Don de Consejo. 

Consejo es un acto de la prudencia, que prescribe la consideración y la elección de medios para llegar a un fin.
Así, pues, el don de consejo atiende a la dirección de las acciones particulares. Es una luz por la cual el Espíritu Santo muestra lo que se debe hacer en el lugar y en las circunstancias presentes.

Lo que la sabiduría, la fe y la ciencia enseñan en general, el don de consejo lo aplica en particular. Por lo tanto, es fácil comprender su necesidad, puesto que no basta saber si una cosa es buena por si misma, sino que es necesario juzgar si es buena también en las circunstancias presentes, y si es mejor que otra y más propia para el fin que se pretende. Y todo esto se conoce por el don de consejo.
La conducta más segura es la que se recibe del Espíritu Santo por el don de consejo, y no debíamos de seguir ninguna otra. ¿Por qué?:
Primero, porque al seguirlo podemos estar seguros de andar por los caminos de Dios y de su divina Providencia.
Segundo, porque es el medio de acertar siempre, siendo el Espíritu Santo La regla infalible tanto de nuestras acciones como de nuestros conocimientos.
Tercero, porque esta dependencia del Espíritu Santo hace que vivamos con una gran paz, sin inquietudes ni cuidados, como los ojos de un príncipe que no se preocupan ni de su alimento, ni de su modo de vivir, ni de nada de lo que con su bienestar se relacione, dejándolo todo al cuidado de su padre.

Este don lo comunica el Espíritu Santo más o menos, según La fidelidad con que se corresponda. AI que le comunique poco, si es fiel en usar bien este poco, puede estar seguro que recibirá más, hasta que esté lleno en La proporción de su capacidad es decir, hasta que tenga tanto como le hace falta para cumplir los designios de Dios y Llevar a cabo los deberes de su empleo y de su vocación. Pues se juzga con razón, que una persona está Llena del espíritu de Dios cuando realiza suficientemente todas Las funciones de su estado.
Nosotros, que hemos sido llamados a una Orden apostólica, en la que la acción y la contemplación deben ir unidas, podemos aspirar, sin presunción, a un grado más elevado tanto en la vida activa como en la contemplativa. Pues no puede llamarse vanidad el que cada uno aspire, a la perfección de su estado y al cumplimiento de los designios de Dios en toda La amplitud de su vocación.
Para esto, y porque nuestra vida activa es casi continua, necesitamos de un extraordinario don de consejo: si nos falta este don del Espíritu Santo, no haremos nada que no vaya lleno de defectos y toda nuestra conducta será puramente humana. No obraremos más que por principios de una destreza natural o por una prudencia adquirida. No seguiremos sino Las invenciones de nuestro espíritu que, comúnmente, son

contrarias al espíritu de Dios.
Todas las mañanas debemos pedir al Espíritu Santo su ayuda para todas las acciones del día, reconociendo humildemente nuestra ignorancia y debilidad y diciéndole que seguiremos su dirección con entera docilidad de espíritu y de corazón. Además, al principio de cada acción, le pediremos luz para hacerla bien, y al final, perdón de las faltas que hayamos cometido. De esta manera estaremos durante todo el día pendientes de Dios, que es el único que sabe en que situaciones especiales nos podemos encontrar, y puede por consiguiente guiarnos con certeza en todas las circunstancia por medio de su consejo, mejor que por todas las luces que podamos tener, bien sean de fe o de otro don cualquiera que no baja tanto a los casos particulares.
La pureza de corazón es un medio excelente para obtener el don de consejo, al igual que los demás dones precedentes. Una persona que se dedicase, constantemente a purificar su corazón y que tuviese un soIido y buen juicio, adquiriría gran prudencia sobrenatural y destreza divina para manejar toda clase de asuntos; tendría abundancia de, luces y de conocimientos infusos para la dirección de las almas, y encontraría mil santas maneras de ejecutar las empresas dirigidas a la mayor gloria de Dios.

La prudencia humana, a pesar de todos sus conocimientos y destrezas, tiene en esto muchos fallos y consigue poco resultado. Por la pureza de corazon y una fiel dependencia de la direccion del Espíritu Santo, adquirieron San Ignacio y San Francisco Javier un extraordinario don de prudencia, que los hace admirar tanto.
Los directores de almas y los superiores especialmente deben sacar de la oración las luces para desempeñar las funciones de su cargo. Es un error creer que los mas sabios son los que dan mejores resultados y los mas aptos para desempeñar los cargos y para conducir las almas.

