¡Creo Señor, pero aumenta mi fe!

Lo que necesitamos es más fe, más oración y más sacrificio.

Entre todas la súplicas que se le dirigieron a Jesús durante el anuncio del Evangelio no hay quizá ninguna tan desgarradora como la de aquel pobre hombre:
¡Creo, Señor, pero ayúdame en mi incredulidad!
Y el buen hombre puso en nuestros labios una súplica que no se nos debiera caer de los labios:
¡Fe, más fe, Señor, que necesitamos mucha fe!…
Marcos nos lo narra con patetismo en el capítulo 9 de su Evangelio.
¿Qué ocurría?…

Bajaba Jesús del Tabor, pasada la Transfiguración, cuando se encuentra al pie de la montaña con un gran grupo de gente alarmada rodeando a los apóstoles. Jesús les pregunta:
– ¿Qué pasa, y a qué obedece este alboroto aquí?
Entonces un hombre alza la voz de entre la turba, lleno de angustia:
– ¡Maestro! Te he traído a mi hijo, poseído de un demonio mudo. Cuando lo agarra, lo tira por el suelo, y entonces el muchacho arroja espumarajos, le rechinan todos los dientes y se queda paralizado. Les he pedido a tus discípulos que expulsen este demonio, pero no han podido.

Jesús capta la situación.

Si les había dado poder para expulsar demonios, ¿por qué no lo han conseguido?

En todos, discípulos y oyentes, faltaba lo único que Jesús exigía: ¡Fe, fe!… Por eso el Señor se molesta, y responde con enojo:
¡Incrédulos, más que incrédulos! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros, hasta cuándo os habré de soportar?… Traedme al muchacho aquí.
Ya en presencia de Jesús, el endemoniado cae en tierra, entra en violentas convulsiones, y suelta por la boca espumarajos asquerosos. Jesús pregunta sereno al padre tembloroso:
– ¿Desde cuándo le ocurre esto?
– Desde su infancia, Señor. Y con frecuencia el demonio lo arroja en el fuego o lo sumerge en el agua con intención de matarlo. ¡Señor, ten compasión de nosotros y, si puedes algo, ayúdanos!
Jesús se conmueve, y replica:
– ¿Que si puedo algo?… Todo es posible para aquel que cree.
Ahora el buen hombre no duda de Jesús, sino de sí mismo, y exclama lloroso y con humildad conmovedora:
¡Creo, Señor, pero ayúdame en mi incredulidad!
Jesús, ante la turba arremolinada, se reviste de toda su autoridad, y manda al demonio:
– ¡Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: sal de él y no vuelvas a entrar ya más!
El muchacho se retuerce, cae en tierra, se queda tieso, y hace exclamar a la gente:
– ¡Se ha muerto! ¡Está muerto!…
Pero Jesús, muy sereno, lo agarra de la mano, lo levanta, y se lo devuelve sano y salvo a su padre:
¡Toma a tu hijo, y llévatelo en paz!

La escena no termina aquí.

Ya en la casa, los discípulos, con miedo todavía, acobardados, y con la regañada de Jesús por su falta de fe, le preguntan:
– Maestro, ¿por qué no hemos podido echarlo nosotros?
Jesús, comprensivo, los tranquiliza, los anima, y les da una explicación que la Iglesia aprenderá después muy bien:
– No os extrañéis. Esta especie de demonios es muy mala, y no salen sino a base de oración y penitencia.

Éste es uno de los milagros más resonantes que realizó Jesús y de los que entrañan más profundas lecciones, sobre todo para nuestros días.

Nadie niega que el demonio de la incredulidad se ha echado sobre el mundo: un demonio sordo, que ha taponado los oídos de la gente para que no escuche la Palabra de Dios, y demonio mudo que cierra los labios para que nadie se dirija al Dios que salva.
Siempre en la Iglesia hemos tenido como señal de salvación la afición y el amor a la Palabra de Dios y a la oración.

