Espíritu Santo

Don de Ciencia. 

La ciencia se define como un conocimiento cierto adquirido por el razonamiento; pero en Dios está sin razonamiento y por una simple visión de los objetos.


El don de ciencia – que es una participación de la ciencia de Dios-, es una luz del Espíritu Santo que ilumina el alma para hacerla conocer las cosas humanas y dar sobre ellas un juicio exacto, en relación a Dios cuanto son ellas.

El don de ciencia ayuda al de inteligencia a descubrir las verdades oscuras, y al de sabiduría a poseerlas.
La sabiduría y la ciencia tienen algo de común. Ambas a dos hacen conocer a Dios y a las criaturas.
El don de ciencia nos hace ver pronta y ciertamente todo lo que mira a nuestra conducta y a la de las criaturas.

Primero, lo que debemos creer o no creer, hacer o no hacer;

el orden que hay que guardar en el estudio que se debe hacer;

cuánto tiempo hay que dar a cada cosa en particular.
Segundo, el estado de nuestra alma, nuestros actos interiores y los movimientos secretos de nuestro corazón, sus cualidades, su bondad, su malicia, sus principios, sus motivos, su fines y sus intenciones, sus efectos y sus consecuencias, sus méritos y deméritos.

Tercero, el concepto que debemos tener de las criaturas y su uso debido de la vida interior y sobrenatural;

cuán vanas, frágiles y poco duraderas son;

incapaces de hacernos felices; nocivas y peligrosas para la salvación.
Cuarto, la manera de tratar y conversar con el prójimo, en relación al fin sobrenatural de nuestra creación.

Un predicador conoce por este don, lo que debe decir u su auditorio y lo que puede exigirles;

un director de almas se da cuenta del estado de las que tiene bajo su dirección: sus necesidades espirituales, los remedios para sus defecto, los obstáculos que ponen a su perfección, el camino más corto y seguro para conducirlas bien;

cuánto se las debe consolar o mortificar; lo que Dios obra en ellas y lo que debe poner de su parte para cooperar con Dios y llenar sus designios.

Un superior conoce cómo debe gobernar a sus inferiores.
Los que más participan del don de ciencia, son los más iluminados en todos estos conocimientos.

Ven maravillas en la práctica de la virtud.

Descubren grados de perfección que los demás desconocen.

Ven rápidamente las acciones que son inspiradas por Dios y conformes con sus deseos; enseguida se dan cuenta si se separan un poco de los caminos de Dios.

Señalan imperfecciones donde los otros no alcanzan a ver; no están expuestos a equivocarse en sus sentimientos ni a dejarse sorprender por las ilusiones que llenan el mundo.

Si un alma escrupulosa se dirige a ellos, sabrán decirle lo necesario para curar sus escrúpulos.

Si tienen que hacer una exhortación a religiosos o a religiosas, tendrán para ellos ideas conformes a las necesidades espirituales de estos religiosos y al espíritu de su orden.

Si les plantean dificultades de conciencia, las resuelven admirablemente.

Si les preguntáis la razón de sus respuestas, no os contestarán ni una palabra porque las conocen sin ninguna razón y sólo por una luz superior a toda razón.

Por este don, San Vicente Ferrer predicaba con los éxitos prodigiosos que leemos en su vida. Se abandonaba completamente al Espíritu Santo, tanto para preparar sus sermones como para pronunciarlos, y todo el mundo salía conmovido. Era fácil echar de ver que el Espíritu Santo le, animaba y hablaba por su boca.

Un día, que tenia que predicar delante de un príncipe, creyó que debía prepararse con más estudio y diligencia humana; pero a pesar de aplicarse extraordinariamente -, ni el príncipe ni el resto de sus oyentes quedaron tan satisfechos de este sermón estudiado como del que predicó al día siguiente y que lo hizo como de ordinario según el espíritu de Dios. Le señalaron la diferencia de estos dos sermones y el le dijo: «Es que ayer predicó el Hermano Vicente y hoy lo, ha hecho el Espíritu Santo».
Todo predicador debe hacerse extremadamente sumiso al espíritu de Dios.

La principal Preparación para el pulpito es la oración y la pureza de corazón. Dios algunas veces se hace esperar un poco para probarnos; pero no hay que apurarse por eso. Basta poner de vuestra parte lo Que es vuestro deber y lo demás dejárselo a Dios -, El vendrá al fin y no dejará de derramar en vosotros su luz. Sentiréis sus efectos y veréis algunas veces que con un solo pensamiento os hará decir cosas grandiosas para el bien de vuestros oyentes.