Los talentos naturales, la ciencia y la prudencia humana, sirven muy poco en materia de direccion espiritual, al lado de las luces sobrenaturales que comunica el Espíritu Santo y cuyos dones están muy por encima de la razón. Las personas mas indicadas para guiar a los demás y aconsejar en lo que atañe a las cosas de Dios, son las que teniendo la conciencia pura y el alma exenta de pasión y desprendida de todo interés, y poseyendo ciencia y talentos naturales suficientes, aunque no, sean en un grado superior, están muy unidas a Dios por la oración y sometidas a todos los movimientos del Espíritu Santo.

Los que se dejan guiar por los dones del Espíritu Santo no pueden equivocarse; pero tenemos la desgracia de no conocer bastante en la practica estos sublimes dones que son los principios por los que se regían los santos, porque no nos dedicamos con toda el alma a conseguir la perfección.
Los pecados de los santos son: no seguir ciertas luces del Espíritu Santo y omitir algunos puntos de perfeccion, como por ejemplo, si teniendo varias luces del Espíritu Santo sobre una misma cosa, siguen la más fácil por dejadez de espíritu o por irreflexión.
En diversos lugares de la Sagrada Escritura pueden señalarse rasgos admirables del don de consejo: El silencio de Nuestro Señor delante de Herodes, las respuestas que dio para salvar a la mujer adultera y para confundir a los que le preguntaban si se debería pagar tributo al Cesar; el juicio de Salomon; la empresa de Judit para librar al pueblo de Dios del ejército de Holofernes; la conducta de Daniel para justificar a Susana de la calumnia de los dos ancianos y la de San Pablo cuando convocó a los fariseos y saduceos y apeló del tribunal de Festo al de Cesar.
El vicio opuesto al don de consejo, es la precipitación a obrar con demasiada prontitud y sin haber considerado bien antes todas las cosas, siguiendo unicamente el ímpetu de la actividad natural y sin tomarse el debido tiempo para consultar al Espíritu Santo.

Este defecto, lo mismo que los otros que se oponen a los dones precedentes, a saber:

la necedad, la grosería y la ignorancia, son pecados cuando provienen de falta de diligencia para disponerse a recibir las inspiraciones del Espíritu Santo;

cuando no se toma el tiempo necesario para pedirle consejo antes de obrar, y cuando al obrar se precipita uno tanto que no se esta en condiciones de recibir su asistencia, o cuando se deja uno llevar y obscurecer por la impetuosidad de una pasión.

El apresuramiento es muy contrario al don de consejo.

En cambio el don de consejo, iluminando el espíritu, derrama en el corazon una unción y una paz completamente opuestas al apresuramiento y a sus efectos.

La temeridad es también muy contraria a este don. Porque confiando demasiado en uno mismo, no se presta la debida atención a las luces y a los consejos de la razón y de la gracia. Estamos muy sujetos a este vicio, tanto mas cuanto que nos falta cordura y madurez de espíritu, estamos acostumbrados a una conducta pueril y tenemos demasiada buena opinn de nosotros mismos.
Es también un defecto opuesto al don de consejo la lentitud. En las determinaciones es indispensable obrar con sensatez; pero una vez tomada la resolución según la luz del Espíritu Santo, debemos ejecutarla con rapidez, porque si se deja, las circunstancias cambian y las ocasiones se pierden.

La bienaventuranza correspondiente, a este don es la quinta: (Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzaran misericordia). Y la explicación que da San Agustín, es que Dios no deja de ayudar con su gracia a los que con desprendimiento asisten a los demás en sus necesidades. Dice: ((Est autem justum consilium., ut qui se a potentiori adjuvari vult, adjuvet infirmiorem in qua eat ipse potentior. Itaque beati miseirico,rdes, quia ipsorum miserebitur Dous)).

No se señala el fruto del Espíritu Santo que directamente corresponde a este don de consejo, porque es un conocimiento practico que, no tiene otro fruto, propiamente hablando, que la operación que dirige y a la que tiende. Sin, embargo, como este don dirige especialmente las obras de misericordia, puede decirse que los frutos de bondad y benignidad le pertenecen en cierto modo.

OREMOS
Ven espíritu santo, derrámate infinito dentro de mi corazón y dame el don de consejo.

Se tú en primer lugar mi guía, ilumina mi vida, disipa mis dudas y perplejidades.

Dame seguridad en la fe, y valor para seguir con diligencia la voluntad del padre.

Ven espíritu santo, sé tú mi luz interior, que nunca vacile en la prueba, en la oscuridad, en la duda o en la inseguridad humana.

Sé tú ahora y siempre, mi alegría, mi gozo y mi paz.

Dame espíritu divino, el don de consejo, para que mi palabra sea luz de orientación segura y serena, para que todo mi corazón sea silencio acogedor y respetuoso;

y mantenga siempre una actitud oyente comprensiva y llena de amor.

Te lo pido oh padre, por tu hijo resucitado y con la intercesión de María madre del buen consejo.

Amén y amén...

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s