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¿Cómo hacer con alguien que está siempre quejándose?

Un interesante artículo que vale la pena tenerlo en cuenta. Publicado por la página Aleteia y una bella catequesis del Papa Francisco en el año 2015; Un paso al día 👣 lo complementa con dos oraciones muy especiales.

María del Castillo. 5 de abril 2009

¿Qué mensaje transmite la queja, y cómo atenderlo de manera correcta?

La queja está a la orden del día en la comunicación diaria. Basta con hacer silencio, escuchar a los demás y a nosotros mismos, y observaremos que apenas se dan situaciones en los que no se oigan lamentaciones personales o hacia lo que nos rodea.

¿Qué hay detrás de la queja: dolor, frustración, reproche…? Y, sobre todo, ¿para qué nos sirve? Cuando uno se queja, está expresando su impotencia ante una situación, sin buscar soluciones, quedándose en el victimismo.

Existen dos objetos de queja: la propia persona y las circunstancias externas a uno mismo (los demás, el mundo, la vida, Dios…). En conclusión, buscamos siempre al culpable de la propia desgracia.

Cuando me quejo de mí mismo, puedo optar por reprimir (no dejando salir la queja) o por hacérselo saber al otro: “estoy fatal”, “soy lo peor”, “nunca lo conseguiré… Ya sea exigiéndome y machacándome, o buscando la compasión de los demás.

Cuando nos quejamos de los demás, o de factores ajenos a nosotros, estamos empleando una estrategia que puede tener distintos objetivos:

Un intento de llamar la atención del otro: al contar las propias desgracias, el otro no tendrá más opción que ofrecer muestras de afecto. Puede ser que la persona haya interiorizado desde pequeña que era querida y atendida cuando estaba herida o enferma.

Un reproche indirecto: la persona no es capaz de enfrentarse, generalmente por miedo al otro, y necesita airear su malestar con los demás.

Un ataque directo: haciendo responsable al otro del propio malestar.

¿Qué produce esto en los demás?

En ocasiones, el impulso de tranquilizar, halagar o aconsejar al que se queja. Frases típicas de esta reacción son “hombre, tampoco es para tanto”, “si en realidad eres muy bueno en esto otro…”, “tú lo que tienes que hacer…”.

Por otro lado, puede provocar el rechazo y la huida de los demás. Esto, a su vez, produce en el que se queja un sentimiento de incomprensión e insatisfacción, dando lugar a pensamientos como el clásico “nadie me entiende”, haciéndonos entrar en un bucle aun mayor de victimismo.

En esa espiral de victimismo, es fácil que la persona piense que sus desgracias no tienen remedio, y que termine relativizando el dolor ajeno para destacar que el suyo es el peor de todos.

Detrás de esta conducta suele haber una trampa: es la excusa perfecta para no tener que realizar ningún cambio, porque estos requieren esfuerzo.

Es importante entender que la queja no es una petición de ayuda, sino una demanda de confirmación. Por ello, para poder ayudar a las personas con un nivel de queja elevado:

Acoge lo que te expresa: aunque la causa de su queja no sea tan grave, su sentimiento es real. Su sufrimiento no es exagerado. El primer consuelo que puedes darle es ser escuchado.

Devuelve a los problemas su verdadera dimensión: una vez se haya expresado, explícale por qué, en realidad, su problema no es tan grande como lo percibe en este momento.

Dale tiempo: seguramente al principio la persona estará reticente a tus consejos. Sin embargo, habrás allanado el terreno para que, una vez se haya enfriado un poco el problema, el que se quejaba recordará tus palabras y será capaz de relativizar las cosas.

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El Papa Francisco nos recuerda…

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos recuerda la gran figura de Abrahán, para indicarnos la vía de la fe y de la esperanza. De él el apóstol escribe: «Esperando contra toda esperanza, Abraham creyó y llegó a ser padre de muchas naciones» (Rom 4,18); “esperando contra toda esperanza”: es duro esto, ¿eh? Esto es fuerte: no hay esperanza, pero yo espero. Y así nuestro padre Abrahán.

Pero de verdad era confiarse esperando “contra toda esperanza”, era tan imposible aquello que el Señor le estaba anunciando, porque él era anciano – tenia casi cien años – y su mujer era estéril. No lo ha logrado. Pero lo ha dicho Dios, y él creyó. No había esperanza humana porque él era anciano y su mujer estéril: y él cree.

La esperanza abre nuevos horizontes, hace capaz de soñar lo que no es ni siquiera imaginable. La esperanza hace entrar en la oscuridad de un futuro incierto para caminar en la luz. Es bella la virtud de la esperanza; nos da tanta fuerza para ir en la vida.

