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Dios habla en el silencio y es necesario saberlo escuchar.

Hay que pedirle a la Virgen que nos enseñe a amar el silencio y la oración.

Dios habla a cada persona en el silencio y por lo tanto es necesario saberlo escuchar.

“Escucha la voz del Señor tu Dios”, para poder convertirnos a Él con todo el corazón y con toda el alma. “Para escuchar hace falta separarse un poco de las preocupaciones, de las dificultades. De repente Jesús en el fondo de tu alma te está hablando, pero en voz baja y con tanto ruido no lo oyes. Para eso hermanos está la meditación, aprender a separar un poquito la vista de la curiosidad, el oído que todo lo quiere saber y mirar y oír”

A Dios no lo podemos encontrar en medio del ruido y de la agitación.

En la naturaleza, los árboles, las flores y las hierbas crecen en silencio;

las estrellas, la luna y el sol se mueven en silencio.

Lo esencial no es lo que decimos, sino lo que Dios nos dice a nosotros y a través de nosotros.

En el silencio Él nos escucha;

en el silencio Él habla a nuestras almas. En el silencio se nos concede el privilegio de escuchar su voz.

Silencio de los ojos,
silencio de los oídos,

silencio de la boca,
silencio de la mente.
…En el silencio del corazón Dios habla.
Madre Teresa de Calcuta.
 

El evangelio narra que Jesús siempre se apartaba a lugares aislados para orar, guiado por el Espíritu Santo permanecía a solas con su Padre Dios.

Jesús antes de iniciar su vida pública se retiró al desierto para transcurrir ahí cuarenta días de ayuno y oración (Mt. 4,1-11),también antes de su pasión y muerte se retiró al huerto de los olivos a orar (Lc. 22,39-46),con esto nos enseñó que debemos estar en dialogo con el Padre a través de la oración, porque, es ahí donde aprenderemos a “vivir en el silencio de Dios”, porque ahí nos encontraremos con Dios.

Para encontrarnos con Dios debemos adentrarnos en la oración, unidos al Señor experimentar en nuestro interior la soledad, así como él la experimentó.

“En ocasiones Jesús oraba en la mañana, a veces por la tarde, o bien de noche: sabemos que a veces pasaba la noche entera solo o en compañía de unos pocos íntimos.

Jesús cultivó la soledad. Su soledad, sin embargo, no era un aislamiento en sí, sino una distendida apertura del alma; no era señal de vacío sino de sosiego, de esa quietud en la que el espíritu remansa las propias experiencias, trasciende la superficialidad y aspira a dejarse llenar por la verdad y por el bien.

Vividos así, los momentos de soledad son imprescindibles, porque el ser humano necesita de la calma, del recogimiento, de la meditación pausada y serena, para llegar hasta el hondón de su propio espíritu, y ahí conocerse a sí mismo y encontrase con Dios.”
Encontrarse con Dios, es ese momento íntimo de recogimiento donde el mismo Dios te induce a que camines junto a él, que no digas palabra alguna porque estas a punto de vivir en el silencio de Dios, porque él lo cubre y lo llena todo. Con su ejemplo, Jesús siendo Dios y perfecto Hombre, nos invita a cultivar el silencio, para afrontar las realidades últimas y para descubrir el sentido divino de la vida ordinaria.

¿Qué puedo hacer para vivir en el silencio de Dios?

Todos buscamos a Dios de diferentes formas, pues él es infinito (Ap. 1, 8) y cada uno lo busca desde su corazón y sabemos que somos únicos e irrepetibles, por lo tanto, pienso que no hay una única manera de llegar a vivir en el silencio de Dios cada quien encontrara su propio camino, pero meditando sobre este misterio comparto una guía que podría ayudarte en tu viaje interior para “vivir en el silencio de Dios.

Entra en tu habitación, íntima y humilde.

«Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.» (Mt. 6,6).

