“En la tentación, el coraje se manifiesta huyendo”

Homilía del Santo Padre Francisco julio 2013; Gabriel Ariza

“Ante el pecado sólo cabe huir. Y esta huida, explicó, debe hacerse sin nostalgia y sin curiosidad, sin miedo y buscando permanecer en gracia de Dios.”

El Papa describió cuatro posibles actitudes del cristiano ante situaciones difíciles.

La primera es aquella de la “lentitud” de Lot. Él, observó el Santo Padre, estaba decidido a dejar la ciudad antes que fuese destruida, pero lo hace lentamente. El ángel lo conmina a huir, pero en él existe la “incapacidad de despegarse del mal, del pecado“.

Nosotros, agregó, queremos salir, estamos decididos,” pero hay algo que nos hace volver atrás, regresar” y así pasa con Lot que se pone hasta a negociar con el ángel. “Es tan difícil cortar con una situación pecaminosa. ¡Es difícil! También ante una tentación, ¡es difícil! Pero la voz de Dios nos dice esta palabra: ‘¡Huye! No puedes luchar, porque el fuego, el azufre te matarán. ¡Huye!’.

Santa Teresita del Niño Jesús nos enseñaba que algunas veces, en algunas tentaciones, la única solución es huir y no tener vergüenza de huir; reconocer que somos débiles y que debemos huir. Y nuestro pueblo en su sencilla sabiduría lo dice un poco irónicamente: ‘Soldado que huye, sirve para otra guerra’.

“Huir para ir adelante en el camino de Jesús”. El ángel, insta luego a “no mirar hacia atrás”, huir y mirar adelante. Aquí, dijo el Pontífice, hay el consejo a vencer la nostalgia del pecado.

Pensemos en el Pueblo de Dios en el desierto, subrayó. “Tenía todo, las promesas, todo”, sin embargo, “tenía nostalgia de las cebollas de Egipto” y esta “nostalgia le hacía olvidar que esas cebollas las comían sobre la mesa de la esclavitud”.

Tenía la “nostalgia de regresar, regresar”. El consejo del ángel, observó el Papa, “es sabio: ¡No mirar hacia atrás! ¡Ve adelante!“. No debemos hacer como la esposa de Lot, debemos “cortar toda nostalgia, porque también existe la tentación de la curiosidad”.

Ante el pecado, huir sin nostalgia. La curiosidad no sirve, ¡hace mal! ‘Pero, en este mundo tan pecaminoso, ¿cómo se puede hacer? ¿Cómo será este pecado? Yo quisiera conocer…’. No, ¡déjalo! ¡La curiosidad te hará mal! ¡Huir y no mirar hacia atrás! Somos débiles, todos, y debemos defendernos.

La tercera actitud es sobre la barca: es el miedo. En el mar hubo una gran agitación, la barca se cubrió por las olas ‘¡Sálvanos, Señor, estamos perdidos!’ Dicen. ¡El miedo! También esa es una tentación del demonio: “tener miedo de ir adelante en el camino del Señor”.

Existe la tentación de “mejor quedarse allí”, donde estoy seguro. “¡Pero esto es el Egipto de la esclavitud!”. Tengo “miedo de ir adelante tengo miedo de dónde me llevará el Señor”. Pero el miedo “no es un buen consejero”. Jesús , prosiguió, “lo ha dicho tantas veces: ‘¡No tengan miedo!’. El miedo no nos ayuda”.

La cuarta actitud, subrayó Francisco , “es la gracia del Espíritu Santo”. Cuando Jesús hace regresar la calma sobre el mar borrascoso, los discípulos en la barca están maravillados. “Siempre, ante el pecado, ante la nostalgia, ante el miedo” se debe recurrir al Señor.

 Para concluir el Papa explicó que el cristiano debe “mirar al Señor, contemplar al Señor. Esto nos da la maravilla, tan bella, de un nuevo encuentro con el Señor.