Por la luz de este don se conoce lo que las criaturas tienen de ellas mismas y lo que tienen de Dios. A esta luz, no estimaba San Pablo las cosas de la tierra más que como estiércol. Generalmente los hombres no juzgan así, porque no aprecian más que, lo que halaga a los sentidos.

Casi todo el mundo se deja encantar por sus apariencias engañosas, apresurándose para gozar de esta satisfaccion que prometen. Cada cual quiere gozar de ella y pocas personas reconocen su error antes de la muerte. incluso, la mayor parte de los santos estuvieron engañados.
Estamos tan llenos de ilusiones y tan poco en guardia contra los encantos de las criaturas, que sin cesar nos equivocamos. El demonio también nos engaña con frecuencia. Su habilidad para engañar aun a los más adelantados, estriba en que al escoger los medios de perfección, les hace tomar los unos por los otros.

A los menos perfectos y a los tibios, los engaña presentándoles grandes dificultades y mostrándoles los atractivos, del placer y el falso brillo de los vanos honores. La ciencia del Espíritu Santo enseña a guardarse de estas seducciones.
Dichosos los que Dios ha favorecido con, este extraordinario don, como a Jacob, de, quien dice el sabio que: «Dios le dio la ciencia de los santos».
Tendremos esta ventaja si poseemos los dones; del Espíritu Santo, de tal manera que estemos, por decirlo así, casi enteramente llenos de ellos. Pero lo mejor para nosotros hasta que podamos llegar a esto y después de haber cumplido con la obediencia y la caridad, será recogernos y dedicamos a la oración, a la lectura y demás ejercicios de la vida contemplativa.
Propongámonos como modelo a Jesucristo, que dedicó treinta años de su vida a la contemplación y tres o cuatro solamente a la que llamamos mixta; y a Dios mismo, cuya vida, antes del tiempo, fue puramente contemplativa, no ocupándose más que en conocerse y amarse.

En el tiempo obra, en verdad, al exterior; pero de tal modo que su actividad no es nada al lado de la contemplativa; y después del tiempo, en la eternidad, aún se dedicará menos a la acción, imaginando que ya no creará nuevas criaturas.
Para adelantar mucho en la perfección son necesarias dos cosas: una de parte del maestro y la otra de parte del discípulo.

El maestro, que esté muy iluminado por el don de ciencia.


En el ejercicio de las virtudes, se aprende incomparablemente más que en todos los libros espirituales y que en todas las especulaciones del mundo.
Durante toda la vida debemos descubrir nuestra conciencia al Superior y al Padre Espiritual con gran candor y sencillez, no ocultándoles ningún movimiento de nuestro corazón; de tal suerte que, a ser posible, quisiéramos tener en las manos nuestro, interior para mostrárselo. Por el mérito de esta humildad, obtendremos de Dios el don de discernimiento de espíritus, para poder guiarnos a nosotros mismos y conducir a los demás.

El vicio opuesto al don de ciencia es la ignorancia o falta de conocimientos que podemos y debemos tener para conocer nuestro comportamiento y el de los demás.
Pertenece a este don la tercera bienaventuranza: «Bienaventurados los que lloran». Porque la ciencia que nos da el Espíritu Santo nos enseña a conocer nuestros defectos y la vanidad de las cosas de la tierra, descubriéndonos que de las criaturas no debemos esperar más que miserias y llantos.
El fruto del Espíritu Santo que le corresponde es la fe; porque los conocimientos que tenemos de las acciones humanas y de las criaturas por la luz de la fe, los perfecciona este don.

Oremos…

Oración del alma que desea el don de la Ciencia

Espíritu Santo, Aire puro de la mañana,

Brisa fresca de la montaña que recorres los valles y limpias las almas que en las cumbres te alaban;

Vos que conocéis toda mi imperfección mirad mi alma repleta de llagas pues en mi ignorancia y debilidad;

mil cadenas tiendo al mundo que me desgarra con sus afanes y necesidades.

A él me aferro inseguro, pues el vértigo y el miedo de las alturas me impiden ascender hacia Vos.

En la oración siento el impulso de echar a volar cual ave infante, y admirar la vida desde lo elevado, más una y otra vez me siento incapaz…

un pesado lastre me retiene, Por ello os suplico que seáis Viento que impulse mis alas y rompa mis cadenas.

Sed la luz que me muestre la hermosura y la belleza, la bondad y la armonía, de vuestra Creación;

pero libradme de cualquier atadura a ella que me sojuzgue, atormente y retenga;

Infundid en mi, os ruego, el don de la Ciencia, aquel que me permita contemplar el mundo ¡libre! desde las alturas del espíritu.

Amén

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