Jesús nos ilumina como debe ser nuestra oración, nos invita a guardarnos de las tentaciones del mundo, que nos unamos a él y nos olvidemos de lo exterior. No vamos a entrar aquí a describir que significa entrar en la habitación o cómo hacerlo, sino que aquí nos interesa aprender que para estar en la presencia de Dios es necesario hacerlo en un momento de recogimiento y soledad interior, pero, con la mayor disposición de hablar con él.

Nuestra habitación íntima y humilde; algo que el enemigo no nos debe arrebatar; para estar en la presencia de Dios no es necesario hablar con palabras rebuscadas sino con aquellas que nazcan de lo más íntimo del corazón, así como aquella oración del publicano en el templo, “Oh Dios ten compasión de mí que soy un pecador.” (Lc. 18,9-14) recordemos que aquel hombre no era capaz ni de levantar su mirada al Señor, pues esto debemos tenerlo presente porque Dios no tolera a los soberbios de corazón (Lc. 1,51) y si queremos llegar a vivir en el silencio de Dios debemos humillarnos para que él sea exaltado y entonces nosotros estaremos unidos a él.

Postrarse ante Dios.

«Y sucedió que, estando en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra que, al ver a Jesús, se echó rostro en tierra, y le rogó diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme.» (Lc. 5,12)

Es el momento de reconocer que ante Dios no somos nada, que no somos dignos que nos ame como lo hace, pero que también nos demos cuenta que él, a pesar de nuestra miseria nos ama hasta el extremo, por lo tanto, debemos mirar nuestra pequeñez y adorarle en espíritu y en verdad.

En la historia de la salvación los hombres se han postrado ante Dios, como por ejemplo Abram que se postró sobre su rostro y Dios habló con él (Gn. 17, 3), también Moisés y Aarón se postraron en la puerta de la tienda de la reunión y se les presentó la Gloria de Dios (Num. 20,6).Siguiendo el ejemplo de los hombres santos nosotros debemos también postrarnos ante él y recibir con ellos la gracia de vivir en el silencio de Dios.

Entregar TODO a Dios para vivir en su silencio.

“… vino una viuda y dio dos pequeñas monedas de cobre que valían muy poco. Jesús llamó a sus seguidores y les dijo: esa pobre viuda echó más que todos los demás a la caja del tesoro del templo. Porque los demás dieron de lo que les sobraba, pero ella, a pesar de su pobreza, entregó todo lo que tenía para vivir.” (Mc. 12, 41-44)

Es que suele pasar que cuando estamos en la presencia de Dios nos reservamos tantas cosas, nos cuesta tanto confiar en el Señor, se nos olvida que él nos conoce desde antes de formarnos en el vientre de nuestra madre (Jr. 1,5)y a muchos les cuesta creer en sus promesas, por eso no podemos romper con el apego, primero a las cosas materiales y segundo de las ataduras del alma y del espíritu. Es el momento de nuestra oración donde tenemos la oportunidad de no tener reservas con Dios y actuar como aquella viuda diciendo “TODO lo que tengo te doy” ocúpate de mí, aunque sea un pecador.

Ya Jesús nos ha mostrado con su ejemplo en la oración como nos lo narra el autor de la carta a los hebreos que: “Él ofreció en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas al que era poderoso para salvarle de la muerte”. Y aquí el Autor de la Carta añade que “fue escuchado por su reverencial temor” (Heb 5, 7). Porque todo cuanto Jesús hacia era para glorificar al padre. Por lo tanto, nosotros debemos imitar el ejemplo del Señor y abrir nuestro interior con la fuerza del Espíritu Santo para darnos por completo a Dios.

Esperar en el silencio de Dios.

En la oración del Huerto, Jesús resalta sobre todo su verdad de Hijo del Hombre. “Triste está mi alma hasta la muerte.” (Mc 14, 34). Pareciera que el hijo amado ha sido abandonado a su suerte, pero el Padre no le abandonará jamás, solo permanece en silencio, contemplando con amor el sufrimiento de su hijo,que está a punto de dar la redención a la humanidad con su muerte en la cruz.