‘Señor, tengo esta tentación: quiero permanecer en esta situación de pecado; Señor, tengo la curiosidad de conocer cómo son estas cosas; Señor tengo miedo’.

Y ellos miraron al Señor: ‘¡Sálvanos Señor, estamos perdidos!’ Y vino el estupor del nuevo encuentro con Jesús”.

No somos ingenuos ni cristianos tibios, somos valientes, con coraje. Nosotros somos débiles, pero debemos ser valientes en nuestra debilidad. Y tantas veces nuestro coraje debe expresarse en una huida y en no mirar hacia atrás, para no caer en la nostalgia equivocada.

¡No tener miedo y mirar siempre al Señor!”, finalizó. Como decía un santo español del siglo XX, “no tengáis la cobardía de ser “valientes”.”

Oremos…

Oración para vencer el miedo y aumentar la confianza

Señor mío, Tú estás siempre dispuesto a perdonar, porque eres justo y misericordioso, y yo debo imitarte siempre en mis acciones, para ello, me pides una conversión sincera, una conversión profunda en tu amor, que significa dejar atrás todo lo que me ata al pecado y caminar recto por tus senderos de justicia.

Sólo puedo poner mi confianza en Ti, ya que sólo Tú me puedes ayudar a desprenderme de los bienes terrenales, que son pasajeros, van y vienen, pero Tú te quedas, eres eterno.

Tú me quieres feliz, amado mío, y aunque pareciese que es una gran exigencia tuya, lo que realmente quieres es que yo sea libre y esté dispuesto para el propósito para el cual me has creado: «Amar con desprendimiento».

Dame voluntadpara poder dominar mis pasiones y mis anhelos superficiales, que nada ni nadie, ni ninguna cosa fuera de Ti, logre dominar y encerrar mi corazón en el egoísmo.

Señor, quiero que seas Tú mi único Dios, el Dios verdadero, no el engañoso y tentador dios dinero que ha hecho nido en muchos corazones hoy en día.

¡Tú eres lo más grande de mi vida! Te encomiendo mis proyectos, a los míos y todos aquellos con los que voy a encontrarme en este camino de vida.

Dame la voluntad para cumplir tu Palabra, quiero regirme por sobre todo aquella que has colocado en el libro de los proverbios: «Señor, no me des ni pobreza ni riqueza, dame la ración necesaria, no sea que, al sentirme satisfecho, reniegue y diga: “¿Quién es el Señor?”, o que, siendo pobre, me ponga a robar y atente contra el nombre de mi Dios» (Prov 30,8-9)

¡Señor, Tú me has llamado a vivir en la alegría, en la felicidad, aún en medio de las pruebas, en medio de tantas dificultades, luchas y problemas. Envíame tu Espíritu Santo, para no dejarme amargar, afligir o entristecer por nada de lo que pueda sucederme en esta vida pasajera.

Confío en que Tú me acompañas. Te ruego que inundes mi vida con tu Espíritu poderoso, quiero sentir tu presencia que fortalece el alma y la prepara para todo reto. Necesito de Ti. Necesito sentir esa fuerza que me ayuda a superar mis debilidades

Tú quieres hacerme feliz y yo también lo deseo. Por eso, quiero entregarte todas las situaciones por las que estoy atravesando, esas que me crean angustia y me roban la paz. Quiero entregarte esas cosas de las cuales me siento aferrado y me distraen de amarte y adorarte.

Quiero aprender a disfrutar de todo lo que me has ofrecido en esta vida, vivir cada momento con alegría e intensidad, sin apegos.

Ayúdame a cambiar mis llantos en carcajadas, mis amarguras y dificultades en alegrías y oportunidades. Confío en tu promesa fiel, confío en tu Palabra que me conforta.

Quiero que también a mí me digas esas palabras de esperanzas que le pronunciaste a Josué: “No tengas miedo ni te desanimes, porque Yo, tu Señor y Dios, estaré contigo dondequiera que vayas.” (v1,9)

¡Amén!