Y Abrahán, no digo que pierde la paciencia, sino se queja ante el Señor. Y estoaprendemos de nuestro padre Abrahán: quejarnos ante el Señor es un modo de orar. A veces yo escucho, cuando confieso: “Me he quejado con el Señor…” y yo respondo: “No te quejes Él es Padre”. Y este es un modo de orar: quejarme ante el Señor, esto es bueno. Se queja ante el Señor y Abrahán dice así: 

«Señor, respondió Abram, […] yo sigo sin tener hijos, y el heredero de mi casa será Eliezer de Damasco (Eliezer era quien gobernaba todas las cosas). Después añadió: “Tú no me has dado un descendiente, y un servidor de mi casa será mi heredero”. Entonces el Señor le dirigió esta palabra: “No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti”. Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: “Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas”. Y añadió: “Así será tu descendencia”. Abram creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación» (Gen 15,2-6).

La fe no es solo silencio que acepta todo sin reclamar, la esperanza no es la certeza que te da seguridad ante las dudas y las perplejidades. Pero muchas veces, la esperanza es oscura; pero está ahí, la esperanza… que te lleva adelante. La fe es también luchar con Dios, mostrarle nuestra amargura, sin “pías” apariencias. “Me he molestado con Dios y le he dicho esto, esto, esto” Pero Él es Padre, Él te ha entendido: ve en paz. ¡Tengamos esta valentía! Y esto es la esperanza. Y la esperanza es también no tener miedo de ver la realidad por aquello que es y aceptar las contradicciones.

Abrahán pues, en la fe, se dirige a Dios para que lo ayude a continuar esperando. Es curioso, no pide un hijo. Pide: “Ayúdame a continuar esperando”, la oración de tener esperanza. Y el Señor responde insistiendo con su improbable promesa: no será un siervo el heredero, sino un hijo, nacido de Abrahán, generado por él. Nada ha cambiado, por parte de Dios. Él continúa afirmando aquello que había dicho, y no ofrece puntos de apoyo a Abrahán, para sentirse seguro. Su única seguridad es confiar en la palabra del Señor y continuar esperando.

Espíritu Santo Respira En Mi

(S. Agustín)

Respira en mi
Oh Espíritu Santo
Para que mis pensamientos
Puedan ser todos santos.

Actúa en mí
Oh Espíritu Santo
Para que mi trabajo, también
Pueda ser santo.

Atrae mi corazón
Oh Espíritu Santo
Para que sólo ame
Lo que es santo.

Fortaléceme
Oh Espíritu Santo
Para que defienda
Todo lo que es Santo.

Guárdame pues
Oh Espíritu Santo
Para que yo siempre
Pueda ser santo.

Para Pedir Los Frutos Del Espíritu Santo

Espíritu de Caridad, haznos amar a Dios y a nuestros semejantes como Tú quieres que los amemos.

Espíritu de Gozo, otórganos la santa alegría, propia de los que viven en tu gracia.

Espíritu de Paz, concédenos tu paz, aquella paz que el mundo no puede dar.

Espíritu de Paciencia, enséñanos a sobrellevar las adversidades de la vida sin indagar el por qué de ellas y sin quejarnos.

Espíritu de Benignidad, haz que juzguemos y tratemos a todos con benevolencia sincera y rostro sonriente, reflejo de tu infinita suavidad.

Espíritu de Bondad, concédenos el desvivirnos por los demás, y derramar a manos llenas, cuantas obras buenas nos inspires.

Espíritu de Longanimidad, enséñanos a soportar las molestias y flaquezas de los demás, como deseamos soporten las nuestras.

Espíritu de Mansedumbre, haznos mansos y humildes de corazón, a ejemplo del Divino Corazón de Jesús, obra maestra de la creación.

Espíritu de Fe, otórganos el no vacilar en nuestra fe, y vivir siempre de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, e iluminados por tus santas inspiraciones.

Espíritu de Modestia, enséñanos a ser recatados con nosotros mismos, a fin de no servir nunca de tentación a los demás.

Espíritu de Continencia, haznos puros y limpios en nuestra vida interior, y enérgicos en rechazar cuanto pudiera manchar el vestido blanco de la gracia.

Espíritu de Castidad, concédenos la victoria sobre nosotros mismos; haznos prudentes y castos; sobrios y mortificados; perseverantes en la oración y amantes de Ti, oh Dios del Amor hermoso.

Así sea.

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