Al igual que al hijo amado a nosotros nunca nos abandonará, nuestro ser experimentará la soledad mas no la ausencia de Dios, sino veamos como el divino maestro vive esta soledad en el huerto de los olivos esperando en Dios, ya que cuando está solo, se postra en tierra y las palabras de su oración manifiestan la profundidad del sufrimiento. Pues dice: “Abbá, Padre, todo te es posible; aleja de mí este cáliz, mas no se haga lo que yo quiero sino lo que tú quieres” (Mt 14, 36). Jesús experimenta la soledad humana pero no lo está, mucho menos abandonado a su suerte, sino que Dios está ahí en silencio amando a su hijo.

Para Jesús, es siempre hacer la voluntad del Padre, al igual que en nuestras vidas debemos procurar hacer su santa voluntad y si Jesús vivió en el silencio de Dios en ese momento inimaginable para él, nosotros también debemos imitar su ejemplo; pero por nuestra debilidad humana nosotros debemos clamar al hijo que nos de la fuerza para poder hacerlo, para aprender a confiar que vamos a vivir en el silencio de Dios y que estará ahí, contemplando nuestra miseria y pequeñez porque nos ama.

Cuidémonos de querer tener un Dios a nuestra medida y a nuestra pronta atención pues el en su infinito amor sabe cuándo nos dará lo que nosotros necesitamos, recuerda no estás solo, porque el prometió estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, que nos conoce y sabe lo que es bueno para nosotros, por lo tanto, debemos ser pacientes y esperar en Dios.

Discernir la voluntad de Dios en su silencio.

«Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt. 26, 41)

Para vivir en el silencio de Dios es necesario permanecer orando, confiados que pronto tendremos la respuesta de Dios, pero sucede que el cuerpo es débil y el enemigo sabe de nuestra debilidad. No debemos desesperar y mantenerse fiel es necesario, porque muchas veces experimentaremos que es en vano o en el peor de los casos vendrán a nosotros muchas tentaciones que nos harán creer que nuestros deseos del corazón son en realidad la voluntad de Dios para nuestra vida, debemos tener cuidado con esto, porque hasta Jesús que es Dios fue tentado por satanás en el desierto.

Discernir la voluntad de Dios en el silencio, una tarea quizá difícil, pero recuerda que no estamos solos; estamos viviendo un momento de silencio en la presencia de Dios, que tenemos la promesa del Espíritu Santo y él está siempre con nosotros, invóquemelo y tengamos por seguro que nos conducirá por caminos inimaginables para acercarnos a Dios, solo debemos tener fe y confiar en él.

El Espíritu Santo nos dará la sabiduría para identificar que es lo que viene de Dios para nosotros, el sin duda alguna nos lo mostrará, algunas veces más claras que otras, pero nunca nos dejará sin respuesta, aunque las respuestas no vinieran en tu tiempo vendrán en el tiempo de Dios y cuando lleguen recuerda que sus frutos son la Paz y la alegría.

Por: Raúl Escalante.

Oremos…

Oración para pedir silencio y escuchar a Dios

Ayúdame a hacer silencio, Señor,
quiero escuchar tu voz.
Toma mi mano, guíame al desierto,
que nos encontremos a solas, Tú y yo.

Necesito contemplar tu rostro,
me hace falta la calidez de tu voz,
caminar juntos…
callar para que hables Tú.

Me pongo en tus manos,
quiero revisar mi vida,
descubrir en qué tengo que cambiar,
afianzar lo que anda bien,
sorprenderme con lo nuevo que me pides.

Me tienta creer que te escucho,
cuando escucho mi voz.
¡Enséñame a discernir!
Dame luz para distinguir tu rostro.

Llévame al desierto Señor,
despójame de lo que me ata,
sacude mis certezas y pon a prueba
mi amor Para empezar de nuevo,
humilde, sencillo, con fuerza
y Espíritu para vivir fiel a Ti.

Por el P. Javier Leoz

Categorías:Espiritualidad

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unpasoaldia

Un caminante en la fe, obediente a la Santa Iglesia y en espera de la conquista del Santo Cielo

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