Quien escucha a Dios que nos habla interiormente por sus inspiraciones, por la lectura de la Sagrada Biblia y por la predicación de la Iglesia, ése está en canino seguro de salvación. Y se está en camino segurísimo cuando a la escucha de Dios se une la oración confiada.

El oído y la lengua juegan un papel decisivo en el problema de la salvación. Por eso nos volvemos a preguntar: ¿Escucha hoy el mundo a Dios y reza todo lo que debe?… ¿Sigue actuando todavía el demonio sordo y mudo?…
Entonces, lo que más necesitamos todos es más fe y más oración. El mundo sólo se salvará cuando crea y rece. Y los que trabajamos por la salvación del mundo, no le arrebataremos al demonio su dominio sobre las almas, sino cuando echemos mano de esas dos armas que ha manejado siempre la Iglesia con maestría: la oración y la penitencia, nacidas de un profundo espíritu de fe.
La Virgen nos lo vino a recordar en Fátima, y su lamento fue el mismo de Jesús en el Evangelio: no se convierten las almas y se pierden porque no hay quien ruegue y se sacrifique por ellas.

Nosotros tenemos fe, pero, como el buen hombre del Evangelio, reconocemos que nuestra fe en Dios es muy tibia a veces, y por eso hacemos nuestra y repetimos mil veces la súplica angustiada:
¡Creo, Señor, pero aumenta mi fe!.
Entre todas la súplicas que se le dirigieron a Jesús durante el anuncio del Evangelio no hay quizá ninguna tan desgarradora como la de aquel pobre hombre:
¡Creo, Señor, pero ayúdame en mi incredulidad!
Y el buen hombre puso en nuestros labios una súplica que no se nos debiera caer de los labios:
¡Fe, más fe, Señor, que necesitamos mucha fe!…
Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Oremos…

PABLO VI

ORACIÓN POR LA FE

Señor, yo creo, yo quiero creer en Ti

Señor, haz que mi fe sea pura, sin reservas, y que penetre en mi pensamiento, en mi modo de juzgar las cosas divinas y las cosas humanas.

Señor, haz que mi fe sea libre, es decir, que cuente con la aportación personal de mi opción, que acepte las renuncias y los riesgos que comporta y que exprese el culmen decisivo de mi personalidad: creo en Ti, Señor.

Señor, haz que mi fe sea cierta: cierta por una congruencia exterior de pruebas y por un testimonio interior del Espíritu Santo, cierta por su luz confortadora, por su conclusión pacificadora, por su connaturalidad sosegante.

Señor, haz que mi fe sea fuerte, que no tema las contrariedades de los múltiples problemas que llena nuestra vida crepuscular, que no tema las adversidades de quien la discute, la impugna, la rechaza, la niega, sino que se robustezca en la prueba íntima de tu Verdad, se entrene en el roce de la crítica, se corrobore en la afirmación continua superando las dificultades dialécticas y espirituales entre las cuales se desenvuelve nuestra existencia temporal.

Señor, haz que mi fe sea gozosa y dé paz y alegría a mi espíritu, y lo capacite para la oración con Dios y para la conversación con los hombres, de manera que irradie en el coloquio sagrado y profano la bienaventuranza original de su afortunada posesión.

Señor, haz que mi fe sea activa y dé a la caridad las razones de su expansión moral de modo que sea verdadera amistad contigo y sea tuya en las obras, en los sufrimientos, en la espera de la revelación final, que sea una continua búsqueda, un testimonio continuo, una continua esperanza.

Señor, haz que mi fe sea humilde y no presuma de fundarse sobre la experiencia de mi pensamiento y de mi sentimiento, sino que se rinda al testimonio del Espíritu Santo, y no tenga otra garantía mejor que la docilidad a la autoridad del Magisterio de la Santa Iglesia. Amén.

(Pronunciada en la Audiencia general del 30 de octubre de 1968)