en el mismo momento de nuestra muerte. Luego al fin del mundo habrá también un Juicio Universal y público, pero que ratificará la sentencia que nos habrá dado el Señor en el Juicio particular.

Pensemos en estas cosas y obremos con rectitud sabiendo que Dios nos ve y nos quiere premiar.

“Mira que Dios te mira, mira que te está mirando, mira que vas a morir, mira que no sabes cuándo”.

INFIERNO:

¡Qué feo es tener sueño y no poder dormir! Cuando nos retiremos a descansar por la noche, pensemos al acostarnos que los condenados en el Infierno ya no pueden dormir nunca más, a pesar de tener un sueño tremendo. ¡Pobrecitos quienes se van al Infierno, porque tendrán hambre devoradora, sed abrasadora, sueño tremendo, y no podrán saciarse nunca jamás de estos apetitos! ¡Ya no hay descanso para ellos, por los siglos de los siglos, o como se dice habitualmente: mientras Dios sea Dios!

Por eso qué bueno es trabajar y rezar por la salvación de las almas, por la conversión de los pecadores. Y no deseemos nunca que alguien sea condenado al Infierno, porque un alma que se condena es mayor mal que todas las desgracias y calamidades de todos los mundos y de todos los tiempos, ya que uno no acierta a imaginar lo que quiere decir una eternidad de tormentos.

El condenado en el Infierno no recibe ni un pequeño bien, como lo podemos notar en la parábola del pobre Lázaro. Vemos en ella que el rico, desde las llamas del averno, pedía que Lázaro mojara la punta de su dedo en el agua y le refrescara la lengua, y ni siquiera esto se le concedió.

¡Qué terrible es el Infierno! ¡Y pensar que nosotros vivimos tan tibiamente nuestro catolicismo, de modo que estamos siempre en peligro de condenarnos, si la muerte nos sorprende en pecado mortal!

CIELO:

No podemos imaginarnos lo que es el Cielo. Porque si bien el pensamiento del Infierno que podemos merecer, nos debe hacer tomar conciencia de lo importante que es vivir decentemente; también el pensamiento del Cielo debería hacernos feliz la vida en la tierra, porque en esperanza estamos salvados y la dicha que nos espera es tan desmesurada que no podemos ni siquiera imaginarla. Con sólo decir que en el Cielo somos semejantes a Dios, como dice el Apóstol, ya eso quizás nos da una idea de lo que es esa realidad. Porque ser semejantes a Dios, es ser felices como lo es Dios mismo. ¡Qué incomprensible felicidad!

Pensemos sobre lo que una vez dijo la Santísima Virgen en uno de sus mensajes: Que si los hombres supieran lo que es el Cielo, harían cualquier cosa para salvarse.

Pero el demonio nos tiene engañados y nos muestra los bienes de este mundo, y quiere hacernos creer que el paraíso está en la tierra, y así nos ata a las cosas materiales, al placer, al tener, al poder, y con tal de gozar de estas cosas en la tierra, perdemos la Felicidad con mayúscula del Cielo.

A veces creemos que el Cielo es estar colgaditos en una nube, tocando el arpa, y cosas infantiles y necias por el estilo, y entonces claro que ese Cielo no entusiasma a ninguno.

Y no somos egoístas, como dicen algunos ateos o enemigos de Dios, por querer ir al Cielo y gozar de él, pues justamente fuimos creados por Dios para ello, para habitar en el Cielo, y tenemos que hacer todo lo posible, ¡y lo imposible! para alcanzarlo y hacérselo alcanzar a quienes amamos.

“Meditare Novissima tua et in aeternum non peccabis” (Ecli 7, 40)