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Ponte a ti primero en Paz, luego podrás apaciguar a los otros.

La riqueza Espiritual del libro Imitación de Cristo no tiene fin. En esta oportunidad, un comprender la importancia de tener Paz en nuestro interior.

Del hombre bueno y pacífico

Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros. El hombre pacífico, aprovecha más que el muy letrado. El hombre apasionado, aún el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo. El hombre bueno y pacífico, todas las cosas echa a buena parte. El que está en buena paz, de ninguno sospecha.

El descontento y alterado, con diversas sospechas se atormenta; ni él sosiega, ni deja descansar a los demás. Dice muchas veces lo que no debiera y deja de hacer lo que más le conviene. Piensa lo que otros deben hacer y deja él sus obligaciones. Ten pues, primero celo contigo, y después podrás ser celoso con el prójimo.

Tú sabes muy bien excusar y disimular tus faltas, y no quieres oír las disculpas ajenas; más justo sería que te acusases a ti, y excusaras a tu hermano. Sufre a los demás si quieres que te sufran. Mira cuán lejos estás aún de la verdadera caridad y humildad, la cual no sabe desdeñarse y airarse sino contra sí. No es mucho tratar con los buenos y mansos, que esto gusta naturalmente, y cada uno de buena gana tiene paz y ama a los que concuerdan con él; mas poder vivir en paz con los hombres duros, perversos y de mala condición, y con quien nos contradice, gran gracia es, y acción varonil y loable.

Hay algunos que tienen paz consigo mismos y la tienen también con los demás. Otros hay que ni tienen paz consigo ni la dejan tener a otros; siendo molestos para los demás, son aún más molestos para sí mismos. Y hay otros que tienen paz consigo y trabajan para poner en paz a los otros. Así, pues, toda nuestra paz en esta miserable vida, más se ha de fundar en el sufrimiento humilde, que en no sentir contrariedades. El que mejor sabe padecer, tendrá mayor paz. Este tal es vencedor de sí mismo, y señor del mundo, amigo de Cristo y heredero del cielo.

Un paso al día 👣

Oración a Jesús

San Luis María Grignion de Montfort

Dejadme, amabilísimo Jesús mío, que me dirija a Vos, para atestiguaros mi reconocimiento por la merced que me habéis hecho con la devoción de la esclavitud, dándome a vuestra Santísima Madre para que sea Ella mi abogada delante de vuestra Majestad, y en mi grandísima miseria mi universal suplemento. ¡Ay, Señor! tan miserable soy, que sin esta buena Madre, infaliblemente me hubiera perdido.

Sí, que a mí me hace falta María, delante de Vos y en todas partes; me hace falta para calmar vuestra justa cólera, pues tanto os he ofendido y todos los días os ofendo; me hace falta para detener los eternos y merecidos castigos con que vuestra justicia me amenaza, para miraros, para hablaros, para pediros, para acercarme a Vos y para daros gusto; me hace falta para salvar mi alma y la de otros; me hace falta, en una palabra, para hacer siempre vuestra voluntad, buscar en todo vuestra mayor gloria.

¡Ah, si pudiera yo publicar por todo el universo esta misericordia que habéis tenido conmigo! ¡Si pudiera hacer que conociera todo el mundo que si no fuera por María estaría yo condenado! ¡Si yo pudiera dignamente daros las gracias por tan grande beneficio! María está en mí. Haec facta est mihi. ¡Oh, qué tesoro! ¡Oh, qué consuelo! Y, de ahora en adelante, ¿no seré todo para Ella? ¡Oh, qué ingratitud! Antes la muerte. Salvador mío queridísimo, no permitáis tal desgracia, que mejor quiero morir que vivir sin ser todo de María.

Mil y mil veces, con San Juan al pie de la Cruz, la he tomado en vez de todas mis cosas. ¡Cuántas veces me he entregado a Ella! Pero si todavía no he hecho esta entrega a vuestro gusto, la hago ahora, mi Jesús querido, como Vos queréis la haga. Y si en mi alma o en mi cuerpo veis alguna cosa que no pertenezca a tu Bienaventurada Madre, arrancadla, os ruego, arrojadla lejos de mí; que no siendo de María, indigna es de Vos.

¡Oh, Espíritu Santo! Concededme todas las gracias, plantad, regad y cultivad en mi alma el Árbol de la Vida verdadero, que es la amabilísima María, para que crezca y florezca y dé con abundancia el fruto de vida.

¡Oh, Espíritu Santo! Dadme mucha devoción a María, vuestra Inmaculada Esposa; que me apoye mucho en su seno maternal y recurra de continuo a su misericordia, para que en Ella forméis dentro de mí a Jesucristo, al natural, grande y poderoso, hasta la plenitud de su edad perfecta. Amén.

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