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Don de Piedad 

La piedad es la amorosa aptitud del corazón que nos lleva a honrar y servir a nuestros padres y allegados.
El don de piedad es la disposición habitual que el Espíritu Santo pone en el alma para excitarla a un amor filial hacia Dios.


La religión y la piedad nos conducen ambas al servicio, de Dios: la religión lo considera como Creador y la piedad como Padre, en lo cual esta es más excelente que aquella.

La piedad tiene una gran extensión en el ejercicio de la justicia cristiana: se prolonga no solamente hacia Dios, sino a todo lo que se relacione con El, como la Sagrada Escritura que contiene su palabra, los bienaventurados que lo poseen en la gloria, las almas que sufren en el purgatorio y los hombres que viven en la tierra.
Dice San Agustin que el don de piedad da a los que lo poseen un respeto amoroso hacia la Sagrada Escritura, entiendan o no su sentido.

Nos da:

espíritu de hijos para con los superiores,

espíritu de padre para con los inferiores,

espíritu de hermano para con los iguales,

entrañas de compasión para con los que tienen necesidades y penas,

y una tierna inclinación para socorrerlos.


Este don se encuentra en la parte superior del alma y en la inferior: a la superior le comunica una unción y una suavidad espiritual que dimanan de los dones de sabiduría, de inteligencia;

en la inferior excita movimientos de dulzura y devoción sensible.

De esta fuente es de donde brotan las lágrimas de los santos y de las personas piadosas. Este es el principio del dulce atractivo que la lleva hacia Dios y de la diligencia que ponen en su servicio. Es también lo que les hace:

afligirse con los afligidos,

llorar con los que lloran,

alegrarse con los que están contentos,

soportar sin aspereza las debilidades de los enfermos y las faltas de los imperfectos;

en fin, hacerse todo para todos.


Es preciso señalar que hacerse todo para todos –como hacia el Apóstol-, no es, por ejemplo, quebrantar el silencio con los que lo quebrantan, ya que es imprescindible ejercitar la virtud y observar las reglas; sino que es estar grave y comedido con los que lo están, fervorosos con los espíritus fervorosos y alegre con los alegres, sin salirse nunca de los limites de la virtud: es tomar la presteza al modo como lo hacen las personas perfectas, que son naturalmente fervientes y activas; es practicar la virtud con miramiento y condescendencia, según el humor y el gusto que tengan aquéllos con quienes tratan y tanto como lo permita la prudencia.


El vicio contrario al don de piedad es la dureza de corazón, que nace del desordenado amor a nosotros mismos: este amor nos obliga a:

ser insensibles con todo lo que no sea nuestros propios intereses,

a que no vibremos más que, con lo qué con nosotros se relaciona,

a que veamos sin pena las ofensas a Dios y sin compasión las miseria del prójimo,

a no molestarnos en servir a los demás, a no soportar sus defectos,

a enfadarnos con ellos por la menor cosa y a conservar ‘hacia ellos en nuestro corazón sentimientos de amargura de venganza, de odio y de antipatía.
Opuestamente, cuanta más caridad y amor de Dios tenga un alma, más sensible será a los intereses de Dios y del prójimo.

Esta dureza es extrema en los grandes del mundo, en los ricos avariciosos, en las personas voluptuosas y en los que no ablandan su corazón con los ejercicios de piedad y el uso de las cosas espirituales.

Esta dureza se encuentra también frecuentemente entre los sabios que no unen la devoción con la ciencia y que para justificarse de este defecto lo llaman solidez de espíritu pero los verdaderamente sabios han sido siempre los mas piadosos, como San Agustin, Buenaventura, Santo Tomás, San Bernardo y en la Compañía, Lainez, Suárez, Belarmino, Lessius.


Un alma que no puede llorar sus pecados, por lo menos con lágrimas del corazón, tiene o mucha impiedad o mucha impureza, o de lo uno y lo otro, como ordinariamente sucede a los que tienen el corazón endurecido.

Es una desgracia muy grande cuando en la religión se estiman más los talentos naturales adquiridos que la piedad.

Alguna vez veréis religiosos, y hasta superiores, que dicen que ellos prefieren tener un espíritu capaz para los negocios, que no todas esas devociones menudas, que Son -dicen ellos– propias de mujeres, pero no de un espíritu fuerte; llamando fortaleza de espíritu a a esta dureza de corazón tan contraria al don de piedad.

Deberían pensar que la devoción es un acto de religión o un fruto de la religión y de la caridad, y por consecuencia, preferible a todas las otras virtudes morales; ya que la religión sigue inmediatamente a las virtudes teologales en orden de dignidad.
La bienaventuranza perteneciente al don de piedad es la segunda: «Bienaventurados los mansos». La razón es porque la mansedumbre quita los impedimentos de los actos de piedad y la ayuda en su ejercicio.

Los frutos del Espíritu Santo que corresponden a este don son la bondad y la benignidad.

Oremos….

Oración al Espíritu Santo para pedir el don de piedad

Espíritu Santo, dame el don de piedad, que toda mi vida esté orientada a la gloria de Dios, que mi quehacer se resuma en postrarme y adorarle en todo momento y circunstancia.

Que cuando contemple a Dios mi Padre lo conozca como es: bondadoso y providente.

Que aprenda a dirigirme a Él con profunda confianza, con la familiaridad propia del hijo (cf. Rm 8,15).

Libera mi corazón de cualquier tipo de dureza y ábrelo a la ternura para con Dios y para con mis hermanos.

Infunde en mí una nueva capacidad de amar al prójimo; que sea siempre manso y humilde en mi relación con todos, reflejo del Corazón de Jesús.

Extingue cualquier foco de tensión y división que brote en mí, elimina los brotes de amargura, de cólera y de impaciencia, y dame sentimientos de comprensión, de tolerancia y de perdón.

Que en mis relaciones contigo y con mi prójimo sea como María: alabanza de tu gloria.

Amén.

Categorías:Espíritu Santo

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unpasoaldia

Un caminante en la fe, obediente a la Santa Iglesia y en espera de la conquista del Santo Cielo

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